Hughes
Pura Golosina Deportiva
“The original queen is AEK”, con esta declaración tan extraña en el fútbol (somos las reinas), el Madrid era recibido en otro infierno griego.
Minuto de silencio emocionante en memoria de Jesús de Miguel. Morir en un contraataque ...
Mou asomaba en la banda, cada vez más él. A Mou le está rejuveneciendo el Madrid, al contrario de lo que suele pasar.
El Madrid rotaba, pero de verdad: los centrales, Valverde, Güler y Tchouaméni fuera del once, que dependía de Camavinga en la cimentación y Bernardo en la construcción. El partido, no es de extrañar, nació descontrolado, un poco de culo, y ya muy pronto tuvo Courtois que hacer un paradón.
La intensidad del AEK era muy seria. A veces como madridista sorprende la energía que genera el Real Madrid. Es una renovable en sí mismo.
Diomandé estaba en la derecha y Vinicius en la izquierda. Las comparaciones iban a ser odiosas.
Ya pronto, en el minuto 11, marcó el AEK con golazo de Koita. Una diablura de extremo sobre el nido del Cucu. Yo creo que el 90% del madridismo se dedicó a buscar a Vinicius en la repetición. ¿Estaba ayudando? No.
El Madrid estaba blandito, perezoso, sin entrar del todo en faena, como con medio cuerpo fuera de la ducha, demorando el chorro helador.
Esta sensación de sí y no se remataba con las apariciones individualistas de Mbappé, enredado en la falta de espacios.
En el 18, Courtois ya le paró otra a Jovic, un jugador del que aun hoy cuesta saber qué fue, y probablemente qué sea. ¿Le llegó a pitar el Bernabéu? Tanta frialdad no dejó ni recuerdos. Jovic ha prosperado en Grecia, vecina balcánica. N se puede ir muy lejos.
Le hubiera gustado montar el lío por esas tierras a Güler, pero no estaba. Su labor creativa se añoraba pero fue sustituida por el acarreo como de cartero de Bernardo Silva y luego por la aparición de Bellingham.
El peligroso del AEK era Gacinovic, que por fortuna se fue apagando como un mecherito de esos de publicidad (”Talleres Eusebio”) que daban antes.
El Madrid apareció en ataque con un centro de Diomandé a Kilian. El equipo no estaba aun puesto en el sitio. Parte de la culpa era de Camavinga, excesivamente volandero, pero esto mejoró y Camavinga acabó haciendo un gran partido. Podría decirse que hasta un partido extraordinario, difícil de ver en otros mediocampistas. La energía de ese jugador es asombrosa. El proyecto de encauzamiento de su juego es una obra ingenieril y psicológica de primera magnitud que va a intentar Mourinho.
Un poco antes de la media hora el Madrid ya estaba en el partido. Presión activada, encajonamiento del rival y un lento atornillamiento que daba sus frutos: chut de Vinicius, gol en offside de Bellingham y, en el 31, el 1-1, taconazo del antedicho tras buen pase de Cucu. La jugada había nacido en una gran salida del juego de Rudiger, que a la vez alejó el peligro y creó un contragolpe. Bueno era el inicio que permitió al Madrid, ya hecho o formado, proyectarse en un espacio y mejor fue la finalización, un taconazo de medio lado de Bellingham, con una finura absoluta, en la estela zidanesca que ha emprendido. Llevó con una bella rotación la pelota al otro palo y su cuerpo no perdió nunca la compostura.
El gol hizo eclosionar (una palabra así merece), un fútbol supremo del inglés. Le pedían que se hundiera en los pivotes, error impaciente que cometemos, pero con el gol, en el área, de llegador, creció como mediapunta, como si la ausencia de Güler le redimensionara. Esto está pasando y va a pasar en el Madrid. Bellingham se agigantó.
Su fútbol era esforzado, humilde, indiscriminado, versátil; dirigía, pasaba, controlaba y todo lo hacía con una elegancia aun mayor. En Atenas Bellingham parecía un dios griego, un David o un Apolo de clasicismo conmovedor. Se hacía importante y a la vez se hacía hermoso, una envergadura erguida que se afina piernas abajo.
Ya sabemos que Bellingham es una navaja suiza y marcó, pasó, robó y también distribuyó, y la creación de fútbol se repartió entre los centrocampistas, casi de forma alícuota. Camavinga llevó mucha pelota y dirigió a su modo al equipo. Bernardo hacía diagonales de cartero que no se equivoca de buzón, Camavinga era verticalizador y Bellingham, una vez en la corona, buscaba a las bandas, como en un pase exterior que le dio a Dumfries y que en la retransmisión despertó un gemido de placer de Valdano. Exteriores se pegan bastantes, pero el de Bellingham era diferente. ¿No dejaba un pequeño vacío en el pecho, como de forma que queremos apresar y no se deja, un anhelo melancólico pequeñísimo y a la vez una ligera euforia? Queríamos ver más.
La centralidad de Bellingham, decisión de Mourinho, está devolviendo al Madrid a la belleza, una belleza difícil porque ha de labrarla el propio Bellingham en su mole muscular, en su juego de fuerza, inglés, generoso y noble...
Brillaban ahí él, Camavinga y Cucurella, y por esos andurriales penaba Vinicius, pues un poquito alma en pena se nos ha quedado. Jugador sin ego, quizás esto sea la forma de integrarlo de nuevo en lo colectivo. Vinicius ya no es un problema. Su presencia ya no se siente como un duelo de divas con Mbappé. Puede estar mal, pero ya no es un pavo real o un gallo dibujando a picotazo su territorio.
El AEK se había deprimido. Los cánticos ya eran un mantra desapasionado.
El Madrid había entrado en calor con el gol pero también con la presión. Diomandé era un Camavinga bis y hasta quisimos ver a Vini presionar.
No tenía la noche Mbappé, que repetía sin éxito el salto de la rana.
Dumfries llegaba por su banda y en un par de ocasiones convocó al remate a Vinicius, que fue capaz de cruzarse el área para ello. Esto se celebra como cuando un deprimido abandona la cama y es capaz de cruzar el pasillo para ir a la cocina. Vini preocupa y da un poco de pena. Para algunas tribus africanas, las máscaras son el alma de otra persona. Ponerse una máscara es migrar de identidad y Vinicius cambió la expresión de su cara. Ese chico no se encuentra en el espejo.
El Madrid, que había empezado flojo, acababa la primera parte dominador.
Un reto del equipo era que las parejas, las sociedades valdanistas cuajaran. Dumfries y Diomandé tenían que congeniar (con Dumfries no es fácil), también Bernardo y Camavinga.
Camavinga parecía más inspirado en el primer toque. No controla y toca y vuelve a tocar. En el mismo toque la pisa y la devuelve al juego. Sus primeros controles eran buenos. Sonará exagerado, pero el partido de Camavinga quizás fuera la mayor noticia del partido. Hay que ver sus números, sus kilómetros, la cantidad de subidas y bajadas que hizo...
Bellingham estatuario, Camavinga incansable, como un perro genial que persiguiera el frisbi y, al llegar a tenerlo, se lo volviera a lanzar él mismo... y el tercer portento era Diomandé que penetraba en la banda con un surtido de regates zigzaguante. Encara al rival, traza una diagonal, corrige y cambia de sentido, entonces amaga, hace el contra-amago, y cuando va a salir, se gira, da media vuelta, y vuelta a empezar... en cada lance dibuja algo, una firma endiablada hecha de varias trayectorias...
Y volvía a brillar en la defensa. En alguna jugada le comía el lateral a Dumfries. Sucede que el lateral a veces se meta donde el extremo y le quite espacio, lo que no es tan habitual es que el extremo desplace del sitio al lateral.
Pero en el 51, ay, el Madrid se rompió. Era importante ese instante y Mou salía del banquillo.
Era un hito del partido, al que siguió otro: A Mbappé, por fin, le salía un arriquitaun y su pase posterior lo remató, con mucho peligro, Cucu.
Vinicius se quiso arrancar, pero a primeras del slalom se dejó la pelota. Si eso hubiera sido el Bernabéu, ya le habría caído una pitada wagneriana.
Los extranjeros del AEK, de gran diversidad, le protestaban al árbitro haciendo el mismo gesto grecolatino.
Cucurella hacía otro partidazo. Bueno en ataque y correoso en defensa, pesadísimo para el rival. Defensivamente, Cucu parece la tercera cuñada de Homer.
El juego fluctuaba un poco demasiado. El AEK había caído físicamente, pero con los cambios cogía oxígeno justo cuando el Madrid empezaba a resentirse. La forma de resentirse la conocemos: se alargaba.
Necesitaba cambios el Madrid y entraron Endrick y Valverde. Acierto pleno. Aportaron energía suficiente, aunque el juego no se recuperó del todo, no se cohesionó. Fue un partido resuelto en modalidad de correcalles.
Vinicius, por fin, se fue de alguien, igual que de Walker la noche del City.
El Madrid ya tenía piernas y potencia, pero nunca juntó del todo al equipo. El balance defensivo era malo y así llegó el 2-1 (Pilo): de tenerla Mbappé en el área ajena se pasó al gol en la propia.
El fantasma de la derrota ya se paseaba como la chica guapa que anuncia el round en el boxeo cuando el Madrid empató. Bellingham lanza a Dumfries, que se la pone a Mbappé, llegando como en Barcelona, para rematar. A Mbappé el minimalismo le sienta bien.
Justo antes, Mou iba a sacar a Espí, pero se lo guardó. Tenía a Endrick, que empezó a trabajarse la banda. Su efecto a esas alturas de partido es devastador. La defensa que no estaba rota la termina de romper. Las revienta.
Como la derecha ya era un cañón, Mourinho cambió la otra: Carreras y Brahim, y un poco después Espí, demorado.
Endrick rompía por fuera, chutaba por dentro, sacaba los corners y pasaba “al espacio” de Mbappé, que tiró al larguero.
Mourinho le ha encontrado el sitio a Endrick, Pero eso ya lo tenía, Mou le ha encontrado el momento. Entrará a los 70 minutos para saltar todo por los aires.
Tiene recursos Mourinho, que entre desmontar a los neogalácticos y la ultima ratio de Espí, encuentra el intermedio de Brahim, el acelerador, y Endrick, el reventador de partículas.
Era una asedio el Madrid. Presionaban como leones; acogotados los otros, Y así se repitió el guion de Roma (objetivar el azar, domar lo extraordinario). En el descuento, Valverde robó al borde del área y tardó nanosegundos en armar el disparo. Le pegó como si le diera una leche a alguien. Un ímpetu violento, un arrebato. Ese es su estilo, ya le vamos conociendo. El balón, por supuesto, cogió una pequeña trayectoria alevosa y cuando llegó a las gradas, la enaguas de la reina de Europa, Endrick ya derribaba, abraza y besaba a Valverde. Se tendrán que conocer. Podrían ser la banda derecha en la próxima rotación, que ya no son rotaciones sino combinatorias felices de Mourinho.


