sábado, 18 de abril de 2020

VACANZE ROMANE (Sé de qué huyo pero ignoro lo que busco) 18. Epílogo

 Tiempo muerto

Jean Juan Palette-Cazajus

El turismo de masas logró sustituir el concepto de viaje, que constituía una de las experiencias más subjetivas a que podía tener acceso el individuo, por un sistema de desplazamiento pasivo de los ejemplares humanos basado en los mismos protocolos de estandarización que permitieron la producción masiva de objetos industriales. La absoluta estandarización y depauperación terminaron definiendo también la propia experiencia de los individuos.

 Lo nunca visto

Piénsese un instante en nuestro comportamiento hacia los turistas que nos visitan. No los vemos; y si los vemos nuestra mirada atraviesa la transparencia de su inexistencia. Ellos interpretan, durante aquellos días de extrañamiento fuera de su biotopo habitual, un papel que los convierte para nosotros en zombies provisionales. Las nociones de «envase» y de «contenido» son correlativas pero inconfundibles. Dudo de su pertinencia aplicadas a las cosas humanas. Pero de haber alguna, diríamos que el turismo masivo se queda en una superficial aproximación al «envase» y en una fundamental ignorancia del «contenido». Coincidimos en el espacio/tiempo con aquellos seres invisibles, pero vivimos en mundos paralelos e incompatibles.

 Piazza del Pópolo desde el Pincio

También sabemos que los papeles son intercambiables. En cualquier momento podemos ser nosotros los turistas tópicos, los paseantes zombies y alelados, ajenos al contexto vital de los demás. Pero no todos los visitantes deben medirse por el mismo patrón. Algunos han sabido adquirir un singular conocimiento de las comarcas visitadas y de su cultura y acuden movidos por una meritoria empatía hacia ellas. En la plaza de toros el aficionado cabal pondrá su pundonor en evitar, mediante algún detalle de «enterao», que nadie lo pueda confundir con el espectador advenedizo y aborregado. Similar intento pundonoroso para desmarcarme de las hordas anónimas motivó el relato de mi estancia romana. Traté de pagar el peaje que da acceso al mérito individual

 Piazza Navona

Recuerdo haber estado en Venecia un Primero de Mayo de los años 90 cuando era alcalde de la baqueteada ciudad el filósofo Massimo Cacciari. Aquel día, entre manifestantes convocados por los sindicatos italianos y tsunami turístico, la ciudad sugería una tienda de porcelana invadida por un hato de elefantes y parecía a punto de quebrarse en cualquier momento. Para evitar semejantes situaciones sin recurrir a un arbitrario numerus clausus basado en el poder adquisitivo, Cacciari proponía que se sometiera todo posible visitante a una forma de examen que tuviera en cuenta sus conocimientos sobre la ciudad o sus esfuerzos por adquirirlos así como la autenticidad y la consistencia de su interés por ella. Yo esperaría unos segundos antes de soltar la carcajada del beocio. El máximo error de nuestro tiempo consiste en confundir la jerarquía con la desigualdad. Cuando es al revés: sólo hay igualdad cuando hay jerarquía. Entendiendo por jerarquía humana la de la calidad, de la capacidad o del talento. Cualquier otra modalidad pertenece a la etología animal. En cuanto al igualitarismo -perversión de la igualdad- es la tentativa desesperada de sustituir la jerarquía por el resentimiento y la ineptitud consideradas como un derecho inalienable. Con mi pequeño ejercicio quise comportarme como si hubiesen quedado universalmente adoptadas e implementadas las sugerencias de Cacciari. Aspiré para mi persona a un mínimo aprobado escolar que refrendara la legitimidad de mi presencia en el recinto de la Muralla Aureliana.

Somos difícilmente capaces de asumir en toda su dimensión el hecho de que, en la época de Stendhal, no hubiera ni cine, ni fotografía, ni radio, ni smartphone ni Google Maps. Ni siquiera resollaban todavía los primeros trenes de vapor entre Civitavecchia donde terminó cónsul y Roma. Pero sus ideas eran las de una modernidad intelectual que en buena parte sigue siendo la nuestra. Relatos como los suyos eran imprescindibles. Pero para ello, en la persona del viajero tenían que coincidir también el escritor y el talento para poder transmitir la experiencia. Aquella jerarquía del talento potencial quedó sustituida por el igualitarismo del potencial tecnológico, memorizado en los programas del smartphone. Algunos capítulos de los viajes italianos de Stendhal tratan de suplir las carencias de las guías de entonces. Hoy algunas guías exceden las exigencias del visitante más culto y refinado. Hoy, con Google Maps, es imposible extraviarse un solo instante. A cambio queda esterilizada toda aprensión subjetiva de los lugares y reseca la intuición o percepción personalizada del espíritu que los habita.


De modo que resultarán evidentes el anacronismo y la absoluta inutilidad de mi empresa. Además de su carácter heteróclito: hablo de todo, y sobre todo aquello de que hablo son incontables quienes ya lo han hecho de forma más experta y legítima. Pero fui compasivo con el lector: lo publicado no llega ni a la mitad de lo escrito.  El subtítulo se lo robé a Montaigne cuyo mérito histórico fue erigirse en prototipo de la nueva subjetividad del individuo premoderno, escéptico y deseoso de pensar sin la muleta de los dogmas. «Sé de qué huyo pero ignoro lo que busco» viene a significar que mayor aventura e incertidumbre cabe encontrar en los vericuetos de la interioridad humana que en todo el ancho mundo. La condición de legibilidad de mi relato depende exclusivamente de esto, de que pueda considerarse como un diario de sensaciones. En esto consistía lo mejor de la lección stendhaliana. Si no hubiera estado lloviendo aquel día, como él me habría sentado en las gradas de San Pietro in Montorio para divagar una hora o dos: «Ya va siendo hora de conocerme a mí mismo. Quién he sido, quién he llegado a ser. La verdad es que soy incapaz de decirlo».

 Panteón

El primer episodio se publicó el día 9 de marzo. Ya se venía mascando la tragedia. Conforme fueron pasando los días y se ennegrecieron los cielos, este dietario me vino pareciendo cada vez más extravagante y llegué a preguntarme si no resultaría también algo indecente. Me tranquilizó un poco el comentario de una persona que sorprendentemente me hizo saber que yo le entretenía un poco la rutina del confinamiento. Intuí así la sorprendente posibilidad de que la tragedia común y la desaparición del mundo de «antes» les confiriesen tal vez a mis disquisiciones un espesor nostálgico y utópico al cual nunca podían haber aspirado por méritos propios. 
A decir verdad, estas «Vacanze romane» se escribieron pensando sobre todo en dos mujeres excepcionales a las que me une una muy larga complicidad vivencial y estética. La plaga siniestra acaba de matar intolerablemente al marido de la primera y ha segado la entrañable y admirativa amistad que yo tenía con él. La segunda lucha día tras día desde su casa para tratar de salvar su empresa de una muerte anunciada. Ninguna está para frivolidades. Ellas saben que lo que llamábamos «vida normal» era un lujo usurpado.

Pd. El Ángel Exterminador que corona el Castel Sant’Angelo envaina la espada de la peste. Aquel crepúsculo, estuve fotografiando el destino.

El Ángel Exterminador

Sábado, 18 de Abril


El Gobierno reconoce que se ha recrudecido la epidemia gripal

viernes, 17 de abril de 2020

Aterrador


 Juan Rana



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    El comunismo es el fascismo del pobre, y, como dijo Brezhnev, cuando se escoge el comunismo es para siempre.

    La respuesta del contribuyente español a la encuesta del saduceo Caballero de la Tenaza resulta aterradora: siete de cada diez quieren control y restricción de la información, y únicamente dos de cada cien “tuvieron dudas”. Los números indican que somos el país occidental mejor dotado para la servidumbre voluntaria, y de ahí que nunca se nos haya permitido elegir a nuestros gobernantes.
    
El primer aliado de la servidumbre voluntaria no está en el poder absoluto, sino en la arbitrariedad del gobierno, y ahora tenemos un gobierno arbitrario que la mayoría no votó, aunque no oirán a nadie señalar al antidemocrático sistema proporcional. El españolejo añora “el parte”, y se lo van a dar.
    
El Caballero de la Tenaza no sorprendió a los encuestados borrachos en una “rave”, sino descansados y encerrados en sus tinadas por orden de la autoridad, que decretó por su cuenta un Estado de Excepción que ve en la libertad lo que un vicepresidente del gobierno en el teatro: “una mariconada”.
    
En Suecia, sociedad lanar tradicional, no se han dejado encerrar en la tinada por la pandemia, y todo, según el periódico global, por el pequeño Lutero que los suecos llevan dentro. ¡La libertad de acción protestante (basada en la libertad de conciencia) contra el absolutismo católico! Nosotros debemos de llevar dentro un pequeño (“Cornudo y apaleado”) Juan Rana.
    
Weimar como tragedia (Alemania) y Weimar como farsa (España). Ante la collera Sánchez/Pablemos (“Los dos tortolitos hicieron su nido pajita a pajita”, era la metáfora de un cronista habanero citada por Ullán), hagamos nuestra la plegaria de la Serenidad del teólogo Niebuhr:

    –Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar, / fortaleza para cambiar lo que soy capaz de cambiar / y sabiduría para entender la diferencia.
    
Pero con los españoles de la encuesta no podemos ir ni a recoger una herencia.

La paguita




ENTRE LA URGENCIA Y EL DISEÑO SOCIAL

Hughes
Abc

«Ingreso Mínimo Vital» suena parecido a «Política de Paridad» o a «Solución Habitacional». La siguiente podría ser la «Reforma Territorial». El soniquete del Progreso es indudable en el «Estado democrático y Social».

Lo del ingreso mínimo, conocido ya como «la paguita», llega en caos de españolada. El ministro Escrivá, que es el serio (¡el marido!), se entera por la prensa. Pero estos sainetes no ocultan una constante: el Gobierno, que vemos ya que carga por donde Podemos, aplica en la crisis medidas ideológicas. Sale de la crisis, o mejor, no-sale de ella con promesas de legislatura, pinceladas para un concreto modelo social. Así que la excepcionalidad es para los demás, ellos van aplicando lo suyo.

Y lo suyo acaba siendo lo de todos. El ingreso mínimo no son los cheques de Trump o Trudeau. La definición de los perceptores no es la misma. No es exactamente para quienes pierdan sus ingresos durante la crisis. La medida, necesaria a corto plazo, llegaría, por tanto, entre el oxígeno de emergencia y el diseño social de fondo. Y negar lo que tiene de bueno no es aconsejable porque posiblemente sea asumida por el Consenso. En el improbable caso de que la derecha vuelva a gobernar, y viendo los antecedentes ¿tendrían valor para retirarla? La derecha «suaviter» no deroga nada, acaba defendiéndolo luego de manera entusiasta y «gonzaloponsística». En general, es muy difícil que un gobierno retire un sistema de prestaciones una vez establecido. Es cuestión de percepción. Por este motivo, prefieren dar a dejar de recibir. Si bajan impuestos, lo tuyo sigue siendo tuyo. No se le debe un favor a nadie. Si te dan una renta, es una mano dadivosa la que extiende un cheque. ¡Y esa mano es besable! ¡Esa mano es papal! (Iglesias, por cierto, cita al Papa como inspiración).
 
El ingreso, además de sus bondadosos efectos sociales, también puede ayudar a uniformar el guirigay de prestaciones, pero presenta riesgos indudables. Escrivá, que hace de dueño de la única calculadora logarítmica, debería aclarar cómo va a pagarse esto. Empezarán con la deuda, pero eso es más madera. ¿De dónde recortarán los 7.000 millones de euros?

También habrá que saber cómo se concreta. Perfiles y condiciones. Algunos temen que desincentive el trabajo, todos tienen claro que incentivará el voto clientelar. La izquierda vive del rencor extractivo y de engatusar identitaria o asistencialmente a segmentos distantes unidos luego en «Lo Público» y en el repudio al facha mitológico.

Viernes, 17 de Abril


Canela fina

jueves, 16 de abril de 2020

Tiempo de caracoles

  Puesto de la Magdalena. Años 60

 La Magdalena. Cualquier año de estos

Puesto de Chinales, ayer


Francisco Javier Gómez Izquierdo

        “¿Cómo está la calle, Don Rafael”?, suele preguntar el preso con más de medio año sin verla. Si Don Rafael hila la hebra en el patio en relajada charlita, varios internos sacarán a relucir lo que más echan de  menos. “Fíjese usted qué tontería, estoy loco por sentarme delante  de  un cervezón y un vasito de caracoles en el puesto de la Cruz de Juárez”. O en la Fuensanta, en El Cairo, en la Torre de la Malmuerta, en Chinales...

       El preso de Córdoba, además de los socorridos “huevos fritos en aceite bien caliente con sus puntillitas y su pan de telera”, echa de menos los caracoles. Un placer simple y barato que añora cuando al atardecer en el talego toca la cena.
     
A mí no me llamaban la atención esos caracolitos en agua o esas modas de guisar las cabrillas a la carbonara y novedades extrañas, por haberlos disfrutado hermosotes de tamaño y con un  “moje” casi divino allá en Castilla, pero sentarse a las ocho, ocho y media, con  veintidós, veintitrés grados de temperatura, sin prisa para charlar mientras se sorben los bichitos y se encesta la cáscara en los baldes de la mesa es una maravilla que sólo se puede disfrutar en esta ciudad desde finales de febrero hasta casi junio.
     
No empezaba marzo aún cuando estuve hablando con un buen chico que se quedó parado y se enganchó como currante de ley  que es a “la temporada” de los caracoles en el puesto que hay junto a  mi casa. “Espero que no te fastidien con el coronavirus éste”, le dije cuando ya me maliciaba un futuro borrascoso.
      
Los caracoles de Córdoba es una industria que da vidilla a gente de empleos temporales y mucha alegría a una ciudad novia de la primavera, que empieza a dar envidia cuando por estas fechas las mesas se llenan de privilegiados que con poco dinero pasan ratos muy agradables ayudados del tiempo, el ambiente y la compañía. 
    
Fui un poco reticente a aficionarme al vasito de caracoles. Al principio de llegar me parecían sosos a la vista y agua sucia donde se amontonaban, pero me gustaba ir al rito imprescindible de todas las primaveras, que era sentarse en el puesto de La Magdalena. Ahora que se han multiplicado los puestos y los hay cada doscientos metros  ya hasta me bebo el caldo, pero tengo mis sitios favoritos. Uno es el de al lado de mi casa. Le dieron el primer premio hace dos o tres años. También paro en el de la torre de la Malmuerta y en el del Alpargate, pero ¡vamos!, no soy un experto. Entre los entendidos pasan los de El Cairo y La Magdalena como los más sabrosos y mejor guisados. 
       
Le contaba al muchacho que se ha quedado sin faena para estos meses el caso de la peste aviar de hace años cuando no se podían traer los caracoles de donde venían, que era de Marruecos. Un golfo hizo mucho dinero alquilando y llenando aviones con toneladas del molusco que descargaba en Portugal y desde Portugal, desde donde estaba permitido el tráfico de animales vivos, los suministraba en toda Andalucía.
    
La peste de ahora no da opción a nada y va a acabar hasta con la tradicional picaresca española.

Los Simones

Anthony Fauci quiere que lo interprete Brad Pitt en Saturday Nigh Live


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Los epidemiólogos o simones son a la pandemia lo que los economistas a la riqueza: saben de dónde viene, pero nunca adónde va. Por eso el dólar confía en Dios, no en los economistas.
    
–A ése, colega del descubridor del dizque virus del sida Robert Gallo, ya desenmascarado como un sinvergüenza, lo estoy siguiendo desde hace décadas –escribe un loco egregio, el colombiano Fernando Vallejo.
    
“Ése” es Anthony Fauci, el “simón” de Trump, a quien ha querido volver loco con la ayuda del etíope de la OMS (“menos mal que no le hice caso”, tuiteó Trump), que torcía por Xi Jinping y se oponía (“¡xenofobia! ¡xenofobia!”) al cierre americano de vuelos con la China, patria del coronavirus (“¡racismo! ¡racismo!”).
    
Vallejo, que pinta a Bergoglio en una caminata por la plaza de San Pedro (“desierta y bajo la niebla de un sombrío atardecer que él aprovechó para bendecir ‘urbi et orbi’ a la multitud contagiadora, pero ausente”), sostiene que “no se puede paralizar un país porque así lo aconsejan las estrellas del momento, los epidemiólogos, las alimañas más dañinas que le acaban de resultar a la humanidad, sin el dato esencial que les está faltando”: los contagiados.

    –Aparecen como autores de infinidad de artículos que se publican en montones de revistas y juntan sus firmas a las de otros tan vivos como ellos para ganar méritos y apoyos y becas. Son los engañatontos de la ciencia, que se suman a los de la política, la religión, la banca, etcétera.
    
La ciencia es la cadena de montaje de las hipótesis. En su camino hacia la Relatividad, Einstein desechaba una hipótesis cada tres minutos. En buen periodismo liberalio manda el principio popperiano de la falsación: el cerebro es una hipótesis que fabrica hipótesis, y falsarlas es pasarlas por el chino (¡manda huevos!) de la refutación, de Fernando Vallejo en este caso. En cuanto al CSIC del padre Albareda, sabemos que Zp quitó la placa latina de Franco y puso un árbol de Chirino donde sacar a falsar al bacteriófago Jeremiah.

VACANZE ROMANE (Sé de qué huyo pero ignoro lo que busco) Episodio 17

 Sta Madella Vittoria

Jean Juan Palette-Cazajus

Sería fácil decir que la iglesia de Santa María della Vittoria es una bombonera. Lo que la escoraría  inmediatamente por el lado del melindre. Y sería injusto. Por otra parte, nada hay más prosaico que los matices del color marrón. Ni «pardo» ni «chocolate» ni «castaño» son palabras que despiertan algún tipo de ilusión cromática y no obstante es la gama a la que pertenecen los bellos y fastuosos mármoles que le dan excepcional calidez e intimidad a esta iglesia. Luego hay capiteles y casetones dorados. Y una bandada de ángeles de estuco blanco revoloteando cual gorriones debajo de la bóveda pintada. Falta el canto de un duro para la cursilería pero no se franquea. Aquí se podría tomar el té, finamente y a gusto. Luego la sintaxis barroca alcanza su plenitud en el altar, mejor dicho el teatrillo, de la capilla Cornaro: convexo, con un fronton quebrado, curvo, angular y nervioso, sostenido por un doble par de columnas corintias de mármol negro y jaspeado, que delimitan un escenario perfecto.  En ambos lados de la capilla hay excavados unos palcos de teatro desde los cuales los bustos del clan Cornaro contemplan la actuación de la Patrona de España y su querubín guasón, proveedor de placeres. «Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin de el hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. No es dolor corporal sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto».

Capilla Cornaro

Aquí, lo mismo que ante la «Pietà» de Miguel Angel, nuestras emociones no llegan vírgenes. Al igual que ciertos alimentos, llevan ya demasiado tiempo ultraprocesadas. No queda espontaneidad posible. Para qué repetir tautologías ya institucionales. Cuenta Stendhal que el día que se acercó a Santa María della Vittoria, un monje presente comentó que « “era grande peccato” que tales estatuas pudiesen representar tan facilmente la idea de un amor profano».  Baroja no se quedaba corto: «La santa es una muchachita preciosa, caída de espaldas en un espasmo sensual. […] “Es admirable – exclamó César – pero esta es una escena de alcoba en donde se ha escamoteado el galán”». Cualquier añadidura solo puede ser paquidérmica. Aunque solo fuese porque nunca se ha mostrado el lenguaje muy adecuado a la expresión y al comentario de ciertos estados, llámense orgásmicos o místicos. Y aquí la genialidad de Bernini consiste en la versatilidad multiusos de lo que nos ha dejado. En los libros de arte, las fotos de la cara de la santa suelen estar ventajosamente sacadas desde arriba. Pero desde aquí, el turista lambda, distante y al pie de la capilla, no alcanza a verle plenamente el rostro, a no ser la línea muy pura del perfil, de modo que cualquier morbo preconcebido puede quedar frustrado. Lo que se percibe perfectamente desde abajo es el 95% de la obra, es decir el vuelo de los pliegues del ropaje y el pasmoso desmadejamiento de la mano y el pie de la santa, verdaderos protagonistas del desmayo emocional.

 Teresa y Bernini

Teresa de Avila – al menos la de Bernini - reside aquí, en la «Vía Venti Settembre». La calle conmemora el día de la famosa brecha de Porta Pía en 1870, último día de la Roma papal y principio de la era capitalina. En tiempos de Stendhal, Sta María della Vittoria «era una de aquellas iglesias poco concurridas situadas sobre los altos de Roma». Las cosas han cambiado. Contiguo con la iglesia está hoy el ministerio de Agricultura y un poco más adelante el de Economía y Hacienda. Nosotros iremos en dirección contraria,  hacia el Palacio presidencial del Quirinale y nos tocará pasar delante del inmenso ministerio de Defensa. Es decir que estamos en el corazón del nuevo estado. Las dos iglesias que buscamos resultan un poco incongruentes en su actual entorno. Ambas sugieren el espacio abierto que todavía las rodeaba en el momento de su construcción. Disgusto: San Carlino solo abre por la mañana. Deberemos admitir que la cita con Borromini, estos días, ha resultado parcialmente fallida. Mi total, incomprensible, patológico olvido de Sant’Ivo alla Sapienza, a cincuenta metros de la Piazza Navona, pequeño prodigio de atrevimiento e imaginación me está persiguiendo. Tampoco fuimos al Palazzo Barberini a comparar la escalera que allí realizó Bernini, imponente, con la helicoïdal que hizo Borromini, genial. Al menos Sant’Andrea al Quirinale está abierta. Bernini siempre supo venderse mejor. Ya era mayor cuando diseñó la iglesia. Por lo visto la consideraba como lo más perfecto que había hecho en la vida. Juraría que tuvo en la cabeza la voluntad de elevar un Panteón barroco. El lujo de los mármoles de pilastras y estriadas columnas corintias, en cálida gama colorada, sirve una majestuosa  pero sobria organización del espacio, solo animada por unos pocos elementos sintácticos del barroco: frontones, personajes exentos de estuco. La inhabitual forma ovalada no predipone tanto a la oración como a una forma de recogimiento intelectual. El espacio, más que una iglesia, evoca un salón a la vez solemne, confortable y acogedor. La maestría técnica se concentra en la original e impresionante elipsis de la cúpula. Uno intuye incluso cierta voluntad de epatar. Para la óptima apreciación de su volumen y de su originalidad, Bernini la dispuso transversal al visitante, dilatando a ambos lados su atrevido óvalo.

 Sant'Andrea al Quirinale

Ya oscurece. Frustrada quedó la planeada despedida de la ciudad desde el Gianicolo antes de bajar a cenar al Trastévere. Llevamos andando todo el día y regresamos en autobús hasta la Plaza de Venezia. «Cesar cogió el tranvía en la Plaza de Venezia y lo dejó después de pasar el Tíber, cerca de la Vía delle Fratte» contaba Baroja. Vamos apretadísimos en el tranvía 8 con el cual haremos el mismo recorrido 110 años más tarde. Luego cruzamos el Trastévere por la Vía della Lungaretta y desembocamos, como imantados, en la Plaza de la entrañable Santa María. Hay luz. Están cerrando pero nos colamos un rato. Solo está iluminada la nave de la izquierda y el ábside donde vibra el colorido del mosaico. Las jónicas columnas romanas destacan, secretas y expresionistas, en el contraluz. Nos sentamos un rato. Curiosamente, los momentos que pasamos en Santa María in Trastévere  transcurrieron fuera de la «jornada laboral» del visitante escrupuloso y una vez aparcada mentalmente la obligación turística de «ver». De alguna manera logramos establecer así  una relación cercana a la intimidad, un poco a la antigua. Una relación contemplativa, casi osmótica. Una ruptura con la fugacidad insustancial de la «visita». Cuando los tiempos eran lentos, el viaje enriquecía y potenciaba la subjetividad. El ocio era sinónimo de disponibilidad personal. El tiempo del ocio programado equivale hoy a una nueva forma de actividad laboral. Determinado por su programa presuroso, el turista concienzudo, el trabajador de la visita, se enfrentará a la paradoja de tener que aparcar su propia subjetividad. Finaliza el entrañable paréntesis cuando aparece un joven sacerdote haciendo sonar sus llaves. Se ríe: «sembra que volete dormire qua».

 Cúpula de Sant'Andrea

Está lloviznando fuerte. Pese a todo nos acercamos simbólicamente hasta San Pietro in Montorio fundados, convento e iglesia, por los Reyes Católicos. La tradición situaba aquí la crucifixión de San Pedro. Alberga el canónico «Templete» con que Bramante, hacia 1502, estableciera la maqueta de todo futuro clasicismo renacentista. La presencia española es aquí secular y los claustros acogen la Academia de España en Roma. Justo detrás está el Liceo español Cervantes. Allí arranca también la «Passegiata del Gianícolo». Demasiado tarde para una despedida panorámica de la llamada ciudad «eterna», en realidad la que mejor encarna la transitoriedad de toda cosa.  Relucen los adoquines «sanpietrini» mojados por la lluvia como relucían el día de nuestra llegada. Pese a ser viernes, la lluvia le añade su melancolía al encanto pueblerino, casi abandonado, del Trastevere. Pocos barrios camuflan mejor su posmoderna sociología.

 Santa Maria in Trastévere 

Mis familiares han entrado en un comercio todavía abierto. Los espero apoyado en un viejo «nasone» y termino abducido por el interminable rebrincar del agua indiferente sobre la taza de piedra. Cientos de aquellas populares fuentes cilíndricas fueron sembradas por toda Roma a partir de 1874. El arcaico hierro colado del modelo estándar cuenta una paleometalurgía inmemorial. El agua sale, siempre libre, por el caño curvo que les valió el nombre de «nasoni», o sea «narigudos». Hubo intentos de ponerles un sistema de grifo: siempre fracasaron o fueron vandalizados. En todos los barrios, callejas y plazoletas de Roma, el inexorable sonido del agua recuerda una misma imposibilidad: ni a los «nasoni», ni al tiempo hay manera de ponerles grifo. ¿Y si los «nasoni» fueran lo que más acerca Roma a la eternidad? La ciudad eterna es la ciudad que no para de estar muriendo. La taza de granito enmohecido de mi «nasone» - compruebo fatalista - está muy desgastada por el obstinado repiqueteo del agua, alegre, monótono y letal.

 Sta Ma in Trastévere

Lloran los «nasoni» y llueve sobre Roma. No es cuestión de eternizarse buscando un restaurante. Optamos por una enoteca inmediata. El sitio resultará acogedor e incluso selecto en términos de atención ...y de precios. Con augusto gesto de la mano, aprendido de la reciente convivencia con los mármoles y los retóricos antiguos, convido mis acompañantes a una prometedora botella de Monchiero Carbone, un Barolo, vino de Piamonte prestigioso donde los haya. A pesar de la jarra de decantación, mi Barolo nunca despertará como esperado. Una despedida solo puede ser frustrante.

"Nasone"

Jueves, 16 de Abril



Me siento mejor. Sin fiebre, y ferviente.
Primavera. Perú. Abro los ojos.
¡Ave! No salgas. Dios, como si sospechase
algún flujo sin reflujo ay

miércoles, 15 de abril de 2020

La avalancha de los muertos

La avalancha de los muertos,
la avalancha de los que se suicidan
por su mano o por otra,
porque vivir es un suicidio,
la avalancha de las sombras
que en vano amontonamos
en los rincones de la tierra,
la avalancha de lo que no sabemos ni pensar,
hace que cada tanto extendamos un brazo
y hagamos una señal en el vacío.
Y aunque el brazo no resiste
y se desmorona como los gestos de los tímidos,
la señal queda rodando por el aire
como un golpe de viento,
como la hilacha de un fúnebre planeta
que gira hacia algo menos que el olvido.
Sólo un desequilibrio de las cosas,
un fugaz desnivel inexplicable
permite todavía
este naufragio sin barco, sin mar y sin playa,
sin espectador, sin fondo y sin náufrago,
esta historia que nadie cuente y nadie escucha,
esta falla sin importancia del abismo.
Sólo queda la señal como un detalle.



ROBERTO JUARROZ

Chivolitos

 Chivolito
[Foto de Alberto Salcedo Ramos]


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Carlos Bardem, comediante de Estado durante la pandemia, es el Chivolito de España.
    
Chivolito es un personaje colombiano reporteado por Alberto Salcedo Ramos cuando llevaba cincuenta años contando chistes en los velorios de Barranquilla.
    
–Llega al velorio de noche. Les da el pésame a los deudos y se sienta un rato en la sala, al lado del ataúd. Luego se va para el patio y comienza su función. Como conocen su repertorio, le van haciendo peticiones en voz alta. “¡Echa el del man que tenía dos próstatas!”, le grita un calvo de bigote frondoso. “Nombeeee, es mejor el del viagra pediátrico”, exclama un vendedor callejero de butifarras. “Cuenta el de los esposos que se detestaban”, propone un anciano desdentado. Ellos ignoran que, al recordarle a Chivolito sus propios chistes, lo ayudan a combatir los estragos de su memoria, y a seguir vigente a los 78 años.
    
Se llama Salomón Noriega Cuesta, pero le dicen Chivolito por una verruga en la frente. Bardem tiene de Chivolito lo de contar chistes en un velorio, el gran velorio que hoy es España, pero carece de la gracia de Chivolito. Carlos no tuvo la suerte de su hermano Javier, que iba a cenar a Casa Salvador y conoció a Julian Schnabel devorando merluza, que lo apadrinó. Carlos va de actor, y, cosas de la paradoja de Diderot, se cree Ian McShane haciendo de Al Swearengen que pone copas en “Deadwood”, sólo que, como en España no hay cultura, tiene que colocarse de activista para mantener su nombre en el cartel. Como Echanove, un sir John Gielgud que es malo hasta pidiendo.
    
–Yo no tengo la culpa de que la trombosis ande suelta por las calles buscando empleo –se excusaba Chivolito con el reportero, y contaba otro: “Un monstruo se casó con una monstrua. Una noche el monstruo llegó a la casa con tremenda borrachera. Y le dijo a la monstrua: bueno, mi amor, vamos a acostarnos, que vengo con muchas ganas de hacerte monstruosidades. Y la monstrua: ñerda, papi, hoy no se va a poder, porque tengo la monstruación.”

Chivolito
 [Foto de Alberto Salcedo Ramos]

Miércoles, 15 de Abril

Valle de Esteban

La primavera vuelve, vuelve y se irá. Y Dios,
curvado en tiempo, se repite, y pasa: pasa

a cuestas con la espina dorsal del Universo

martes, 14 de abril de 2020

Mala persona

ABC

 Empiezo a sentirme mala persona ante lo maravillosa que es la gente


  
Había salido una foto del alcalde Almeida oteando Madrid desde lo alto, como Batman. Él no rehúye las semejanzas y posa con la mascarilla y los brazos cruzados como diciendo "rapidito, que tengo vidas que salvar"


Pero peores son los intelectuales. Qué farsantes. No advirtieron del virus y ahora tampoco dicen lo que hacer. Pasaron de no tener ni idea a explicarnos cómo será el mundo. Están especializados en el futuro, en leer la palma de la mano al capitalismo ("Churumbeles no veo"). Como tarotistas, pero con mejor horario

La Metáfora


Peter Sellers en "The Party", de Blak Edwards
Así la Nación Española en los Pactos de La Moncloa 


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    El consenso es el “edelweiss” de las cumbres franquistas. De hecho es el concepto franquista por antonomasia. Y lo sobrevivió. Floreció en los 60/70 con la teoría de juegos y en España lo divulgó el ideólogo del Régimen. Tuvo su fiesta en el 77 con los Pactos de la Moncloa, un “guateque”de Blake Edwards, pero con España, la Nación, en el papel de Peter Sellers.

    Los de La Moncloa no eran unos pactos del montón; eran los pactos del Consenso, que quitaba al pactismo lo que tiene de chalaneo. Entre franquistas y comunistas “pactar” parecía grosero, pero… “consensuar”…
    
Antidemocrático por definición, el Consenso, juego de oligarcas, pasó a ser la forma española de llamar al pasteleo (de pésima reputación anglosajona). Con el Consenso un franquista abrazaba a un comunista y automáticamente fungía como demócrata.
    
A los cebollinos que fingen no saber de dónde proviene la superioridad moral de la izquierda:

–De los Pactos de La Moncloa.

    Carrillo, que llegaba con una peluca, mala edad y la pereza de tener que pegar tiros para poder comer (eso contaba en las entrevistas que le hacían la Fallaci y Vilallonga, su marqués-lazarillo parisino), se encontró que sólo tenía que sentarse a fumar “Ducados” con uno de Ávila en un sillón de orejas para llevarse la morterada, incluido el inmobiliario del sindicalismo vertical. ¿Por qué?

    Una metáfora es el contacto momentáneo de dos imágenes. La metáfora del Consenso fue el contacto del miedo de los que estaban y la codicia de los que llegaban. Aquellos renunciaron a la legalidad dictatorial, y estos, a la legitimidad democrática, y procedieron al orteguiano reparto del botín del Estado en cuatro consensos, enumerados por un testigo de excepción: constitucional (reglas oligárquicas), parlamentario (imposibilidad de investigar al gobierno), gubernamental (complicidad de la oposición en la razón de Estado) y jurisdiccional (el gobierno como único amo). A rehacer el Consenso invitan hoy los comunistas. Es lo suyo. Hacen bien.

Algunas curiosidades sobre la cuarentena

  
Bruegel el Viejo
El triunfo de la Muerte
1562 - 1563

Hughes
Abc

En el inicio de la crisis del coronavirus se ha podido ver una diferencia de aproximación en algunos países. Italia y España se encerraron, mientras que en Inglaterra surgió la idea de la “inmunidad de rebaño” y el aislamiento selectivo para no detener el país. Esta visión se reprodujo con matices en EE.UU en algunas voces críticas al encierro. De fondo había planteamientos intelectuales y científicos distintos, y también una cuestión de oportunidad. La imprevisión de España y la gravedad de sus números no permitía otra cosa que encerrarse. Sin embargo, era posible advertir, de fondo, la diferencia entre Italia y España, y su bloqueo “a la china” y ciertos planteamientos anglosajones que abogaban por no detener la economía. Al final, todos los países harán, si pueden, algo parecido, pero en origen hubo una diferencia temperamental o cultural ante el peligro del virus. Esta diferencia evoca otra anterior sobre cómo enfrentarse a las epidemias. En el siglo XIX, la amenaza del cólera agudizó el debate entre dos corrientes científicas.

Por un lado, la teoría del contagio por gérmenes; por otro, la de los miasmas, que consideraba que las infecciones se producían por miasmas que emanaban de los cuerpos descompuestos o de las basuras. La primera justificaba las cuarentenas, la forma clásica y mediterránea de enfrentarse a la epidemia desde la peste negra, cuando surgen como políticas de salud pública en ciudades como Venecia. En el siglo XIX, con el auge de la teoría alternativa del miasma (que venía de Hipócrates) las cuarentenas se consideraban una costumbre poco justificada y supersticiosa, católica, que además iba en contra los postulados librecambistas del liberalismo inglés del XIX. En este paradigma científico-liberal decimonónico anglosajón quizás haya un antecedente remoto de lo visto estas semanas.

Aquel debate no duraría mucho; poco después, Pasteur descubrió los gérmenes y Koch el bacilo del cólera, rehabilitándose definitivamente la teoría del germen. La ciencia justificaba así las cuarentenas, que ya eran una costumbre y tenían, además, un origen religioso. La cuarentena estaba de alguna forma prefigurada en el Antiguo Testamento, una de esas costumbres elevadas a regla por la religión, que se refería originalmente a los leprosos y a su necesario alejamiento.
La cuarentena de los extranjeros (comerciantes que arribaban a puerto), de los enfermos o de los sospechosos fue, de este modo, una medida del mundo cristiano y mediterráneo, tampoco generalizada. En el ámbito musulmán, las enseñanzas del Profeta contenían también disposiciones sobre las epidemias, aunque distintas, menos activas: no ir al país infectado, y si se trata del propio, no salir. En otro hadiz aparece la idea del confinamiento: permanecer pacientemente en casa como acto de adoración según lo que Alá decrete, con la recompensa del martirio. Este confinamiento generalizado, no discriminado, sacrificado y sumiso a lo que la Deidad disponga se parece más a la salida mediterránea actual de la crisis.

La República contra la República

 
La República nos dejó sin República,
 como si dijéramos. Nos quitó la gran ilusión
 republicana, y esto es, en resumen,
 todo lo que ha hecho
 


Julio Camba

La República es el fenómeno más desmoralizador que se ha producido en España desde hace muchísimo tiempo. Mientras no la teníamos, confiábamos en ella, aunque sólo fuese como en una salida para casos de incendio, y esto nos permitía conservar intacta nuestra moral en medio de las situaciones más difíciles; pero ahora que la tenemos, ahora ya no nos queda salida ninguna. Ya no podemos, como antes, en nuestros momentos de irritación contra lo existente, tomarnos dos copas y gritar “¡Viva la República!”, porque hoy este grito carecería totalmente de sentido. La República nos quitó la ilusión de la República, y lo grave es que, a cambio de esta ilusión, no nos ha dado ni la menor partícula de realidad.

Yo reconozco que, para la inmensa mayoría de los españoles, el régimen republicano constituía una solución tan desesperada como la de tirarse por el Viaducto; pero siempre conviene tener en reserva una de estas soluciones desesperadas. Si nuestra vida vale algo, es precisamente gracias a la posibilidad que tenemos todos de presentar el día que se nos antoje nuestra dimisión de seres vivientes, bien tirándonos por el Viaducto –procedimiento mecánico–, bien ingiriendo un tóxico –procedimiento químico–, o bien por otro procedimiento de cualquier clase. Esta posibilidad, quitándole al hecho de vivir el carácter de una ley ineludible, le da la apariencia de un acto voluntario y nos permite seguir viviendo sin gran desdoro de la dignidad humana; pero nosotros no nos hemos conformado con la posibilidad y nos hemos lanzado de cabeza a la calle de Segovia. ¿Qué les parece a ustedes?
 
En tiempos de la Monarquía, nuestros asuntos no iban, evidentemente, muy bien que digamos; pero siempre teníamos a mano un recurso supremo: la República. Ahora, en cambio, no tenemos recurso ninguno, y el caso es que nuestros asuntos no llevan, ni mucho menos, camino de mejorar. Entonces había hasta una cierta elegancia en el hecho de estar mal gobernados, algo así como si dijéramos una desidia de buen tono; pero hoy este hecho sólo significa nuestra incapacidad para gobernarnos bien, y la consecuencia no puede ser de un efecto más desmoralizador.

De mí sé decir que la República me ha hecho perder la fe en todos mis amigos, y un hombre que a mi edad pierde la fe en sus amigos es como si perdiera la fe en sí mismo; pero no abandonemos las líneas generales de la cuestión. Antes, cuando la República no era nada, lo significaba todo para nosotros. Significaba al mismo tiempo el paraíso, la hipotenusa, el Viaducto, la órdiga, el tártaro, la intemerata y el verbo. Ahora, en cambio, cuando lo es todo, no significa absolutamente nada más que la presencia física de unos señores determinados en el lugar que anteriormente ocupaban otros.

La República nos dejó sin República, como si dijéramos. Nos quitó la gran ilusión republicana, y esto es, en resumen, todo lo que ha hecho.

HACIENDO DE REPÚBLICA
EDICIONES LUCA DE TENA, 2006

La Segunda República. Dos Cambas imprescindibles


Haciendo de República

(Edición completa)


Luca de Tena Ediciones, 2006

[EN TORNO A ESTA EDICIÓN]

IgnacioRuiz Quintano


Este libro es como la vivisección periodística de un mito, el de la Segunda República Española, cortado por la pluma más ágil y ácida de Julio Camba, “la más pura y elegante inteligencia española”, en palabras de José Ortega y Gasset, el hombre, por cierto, que más apasionadamente había trabajado por el cambio de Régimen.

Camba, anarquista de vocación, no entró con buen pie en aquel baile.
“Cuando vino la República –anota Pedro Sainz Rodríguez en Testimonio y recuerdos, sus memorias–, recuerdo la reacción de Julio Camba. Muy al principio, cuando el Comité Revolucionario pasó a ser el Gobierno Provisional, hubo una reunión en el Ministerio de la Gobernación a la que asistía todo el mundo; era una especie de puerta abierta y Camba entró allí a ver lo que pasaba. Estaba reunido el Gobierno Provisional y la gente esperaba, ansiosa, las decisiones. Apareció un funcionario y declaró que el Gobierno acababa de tomar el importante acuerdo de nombrar fiscal de la República a don Ángel Galarza. Camba conocía muy bien a Galarza, el periodista de La Voz que hacía la sección municipal, uno de aquellos célebres periodistas a los que se denominaba Concejal X, con lo que se sugería que era algo así como un concejal adjunto a los efectos de la remuneración con que el Ayuntamiento pagaba su trabajo para que hablase bien de los ediles; todo esto, unido a que el propio Galarza era un tipo petulante y nada simpático, hizo que, cuando se anunció aquel nombramiento como el primer gran acuerdo que la República acababa de tomar para salvar a España, Julio Camba se levantase y saliera a la calle diciendo:

”–Esto es una mierda de República y si todo lo que se les ha ocurrido es nombrar a ese imbécil de Galarza para un puesto de responsabilidad, sabe Dios las tonterías que van a hacer y lo que nos espera.”

Al hilo del septuagésimo quinto aniversario del advenimiento de aquella República, y sobre la base de la primera edición de Haciendo de República publicado por Pedro Sainz Rodríguez en 1934, en esta edición que el lector tiene en sus manos se completa la recopilación de “artículos republicanos” de Julio Camba con la inclusión en el esquema original de las crónicas del genial autor escritas para ABC desde el día 14 de Abril de 1931 en Nueva York, ofreciéndonos una amplia panorámica internacional donde poder situar en su espacio y en su tiempo el mito republicano, hasta el día 22 de Febrero de 1938 en Sevilla, con la perspectiva terrible del desastre final, donde todo es ya material para el incendio.

La relación de crónicas nuevas respecto de la edición de 1934 es, por orden cronológico, la siguiente: Los restaurantes automáticos, Diplomacia y literatura, Biología marina y política internacional, La zona del silencio, Acorazados de cuerda, Italianos y etíopes, Haile Selassie, Al borde de la guerra, Una Revolución en Burdeos, El hombre del cordobés, La suerte de Etiopía, Historia íntima del Canal de Suez, Una guerra mundial, Un monumento conmemorativo, Sherlock Holmes en Ginebra, Principios y consecuencias, La mercería internacional, Una Revolución en Grecia, El pan y el vino, El “bridge” y la guerra, El “sinsombrerismo”, París, Londres, Berlín y Barcelona, Insultos en serie, “Haxádegos de cadeirádegos”, Un grande hombre de lance, Palabras en peligro, Una cátedra de gastronomía, La trucha y el truchimán, El straperlador straperlado, La España negra, La Inquisición y el arroz con pollo, Libros para niños, Se necesita un traidor, Mi amigo García, El Quijote, El club Guerrita, Madrid – Baden-Baden, Un pazo para Valle-Inclán, El viajero moderno, Turismo y filantropía, Belmonte y el buzo, Criminales y hombres honrados, A la altura de Cincinatti, Un aparato de radio, Mendigos y millonarios, La moral en las playas, Contra el ruido, Los psiquiatras y la guerra, La edad de Bernard Shaw, El constipado de cabeza, Bastones para los dientes, Una lección de periodismo, La bata blanca del caudillo, La Revolución sin límites, La ortografía de la Revolución, Los dos complejos, Miss Wilson saca la lengua, La calle de la Náo, Dibujos de almohadón, Babel, hombre-anuncio, La Revolución y la Lotería, La igualdad, Guerra a la guerra, La infancia de los políticos, Los políticos y la magia, Los ruidos madrileños, El vago y el trabajador, La Revolución contra el hongo, En el país de las maravillas, Un ejercicio para fin de año, “Boatos” y “atoardas”, Negrín, negroide, Los dos internacionalismos, La guerra y la Revolución, La guerra y el cine, Don Suave, En casa del herrero..., Los checoetcéteros, La Sociedad de Naciones, El Estado-merienda, Una revlución de cuneta, La bella Pinguito, Del “bridge” al tute, Dioses para todos, Talac, talac, talac..., Madrid-Numancia-Barcelona y Lo que pasó. Todas las crónicas llevan la fecha de publicación periodística, a excepción de las que sólo vieron la luz en forma de libro, señaladas con las letras NP (No Publicadas).

Martes, 14 de Abril


Para tomar tres al día

lunes, 13 de abril de 2020

Tucídides y los boomers



Hughes
Abc

Pese a lo que dice Pedro Sánchez, la humanidad ha conocido días parecidos. Atenas sufrió una plaga devastadora alrededor del 430 a.C. cuyas características y efectos contó Tucídides en la Historia de la Guerra del Peloponeso. Puede que esa epidemia moldeara el futuro político en el Mediterráneo. Además, tuvo unos efectos psicológicos y morales que gracias a Tucídides podemos conocer:

“Los santuarios en los que se habían instalado estaban llenos de cadáveres, pues morían allí mismo; y es que ante la extrema violencia del mal, los hombres, sin saber lo que sería de ellos, se dieron al menosprecio tanto de lo divino como de lo humano. Todas las costumbres que antes observaban en los entierros fueron trastornadas y cada uno enterraba como podía. Muchos recurrieron a sepelios indecorosos debido a la falta de medios, por haber tenido ya muchas muertes en su familia; en piras ajenas, anticipándose a los que habían apilado, había quienes ponían su muerto y prendían fuego; otros, mientras otro cadáver ya estaba ardiendo, echaban encima el que ellos llevaban y se iban. También en otros aspectos la epidemia acarreó a la ciudad una mayor inmoralidad. La gente se atrevía más fácilmente a acciones con las que antes se complacían ocultamente, puesto que veían el rápido giro de los cambios de fortuna de quienes eran ricos y morían súbitamente, y de quienes antes no poseían nada y de repente se hacían con los bienes de aquellos. Así aspiraban al provecho pronto y placentero, pensando que sus vidas y sus riquezas eran igualmente efímeras. Y nadie estaba dispuesto a sufrir penalidades por un fin considerado noble, puesto que no tenía la seguridad de no perecer antes de alcanzarlo. Lo que resultaba agradable de inmediato y lo que de cualquier modo contribuía a ello, esto fue lo que lo que pasó a ser noble y útil. Ningún temor de los dioses ni de la ley humana los detenía; de una parte juzgaban que daba lo mismo honrar o no honrar a los dioses, dado que veían que todo el mundo moría igualmente, y, en cuanto a sus culpas, nadie esperaba vivir hasta el momento de celebrarse el juicio y recibir su merecido; pendía sobre sus cabezas una condena mucho más grave que ya había sido pronunciada, y antes de que les cayera encima era natural que disfrutaran un poco de la vida”.


Cabría esperar en nosotros algún efecto moral. Pero ese mayor disfrute de la vida, el desquite hedonista, sin embargo, se verá limitado por lo económico. Siempre fue así. En nuestro caso, la deuda pondrá un realista tope a cualquier desenfreno. En relación con esto, se plantea una situación generacional curiosa. La Generación del Boom, la que ha mandado durante décadas, los famosos boomers, han visto dispararse la deuda durante su apogeo vital, y ahora la rematarán. Habrá más deuda. Su efecto generacional es evidente. Su ruptura con el futuro ya era un hecho, pero ahora la pandemia provoca una ruptura con el pasado, con la generación precedente. Puede ser una generación que endeude a sus hijos y nietos (si no bisnietos) y que entierre apresuradamente a sus padres, los sufridos individuos de la generación silenciosa. Los “hijos de la Guerra” padecen el colapso sanitario y los efectos del coronavirus. Su final no es el plácido y asistencial que la Historia les tenía preparado. Así, los boomers observan impotentes el final de la generación precedente (“sepelios indecorosos”), mermada por los efectos de la pandemia, mientras preparan el remate de deuda para la posterior, su herencia definitiva. Los X, más jovenes, generación vástaga y zangolotina, participan de esto en su prolongada adolescencia de generación blanda y subalterna, sin voz propia. Los millenials y demás futuribles quedarán sepultados por la deuda. La losa fiscal matizará como contrapunto el efecto moral de la pandemia.

Oh, boomers, sería necesario un Tucídides para contar lo vuestro.

Estado de Alarma. Andancio



Ignacio Ruiz Quintano
Abc, 8 de Octubre de 2014

    La “gripe española” era americana, pero como España, sin una guerra que llevarse a la boca, fue la que más la jaleó, “española” se quedó.

    Ahora tenemos el primer caso de ébola conocido fuera de África, y la ministra de Sanidad sale de salmantino luto (ése, desde luego, no es el color de Snoopy) a decir, con muchos infinitivos, al modo de los indios de Hollywood, que sólo saber que no saber nada, dejando el balón en el tejado de los tertulianos, que son como la prensa del 18, pero con voz de odre, y que conseguirán que el ébola pase a los anales de la Wikipedia como la “peste española”.

    Si se tiene en cuenta que la primera industria del país es el turismo, dar al ébola rango de andancio en las tertulias es lo más parecido a lo de los alegres muchachos de Sadam incendiando, en su huida de los americanos, los campos de petróleo.

    ¿De qué huimos los españoles?

Los españoles llevamos huyendo de nosotros mismos desde 1812, cuando la Constitución de Cádiz, utópica, según Marañón, a fuer de gaditana, y que al final, en chispazo de Pemán, sólo fue un tanguillo legal: “Los españoles serán justos y benéficos”. Dos pataditas… ¡y olé!
    
Todos nuestros separatismos no son sino maneras de huir de nosotros mismos, con la mala pata, para los separatistas, de confundir España con Madrid, que tampoco es Cádiz.
    
Cádiz fue la tercera ciudad de Roma (la primera en obtener la ciudadanía, por sus sales y bailarinas), y Madrid, una capital muy grande con un río muy pequeño que impide una política española de gran estilo, cosa que el culto Mediterráneo y el heroico Atlántico aprovechan para silbar, como la sierpe del Génesis, al oído de las ciudades costeras: “Podéis ser como dioses”.

    Pompeyo Gener, fraternal portavoz de la ciencia catalana, “descubrió” en la atmósfera madrileña falta de helio y de argón, y por tanto, gran detrimento de células grises en los nativos.

    ¿Otro “Prestige”? “E-bolá!” El “exterminio encubierto”, que dice la Colau.

"¿Qué necesidad hay de matar a la gente en el país de la gripe?"


FERRER Y LOS ESPAÑOLES


Por Julio Camba
9 de Octubre 1919

Ferrer, como se sabe, tenía una estatua en Bruselas. Los alemanes, durante su ocupación de la ciudad, echaron la estatua abajo, y ahora se ha propuesto reerigirla. Algunos periódicos españoles protestan; otros aplauden. Yo creo que los españoles, como tales españoles, no tenemos voto en este asunto. Ferrer era español; pero nosotros no quisimos que siguiera siéndolo, y para conseguirlo lo hemos fusilado. Desde que lo fusilamos, Ferrer dejó de ser uno de los nuestros, y hoy ¿qué nos importa el que su cadáver suscite por ahí simpatías o antipatías? Al fusilarlo, nosotros hemos roto con el señor Ferrer toda solidaridad. ¿Que actualmente Ferrer nos denigra en Bruselas? Pero ¿cómo puede denigrarnos un muerto? Y si un muerto puede denigrarnos, entonces, ¿no habremos cometido una ligereza al matar a Ferrer?

Por mi parte, yo creo que, en efecto, hemos cometido una gran ligereza, un descuido imperdonable. En vano sus enemigos dicen que Ferrer no era un sabio ni un pedagogo. Si se va a fusilar a todos los españoles que no son sabios ni pedagogos, entonces ya puede el Gobierno solicitar un crédito extraordinario para comprar fusiles. Yo no conozco más que un pedagogo, D. Lorenzo Luzuriaga, y francamente, no creo que este querido amigo se divierta mucho cuando llegue a quedarse solo consigo mismo en una España despoblada por los fusilamientos.

No. A Ferrer no se le ha fusilado porque no era un pedagogo ni un sabio. Por lo menos, las obras de la colección Sempere se las había leído, y esto lo ponía en un nivel de cultura muy superior al de los hombres que dispusieron su fusilamiento. Si se fusiló a Ferrer fue, al contrario, porque se le consideraba un sabio y un pedagogo, una especie de Giordano Bruno de la rambla de Canaletas. Esto, además, era lo lógico, y si no lo lógico, lo tradicional. Esto era lo que tenía precedentes. Yo le hice en tiempo oportuno una prudente advertencia al Sr. Maura por medio de un artículo que los ferreristas interpretaron, por cierto, bastante mal.

–Que no se fusile a Ferrer –decía yo–. Ustedes se creen que Ferrer es un genio; pero yo, que lo conozco, les doy mi palabra de que no lo es. Fusilen ustedes al señor Unamuno, que sabe griego; fusilen a don Francisco Giner, fusilen aunque sea al doctor Simarro; pero yo les aseguro que sería una equivocación fusilar a Ferrer...

Nadie atendió mis consejos, y Ferrer fue fusilado. Ahora, muchos españoles se indignan al ver que en el extranjero se le levantan estatuas a Ferrer. «Ferrer no es un apóstol», dicen. Pero Ferrer ya es un apóstol. Todo hombre que muere por una idea es un apóstol, y como los apóstoles estorban mucho a los ministros de la Gobernación, el buen gobernante no debe matar a nadie por sus opiniones ni por sus doctrinas. Así como así, ¿qué necesidad hay de matar a la gente en el país de la viruela y de la gripe?

(Del libro Maneras de ser español, de Luca de Tena Ediciones)