lunes, 10 de agosto de 2009
EL CRIMEN DEL DÍA...
NAVAJAZOS Y TIROS
Drama en Ciempozuelos.- Dos familias rivales. Un muerto y varios heridos.
El calor excesivo de estos días pasados, enardeciendo la sangre y exacerbando las neurosis a que ahora se atribuyen todos los movimientos pasionales, causa grandes estragos.
Entre dos familias de Ciempozuelos existían de antiguo agrias rencillas, que no se habían manifestado todavía en forma de choque material; pero que ya, tiempo hace, venían agravándose por las rivalidades de los hijos de uno y otro matrimonio, que disputaban sobre el más alto grado de valor y de distinción que alcanzaba cada una de las dos familias.
Prodújose, al cabo, la colisión entre los jóvenes, los cuales, en la tarde del martes último, vinieron a las manos y se repartieron sendos garrotazos, que, por entonces, fueron bastantes para poner término a la contienda.
Pero a la noche siguiente el jefe de una de las dos familias, Julio Pantoja, quiso vengar los palos que su hijo había recibido, y, sin duda para provocar a su competidor Martín Álvarez Cabrero, que se hallaba sentado a la puerta de su casa, arrojó sobre él desde un balcón un jarro de agua.
El remojado desatóse en improperios y en insultos contra Pantoja, y entonces, bajando éste a la calle, retó a Martín Álvarez, y salieron ambos desafiados con las armas de que iban bien provistos.
Comenzaron, según parece, usando las navajas; pero después Pantoja disparó sobre su contrario un arma de fuego, y su detonación puso en alarma a un hijo del mismo Pantoja, el cual, corriendo al sitio de la pelea o interponiéndose entre los que reñían, asestó al contrincante de su padre, con una faca, tres puñaladas que le dejaron casi exánime.
Las mujeres y los otros hijos de los que peleaban se enteraron de lo que ocurría, acudieron presurosos al lugar de la terrible lucha empeñada, y en ella intervinieron todos, embistiendo cada uno con el arma, ya blanca o ya de fuego, que tuvo más a mano.
Desde aquel instante, ya no se oyó en el campo de batalla más que tiros, choque de navajas, rugidos de ira y lamentos de dolor; y cuando se presentaron el alcalde y algunos guardias civiles, encontraron muerto a Martín Álvarez Cabrero, y gravemente heridos de arma de fuego a Fermina del Valle Gallego, esposa del anterior; Paula Fernández Malo, mujer de Pantoja, y su hijo Eulogio.
Los contendientes, a quienes se capturó en aquel acto, fueron Julio Pantoja, y sus hijos Eulogio, Antonio, José y Santiago Álvarez, hijos de Martín y de Fermina.
El sangriento suceso ha impresionado muy hondamente al pacífico vecindario de Ciempozuelos.
domingo, 9 de agosto de 2009
MIURA EN MADRID
sábado, 8 de agosto de 2009
FRANCO, CONTRA EL PAPÁ DE MARITERE
La Vanguardia Española
16 de Mayo de 1963
Nombramientos y ceses de delegados de Trabajo
Madrid, 18.- Diversos decretos del Ministerio de Trabajo disponen los ceses de delegados provinciales de Trabajo de: Castellón, don José Luis Pérez-Payá Soler; de Toledo, don Ángel Salas Rubio; de Zaragoza, don Wenceslao Fernández de la Vega y Lomban; y de Badajoz, don Ulpiano González Medina.
También publica otros decretos nombrando delegados provinciales de Trabajo de: Zaragoza, don Ulpiano González Medina; de Badajoz, don Eduardo Urgorri Casado; Murcia, don Antonio Figols Saavedra; Santander, don Benigno Pendás Díaz; Castellón de la Plana, don Victoriano Anguera Samso; y Toledo, don Francisco Javier Ituriz Aguinaga.- Cifra.
DEMOCRACIA DESESPERADA
Barak Obama
La democracia es la desesperación de no encontrar héroes que nos dirijan.
Thomas Carlyle
EL VINO CAUSA LA MUERTE
En una taberna establecida en la calle de López de Hoyos (Prosperidad), entraron anoche varios aguadores.
En aquella taberna siguieron libando, pues ya venían los aguadores con su poquitín de vino en el cuerpo.
Uno de los bebedores, llamado Segundo Rodríguez García, de veintiocho años, que vive en la calle de Luis cabrera, 22, dijo que él era uno de los mejores bebedores de vino que había en Madrid y en sus afueras.
Otro de los aguadores negó lo dicho por Segundo y se apostaron dos frascos grandes de vino a que no era cierto.
La apuesta consistía en que Segundo se bebiera de dos tragos dos frascos grandes de vino. Si lo hacía así, ganaba el líquido, y si no, perdía el importe de los dos frascos.
Segundo cogió un frasco y de un solo trago lo apuró ante la estupefacción de sus compañeros y del tabernero.
Descansó y poco después cogió el otro frasco e hizo lo propio que con el anterior.
El asombro de los presentes llegó a su colmo al ver rematar el segundo frasco.
Segundo dejó sobre el mostrador el frasco vacío y, apoyándose en el hombro de un compañero, exclamó: “¡Yo estoy muy malo!”
Le cogieron y entre varios amigos lleváronle a la Casa de Socorro de la Prosperidad. Por el camino se agravó de tal manera que el infeliz Segundo al entrar en el benéfico establecimiento falleció sin articular palabra.
El infeliz había sucumbido víctima de un fortísimo ataque de alcoholismo agudo.
Se dio cuenta al Juzgado de guardia del suceso y ordenó el levantamiento del cadáver y su traslación al Depósito judicial…
La moraleja de este suceso es que se debe porfiar, pero no apostar y mucho menos embucharse entre pecho y espalda dos frascos grandes de vino, pues quien lo repita posible es que fallezca como el desgraciado Segundo Rodríguez.
PAN DE ORO
A la amabilidad de ese enciclopédico aficionado que es Juan Galacho debo una biografía de Guerrita publicada en Sol y Sombra en 1910 y firmada por El Bachiller González de Rivera de la que extraigo estas curiosas líneas referidas al traje de torear:
[...] La corrida dada en Aranjuez el 4 de Septiembre [de 1886], tarde memorable, en que alternando con su maestro [Rafael Molina, Lagartijo], dieron una lidia y muerte admirable a seis toros del Duque [de Veragua], especialmente Lagartijo, que mató los tres suyos asombrosamente; ambos vestían de verde con plata, porque hasta hace muy poco, los toreros han hecho sus combinaciones de indumentaria a su gusto, variándolas y rompiendo la monotonía charresca del oro constante que hoy adorna sus trajes, que me consta hay algunos de ellos que no ve hasta que se los manda el sastre, hecha la combinación a gusto del confeccionador. Y no se diga que era por ahorro. En primer lugar, aquellos toreros ganaban menos y sabían gastarse más, y, en segundo lugar, los trajes eran de los llamados dobles, y había traje con plata que valía cinco mil reales, mientras que hoy por tres mil y pico, de un trajecito con oro, de estos de colores pálidos y tenues, con lo cual semejan los diestros coupletistas de café-concert o recuerdan a la monísima y malograda Rosa Vila cuando cantaba Caramelo. Así salen los trajes dichosos; reuerdo un berrinche que llevó un matador, hoy famoso, cuando el día de su alternativa recibió el traje celeste y oro que para ella le mandaban de Barcelona.[...]
viernes, 7 de agosto de 2009
CASA CARLOS
TAURINERÍAS

En revanche, ce qui fait tout devenir unique concerne ce rajout de courage insensé qui fait dire et écrire qu'il est le dieu de pierre, l'extraterrestre, le mort-vivant, l'être christique, celui qui laisse sont corps à l'hôtel.
Zocato
Agosto de 2009
La segunda parte consistía en la lidia de un becerrete por dos aficionados de aquella localidad. Uno de ellos, llamado Juan Martínez, tuvo la desgracia de ser cogido, recibiendo una grave cornada en la garganta, de la que falleció en la mañana del día 5.
¡Descanse en paz el infortunado aficionado!
SUERTE DE VARAS
Carta de Torcuato Luca de Tena, fundador de ABC
Sevilla, Domingo, 24 de Octubre de 1926
Con razón ordenó usted que una comisión competente se ocupase de modificar o substituir la suerte de varas tal y como ahora se practica.
En el pasado mes de Septiembre, y en una famosa corrida celebrada en San Sebastián, a la que asistió numerosa y distinguida representación de la colonia internacional que veranea en Biarritz y demás playas próximas a nuestra frontera, presencié un espectáculo que me entristeció como español: la protesta violenta y unánime de los extranjeros al ver cómo eran corneados y malheridos los indefensos caballos, que iban después dejando en su huida un reguero de sangre y piltrafas...
Y al preguntarme: ¿Es posible que este repugnante y bárbaro espectáculo no pueda suprimirse? Recordé todo lo hecho por usted para evitarlo. Entonces me propuse estudiar directamente si existía algún medio para que la suerte de varas fuese modificada.
Escribo a usted desde Sevilla y al día siguiente de haber presenciado cómo se pueden picar toros sin entregar al caballo. Cómo se puede ejecutar la suerte de varas sin que el caballo sea herido, salvo en uno de esos accidentes en que ni el propio lidiador puede evitar una cornada.
Los hermanos D. Antonio y D. José Miura han tenido la bondad de invitarme a su renombrado cortijo de Cuarto para demostrarme cómo se pueden picar los toros por lidiadores que sepan montar a caballo y no reduzcan la suerte a un “encontrón” del toro y el jinete, con la herida inevitable del caballo.
Al quite Sánchez Mejías, los señores Miura, con un hermano del célebre matador, picaron varios becerros, sin que ninguno de ellos tocase a los caballos, y no hay que decir que eran bravísimos perteneciendo a la famosa ganadería de Miura, que ha sido y sigue siendo una de las primeras de España.
Don Antonio Miura es vocal de la Asociación de Ganaderos que, por orden del Gobierno, debe dictaminar sobre este asunto, en el que se ventilan y cruzan diversos intereses. A mis repetidas preguntas, se limitó a decirme:
–Mi juicio no sería ahora oportuno; es usted, Sr. Luca de Tena, el que debe opinar sobre lo que ha visto.
Pues bien: yo opino y creo, señor general Primo de Rivera, que los toros pueden ser picados “como antes se picaban”, que es lo que me fue demostrado en el cortijo de Cuarto. Y que sin petos, corazas ni nada de lo que en diversas ocasiones se ha propuesto puede evitarse que la fiesta con razón llamada nacional –pues en ninguna otra como en ella se derrocha el valor y la alegría de la raza– siga siendo en su primer tercio un espectáculo bárbaro y repugnante, que no sólo justifica las protestas de los extranjeros, sino la desaprobación de la mayoría de los espectadores españoles.
Para probarme que la suerte de varas no había sido antes lo que es ahora, me refería el inteligente conocedor de la ganadería que a D. Eduardo Miura le pidió en una ocasión el célebre picador Curro Calderón un magnífico caballo, ofreciéndole devolvérselo intacto, como así hizo, de la corrida, y el duque de Gor recordaba también haberle oído decir a su padre que había prestado sus mejores caballos para que con ellos picasen famosos lidiadores.
Conociendo como conozco su constante deseo de acertar, a usted me dirijo con la presente carta, en la seguridad de que este pleito taurino puede ser fallado inmediatamente. ¿Cómo? Viendo usted lo que yo he visto, aprovechando unos días de asueto en que le sea posible venir a Sevilla, pues tengo por seguro que a los señores les complacería en extremo el demostrar a usted lo que a mi me han demostrado. Y, una vez convencido usted de que pueden picarse los toros “como se picaban antes”, sin herir a los caballos –pues no se trata de una suerte nueva, sino de restablecer la antigua–, ordenar que así se haga desde la temporada próxima.
Si mi colaboración ha podido serle útil para resolver este “pleito”, evitando que en el extranjero nos sigan denigrando, no por la artística y varonil fiesta de toros, sino por la forma en que se practica la suerte de varas, lo celebrará muy sinceramente su amigo que le estrecha afectuosamente la mano, Torcuato Luca de Tena .
Sevilla, Octubre de 1926.
AMOS Y CRIADOS
Amos, y criados.
En la calle de Jacometrezo, en casa del peluquero que está frente de la Capilla de nuestra Señora de la Barquera, darán razón de una mujer de 28 años de edad, catalana, que solicita su acomodo en una casa de poca familia, o de un Señor Sacerdote; sabe coser, aplanchar y guisar.
jueves, 6 de agosto de 2009
CIENCIA Y FE
TRAGEDIAS DE LA CRISIS
La Correspondencia Militar
4 de junio de 1921
CATALUÑA
La tragedia de la miseria. Una madre intenta envenenar a sus hijos
Barcelona.- Desde hace seis años residen en una casa de la calle de Balmes, de Barcelona, Enrique Forteza y su esposa, María T., con tres hijos, de trece, once y ocho años, respectivamente. Poco afortunado el señor Forteza en sus asuntos, para sostener a la familia tuvo que dedicarse a “chauffeur”, guiando, al efecto, un automóvil de parada fija, profesión que tampoco le daba lo suficiente para sostener el gasto de la casa.
El señor Forteza intentó vender, repetidas veces, para comer, los muebles del salón y ayer, cuando salió de su casa para gestionar la venta, su esposa se dirigió a una farmacia próxima, donde compró varias pastillas de sublimado corrosivo, a fin de suicidarse, después de envenenar a sus tres hijos, para dejar en libertad a su esposo y aminorar su situación crítica. Poco después llegaron los niños del colegio, entregándoles su madre varias pastillas a cada uno; pero enterada una sirviente que tenían, se las quitó arrojándolas al patio.
Como del hecho se dio cuenta a las autoridades, la pobre mujer fue conducida a los calabozos del palacio de Justicia.
EPIGRAMAS DEL CUERNO
EL CRIMEN DEL DÍA...
Parece que los asesinos se hicieron paso por el tejado abriendo en él un boquete, y al que subieron fácilmente, merced a un departamento muy bajo de la casa, cuyo tejado inclinado concluye en la altura.
El Sr. Alcalde de Constantí, D. José Planas, acudió instantáneamente con los guarda-términos, y practicó en el acto las primeras diligencias; dio parte al Sr. Juez de primera instancia, D. Mariano Noguera, el cual, en el momento que lo recibió, eran las diez de la mañana, se trasladó al lugar en donde se había perpetrado el crimen, llamando a dos facultativos para que reconociesen el cadáver, abriéndose en el acto el competente sumario. Hácense las más activas diligencias para que sean descubiertos los criminales, sobre los que, al ser habidos, caerá todo el peso de la ley, en desagravio de haber sido la sociedad tan vilmente ultrajada. (D. de B.)
miércoles, 5 de agosto de 2009
FIESTA DE TOROS EN EL AIRE
José Ramón Márquez
I
En 1784 Isidoro Carnicero dio a la imprenta una extraña imagen titulada Fiesta de toros en el aire. Al gusto de la época, en donde lo principal de la corrida era la suerte de varas, el artista presenta dos globos aerostáticos de los que, sujetos con fuertes amarras, penden un toro y un varilarguero en una invención fabulosa e imposible contemplada desde el suelo por numeroso público.
II
Pasaron los tiempos y los varilargueros fueron decayendo en su importancia. Pasaron de ser héroes a villanos, justamente a medida que se iban incorporando más seguridades en su labor, en una decadencia que empezó, justamente, cuando se comenzó a pensar en que había que proteger de las astas de los toros a los pencos, jacos o aleluyas mediante la implantación de unos absurdos faldones que hiciesen imposible la cornada. Se quiera o no, esos faldones llamados peto marcan la decadencia y final de la suerte de varas y la desaparición del picador como héroe. Desde el inicio del toreo llamado popular, es decir no caballeresco, hasta la implantación de los diversos modelos de peto que culminan en el actual, que tan bien sirvió para que el crítico del siglo pasado Joaquín Vidal acuñase el término ‘la acorazada de picar’ para referirse a los varilargueros, se han perdido, por la eliminación del riesgo físico, las señas de identidad que hicieron de la suerte de varas la favorita de los aficionados, por encima de las suertes de muleta, siendo tan sólo superada por la importancia que siempre ha tenido la estocada. Con el peto se fueron las gestas de los Míguez, Corchao, Charpa o Zahonero y aparecieron otras generaciones de picadores caracterizados ya por ser meros asalariados de un matador, de los que su figura señera sería ese Atienza, inventor de la que Cossío etiqueta a la manera antigua como ‘la suerte del Señor Atienza’, quizás como un postrer homenaje a las antiguas generaciones de picadores, y a la que la gracia popular bautizó como ‘la carioca’, en la que se produce la mayor dejación del picador al propiciar la entrega del caballo a la fuerza del toro por el sistema de taparle la salida. Como se puede observar, la decadencia del arte de picar señala el comienzo de la preeminencia del toreo a pie.
III
El diario ABC publica una información en la que se anuncia que el empresario Pedro Haces Barba Don Bull, organizador de una llamada ‘corrida incruenta’ en la ciudad de Las Vegas, Estado de Nevada, en Estados Unidos, propone realizar este novedoso tipo de corridas, en las que ‘no tocamos al toro...no hay ni una sola gota de sangre’ en Barcelona.
IV
La vuelta de tuerca que el ignorante Don Bull pretende es justamente desposeer a la corrida de toros de lo que la hace especial, que es la presencia de la muerte en el espectáculo. Por fin parece que estamos arribando a ese punto tan querido a un buen número de modernos aficionados que contemplan la corrida como una especie de ballet en el que un artista o creador (el torero) modela la belleza de una coreografía utilizando como material de su creación a un animal (el toro) el cual debe coadyuvar en éxito de la obra artística propuesta y para ello ha sido creado (por el ganadero) con un criterio que atiende sobre todo a estimular la bondad y las ganas de colaborar del animal. Este absurdo planteamiento, tan acorde con el buenismo de estos tiempos en que vivimos, ha calado hondamente en una gran parte de aficionados y de público en general. Sin embargo, no será preciso echar mano de nuestro manoseado Álvarez de Miranda para recordar que este extraño y antiquísimo rito que se verifica entre un hombre, un toro y la muerte, ese rito ancestral construido de círculos en cuya intersección se encuentra la parca, sólo cobra su auténtica dimensión simbólica con la desaparición física de uno de los dos actores principales y que esa principal característica del espectáculo es irrenunciable porque está en la propia esencia del mismo. Si acaso de lo que se tratase es de componer bonitas figuras ¿por qué no usar un carretón en vez de no usar al manoseado torito bondadoso y colaborador? Y si el pobre animal tiene esas características tan humanas, ¿por qué matarlo? Pero es que la tauromaquia no es componer bonitas figuras ni crear ‘tableaux vivants’, porque lo que aquí se ventila es vivir y morir.
V
¿No habíamos quedado en que las corridas que va administrando José Tomás en Barcelona, cual bálsamo milagroso, eran el revulsivo suficiente para frenar la decadencia de la afición a los toros en la Ciudad Condal? ¿Resulta ahora que la cuestión de los toros en Cataluña se solventaría con algo tan simple como colocar un ‘velcro’ en la espalda del toro?
VI
Desgraciadamente el fondo de la cuestión es el anacronismo que representan las corridas de toros. En 1957, Agustín de Foxá escribió, también en ABC lo siguiente: “Cuando un pueblo sobre un bistec ensangrentado coloca, en lugar de mostaza, unas banderillas de lujo, se encuentra lejísimos de lo cartesiano y de la lógica.
Como el mito de Fausto y Mefistófeles, el toreo devuelve la juventud a la ciudad envejecida de reglamentos urbanos.
El toreo está fuera de nuestro tiempo; es un drama de capa y espada en el siglo del cinemascope. Y cuando un espada brinda a una bella mujer de anhelante pecho la muerte del toro, revive un piropo de hace veinte mil años”.
En algunos Parques Nacionales de los Estados Unidos hay colocados grandes letreros que avisan a los visitantes de que no deben tratar de acercarse, tocar o alimentar a los osos que, por ser animales salvajes pueden ocasionar daños irreparables (me imagino que el afamado ‘abrazo del oso’
VII
La tauromaquia sin el sacrificio del dios toro coloca a la lidia en un momento equivalente al del establecimiento del peto en la suerte de varas, dando otro paso en la decadencia de la misma. Los matadores –matadores, no toreadores- de toros no deberían participar en esas deplorables iniciativas. Por el honor de la coleta.
martes, 4 de agosto de 2009
LA NIÑA MÁS ODIOSA DEL MUNDO
SOCORRITO PINO
Por Alberto Salcedo Ramos
A Chari
No hubo en mi infancia una niña más antipática que Socorrito Pino. Confieso que en muchas oraciones le pedí a Dios que la dejara calva, que no le salieran de nuevo los dientes de arriba, o que, en el mejor de los casos, se la llevaran —con dientes y cabello, no importa— al punto más remoto de la tierra, donde jamás volviera yo a saber de su vida. Aún hoy estoy convencido de que aquel fastidio era justo: Socorrito Pino arruinaba mis alegrías, y parecía tener entre ceja y ceja el propósito de no dejarme tranquilo ni un minuto. Cuando yo peleaba con mi hermana Chari, ahí aparecía Socorrito como convidada de pesadilla, para impedir que le pegara. Lo hacía interponiéndose entre mi hermana y yo, o poniéndole quejas a mi abuelo. Cuando, después del baño, me ponía frente al espejo para peinarme, la muchachita insistía en que yo estaba perdiendo el tiempo, pues las peinadas no hacían milagros. Muchas de mis siestas, que en aquella época eran sagradas, fueron interrumpidas bruscamente por Socorrito Pino, que me jalaba los dedos de los pies y luego salía corriendo, con una risita de triunfo que me taladraba los nervios. Como vivía metida en mi casa a toda hora, conocía el penoso secreto de que yo, con 12 años, todavía me orinaba en la cama, y hasta se atrevía a preguntarme si aquello no me parecía vergonzoso. Un día llegó al extremo de decirme que ella no creía que yo mojara la cama por enfermedad, sino por la pura pereza de levantarme por las madrugadas.
En otra ocasión, Socorrito Pino pasó por el parque en el preciso momento en que yo le pegaba un chicle en la cabeza y le gritaba groserías a un compañero que había desperdiciado un gol fácil. En seguida, hizo un gesto acusador con el dedo índice, y aunque no entendí lo que me dijo, deduje que se lo iba a contar a mi abuelo. Dicho y hecho : mi abuelo me asestó una muenda realmente memorable.
En medio del llanto le eché a Socorrito la culpa de lo que me había pasado, pensando ingenuamente que le remordería la conciencia. Lo único que conseguí sacarle fue una frase fría que, además, encubría nuevas amenazas : “nada de eso”, dijo, con una cierta resolución adulta. “Los niños no deben decir malas palabras”. No voy a dármelas de Santa Claus. De hecho, como pueden colegir por la escena del parque, yo no era, como decía mi abuela Elvia, ninguna pelusita inofensiva. Pero juro que a Socorrito Pino jamás le di pie para que invadiera todos los espacios de mi vida, para que no me dejara respirar ni cuando jugaba fútbol ni cuando dormía. Jamás le busqué el lado. Nunca fui a su casa —que quedaba en la misma calle donde yo vivía— a molestarla. No me levantaba por la mañana maquinando planes que pudieran afectarla, a diferencia de ella, que sí parecía concentrada en el proyecto de destruirme. Socorrito Pino se movía por donde quiera que yo me moviera, y me amargaba los días con una eficiencia digna de mejor causa.
Hay que aclarar que Socorrito siempre encontró en mí una respuesta proporcional a su falta. Por ejemplo, la tremenda zurra que me dio mi abuelo el día que ella me delató por lo del parque, fue correspondida, dos días después, con un feo golpe en el cogote, que la puso a chillar durante varios minutos. Siempre me desquité de ella, aunque no fuera en forma inmediata. No recuerdo que le haya pasado una sola ofensa por alto : siesta que me dañaba Socorrito a las tres de la tarde, estaba debidamente vengada a las cinco o, a más tardar, a la mañana del día siguiente. Esto no resultaba tan difícil, porque a pesar de que Socorrito siempre huía a las carreras, tarde o temprano regresaba.
La verdad sea dicha : muchas veces fui más brusco de lo que ella había sido conmigo. Y, sin embargo, no me arrepentía, porque la gracia no estaba sólo en ajustarle las cuentas sino en amedrentarla para que nunca más se apareciera por mi vista. Vano empeño : después de mi golpe, venía su llanto ; luego, el retiro de ella hacia su casa y al rato estaba de nuevo al lado mío, como si nada, dispuesta a una nueva maldad. Socorrito Pino tenía un cabello negro y abundante. “Un cabello lindo”, decía la gente. Bueno, eso sería cuando estaba seco, porque cuando estaba mojado, recién peinado, llevaba una horrible raya torcida en la mitad. En todo caso, la atracción que yo sentía por ese pelo no parecía estética sino vandálica : allí me cobraba todos los desmanes de su dueña. La muchacha vestía con descuido, siempre descalza y siempre con los dobladillos del vestido zafados. Aparte, daba la impresión de estar siempre sucia. Yo sentía muchísima rabia cuando mis tías decían que era bonita. Con sus dientes pasaba algo parecido : todo el mundo decía que eran bellos, menos yo, que simplemente los veía como un arma despreciable. La situación llegó al punto en que yo le pegaba hasta cuando no me hacía nada, sólo por su repelencia de existir y colocarse a mi lado con ese aire de niñita autosuficiente. No sé por qué Socorrito nunca se quejó ante su hermano Fernando, un gigantón de 15 años que tenía atemorizado a medio pueblo de Arenal. Confieso que esa posibilidad me producía pánico.
Una vez estaba yo jugando parqués, solo, y ella se arrimó, agarró los dados y terminó metida en el juego, sin tener la cortesía de dejarme ganar, como recompensa por haberle aceptado su descarada autoinvitación a la mesa. Lo peor no fue eso, sino que se burló de mi derrota, con verdadera desconsideración. Ese día la mordí en un brazo, le dije que me dejara en paz y, como si fuera poco, me mofé de su manera de pronunciar las palabras. Ella se fue llorando con histeria, como siempre. Y, también como siempre, con una aparente mansedumbre en la mirada, como si el malo fuera yo, como si ella no fuera capaz de matar una mosca. Eso era, en realidad, lo más raro : que ni cuando lloraba por mis castigos ni cuando ella me hacía una maldad a mí, había en sus ojos ninguna gota de rencor. En menos de media hora volvió a la carga, con más bríos y con nuevas insolencias: yo dormía en el cuarto de mi tía Libia y Socorrito me arrancó de la siesta con un apestoso chorro de vinagre sobre la cara. Esa fue la última vez que la vi y eso fue todo lo que vivimos : una historia de impertinencias, de brusquedades, de patanería. Así hubiera seguido, quién sabe hasta cuándo, el círculo vicioso, de no ser porque la familia Pino Villalba se trasladó a Cartagena, en busca de nuevos aires. Puedo asegurar como que dos y dos son cuatro, que a la vuelta de unas horas ya ni me acordaba de que Socorrito Pino existía.
Lo que pasó después con nuestras vidas, la de ella y la mía, carece de todo interés. Por lo menos, para este relato. Baste decir que ambos nos alejamos de Arenal. Lo realmente maravilloso de esta historia ocurrió después de casi 20 años, en diciembre de 1995. Fue en la casa de Alberto Ramos, mi abuelo.
Cuando llegué, estaba mi abuelo conversando con una mujer que, de lejos, lucía estupenda.
—¿Sí te acuerdas de ella?, me preguntó mi abuelo con una sonrisa.
No lo dudé ni un segundo: era Socorrito Pino, idéntica, como si apenas hubieran traspuesto su cara del pasado a este cuerpo formidable de hoy. Que estuviera igual implicaba que ya desde niña había sido atractiva. Sólo que yo no quise verlo, por la antipatía que sentía por ella. O tal vez fue que no pude verlo, por física torpeza.
—Sí, claro, ella es Socorrito Pino, dije, un poco aturdido. En cambio la mujer lució fresca, deliciosamente fresca, cuando mi abuelo le preguntó si se acordaba de mí. Su respuesta todavía me sobrecoge el corazón:
—¿Cómo me voy a olvidar de él, señor Albertico, si fue mi primer novio ?
(Vía Ricardo Bada, más la gentileza de Laura García, de blogarcolibris.wordpress.com)
VENGANDO UN DESVÍO
EL SARGENTO Y LA PLANCHADORA
LUNA LLENA
José Buera Ortega y Ascensión Román, planchadora, joven de rostro agraciado y simpático, y elegante, se conocieron hace seis años y7 al poco tiempo entablaron relaciones amorosas.
Buera, con zalamerías y promesas, logró que la pasión platónica se tornase en práctica y que Ascensión se entregara con armas y bagajes.
Los tórtolos vivieron juntos algún tiempo, pero el casamiento no se ejecutó.
CUARTO MENGUANTE
Pepe llegó a hastiarse y no se preocupó más que de buscar el medio de desprenderse de Ascensión, que por su pasión volcánica se le iba haciendo molesta.
Cansados de la continua lucha de reproches, se separaron los tórtolos.
Él sentó plaza en el regimiento de infantería de León, número 38, y ella estableció un taller de plancha en la calle de Regueros, donde actualmente vive.
Desde aquel día, José Antonio y Ascensión se vieron de tarde en tarde; pero ella, aunque seguía queriéndole, por orgullo y dignidad no quiso molestarle ni suplicar inútilmente.
EL ENCUENTRO
El 8 de Septiembre del corriente volvieron a verse Ascensión y José, que ya lucía en las bocamangas galones de sargento.
Hablaron aquel día los dos jóvenes de sus antiguos amores; recordaron los días felices transcurridos hacía tanto tiempo, y sintieron ganas de reanudar los amores que en mala hora dieron por terminados. Volvieron a ser novios.
Ella dijo al sargento que vivía en la calle de Regueros números 4 y 6, donde con otra compañera había establecido un taller de plancha.
Pepe y Ascensión volvieron a vivir juntos por unos días.
Cansado el sargento, sin duda, o pesaroso de la infidelidad que cometía con aquella otra mujer, con la que vive actualmente, trató de aclarar su situación con respecto a la planchadora.
Se lo declaró todo; y ella, al saber que no era la única dueña del amor de José, al saber que éste la engañaba, juró vengarse y de nuevo se separaron.
LA VENGANZA
La segunda separación dolió más que la primera a Ascensión, puesto que siendo casado Pepe y con un hijo no podía aspirara realizar sus sueños.
Cuando Ascensión se convenció de que era inútil toda esperanza, concibió el siguiente plan: comprar vitriolo, ir a buscar a su ex amante y arrojárselo a la cara.
Anteayer estuvo Ascensión buscando al sargento todo el día, sin lograr dar con su paradero; consiguió, sin embargo, enterarse de que ayer por la mañana había de venir a Madrid desde Leganés.
Ascensión se levantó temprano, compró el vitriolo en una droguería de la calle del Barquillo y marchó a la Puerta del Sol.
A poco llegó Pepe, se saludaron y subieron al tranvía.
Durante el viaje, los ex novios conversaron animadamente. Al oírlos reír, nadie hubiera creído de que al poco rato tenía que desarrollarse entre ellos una tragedia.
Hablaron de lo de siempre; ella, de volver a reanudar sus relaciones; él, del compromiso que le impedía casarse con Ascensión.
Al llegar a Carabanchel Bajo descendió el sargento del tranvía; ella estaba todavía en la plataforma y le llamó:
–¡Oye!
Pepe volvió la cabeza y entonces Ascensión, rápidamente, le lanzó el vitriolo a la cara, diciendo:
–¡Toma, para que no te vayas de rositas, y aprendas a no engañar a las mujeres!
LAS QUEMADURAS
Buera sintió inmediatamente que se le abrasaba la cara, y corriendo se dirigió a una farmacia próxima, donde fue auxiliado de primera intención, pasando después al Hospital Militar, donde quedó instalado en la sala de Cirugía, donde el médico de guardia D. Higinio Peláez y el ayudante Sr. Ballenato le apreciaron anchas placas de quemaduras en las mejillas y en la frente, en el párpado superior derecho, en las orejas y en ambas partes laterales del cuello, todos de pronóstico grave.
LA DETENCIÓN
Ascensión siguió en el mismo tranvía hacia Madrid.
El inspector número 34, que también resultó con algunas ligeras quemaduras, al pasar el coche por el cuartel del Cuerpo de seguridad, obligó a Ascensión a que se entregase.
Así lo hizo ésta sin oponer resistencia.
lunes, 3 de agosto de 2009
CAMBA Y LA ENCUESTA FEIJÓO
Los padres gallegos prefieren educar a sus hijos en español
Por Julio Camba
22 de Junio de 1908
El gallego, que es un idioma dulce, armonioso y abundante en vocales, no sirve para la vida ni para la literatura. En gallego se pueden hacer algunas poesías –Rosalía las ha hecho maravillosas–, comprar algunos pescados y hablarles a las gallinas, a los pájaros y a las muchachas de aldea. Pero, ¿cómo va a tener nadie la pretensión, no ya de escribir una obra filosófica, sino de hacer en gallego un artículo político o una crónica periodística? No se habla gallego más que en las aldeas. En una ciudad de 500 habitantes –en Villagarcía, sin ir más lejos–, el gallego ya no alcanza para expresar las necesidades diarias de las gentes.
Es natural, porque el gallego se ha quedado atrás y porque toda la cultura de Galicia, desde muchísimos años a esta parte, se ha hecho en castellano. Ni siquiera hay unidad en el gallego, que, de aldea en aldea, se habla de un modo muy distinto. El gallego se va deshaciendo en el castellano, y ésta es su obra: la de enriquecer el idioma común con buena cantidad de expresiones pintorescas y de giros nuevos.
–¿Va usted a la playa?
–Sí, señor; le voy. En casa no se le puede estar.
Una de las cosas más simpáticas de la sintaxis gallega es ésta de dedicárselo todo al interlocutor.
–Le estuve muy malita, pero ahora ya le estoy buena.
Si los labios que lo dicen son bonitos, es cosa de dar las gracias galantemente.
Aquí, en las rías bajas, hay un giro que se presta a muchos equívocos: ¿Y luego?
Se dice «¿Y luego?» como en Madrid se dice: «¿Entonces?» o «¿De modo que?»
Un amigo mío fue una vez a Madrid, entró por equivocación en una lechería a pedir un bock de cerveza.
–¿Puede usted darme un bock?
–No, señor. No tenemos.
–¿Y luego?
–Luego, tampoco.
(Del libro Maneras de ser español, de Luca de Tena Ediciones. Imagen de juancristobal.es)
domingo, 2 de agosto de 2009
TORO ATACA A CINEASTA
4 de Junio de 1921
ANDALUCÍA
Accidentada impresión de una película
El operador es acometido por un toro
Sevilla.- Actualmente se encuentra en Sevilla una compañía francesa de “film” impresionando una película basada en la novela La infanta de la rosa, que se desarrolla en París, Granada y Sevilla. La compañía estaba ayer en una finca del conde de Cortes haciendo unas cintas de escenas típicas andaluzas, entre ellas un acoso y derribo. En lo más animado, del trabajo un torete se arrancó hacia el operador, quien sin dar importancia a la cosa continuó dando a la manivela. El toro le volteó varias veces, desnudándole completamente y causándole diversas contusiones.
sábado, 1 de agosto de 2009
APOLOGÍA DE LAS CORRIDAS DE TOROS
Por Juan Valera
Un discreto artículo, escrito por estilo elegante, que El Reino publicó el día 10, condenando las corridas de toros y procurando rebatir cuanto en defensa de ellas hemos dicho, nos obliga a tomar de nuevo la pluma para defenderlas y defendernos. Pero téngase en cuenta antes de todo que nosotros no queremos demostrar que las corridas de toros sean útiles y buenas; nosotros no las hemos querido convertir en una especie de enseñanza para el pueblo, ni hemos querido hacer de ellas una institución política y religiosa de trascendencia grandísima, como lo eran los juegos olímpicos, ítsmicos y píticos, a que el articulista de El Reino las compara. Nosotros nos hemos limitado a sostener que las corridas de toros son una diversión popular, ni más ni menos profana, ni más ni menos contraria a las buenas costumbres, que la comedia, el baile, los títeres, el circo ecuestre, las riñas de gallos y otras funciones por el mismo orden. Sin duda que sería muchísimo mejor que la gente fuese menos aficionada a divertirse y que se quedase en casa, estudiando, rezando o cumpliendo con sus obligaciones; pero, puesto que somos frágiles y gustamos de divertirnos, no nos parece que los toros sean una diversión más censurable que otra cualquiera. De este modo, y con estas limitaciones hemos defendido los toros, y basta indicarlo así para que vengan a tierra los más de los argumentos que nuestro colega nos hace.
¿Cómo hemos de creer nosotros que las diversiones públicas tengan por objeto, según dice nuestro colega, «levantar el espíritu de los hombres, perfeccionar sus sentimientos y sus ideas, engrandecer su alma y ensanchar el horizonte de sus miras por las regiones de lo infinito y de lo absoluto»? Bueno y rebueno sería que tuviesen las diversiones tan noble y santo propósito: pero ni le tienen ahora, ni jamás le han tenido. ¿Qué ensanche de miras, qué dilatación de horizontes, qué visión de lo infinito ni de lo absoluto ha de tener nadie después de ver a un saltarín hacer cabriolas, a la Nena bailar el Jaleo, o a un titiritero brincar en la maroma? ¿Qué ideas ni qué sentimientos se le perfeccionarán a nadie después de haber oído una zarzuela de Camprodón o un vaudeville malo y peor traducido? Nadie tampoco, cuando sale de su casa y va al teatro u a otro espectáculo cualquiera, se propone perfeccionarse y adelantar en su educación moral e intelectual: lo que se propone es distraerse un rato, si puede. A nadie se le ocurre decir: «Me voy al teatro a ver si me perfecciono y me corrijo y me abro nuevos horizontes y topo allí con lo infinito y lo absoluto.» Para hacerse sabio se va a la universidad a oír a los maestros y catedráticos, y para hacerse bueno se va a la iglesia a oír misa y sermones, y para hacerse místico y descubrir esos horizontes divinos, lo que conviene es la oración mental, el recogimiento, la penitencia y la conversación interior, y no irse a holgar por esos teatros, de fiesta en fiesta, y de bureo en bureo.
«Nosotros, añade el articulista, preguntaríamos a los que se retiran al hogar doméstico después de haber presenciado una de esas luchas entre los hombres y las fieras: ¿Qué nueva idea lleváis hoy a vuestra casa, a consecuencia de la función a que habéis asistido? ¿Qué perfeccionamiento sentís en vuestro ser?» La pregunta que hace el articulista de El Reino se parece a la que hace el caballero de la Tenaza a una dama que le pedía un balcón para ir a los toros. «¿Qué piensas que se saca de una fiesta de éstas?» Y el mismo caballero responde diciendo: «Cansancio y modorra y falta de dinero al que paga los balcones. Dala al diablo que es fiesta de gentiles, y todo es ver morir hombres que son como bestias, y bestias que son como maridos.» Pero nosotros que no estamos amenazados de pagar el balcón a ninguna dama, ni tenemos ese ensañamiento interesado contra las corridas de toros, no podemos decir que son gentílicas, ni que siempre se ven en ellas morir hombres, cuando en todo lo que va de siglo, habrán muerto cuatro o cinco en la plaza. Confesaremos, sin embargo, que no sentimos perfeccionamiento ninguno, ni traemos casi nunca nuevas ideas cuando volvemos de los toros; pero lo mismo nos sucede cuando volvemos de la comedia, del baile, de la tertulia, de los títeres y de otras muchas partes. Gracias si, al volver de la iglesia, o de la Biblioteca nacional, o de una cátedra, nos sentimos algo mejores o un poco más instruidos que cuando entramos en ellas.
Desengáñese nuestro poético adversario; si fuésemos a renegar, como nos aconseja, de toda festividad donde no recibiese el alma «mayor impulso hacia lo bueno y mayores y más vivas aspiraciones hacia un mundo superior, manantial de toda vida, foco de toda luz, centro de toda grandeza y origen de todo lo creado,» iríamos a pocas partes, salvo al jubileo y al sermón, y a oír lecciones de sana filosofía, donde haya quien sepa darlas.
Los juegos olímpicos, que cita nuestro colega, no comprendemos que pudieran producir en nosotros esos divinos efectos. ¿Qué mayor impulso hacia el bien, qué mayores aspiraciones místicas nos había de infundir la contemplación de la lucha, del pancracio o del pugilato, y los atletas combatiéndose desnudos y dándose furibundas puñadas, hasta verter sangre por las narices y la boca, y hasta cubrirse de cardenales y de contusiones horribles, y hasta caer y revolcarse en la arena, todos magullados y molidos? Lea el articulista cómo pinta Homero los juegos epitafios que dio Aquiles en Honor de Patroclo, y, aún prescindiendo de los sacrificios humanos, verá si son bárbaros. Para colmo de elevación del alma a Dios, solía también hacer algún filósofo cínico tal cual indecencia, o extravagancia mayúscula, en los mencionados juegos, que el articulista de El Reino nos presenta como un dechado. Recuérdese, en prueba de lo que decimos, el espectáculo que dio en ellos Peregrino, el famoso, cuando se vistió, o mejor dicho, se desnudó de Hércules e imitó a Hércules, quemándose en una hoguera como lo describe Luciano.
Pues no crea tampoco el articulista de El Reino que los famosísimos conciertos de Alemania, al aire libre, en los jardines públicos, tienen siempre ese carácter de sublimidad y de moralidad que les atribuye. En dichos conciertos suele tenerse muy presente aquella sentencia en verso de Lutero, que dice
Wer liebt nicht Weib, Wein und Gesang,
der bleibt ein Narr sein Lebenlang:
que es como si dijéramos:
Quien no ama el canto, la mujer y el vino,
es durante su vida un gran pollino.
Es verdad que a estos conciertos asisten honrados burgueses, que se atiborran de tortas y de cerveza, y que fuman en pipa, mientras oyen la música, y excelentes matronas que hacen calceta, prestando siempre alguna atención al arte; pero allí acuden también las costurerillas alegres y los estudiantes regocijados; y se come, y se bebe, y se retoza, y se suele, pensar en todo menos en lo infinito y en lo absoluto, y se ven muchas cosas que nada tienen que ver con los horizontes ideales. Lléguese el articulista de El Reino a una joven pareja que salga de estos conciertos, y pregúntele: «¿Qué perfeccionamiento sentís en vuestro ser?». La pareja es probable que le conteste a dúo con aquellos versos de Heine:
Ich habe gerochen alle Gerüche
in dieser holden Erdenküche;
esto es, aunque mal y libremente traducido:
He olfateado toda golosina
del mundo en la dulcísima cocina, etc.
El mundo sería para esta pareja una cocina y no un templo.
Añádase a esto el juego desenfrenado, que suele combinarse en Baden y en otros puntos con los referidos conciertos, y comprenderá nuestro entendido impugnador que no es todo oro lo que reluce, y que es rara, muy rara, la diversión pública que un moralista severo no pueda y deba condenar.
Achaques son de la decaída y pecadora naturaleza humana, y lo mismo se advierten sus deplorables síntomas en las corridas de toros que en cualquiera otra diversión, incluso la del teatro, a pesar de la manía que ha entrado a varias personas de sostener que el teatro es una escuela de costumbres. Todo lo contrario han pensado muchos Santos Padres y muchos eminentes teólogos, y más veces se han prohibido las comedias y más se ha clamado contra ellas que contra los toros, aunque en balde siempre.
En España, donde ha sido el teatro tan grande, tan rico, y en cierto modo tan católico, ha sido anatematizado y prohibido en diversas ocasiones. El P. Mariana le censuró duramente, y en tiempo de Felipe II se prohibieron las comedias, pues, según el dictamen de doctos teólogos, «las que hasta allí se habían representado, y solían representarse, con los dichos y acciones, y meneos y bailes, y cantares lascivos y deshonestos, eran ilícitas, y era pecado mortal representarlas.» En tiempo de Felipe IV, con ser este rey autor de comedias, también estuvieron las comedias prohibidas durante algún tiempo, y sólo se permitieron las que trataban de historias y vidas de santos. En el dicho reinado de Felipe IV, hubo muchos prelados, como por ejemplo el arzobispo de Sevilla, que condenaban las comedias, diciendo que con las tales representaciones andaba la gente vestida de lujuria. En tiempo de Carlos II también estuvieron las comedias más toleradas que consentidas, sujetas a censura muy severa, y en algunas ocasiones prohibidas completamente. En el siglo pasado, reinando ya la familia de Borbón, siguió la misma persecución de los teólogos contra las comedias; pero el Consejo de Castilla consintió su representación, si bien con bastantes restricciones.
De lo dicho deducirá el articulista de El Reino, que si los prelados y otros varones doctos y piadosos han censurado a veces las corridas de toros, no lo han hecho jamás con tanta perseverancia como con las comedias; y que, si esta fuera razón para que las corridas se prohibiesen, más lo sería para que se prohibiesen las comedias, y aún para que se convirtiese el mundo en una Tebaida.
El Reino nos censura, sin razón, por haber citado una bula del Papa, consintiendo las corridas de toros. ¿Pues cómo no la habíamos de citar, cuando se nos venían encima los místicos al uso, asegurando que la Iglesia condenaba las corridas? ¿Acaso ignora El Reino que cierta gente farisaica ha dado en la flor de acusarnos de herejes y de impíos a cada momento, de suerte que apenas podemos ya desplegar los labios sin citar alguna autoridad, y apenas podemos decir sobre algo esta boca es mía, sin exhibir bula o buleto que nos lo haga lícito?
«La religión no protege, dice El Reino, ni ha protegido nunca las corridas de toros.» Estamos de acuerdo. ¿Cuándo hemos dicho nosotros lo contrario? Tampoco la religión ha protegido las comedias, ni los títeres, ni los bailes, y no por eso deja de tolerarlos como un mal inevitable.
Dice El Reino que Carlos III prohibió las corridas de toros, y que Isabel la Católica habló mal de ellas. Más veces se ha prohibido el teatro, y más veces se ha hablado mal de él, y con todo no concluye.
El Reino dice asimismo que las corridas de toros son un espectáculo en que puede morir un hombre, un hermano nuestro. A estas razones hemos contestado ya, que también se matan los acróbatas y los saltarines, y que hay otras mil industrias y profesiones en que se aventura tanto o más la vida que en la del torero. El buzo que busca en el fondo del mar la perla que ha de coronar las sienes o ha de adornar la descubierta garganta de la hermosura; el albañil, que se encarama en lo alto de un andamio para terminar un edificio; el minero, que penetra en los lóbregos senos de la tierra en busca del oro, con que todo se compra, o del plomo mortífero, cuyos vapores penetran en sus entrañas y le dan la muerte; el domador de fieras; el desbravador de caballos; el postillón de diligencias; en suma, mil y mil oficios, que no citamos por no pecar de prolijidad, oficios a que el hombre se somete, no sólo para satisfacer una necesidad social, sino para complacer a veces la vanidad, el lujo o el capricho de otro hombre, son más ocasionados a dar la muerte que el oficio de torero. Que se supriman, pues, todos esos oficios por anti-filantrópicos e inmorales. Pero discurriendo tan filantrópicamente, vendríamos a parar en suprimir la vida, porque la vida trae consigo la muerte. Viviendo y obrando la vida se gasta, se consume, y al cabo nos morimos el día menos pensado, unos antes, otros después, unos de cornada de toro, y otros de cornada de burro. Más desgracias hay en Madrid de resultas de los atropellos de los coches que en toda España de resultas de las corridas de toros. ¿Y por esto hemos de suprimir los coches y obligar a todo el mundo a que ande a pie? Convénzase El Reino de que es exagerada por demás tanta filantropía.
Tiene razón El Reino al afirmar y lamentar que en las corridas de toros se dicen muchas palabras indecentes y groseras; se pronuncia demasiado la J; pero ¿dónde no sucede lo propio en esta tierra de garbanzos? El hombre o la mujer de oídos delicados y púdicos no conseguiría dejar de oír tales cosazas no yendo a los toros; sería menester que no saliese por esas calles, plazas y plazuelas, o que, cuando saliese, se tabicase bien con cera los oídos, imitando al prudente Ulises. ¡Pues no es nada, cuando uno va de viaje, sobre todo si tiene asiento de berlina, y puede escuchar la amena e interesante conversación que el mayoral y los zagales traen de continuo con las mulas! Aquello sí que es jurar y maldecir, y lo demás es nada.
En resolución, en este mar del mundo en que nos hallamos engolfados, hay muchos escollos y bajíos, donde se expone a naufragar toda virtud; hay muchos peligros que la honestidad y la decencia tienen que arrostrar y combatir; hay un enjambre de cosas malas, y un hormiguero de circunstancias pecaminosas que rodean al más cauto, al más precavido, al que más propende a huir de ellas. Entre todas estas cosas pueden indudablemente contarse las corridas de toros; no lo hemos negado nunca. Pero de esto a combatir las corridas de toros con singular furia, como si fuesen el extremo de lo malo, hay una distancia enorme, que marcaremos siempre y haremos sentir, a pesar de los sutiles y elevados discursos del articulista de El Reino.
ANTES CAE EL DIENTE QUE LA SIMIENTE
16 de Abril de 1881
–En Villar del Arzobispo hay una anciana de 102 años de edad, y se mantiene todavía fresca y haciendo algunas faenas de la casa. Lo más particular de esta señora es que, no hace mucho, le han salido dos dientes, blancos como la nieve, y se le ha caído uno de ellos quedándole el otro.
Deseamos que Dios le alargue la vida hasta otro centenar.









