Follow by Email

domingo, 16 de mayo de 2021

Entrar en política

 

Abc, 13 de Marzo de 2002


Ignacio Ruiz Quintano

 

Como ave precursora de primavera, Ana Botella deshoja la margarita de entrar en política, como si su presencia la enajenara, como si sus palabras la alucinaran, como si sus ojos la fascinaran y como si su aliento la envenenara. "Don Juan! ¡Don Juan!, yo lo imploro / de tu hidalga compasión: / o arráncame el corazón, / o ámame porque te adoro".

Por  "Don Juan" ha de entenderse aquí el votante común, es decir, el español de botellín, que ya habla en la calle de la vocación política de Ana Botella con la misma aprensión que sus abuelos acostumbraban hablar en el teatro de la vocación religiosa de Doña Inés. En cuanto a los abstencionistas, ¿en qué medida nuestro juicio sobre el valor de la vocación de una persona debería estar influido por el hecho de que la consideremos basada en una ilusión?

Planteada por un filósofo de Oxford, que ponía el ejemplo de la monja confiada en que es amada por su deidad y en que está destinada a un futuro feliz en el mundo venidero, la cuestión es si importa que la deidad en quien su amor se regocija no exista y que no  haya  ningún  mundo  venidero. El filósofo de Oxford no conocía la respuesta, aunque se inclinaba a contestar "sí importa" cada vez que leía a un filósofo de Cambridge que sostenía que una contemplación meramente poética del Reino de los Cielos sería superior a la del creyente religioso, si fuera el caso que el Reino de los Cielos no existe ni existirá realmente. ¿Qué?

¿Se dan ustedes cuenta de lo difícil que es entrar en política? Más que pasar un camello por el ojo de una aguja. Lo que ocurre es que, en España, cualquiera que lea los periódicos sabe que el Reino de los Cielos existe, y que ese Reino se encuentra en la política. Pero de la política, como es natural, no le es dado al abstencionista más contemplación que la meramente poética. ¿Y  qué vas a hacer? Uno se  hapasado toda la vida viendo pasar políticos, igual que los marineros de Colón se pasaron toda la noche oyendo pasar pájaros.

Para los periodistas, los pasos de los políticos también suelen ser señal de alguna noticia a la vista. No digo que cada vez que un famoso entra en política haya que escribir una "Fenomenología del Espíritu", como hizo Hegel la noche en que desde su casa oyó los cascos de los caballos de la escolta de Napoléon camino de la batalla de Jena, pero un folio, desde luego, hay que escribir, pues si algo se le exige a un periodista es que hable de todo.

Hablar de todo y darle jabón a la gente es lo que, según Julio Camba, hace que el oficio de periodista sea tan semejante al oficio de peluquero. La única pega es que, para hablar de todo, hay que saberlo todo, lo que es sumamente difícil, o no saber absolutamente nada, lo que, en contra de las apariencias, es mucho más difícil todavía. Nadie, en efecto, lo sabe todo y nadie tampoco lo ignora todo. Por regla general, argumenta Camba, lo que sabemos lo sabemos mal, y siendo esto así, ¿en qué podemos fundarnos para suponer que lo que ignoramos lo ignoramos bien?

De mí sé decir que, al menos sobre la entrada en política de Ana Botella, lo que sé lo sé mal y lo que ignoro lo ignoro bien. Sé que quiere entrar en política, pero ignoro si, como se dice, es una intelectual. Después de todo, también de otro Botella, el rey Pepe, se decía que bebía y que bizqueaba, y, sin embargo, era abstemio y francamente encarado de ojos en la  realidad. "¿Con  que  hay  otra  vida  más  /  y  otro mundo que el de aquí? ¿Con que es verdad, ¡ay de mí!, / lo que no creí jamás?"

 


Pepe Botella