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sábado, 28 de abril de 2012

Apoteosis

Jorge Bustos

No esperábamos que en la hora del adiós fuera precisamente a quebrarse la gran ilusión óptica del guardiolismo. Pero tampoco era necesario llevarla al paroxismo religioso de una escena veterotestamentaria. Hacia las dos de la tarde del día de ayer, el cielo se oscureció sobre el Camp Nou, el velo del templo blaugrana se rasgó de arriba abajo y los hechiceros con pintas del periodismo deportivo, desesperados por detener la marcha de Pep, salieron corriendo al zoo del Parque de la Ciudadela en busca de un carnero propiciatorio para sacrificarlo en el altar de Baal, acto que impidió finalmente la ley catalana en vigor contra las corridas de toros.

El periodismo deportivo leyendo el futuro de Pep

Los democristianos de Ciu preguntarían muy preocupados ayer a qué hora hablaba Guardiola, no fuera a ser que la rueda de prensa les pillara en misa y terminaran acusándolos de politeísmo. El propio Guardiola, al contrario que Alejandro o Augusto, ha declinado modestamente su deificación, si bien esa manera de apaciguar los encendidos arrebatos de los reporteros se nos asemeja mucho a la resistencia escasamente berroqueña con que las chicas achispadas rehúyen el primer beso después de haberlo provocado con cálculo y esmero. Un favor le harían escribiendo sin más que se va a descansar, no que asciende al Olimpo para devolver educadamente a los dioses el fuego que les robara Prometeo. El espectáculo lambiscón, el ditirambo unánime, el arrobamiento sin fronteras cae sobre el temperamento de uno como el llanto grotesco de las norcoreanas filmadas tras la muerte de Kim Jong-il por la tele del régimen. En esa sala de prensa se daban las gracias antes de preguntar, señores. Sólo por eso ya es superior Mourinho a Guardiola: siquiera por liberar, en el desertizado cerebro del agonizante periodismo español, las endorfinas bulliciosas del juicio crítico. Mou quiebra los códigos y con ello obliga a tomar postura a quienes vivían cómodos en la observancia formal de normas inveteradas, recibidas y legadas sin cuestionamiento mediante. Se equivoca a veces, porque algunos de esos códigos tienen una buena razón de ser y de estar. Pero remueve el estanque y la mierda sube a la superficie, donde la mierda sería la luna que debiera señalar el periodista y el dedo de Mou –ese dedo– la verborrea que ensimisma el despiste de los tontos.

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Esto es lo peor del guardiolismo: esa omnímoda viscosidad de almíbar en que flota su periodismo placentario. Contra lo que algún tuitero pudiera creer, uno no odia a Guardiola en absoluto, porque no puedes odiar a quien jamás has admirado