miércoles, 10 de junio de 2020

Piensan los viejos asnos





Ahora vestiríame
de músico por verle,
chocaría con su alma, sobándole el destino con mi mano,
le dejaría tranquilo, ya que es un alma a pausas,
en fin, le dejaría
posiblemente muerto sobre su cuerpo muerto.

Podría hoy dilatarse en este frío,
podría toser; le vi bostezar, duplicándose en mi oído
su aciago movimiento muscular.
Tal me refiero a un hombre, a su placa positiva
y, ¿por qué no? a su boldo ejecutante,
aquel horrible filamento lujoso;
a su bastón con puño de plata con perrito,
y a los niños
que él dijo eran sus fúnebres cuñados.

Por eso vestiríame hoy de músico,
chocaría con su alma que quedóse mirando a mi materia...

¡Mas ya nunca veréle afeitándose al pie de su mañana;
ya nunca, ya jamás, ya para qué!

¡Hay que ver! ¡qué cosa cosa!
¡qué jamás de jamases su jamás!

CÉSAR VALLEJO

Miércoles, 10 de Junio

Valle de Esteban

Centauros del desierto

martes, 9 de junio de 2020

Respirar








Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Al triunfar Bonaparte, Madame de Staël (para Stendhal, la mujer más extraordinaria jamás vista) lloró, “no por la libertad, que no había llegado a existir nunca en Francia”, sino por la esperanza de esa libertad sin la cual el país sólo conocería vergüenza y desgracia.
    
–En aquel instante noté una dificultad de respirar que se convirtió luego en la enfermedad de todos cuantos han vivido bajo la autoridad de Bonaparte.
    
“I can’t breathe” (“No puedo respirar”) pudo decir el americano George Floyd debajo del policía que lo mató en un santuario demócrata, y con esa frase y una tormenta mediática (agit prop) de odio a la libertad (la “situación imposible para Estados Unidos” que en nombre de China y de la UE pide Zapatero, relaciones públicas del comunismo latinoché) se organizó la penúltima kermese progre... ¡contra Trump!, último obstáculo para realquilarnos a la colmena china.
    
“¡Mejor rojos que muertos!”, gritaba la purria contra el despliegue de los Pershing II de Reagan en Alemania, y Peridis lo pintaba con esvástica y pistola. “¡Mejor chinos que libres!”, gritan ahora, en plena pandemia venida de la China (esto, al parecer, también es racismo), nuevo comunismo de leche y miel, que ha “limpiado” las residencias de ancianos desde Nueva York hasta Madrid, pasando por Bruselas.
    
El policía de Mineápolis irá a juicio (siempre ajustado al calendario de agit prop electoral de los demócratas) y recibirá un veredicto bastante menos generoso que el de O. J. Simpson, pero los responsables políticos de la muerte de nuestros abuelos, sanitaria y emocionalmente desamparados (tampoco podían respirar, detalle en el que aquí sólo reparó Abascal en el Congreso) seguirán su vida tan pichis. Después de todo, eran “viejos”, y estos randas están por la salud y el bienestar del pueblo.

    –¡Qué gran pretexto –volvemos a Madame de Staël– para un poder ilimitado resulta ser el “bienestar” del pueblo! ¡Robespierre estuvo muy acertado al llamar a su gobierno “de la salud pública”!

Diálogo era

ABC

 Las palabras de ZP confirman que el momento mundial es revolucionario: aspiran a una transformación radical de instituciones y costumbres, hasta lo más íntimo del comportamiento humano, y para ello pretenden una concentración de poder como no ha visto la historia





Metido a correveidile de satrapías, lo reveló ZP y debería ser un escándalo como las actas de Eta o el escrito sobre el narco, pero algo en España conspira para taparlo

Algo más que hipocresía



Hughes
Abc

Una de las cosas más escandalosas de la actualidad es comprobar lo desigualitario que es el igualitarismo progresista a la hora de considerar a los muertos. Es una desigualdad preocupante que desmiente el lema de que las vidas importan. Algunas no importan nada. La última demostración tiene que ver con la histeria del Black Lives Matter.

En 2019, fueron asesinadas por la policía americana nueve personas negras desarmadas. Esto es muy grave, es cierto, pero pongámoslo en relación con los datos del informe anual de Open Doors sobre la persecución anual de cristianos en 2019. Según este informe, más de 4000 personas fueron asesinadas en el mundo por razón de su fe cristiana.

Lo primero, el supuesto racismo sistémico policial americano, ha producido un movimiento planetario en el que participan la mayoría de autoridades y personalidades buscando promover profundos cambios políticos, institucionales y de conciencia, solicitando para ello más poder y medidas. Lo segundo no ha provocado nada. No ha movido a nada. No ha interesado a nadie.

Esta desmesura y desproporción sugiere que, más allá de la natural conmoción, estamos ante un movimiento orquestado que sólo tiene la intención de generar nuevas formas de control social e instrumentos de chantaje y demonización política, así como grupos de población victimizados a los que mantener como clientelas políticas a cambio de consideración sentimental y atraso programado. Los demócratas americanos son el Amazon o la Coca-Cola de ese particular negocio.


Esta desigualdad con los muertos parece algo más que hipocresía. Denota alguna forma profunda de inmoralidad. La selección progresista de sus muertos, de sus causas, nos azota periódicamente. Nos obliga a improvisadas convulsiones sentimentales. Desprecian a unos muertos e ignoran e incluso pierden la solemnidad del luto con otros, lo que no solo es muy poco igualitario, sino también el síntoma de algo desasosegante.

Deshojación sagrada



Luna!  Corona de una testa inmensa,
que te vas deshojando en sombras gualdas!
Roja corona de un Jesús que piensa
trágicamente dulce de esmeraldas!

Luna!  Alocado corazón celeste
¿por qué bogas así, dentro la copa
llena de vino azul, hacia el oeste,
cual derrotada y dolorida popa?

Luna! Y a fuerza de volar en vano,
te holocaustas en ópalos dispersos:
tú eres talvez mi corazón gitano
que vaga en el azul llorando versos!...

CÉSAR VALLEJO

Martes, 9 de Junio


Desinfección de viajeros en la estación de Madrid

lunes, 8 de junio de 2020

El Globo

 Camino de Santo Domingo

 El Globo

Santo Domingo


Francisco Javier Gómez Izquierdo
      
       Desde hace seis o siete años he cogido la manía de andar dos horas mínimo al día más que nada para controlar la diabetes y no tener la penitencia de pincharme. Suelo hacerlo por Córdoba ciudad. Sin rumbo. Callejeo. Como vivo en Fátima, tiro para la carretera de Palma del Río; hacia la Ribera, y llego hasta el Jardín Botánico donde hay un trozo de árbol fosilizado de mi pueblo del que me gusta decir con los conocidos que me cruzo: “Voy a ver la piedra mas antigua de Córdoba, que la han traído de  mi pueblo”. Al campo no me atrevía. Por la Campiñuela hasta la Laboral, sí, pero al campo campo, no. Yo creo que por pudor. Senderos hacia Sierra Morena salen de la cementera Asland, a cien  metros de donde vivo, pero no sé por qué me parecía que esas rutas eran propias de cordobeses natos y de hacerlas tendría que ser con nativos como las he hecho y como he llevado yo a “las tumbas de Sailices” o la “Covacha los moros”en la Demanda a los que se han acercado a visitarme. Me ha costado, pero al final la peste me ha tirado al monte, a no coincidir con gente y a volver un poco a paisajes de la infancia. Muy temprano, llevo haciendo lo mismo hasta hoy desde que nos dieron suelta para pasear, enfilo el arroyo Pedroche, el camino de las Canteras, el de la fuente la Palomera, el de Santo Domingo y tiqui-tiqui llego hasta donde me parece. Hoy, animado porque al fin podré ir a Sevilla o Cádiz me he atrevido por una senda que desde el Puente de Hierro sube hacia la pista que lleva al santuario de Santo Domingo. Es camino paralelo al de la fuente de la Palomera, menos transitado y tan cerrado que a veces dejas de ver el cielo. En un momento he tenido la sensación de que me vigilaban y de repente he sentido un sonido como el de un soplete de soldar. Cuando en un claro de los pinos, matojos, adelfas... ha aparecido una cosa muy rara de ver en Córdoba,  un globo aerostático, se me ha venido a la cabeza el Robert Duvall surfero de Apocalypsis Now y su adoración por el napalm. “Nos vigilan desde cualquier sitio. Si esto fuera Vietnam ya me habrían dado matarile”.
       
El artefacto me ha sobrevolado durante diez o quince minutos. El sonido, ya digo que como de soplete, no me ha gustado nada, pero como no entiendo tampoco le he echado cuentas. He subido al santuario y al bajar me he encontrado al primer ser vivo en toda la ruta que ha resultado ser Falín, un redomado bicicletero de esos de montaña, tan suicida que se mete por cualquier roquedal y me ha dicho que un globo ha caído en un vallejito que hay donde se junta un arroyo con el río Pedroche: “...Les he dicho que no hay vehículo que llegue allí. Como no sea con un quad...Son publicitarios de Madrid y se ve que se les ha amontonado el globo”.
     
Mala suerte o inexperiencia la de los que guiaban el aparato, pero a mí me sonó mal desde un principio el“flúúúflúúú” y de verdad que no me ha extrañado la novedad de Falín. Al parecer, en Andalucía y desde hoy estos ratos mañaneros de libertad que paso en el monte se amplían a todas las horas del día y a todas las provincias de la Comunidad. Supongo que procede alegrarse.

La utilidad del PP




Hughes
Abc
 
Durante la crisis del coronavirus, el PP presumió desde muy pronto de “gestión”. La “gestión del PP” era Madrid. Yo no entendía muy bien cómo se podía presumir estando la cosa como estaba, pero ahí estaban ellos, foto arriba y foto abajo. El paroxismo de la foto llegó cuando Díaz Ayuso decidió imitar a Nuria Espert y llorar por todos nosotros. Todo ese tiempo, era evidente la voluntad pepera (dicho con simpatía) de salir de la crisis reforzados, reforzando a su vez eso que se llama “bipartidismo”. El bipartidismo es imposible en nuestro sistema, pero se empeñan como torciendo una realidad ya torcida de raíz. Es una rueda de molino, uno de esos temas “chichonera”: asunto en los que lo único posible es comprarte una chichonera de ciclista belga y darte de golpes contra la pared al ritmo de una plegaria.
 
Esas eran las pretensiones del PP, que parece, según la encuesta que hoy publica ABC, tienen cierto reflejo, digamos, demoscópico. La vuelta del bipartidismo, el aquí estamos nosotros, “los de la gestión”, que diría Shakira.

Pero por un lado va la demoscopia y por otro el curso gubernamental de la realidad, y la misma mañana que el PP centroso y gestionador, cucogamarro, presume de bi-locarnos, Pablo Iglesias, a la desazón mando único, les ataca con la gestión de las residencias y se permite hablar de “crimen”. Empieza aquí a apuntarse, asoma ya la famosa “utilidad” del PP, repetida hasta la saciedad por sus corifeos marianitas (que manejando los tiempos nos trajeron hasta aquí, siguiendo ellos en lo suyo). Su utilidad va a ser permitirle al gobierno la estrategia de salir de rositas del desastre o como mínimo empatados.

Dame un punto de apoyo y moveré el mundo. Pues el punto de apoyo es el PP, y la palanca huelga decirlo.

El Estado, central hidroeléctrica


 A los sobrinillos de España
 

Julio Camba

He aquí una lámpara portátil de luz eléctrica. La tengo sobre mi mesa de trabajo; pero está desconectada y no da luz. Fuera, a kilómetros y kilómetros de distancia –a centenares de kilómetros quizá–, un torrente, que procede a su vez de cumbres muy remotas, se precipita sobre el llano con ímpetu fragoroso, desarrollando en su caída una fuerza gigantesca. Y ya no sé más sino que la fuerza del torrente se transforma en energía eléctrica por medio de unos aparatos llamados turbinas, y que esta energía eléctrica es servida a domicilio desde una central gracias a una enorme red de alambre instalada al efecto.
 
Como digo, mi lámpara está desconectada sobre la mesa y no produce ni el más tenue rayo de luz. Es un objeto tan inerte como el pisapapeles, cuya misión consiste precisamente en la inercia, o, más aún que inerte, es un objeto muerto, algo así como si dijéramos un cadáver de objeto. Para infundirle alma y vida sería necesario captar en favor suyo una parte infinitesimal de la energía que aquel torrente lejano, cuya evocación acabamos de hacer, desarrolla en su caída vertiginosa, y esto, que a un hombre de hace ochenta años le parecería quimera o desvarío, es lo más sencillo del mundo para el hombre de hoy. Basta con conectar la lámpara al tendido general. Instantáneamente, la lámpara se enciende, dejando caer sobre la mesa un alegre chorro de luz, y la vida vuelve de pronto a la habitación, animando todo cuanto hay en ella. Un salvaje que estuviera aquí, es decir, un hombre puro, para el que fuese totalmente desconocida la electricidad industrial, caería probablemente de rodillas, y en realidad la cosa parece un milagro. Sí, señores. Parece un milagro; pero nosotros sabemos que todo ello ha sido sencillamente obra de un enchufe.

Pensemos ahora en un ciudadano cualquiera de esos que no tienen oficio ni beneficio o de los que tienen un oficio que produce beneficios escasos. Este ciudadano anda lampando por ahí sin poder nunca ponerse al corriente con la patrona o con el casero. Su traje está raído, y su faz, macilenta. Si tiene hijos, son unos hijos enclenques y depauperados que, conscientemente o inconscientemente, desprecian a su padre por haberlos traído a un mundo donde él significa tan poca cosa. Y mientras nuestro hombre se muere de necesidad, otros hombres, en el campo y en las fábricas, no hacen más que trabajar, creando constantemente riqueza. ¿Cómo poner a nuestro hombre en contacto con la riqueza que produce el trabajo de los otros hombres?

Nada más sencillo. Hay una cosa que se llama el Estado y que es lo más parecido del mundo a una central de energía eléctrica. El Estado coge toda la riqueza nacional, y mediante un maravilloso sistema de tributos, la transforma en dinero, que distribuye también a domicilio por una tupida y complicada red administrativa: una red de sueldos, dietas, gratificaciones, bonificaciones, cesantías, gastos de representación, extras, automóviles, material, pensiones, retiros, excedencias y ¡qué sé yo todavía! Se toma al ciudadano de la faz macilenta, se le pone en contacto con la red del Estado, y ya está. En un dos por tres lo vemos con las mejillas sonrosadas, los ojos brillantes, el traje a la última moda y los tacones de los zapatos en toda su correcta integridad. Un simple enchufillo, y no hace falta más para que el cadáver vuelva a la vida, despojándole con desdén de su haraposo sudario.

Y esto es lo que significa la palabra enchufe en la acepción polémica que se le ha atribuido últimamente. Los socialistas, que, claro está, creyendo, como creen, que el Estado debe absorber todas las funciones sociales, son partidarios entusiastas del sistema de los enchufes, han rechazado la palabra con indignación, calificándola de plebeya. De igual modo, y sin que esta comparación de palabras implique, ni mucho menos, una comparación de conceptos, se podrían considerar plebeyas las demás palabras de sentido peyorativo, tales como ladrón, granuja, canalla, sinvergüenza, etc., etc. Hasta la misma palabra plebeyo, con la que se le atribuye el concepto de plebeyez a una persona o a una cosa, vendría a ser una palabra plebeya, y nadie, en consecuencia, le llamaría plebeyo a otro, porque, al llamárselo a otro, se definirá como un plebeyo él mismo. ¡Qué risueño porvenir!

Desde luego, los orígenes de la palabra enchufe, con sus derivados enchufismo, enchufista, enchufado, etc., no pueden ser más populares; pero, piense lo que piense la Internacional socialista, lo popular es todo lo contrario de lo plebeyo. Para mí, pocas palabras tienen la gracia, la intención y la fuerza expresiva de esa palabra enchufe, que considero todo un hallazgo, por no decir una creación. Me explico, naturalmente, que a los aludidos no les caiga muy bien; pero después de todo, tampoco es para hacer tantos aspavientos.

HACIENDO DE REPÚBLICA
EDICIONES LUCA DE TENA, 2006

Crivillé



Ignacio Ruiz Quintano

     Los astrónomos sostienen que, según todos los cálculos, un buen día el sol estallará y, en un abrir y cerrar de ojos, todos nos convertiremos en gas. Mientras ese buen día llega, el único modo de obtener una sensación parecida al gran espectáculo que se nos garantiza por la segunda ley de la termodinámica es abrir gas a lomos de una «quinientos», la cilindrada reina del motociclismo, en cuyo firmamento lo infinitamente pequeño equivale a lo infinitamente grande, que es, más o menos, la distancia que en diez años ha recorrido Alex Crivillé, el gallo más gallo de todos los gallos.

¿Qué son quinientos  centímetros cúbicos? Cualquiera sabe, pero dicen que si el cuerpo humano pudiera ser comprimido hasta quedar sus electrones en contacto unos con otros su volumen no excedería de unos cuantos milímetros cúbicos. Sin el milagro de la compresión tampoco habría el milagro de la velocidad, que, fuera de las matemáticas, carece de un significado preciso, incluso para los guardias de la circulación. Por guasearse de esta circunstancia, Bertrand Russell, que nunca perdía ocasión  de arrancarle algún pelo al lobo de la autoridad, contra las multas por velocidad excesiva, y siempre que se mencionara en los papeles el tiempo de la velocidad, recomendaba una defensa basada en la falta de pruebas, supuesto que todas las versiones serían verdaderas. La del motero: «Estaba parado.» La del amigo del motero: «Iba a cuarenta kilómetros por hora.» Y la del guardia: «Iba a doscientos kilómetros por hora.» ¿A cuánto diría  uno que va Alex Crivillé?

Al lado de lo de Crivillé, lo de Pedro Duque, el astronauta, nos parece el mismo número que el del Hombre Bala o la  Mujer Cañón. De hecho, a dar vueltas a la Tierra con un  cohete ya se apuntan las señoras, pero dar vueltas en un circuito con una «quinientos» sigue siendo una cosa de hombres, como el chispazo de soberano. («¿Eres lo bastante hombre para una Triumph?», era una de las gran-des preguntas de los sesenta, planteada por la publicidad británica antes  de las apoteosis de Di y la Tercera Vía.) Es la diferencia que hay entre montárselo de astronauta y montárselo de marciano.

Hace diez años, cuando Crivillé arrancaba con una JJ Cobas colorada y doméstica, a los tíos del «quinientos» los llamaban marcianos porque parecían de otro planeta, o sea, de Marte, que representa la velocidad, y con la gracia circense de las bastoneras yankis interpretaban sobre la moto una música marcial, una suerte de «Suite de los Planetas», para atraer la influencia del planeta rojo. Pero los españoles, que veníamos de la motoneta heroica y  sentimental de Ángel Nieto, todavía estábamos con el mosquito detrás de la oreja, y pensábamos que en el motociclismo no habíamos  de ser nunca más que juguetes para una hora, sin poder confirmar en lo absoluto, que era  el «quinientos».

El tejano Kevin  Schwantz fue el  epígono de aquella raza y de aquel estilo. Fue un piloto de dibujos  animados, pero de los de la Warner, que están más locos. En la leyenda  del motociclismo, la locura era una religión con un misterio supremo, el «interior», fruto de una «frenada» imposible como la que Schwantz le hizo a su compatriota Waynne Rayney en el circuito alemán de Hockemheim una mañana de mayo de 1991. «No estoy loco -contestaba él-; es que tengo que compensar con trucos lo que la moto no me da.» La moto era una Suzuki que nadie había querido montar, por salvaje, pero Schwantz siempre dijo que correr en moto es lo mejor que se puede hacer en este mundo...  vestido. Luego, tras la estela de los marcianos  gringos surgieron los canguros mecánicos, Gardner y Doohan, y ahora, como compendio de tanta leyenda, Crivillé, con su cuerpo de faquir, al aire de su vuelo, en una moto del Japón, lo que demuestra que en la vida hay que ser, como decía Gómez de la Serna, por lo menos politeísta, para que todo tenga más favor y mejor ejecución.


Kevin  Schwantz


Bertrand Russell, que nunca perdía ocasión  de arrancarle algún pelo al lobo de la autoridad, contra las multas por velocidad excesiva, y siempre que se mencionara en los papeles el tiempo de la velocidad, recomendaba una defensa basada en la falta de pruebas, supuesto que todas las versiones serían verdaderas. La del motero: «Estaba parado.» La del amigo del motero: «Iba a cuarenta kilómetros por hora.» Y la del guardia: «Iba a doscientos kilómetros por hora.»

En el rincón aquel, donde dormimos juntos...



En el rincón aquel, donde dormimos juntos
tantas noches, ahora me he sentado
a caminar. La cuja de los novios difuntos
fue sacada, o talvez que habrá pasado.

Has venido temprano a otros asuntos
y ya no estás. Es el rincón
donde a tu lado, leí una noche,
entre tus tiernos puntos
un cuento de Daudet. Es el rincón
amado. No lo equivoques.

Me he puesto a recordar los días
de verano idos, tu entrar y salir,
poca y harta y pálida por los cuartos.

En esta noche pluviosa,
ya lejos de ambos dos, salto de pronto...
Son dos puertas abriéndose cerrándose,
dos puertas que al viento van y vienen
sombra a  sombra.

CÉSAR VALLEJO

Lunes, 8 de Junio


Cien años más tarde

domingo, 7 de junio de 2020

Justificaciones



Ignacio Ruiz Quintano

Igual que Suárez levantó la peluca de Carrillo, la autoridad eclesiástica ha amagado con levantar la excomunión de Lutero, pues ya no existe «atmósfera de alerta», que se decía cuando las hogueras de Felipe II. Hombre, si no va a haber infierno, ¿qué sentido tiene mantener en las calderas de Pedro Botero al caballero de Sajonia, como lo llamaba Benet? Esto tampoco quiere decir que a partir de ahora los protestantes hayan de celebrar el puente de la Inmaculada, por muchos católicos que celebren la noche de Halloween, una fiesta que viene a expresar esa actitud protestante, no ante la muerte, sino ante los muertos, que, según Paz, es semejante a la adoptada frente al oro y al excremento: la ocultación y la sublimación. Qué cosas.

Un día Julio Camba confesó que no frecuentaba la iglesia, que no se santiguaba al bostezar y que, si alguna vez iba a comer el cocido a casa de un cura, no lo hacía precisamente por la bendición, sino porque los mejores cocidos seguían siendo todavía los cocidos de los curas gallegos: «En una palabra, amigos míos, que no me he hecho católico. Lo que pasa es que me he enterado de que lo soy.» Bueno, pues algo parecido ha ocurrido aquí con la noticia de la suelta de Lutero. Como diría Camba, no es materia de convicción, sino de temperamento, y nadie puede cambiar de temperamento como cambia de chaqueta. De Anita Delgado, bailarina que se casó con el Marajá de Kapurtala, contaba don Eugenio d’Ors una anécdota: «Esta Anita vino a Madrid a los ocho o diez años de casada con el Marajá. Un periodista de “Nuevo Mundo” le hizo una entrevista, y le preguntó algo realmente magnífico: “¿Y se conserva usted católica?” “¡Hasta la médula de los huesos!”, contestó Anita.» Pues eso. En el caso de Anita, si como artista trasnochaba como en Madrid, como esposa madrugaba como en Burgos, que por algo intuía Marañón que la influencia de las órdenes religiosas en España se debe a que son los únicos españoles que se levantan temprano y tienen tiempo para todo.

Al parecer, la suelta de Lutero sería consecuencia de la firma en Augsburgo del acuerdo entre católicos y protestantes por el que Roma atendería la tesis luterana sobre la justificación por la fe. Para salvarse, ¿basta la fe o hace falta, además, alguna buena obra? Lutero estaba por lo primero, si bien algunos historiadores sostienen que la indignación moral contra los italianos -todos los villanos de Shakespeare son italianos- tuvo mucho que ver con la Reforma, sentimiento que hemos renovado hace unos días cuando el italiano Melandri quería sacar de la pista al español Alzamora en la carrera que decidía el título mundial de motociclismo.

Hay más justificaciones, claro, y todas son fruto de otros tantos prejuicios. La justificación poética es que la doctrina luterana fue la respuesta al canto del desgarrador y fúnebre «Dies Irae». La justificación psicoanalítica también es bien conocida: padre alcohólico, infancia desgraciada, malos tratos, etcétera, lo cual que la doctrina de la justificación no debió de ser más que un golpe de Estado interior para detener un proceso -el diablo como proyección de la imagen paterna- que encaminaba a Lutero a la locura. En cuanto a las justificaciones económicas, hay más teorías que estrellas en el cielo, aunque todas provienen del mismo prejuicio: el protestantismo -pocos santos, pocos bártulos y pocos gastos de instalación- es una religión más capitalista que el catolicismo, que predispone al ensueño y, por tanto, al descuido de los negocios.

En los periódicos y en la calle, sin embargo, el acuerdo teológico de Augsburgo ha merecido menor interés que la subida del precio del dinero por el Banco Central Europeo o que la batalla de las dietas en el Partido Popular de Madrid. Católicos de carácter y protestantes de bolsillo. La Historia nos enseña que, ya en lo más enconado de la lucha teológica, los barcos ingleses de Terranova proveían a los romanos de «pescado de cuaresma».

Anita Delgado

De Anita Delgado, bailarina que se casó con el Marajá de Kapurtala, contaba don Eugenio d’Ors una anécdota: «Esta Anita vino a Madrid a los ocho o diez años de casada con el Marajá. Un periodista de “Nuevo Mundo” le hizo una entrevista, y le preguntó algo realmente magnífico: “¿Y se conserva usted católica?” “¡Hasta la médula de los huesos!”, contestó Anita.»

He encontrado a una niña...




He encontrado a una niña
en la calle, y me ha abrazado.
Equis, disertada, quien la halló y la halle,
no la va a recordar.
Esta niña es mi prima. Hoy, al tocarle
el talle, mis manos han entrado en su edad
como en par de mal revocados sepulcros.

Y por la misma desolación marchóse,
              delta al sol tenebloso,
              trina entre los dos.

              «Me he casado»,
me dice. Cuando lo que hicimos de niños
en casa de la tía difunta.
               Se ha casado.
               Se ha casado.

Tardes años latitudinales,
qué verdaderas ganas nos ha dado
de jugar a los toros, a las yuntas,
pero todo de engaños, de candor, como fue.

CÉSAR VALLEJO

Domingo, 7 de Junio


Inmunizarse

"Tanto amó Dios al mundo"

DOMINGO, 7 DE JUNIO

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Juan 3,16-18

sábado, 6 de junio de 2020

La Concausa



Ignacio Ruiz Quintano

    Scherbitski era el Perico Sánchez de Ucrania cuando en abril del 86 petó Chernóbil. Los átomos andaban por la ciudad al aire de su vuelo, como las hermosas margaritas de Juan de Yepes, pero Scherbitski tenía por delante el desfile del 1 de Mayo, y no era cosa de suspender. Al exigirle explicaciones, en vez de gritar “¡Viva el 1 de Mayo!”, se suicidó.

    Scherbitski tenía un remordimiento, pero no una concausa, último grito de la criminalidad creativa de la cultura progre. A Sánchez le piden explicaciones y grita “¡Viva el 8 de Marzo!” ¿Por qué? Porque tiene una concausa, y la concausa de la causa es causa del mal causado. Los contagios del 8 de Marzo ocurrieron por… el machismo. Scherbitski podía haberse agarrado al cambio climático, mas en los 80 la jeta no daba para tanto.

    El descubridor de concausas para eludir responsabilidades (incluso morales) entre la purria progre es el presidente del Comité de Salud de Nueva York, Levine, que ha hecho un tuit que pone la ciencia patas arriba:

    –Seamos claros: si aumentan los casos de coronavirus, no culpes a los manifestantes. Culpa al racismo.

    La concausa absuelve a los chinos y abre enormes posibilidades de negocio político. En año electoral, los demócratas necesitan romper el 20-30 por 100 de apoyo negro a Trump, y tiran de “Black Lives Matter”: ¡La Concausa!

    –What is mind? No matter¸ what is matter? Never mind –dijo a Bertrand Russell su abuela para quitarle de la metafísica.

    James Woods, que conoce la fibra moral de la dirección demócrata, espera el juicio para un mes antes de las elecciones (“sorpresa de octubre”): veredicto aparte, los disturbios se programarán para la víspera de las elecciones a fin de intimidar a los ancianos que vayan a las urnas. La votación por correo se instituirá “debido a los disturbios civiles”.

    ¿Cómo el cuerpo, y cómo sus sentidos y sus pasiones, son determinados a desarrollarse como lo hacen? Ésa es, para Santayana, la cuestión para la que la ciencia no tiene aún respuesta.

Mentira

ABC

Hay que tener muchas ganas de "racismo estructural" para ir a bucarlo a Minnsota



La democracia es que llamen a la puerta
 a las seis de la mañana y sea Otegui

En España, esta ideología es curiosamente la piel de cordero con la que actualizan los "humanitarios" herederos del Gal, la Eta y el Pacto de Perpiñán, que era "discriminación", pero además discriminación en el terrorismo

Un poco antes del Día D



Hughes
Abc

Una vez decidido el desembarco, la que dio problemas de última hora fue Francia. La de Vichy, por supuesto, y la de De Gaulle, que exigía a Roosevelt un reconocimiento. Paciente, Churchill decidió invitarle a Londres como líder militar. «A fin de cuentas, es muy difícil mantener a los franceses al margen de la liberación de Francia», escribió.

Al juntarse, discutieron. De Gaulle tenía, en opinión del historiador Beevor, una «visión absolutamente francocéntrica de todo» y Churchill le respondió algo que ayuda a entender ciertas cosas: «Vamos a liberar Europa, pero eso es porque los americanos están con nosotros. Así que esto debe quedar claro: cada vez que tengamos que decidir entre Europa y el mar abierto, siempre elegiremos el mar abierto. Cada vez que tenga que elegir entre usted y Roosevelt siempre elegiré a Roosevelt».

Churchill también informó a Stalin de que la deuda de sangre con los soviéticos iba a ser saldada. Roosevelt ya había escrito al ministro de Exteriores ruso comunicándole el Día D, a lo que el ministro contestó preguntando que qué significaba la D.

Los paracaidistas, mientras tanto, hacían tiempo viendo películas de Bob Hope. Se afeitaban la cabeza para facilitar el trabajo a los médicos en caso de herida o se dejaban una franja a lo mohicano. Parecerían jugadores de la NBA fuera de su tiempo.

Se daban arengas. El general Jim Gavin fue más bien conciso: «Soldados, lo que vais a vivir los próximos días no lo cambiaríais ni por un millón de dolares, pero tampoco os gustaría repetirlo con mucha frecuencia. Para la mayoría de vosotros será el primer combate. Recordad que estáis allí para matar, o los que moriréis seréis vosotros».

Eisenhower preguntó si había entre ellos alguien de su pueblo, por lo que mandaron llamar a un muchacho de Alabama que enmudeció de la impresión. Le dio el consejo bélico: «El truco consiste en tirar para adelante». Cuentan que cuando la 101ª Aerotransportada partía, Eisenhower contenía las lágrimas.

Un veterano dijo ayer que entre los de Normandía se querían más de lo que se quiere a una mujer. «Ellos salvaron al mundo y nunca los olvidaré».

Por fuerte y «macroní» que sea la europropaganda, las libertades son una cosa americana que Eisenhower puso aquí. Su relación con el original es parecida a la del jazz, el rock o la hamburguesa.

76 Años del Día D


RUMBO A LA VICTORIA

Ernest Hemingway
Collier's, 1944

Canal de la Mancha. Día D (6 de Junio de 1944). En Normandía. Proa a la playa de Fox Green. Con rumbo de 220 grados bajo el fuego enemigo. Los cañonazos del Texas. Un mar gris lleno de crestas blancas. El viento se lleva por la borda la carta de navegación. Pero ¿dónde está la playa? Suerte para todos ustedes. Bajo el fuego alemán. Hay que esperar. Maniobras entre las minas magnéticas. El ataque frontal. La toma de Fox Green y de Easy Red.


Nadie recuerda la fecha en que se libró la batalla de Shiloh. Pero sí el 6 de junio, día en que se tomó la playa de Fox Green, y el viento soplaba fuertemente del noroeste. Bajo la pálida luz del alba navegábamos con dirección a la costa. Las lanchas de acero de treinta y seis pies de largo, conformadas como ataúdes, levantaban verdes olas que caían sobre los cascos de acero de los soldados, unidos por el serio, embarazoso, incómodo y retraído compañerismo de los hombres que van a entrar en combate. En la popa del LCVP [embarcaciones de desembarco, vehículos y personal] había amontonadas cajas de TNT, bazukas y cajas de proyectiles para ellos, envueltas en un material que recordaba el transparente impermeable que usan las muchachas en las universidades.

Todo el equipo disponía de salvavidas tubulares, y los hombres también los llevaban sujetos con correas bajo los sobacos.

El agua verde se volvía blanca a medida que la lancha subía una ola y entraba en ella, mojando a los hombres, armas y cajas de explosivos. Ya quedaban atrás los grises mástiles de los transportes y los brazos de sus grúas, se divisaban las costas de Francia y un enjambre de lanchas navegaba con dirección a ellas.

Cuando la LCVP alcanzaba la cresta de una ola, se divisaban la débil configuración de la línea de cruceros y los dos grandes acorazados paralelos a la costa. Se veían los fogonazos de sus andanadas y el humo pardo que subía y se disipaba impelido por el viento. Desde la popa, el comandante de la embarcación, teniente Robert Anderson, de Roanoke (Virginia), voceó:

-¿Qué rumbo llevamos, timonel?

Fijos los ojos de su afilado y pecoso rostro en la brújula, Frank Currier, vecino de Saugus (Massachusetts), contestó:

-Doscientos veinte grados.

-¡Mantenga el rumbo! -respondió Anderson-. ¡No siga navegando a lo largo y ancho de todo este maldito océano!

-¡Mantengo un rumbo de doscientos veinte grados, señor -respondió el timonel, resignadamente.

-Está bien -dijo Andy.

Estaba nervioso. Su dotación participaba por primera vez en una operación de desembarco bajo el fuego enemigo, pero sabía que este oficial había mandado un LCVP en los desembarcos en el Norte de África, Sicilia y Salerno, y tenía confianza en él. Y, al pasar metiendo ruido junto al enorme casco de un petrolero de las fuerzas de desembarco, prosiguió diciéndole:

-¡No vayamos a chocar con ese LCT [embarcaciones de desembarco, tanques]!

-Gobierno el rumbo que se me ha señalado -respondió el timonel.

-Eso no significa que haya que arremeter contra todo lo que se ponga por delante en el mar -repuso Andy.

Era un muchacho bien parecido, de mejillas algo hundidas, elocuente y un poco áspero, pero no de un modo desagradable. Se dirigió a mí:

-Señor Hemingway, ¿quiere, por favor, ver de qué color es esa bandera que ondea allá arriba? Si puede.

Saqué del bolsillo de la chaqueta mi viejo Zeiss, que llevaba metido en un calcetín de lana, junto con un trozo de papel de seda para limpiarlo, y enfoqué la referida bandera antes de que una ola me lo mojase.

-Es verde.

-Entonces debemos estar en el canal libre de minas -dijo Andy-. Está bien eso. -Y dirigiéndose al timonel-: ¿Qué pasa? ¡A rumbo!

Intenté sacar los prismáticos, pero fue inútil, debido a las salpicaduras que caían constantemente sobre nosotros. Los envolví y guardé en el bolsillo con el propósito de secarlos más tarde, y me puse a contemplar el acorazado Texas, que batía a cañonazos la costa. Estaba situado a estribor de nuestra lancha y disparaba por encima de nosotros, mientras navegábamos en dirección a la costa francesa, que iba distinguiéndose cada vez más, e íbamos con rumbo de doscientos veinte grados o no, según se creyese al teniente Andy o al timonel Currier.

Risas y lágrimas del Día D

LAS LÁGRIMAS
El general Eisenhower llora en un discurso al recordar los muertos
 bajo su mando el día D en 1944  @BeschlossDC
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Y LAS RISAS
LA ÉPICA PROGRE

-Como el toque de queda duraba hasta las siete de la mañana, las fiestas se prolongaban hasta esta hora. “Comenzamos a organizarlas sólo para pasarlo bien, no tenían nada que ver con reuniones editoriales ilegales ni con nada semejante”, confesó posteriormente Sartre. La noche del Día D, la del desembarco en Normandía, la fiesta se celebraba en casa de Charles Dullin, director del Théâtre de la Cité. Entre los asistentes se encontraban Sartre y Beauvoir, Camus y María Casares (que animaban las fiestas con sus pasodobles), Michel y Luise Leiris y Raymond Queneau.

En El Café de Ocata

Oye a tu masa, a tu cometa, escúchalos; no gimas...



Oye a tu masa, a tu cometa, escúchalos; no gimas
de memoria, gravísimo cetáceo;
oye a la túnica en que estás dormido,
oye a tu desnudez, dueña del sueño.

Relátate agarrándote
de la cola del fuego y a los cuernos
en que acaba la crin su atroz carrera;
rómpete, pero en círculos;
fórmate, pero en columnas combas;
descríbete atmosférico, sér de humo,
a paso redoblado de esqueleto.

¿La muerte? ¡Opónle todo su vestido!
¿La vida? ¡Opónle parte de tu muerte!
Bestia dichosa, piensa;
dios desgraciado, quítate la frente.
Luego, hablaremos.

CÉSAR VALLEJO

Sábado, 6 de Junio


Pareja con nasobuco

viernes, 5 de junio de 2020

Tiranicidio

El hombre del frap


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    El sabio que más supo de tiranos, porque los estudió, halló en el “Policraticus” (espejo para príncipes de Juan de Salisbury) una elocuente secuencia de epígrafes sobre la tiranía que penetra como si nada en el espíritu de nuestro tiempo:
    
–Tyrannum licet adulari; tyrannum licet decipere; tyrannum licet occidere (es lícito adular al tirano; es lícito engañar al tirano; es lícito matar al tirano).
    
Un gandumbas del periódico global, alfalfa de nuestras elites, condesciende a sumergirse en la Wikipedia para sacar de “su confusión” a la portavoz del PP, Álvarez de Toledo, que llamó “terrorista” a un presunto repartidor de folletos del Frap.
    
–Para sacarla de su confusión, le recuerdo que quien se levanta en armas contra un tirano no es un terrorista. Es así desde el padre Mariana.
    
Confunde el gandumbas al padre Mariana con la Marianne francesa, pero con la Wikipedia ocurre como, según Russell, con la «Filosofía de la historia» de Hegel, que presenta un sistema de la historia de acuerdo con el cual se supone que se han desarrollado los acontecimientos históricos, cosa que gusta a la gente.
    
–La fórmula es sencilla y los lectores (¡nuestras elites!) piensan: «Ahora lo entendemos todo». Si es falsa, no lo perciben.
    
En mayo del 73 el Frap reivindicó el asesinato en Madrid, a cuchilladas y en manada, no del tirano, que estaba en El Pardo oyendo “Marina”, sino de un policía cuyo compañero salió corriendo. “El ajusticiamiento de los asesinos policías ha producido gran entusiasmo entre todos los sectores populares”, escribe el Comité, y con el inconfundible lenguaje jesuítico del teólogo talaverano invita a dejar de lado “a todos los traidores que pretenden encauzar las luchas populares por el callejón sin salida del pacifismo”.
    
–Después de todo, ¿tan pura era su sangre? –fue la criminal respuesta de Barnave a la indignación general por los crímenes (“propios de caníbales”, para Saint-Just) de la Bastilla.
    
Así nuestras elites se quedan más tranquilas.