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sábado, 21 de abril de 2012

Vino y palmas

Mariscadores de flamenco en la Maestranza
 
Ignacio Ruiz Quintano
Abc Cultural

    El embajador americano en la OCDE ha dicho en un foro sobre la primavera árabe que España sólo sirve para el flamenco y el vino tinto.

    Enfrente sólo tenía a un español, Diego López Garrido, que tiene pinta de gitana de capotes y que hizo eso tan español de levantarse y exigir una rectificación que no llegó, porque el problema del español no es el flamenco ni el vino tinto, sino la falta de crédito.

    En cualquier caso, no se puede resumir más la cultura española: flamenco y vino tinto.

    El vino, que alegra el corazón del hombre, al decir de las Escrituras, y el flamenco, que es la música de los que no saben solfeo.

    Siempre me sorprendió que, porque me gustan los toros, todo el mundo dé por sentado que también me guste el flamenco.

    ¿Cante flamenco o cante gitano?

    –Cante gitano –contestó Pastora Imperio, para quien sólo hasta tres personas, como máximo, pueden conjuntar una cosa gitana: “Más ya es una verbena”.

    Y a Cocteau, que andaba intrigado con lo de “flamenco”, supo Pemán explicarle que la cosa venía del gusto andaluz de la antítesis, que consiste en celebrar algo diciendo lo contrario.

    –Viene don José con su esposa, voluminosa y real hembra: “¡Se acuesta solo don José!” Pues lo mismo: como los gitanos son morenos, casi negros, como tizones, les llamaron, por cuchufleta, “flamencos”: aludiendo a los rubios y blanquecinos que de Flandes vinieron a España con Carlos V.
    
Y vuelta a las andadas de Cocteau, que estaba por la labor de otorgar al flamenco una solera judía, como de loco escapado de “La torre de los siete jorobados”.

    Tampoco hay que ser andaluz para tirar al flamenco. Primo de Rivera era jerezano y no podía verlo. El mismo Pemán cuenta cómo en un baile del duque de Abrantes, donde estaban Chacón, el señor Manuel Torres y la Niña de los Peines, obligaron al general a echar un vistazo y salió rabiando:

    –¡Esto es una ordinariez, aquí y en Pompeya!

    Y al embajador yanqui, ¿le gusta el flamenco?