domingo, 27 de enero de 2019

Razón y Resentimiento

 Sábado, 26, en Caen, Normandía

Jean Juan Palette-Cazajus

No recuerdo quién dijo de Francia que era el pueblo político por excelencia ni quién sentenciaba que cuando Francia estornudaba toda Europa se acatarraba. Pero voy comprobando cómo la interminable sucesión de los episodios del culebrón en amarillo se va perfilando efectivamente como la adaptación televisiva de un tratado escolar de política práctica. Mientras el nacionalismo italiano de un Matteo Salvini, por dar un ejemplo, se va enterrando cada día que pasa en un populismo casposo de manoseado repertorio, repartido entre frustración, impotencia,  mussolinismo light y commedia dell’arte, más y mejor la fiesta de disfraces revolucionaria que se ha instalado en Francia, puntuada por las funciones televisivas de cada sábado, viene enunciando como en un libro abierto la didáctica de todos los  achaques de las viejas democracias europeas.

 Cartel de Sorolla para el diario El Pueblo

Hojeaba, hace pocos días un libro dedicado a la larga historia del concepto de pueblo. No contaba gran cosa que ya no supiéramos. La palabra “pueblo” sirve para un roto como para un descosido. Al principio, el “pueblo romano”, por dar un ejemplo y porque fue como quien dice el que ostentó la denominación de origen, era el “ethnos”, el conjunto de la población en su etnicidad y generalidad. Luego, tradicionalmente y durante muchos siglos, la noción de pueblo vino designando la parte más numerosa, humilde y menos educada de la población de un país. A partir de la Ilustración -hablando grosso modo- esta definición empezó a traer connotada la idea de que la subordinación política, social y económica de lo que se venía denominando pueblo no era el resultado de las “desigualdades naturales” sino el producto artificial de un orden social fundamentalmente arbitrario. La Revolución Francesa convertiría el pueblo sociológico mayoritario en el pueblo político, entronizado en tanto que instrumento de su propia emancipación. Conviene no olvidar que en vísperas de la dicha Revolución, Nobleza e Iglesia sumaban poco más de medio millón de personas. Es decir que el pueblo, tanto en su definición económica como, de nuevo cuño, política, constituía el 98% de la población. La tentación era grande, y en gran medida legítima, de identificar voluntad popular y “voluntad general” en sentido rousseauista.

Pero a partir de la famosa jornada del 10 de Agosto de 1792 - fecha discutible pero que tiene el mérito de ser concreta- la mayoría popular, que había visto satisfechas las aspiraciones fundamentales que constituyeran el desencadenante de los acontecimientos de 1789, tendió a retirarse progresivamente de la palestra. No entendía y en muchos casos no compartía la radicalidad y la abstracción de los debates que centraron la actividad de la burguesía intelectual durante los dos años de la revolución jacobina y, menos aún, su deriva trágica. En aquellos momentos el “pueblo” se fue quedando reducido a algunas decenas de miles de individuos de los suburbios, reunidos en la llamada “Comuna Insurreccional” apoyada en las famosas “secciones de piqueros”. Su vigilante y hosca presión determinó muchas de las decisiones políticas entre julio de 1792  y  Thermidor 1794. Y según una lógica de los activismos políticos radicales desde entonces jamás desmentida, aquella minoría se fue deshilachando todavía más al hilo de los terribles acontecimientos. Cuando se produjo el golpe del 9 Thermidor (27 de julio) de 1794, contra Robespierre y sus amigos, lo que quedaba del “pueblo” ni se molestó en salir de sus barrios para auxiliar al “Incorruptible”.

 Poder para el pueblo. ¡Y todo arreglado!

A partir de entonces y hasta entrado el siglo XX, y sin duda podemos apurar las fechas hasta la Segunda Guerra Mundial, el llamado pueblo seguiría  englobando una mayoría de desfavorecidos pero con un peso estadístico siempre decreciente en la proporción general. Hoy la complejidad y la pluralidad de las estratificaciones sociales, económicas, educativas definen sociedades inconmensurables con las tradicionales. Conformadas por grupos, estatutos y situaciones, sino casi atomizadas ya muy diferenciadas. Hemos tenido que ir admitiendo que lo que queda del pueblo en el sentido más lato apuntado hace un instante ya no se puede identificar con la “voluntad general”. Las crisis de los últimos años que llevaron a los actuales remolinos han trastornado el tejido social sin que los propios actores tuvieran, al principio, cabal conciencia de lo que estaba ocurriendo. Particularmente en Francia donde ni la crisis de 2008 ni los gobiernos golpearon al “pueblo” con la contundencia que en España. Ahora es cuando se está produciendo en Francia la “réplica” sísmica diferida. 

En las sociedades posmodernas, el propio contenido de la conciencia social  individual, el sentimiento personal de inserción, bienestar, igualdad o desigualdad social, puede ser ambiguo, cambiante y contradictorio. Quien se consideraba de clase media se siente hoy de repente proletarizado. De allí la táctica populista pregonada por Chantal Mouffe, la ideóloga de “Podemos”, para reconstruir desesperadamente, cual capa de muchos remiendos, un “pueblo” mayoritario en base a un batiburrillo de sectores sociales y malestares heteróclitos. La realidad actual nos muestra cómo el contenido de la palabra “pueblo” ha venido hoy a encogerse, de manera rabiosamente subjetiva, hasta quedarse reducido al fragmente  de la población, por minoritario que sea, que comulga con nuestros planteamientos. De ahí una deriva hacia la jerarquización y sacralización: nuestro “pueblo” particular tal vez sea minoritario, pero es la élite política y “concienciada”. 

 La mamá ideológica de Podemos

He insistido mucho sobre la asombrosa obsesión de los manifestantes por las referencias a la Revolución francesa. Contra las evidencias de su carácter socialmente heterogéneo, los “chalecos amarillos”, en una descarada pulsión nostálgica han decidido autoinvestirse no solamente como el “verdadero” pueblo, sustancialmente homogéneo y mayoritario, sino como los herederos del pueblo “fundador”, el de la Gran Revolución. Son constantes sus vituperios contra la supuesta “monarquía macroniana”, contra las nuevas “feudalidades”, encarnadas por “las élites tecnocráticas” y sobre todo pululan las invocaciones a la guillotina, las enfáticas amenazas de pasar por la oblicua cuchilla de la gran niveladora a la larga nómina de los “podridos”. El pueblo de la Revolución era igualitario y vengador y no era precisamente democrático. Pero cualquier crítica al carácter antidemocrático de la Revolución francesa es absurda y queda “fuera de cacho” como decimos en los Toros. El papel histórico de la Revolución Francesa no fue la instauración de la democracia, sino el de romper teatralmente con el orden estamental premoderno. Un orden que lo mismo podemos llamar heterónomo, sagrado o arbitrario. Considérense los tres adjetivos como  sinónimos. Y con ello, por vía de consecuencia, la Revolución francesa estableció, hablando en términos kantianos, “las condiciones de posibilidad” histórica de la democracia, establecidas sobre la instauración de la autonomía intelectual y la igualdad de derechos del sujeto humano. Con todo algo hizo la Revolución para articular los primeros balbuceos prácticos  de la democracia, primero a través de la Asamblea Constituyente (1789-1791), después con la Asamblea Legislativa (1791-1792) e incluso durante la llamada “Convención Nacional”. Quienes instauraron el dictatorial Comité de Salvación Pública (abril 1793 – julio 1794), forzado por lo torbellinos de la Historia (guerras exteriores e interiores, problemas económicos) no dejaron de proclamar su carácter excepcional y su vocación de provisionalidad.

Al fin y al cabo todo esto es lo de menos: baste recordar aquí que la Revolución Francesa duró 5 años. Así como se habla, casi con vértigo, de la infinita densidad del Universo anterior al Big Bang, asociada a una masa ínfima, podríamos decir que la densidad de los acontecimientos que se sucedieron a lo largo de aquellos efímeros 5 años corresponde a una actividad histórica normalmente multisecular. Hablar de posibilidades democráticas durante aquel bigbang de la Historia es simplemente absurdo. Además en ese estado inicial de la sociedad civil, los revolucionarios desconfiaban de cualquier institución intermediaria que consideraban generadora de manipulación y corrupción. Los Jacobinos creían en la democracia directa y en el ejercicio “in-mediato” de la famosa “voluntad general”. Apenas si les concedió tiempo la historia para comprobar que del dicho al hecho había mucho trecho.


 Sans-Culottes

Los “chalecos amarillos” se consideran los descendientes de los “Sans- Culottes”. No han parado de proclamarlo a los cuatro vientos. Su filiación directa tratan de expresarla de manera muy parecida a sus antepasados a través del espíritu vengativo, del igualitarismo nivelador y de una forma de resentimiento. Si el odio por la aristocracia caracterizó a los “Sans-Culottes” originales, los nuevos populismos -no paran de decirnos- se caracterizan por el odio a las “élites”. Entiendo que las élites y la aristocracia son cosas muy distintas, por no decir contradictorias. Semánticamente,  las élites las constituyen los mejores. Las aristocracias, en cambio,  reúnen más bien a quienes se consideran los mejores, por rutina, herencia o tradición, pero en ausencia de toda posibilidad de evaluación y no digamos de “desclasificación”. El estupendo término de “epistocracia”, se refiere a un tipo de gobernanza tributaria del saber de los expertos. Es indudable que la loable obsesión de Emmanuel Macron por la eficacia y los resultados le ha venido arrastrando a privilegiar algún tipo de “epistocracia”. Trató de sustituir el círculo infernal de la divisoria tradicional entre Izquierda y Derecha, por un  “círculo de la razón” integrado por buenas voluntades y competencias  procedentes de ambos horizontes. Yo fui de los seducidos. Pero es cierto que los privilegiados cerebros del Elíseo tendieron a verse muy guapos en los espejos de los pasillos y les faltó oídos para el runrún de la opinión pública y de sus frustraciones ascendentes. El problema es que a toda élite, a toda epistocracia, la acecha el peligro del aislamiento, del desdén y de la autoperpetuación,  o sea la tentación de convertirse en una aristocracia.

No nos confundamos: históricamente, el resentimiento fue un motor positivo contra la arbitrariedad. Se trataba entonces de un “re-sentimiento”, es decir un sentimiento que se revuelve y se repite como pez mordiéndose la cola, cuando la existencia del Hombre no depende de sí mismo sino del capricho de  otros hombres y no le pertenece ni la naturalidad de los propios sentimientos. Han pasado 230 años desde la Revolución francesa. Pero en realidad puede que nos separe de ella un milenio si nos regimos por la masa del caudal científico y epistemológico generado desde entonces por la modernidad. El resentimiento de los “chalecos amarillos” de ningún modo puede parecerse al “re – sentimiento” de los “Sans-culottes”. Parece más bien empeñado en darle la razón a Nietzsche: «Mientras que toda moral noble brota de un triunfante decir SÍ a uno mismo, la moral de esclavos dice de antemano NO y este NO es su acto creador». La epistocracia, basada en la competencia,  es tributaria del proceso de selección que caracteriza  la meritocracia. El resentimiento de los chalecos amarillos propende a negar el propio concepto de mérito y pone en práctica  los mecanismos de la nietzscheana “moral de esclavos”. Se trata de reputar malvado o corrupto al que sabe, o al que piensa, o al que recuerda que las cosas son complejas y que lo que distingue al ser humano del animal es la inevitabilidad del carácter diferido entre deseos y satisfacciones. En un segundo momento, claro, se tratará  de acreditar la idea mística de que los “chalecos amarillos” encarnan la sacralidad del “pueblo” y el pueblo, por definición “sabe”. Él conoce los atajos de la ciencia infusa.


 ¡Terribles élites!

Todas las revoluciones del resentimiento se han caracterizado por el odio al saber y a la competencia.  La Revolución Cultural china ponía a barrer aceras a los astrofísicos de excesiva tibieza maoísta. Es conmovedor el afán renovador de la democracia manifestado por los “chalecos amarillos”. Por más que todas las estadísticas nos dicen que la mayoría de ellos solían ser abstencionistas. En Madrid, en cuanto descarga un aguacero, salen a la calle inmigrantes de Bangladesh para proponer endebles paraguas por 3 o 4 euros. En Francia, frente a la supuesta demanda democrática de los “chalecos”, muchos profesores y doctorandos de ciencias políticas han salido a la calle y a las columnas de los periódicos para proponer sus pócimas y mercancía en mejora de la democracia. Frente a la indiferencia de los interesados. Lo que “mola” para ellos, lo que llevan semanas agitándolo como un sonajero, es la ensoñación del mítico RIC, el Referéndum de Iniciativa Ciudadana. No suelen tener idea de su posible funcionamiento. Creen haber entendido que con este nuevo gadget podrían  desmontar y anular a su antojo las leyes votadas por los cuerpos representativos. Frente al primer intento en muchos decenios de una democracia de la razón, ha surgido inesperadamente una inquietante democracia del resentimiento.

Sábado, 26 de enero, en un pueblo bretón

Bárbara (Rey), la sueca de aquí

 
Si las mujeres no tuviesen piernas, los sueños de los hombres dejarían de andar
Jorge Berlanga 

[Publicado en enero de 2015]

Hughes
Abc

López Vázquez y Ciges la raptaban en «La Escopeta Nacional». Simbólico rapto: ella era masoquista; ellos, onanistas. Rubia europeizada y objeto sáfico de la retorcida Transición, después domó elefantes. Su viaje a Las Vegas con Ángel Cristo merece película.

 — ¿Tiene negro para su memorias?

—Necesito una tribu, más que un negro. Pero con lanza y todo. El día de la Constitución me pusieron una calle en Totana. No fue nadie de la prensa porque sólo interesa lo desagradable y si echo un polvo o no con un señor.

 —¿Fue un encuentro con su infancia?

 —Yo era un trasto. La abuela de Chendo tenía un terrenito con una balsica. Yo me quitaba el uniforme, me quedaba en bragas y a nadar en medio metro lleno de bichos. Con nueve años eso ya era un escándalo. «La Chenda» me decía: «Ya verás como suba tu madre».

—Usted fue la sueca de aquí.

 —Estaban Agata Lys y Nadiuska, de mucho pecho y caderas. Yo era estilizada. De hecho, a mí me ha gustado siempre ir con pantalón y tenía que ir a boutiques de hombres porque los de mujeres me quedaban pesqueros. He sido un poco ambigua. Pelito corto, poco pecho, piernas largas. Berlanga estaba loco porque las enseñara.

 —¿De ahí viene la moda de hacer de lesbiana?

 —No fui la que inicié el destape, pero no reniego. Me pareció interesante revindicar el lesbianismo. En los estrenos el vestíbulo estaba lleno de mujeres arrodilladas, besándome las manos, dándome las gracias y llorando, que parecía yo el Papa en vez de Bárbara Rey. Ya desde entonces el colectivo es mío. Una mujer como yo es difícil que tenga amigos que no sean gais porque con los otros siempre hay una mano suelta.

 —¿Es tocón el español?

 —Sí, mucho. Hay algunos que son amigos y te invitan a cenar y cuando entramos al sitio te ponen la mano por la cintura o te cogen del brazo. ¿Pero por qué me toca este tío?

 —¿Lo de Chelo fue experimentación?

 —Fue cabezonería. En «Carne apaleada» había hecho con Esperanza Roy una secuencia de sexo bastante dura y ya sabía que el roce con una mujer me era bastante desagradable. Claro que si dijera que fue más agradable besar a Fernando Esteso también mentiría.

 —Sería tentada por muchas lesbianas.

 —Claro, yo era la lesbiana oficial de España. Me pusieron como hoja de perejil y en algún estreno no nos quemaron como a Juana de Arco porque no llevarían mixtos. Pero arremetían contra mí, ni contra la Roy ni contra Rocío Dúrcal. Como si Barbara Rey hubiera hecho un bollo con un ser celestial.

 —¿Era la época de Alain Delon?

 —No, eso fue antes, en el 74. A mí me gustaba mucho, claro, pero a él le gusté yo más. Venía a verme al Teatro La Fontana. Cada vez que venía a España me llamaba. La cantidad de mensajes que me dejaba en el contestador... Estaba enloquecido conmigo. En París yo vivía en la casa de Alain y nunca quise que me sacaran fotos con él. Salíamos a pasear los perros por el Sena, le acompañaba a probarse ropa en Christian Dior... La que corté fui yo.

 —¿Era aburrido?

 —Me pasó como con Chelo. Me quedaba extasiada mirando lo guapo que era, pero hay una cosa que se llama piel. Oye, yo tenía química con mi marido y no te cuento con otros feos.

 —De Alain Delon a su marido...

 —Tenía otras cosas que no tenía Alain Delon. A veces una mano te toca y te estremece.

 —Otro francés fue Frank Francés.

 —Con él sí había química. Hubo también un mestizo, lo más guapo que he visto. Estaba ya separada. Nos invitaron a Cuba y fuimos a bailar con algunos amigos, todos locos y locas por ligarse al negro. ¿Sidney Poitier? Una porquería. Era mulato e iba vestido de safaris que era para subirse a una palmera. Me sacó a bailar, pero nada más.

 — Fue la musa de la UCD.

 —Eso decían. Yo ni tenía idea de qué era votar, pero a los que colaboramos con la UCD ni las gracias nos dieron. Bueno, sí, yo recibí un ramo de flores. Cuando Suárez legaliza el PC, TVE se llenó de personas de izquierdas. Fue un pacto. Todos los que habíamos colaborado con la UCD y que trabajábammos por nuestros méritos nos quedamos en la calle. Si ibas a un programa los cámaras no te querían grabar. Ahora soy apolítica, ácrata.

 —¿Eran los días con Garrigues Walker?

 —Fue la mejor persona que conocí. Ese sí que era un liberal de verdad.

 —¿Fue una de las primeras famosas en meterse en un reality?

 —A la fuerza ahorcan. En «Pesadilla en la cocina» me sacaban de borracha, pero yo iba con la copa en la mano a todos lados para que no se la bebiese Bienvenida Pérez, que me pedía el tetrabrik de vino baratejo para cocinar. No bebo, soy alérgica a los taninos.

 —El juego es su único vicio.

 —Pero no soy ludópata, soy jugadora. Los casinos de ahora me quitaron el vicio. Antes aún ganabas alguna vez; el crupier tenía un tacto fantástico y tiraba la bola al sector o barajaba de modo que al cortar podía salirte un buen sabor. Pero ahora son máquinas. Las cartas salen agrupadas y en la ruleta la bola cae donde les da.

 —Hizo un anuncio para Hacienda: «Ángel y yo siempre decimos la verdad».

—Quita, no me lo recuerdes. Y encima salgo gorda como una vaca. Ángel y yo llevábamos las cosas bien, para tratarse de un circo.

 —Dígame otro feo.

 —Rexach era muy feo.

 —Se movería poco, decía que correr era de cobardes.

 —Conmigo no. Era como una gacela moviéndose por la raya. De cuerpo bien, de cara feico, pero me encantaba. No quería que nos viesen, decía que por el míster, pero era por la novia.

—¿Y la enemistad con la Cantudo?

—Ella no ha sido generosa con nosotras. La obvié siempre hasta que llegó lo de Blanca Villa, cantante extraordinaria a la que demandó y que tuvo que perder su casa. Yo las vi en el estudio grabando. Lo presencié.

—También fue dura con Corinna. Dijo que se había quedado sin pelo.

—Dije que tiene menos pelo que yo y que eso nos pasa a las mujeres con la menopausia. Si no la tiene es que igual es extraterrestre. Pero lo normal es que la tenga, porque nos llega a todas. Como la muerte.

—«A todas nos llegará», dijo Obregón.

—Si lo dice ella, que es bióloga...

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Domingo, 27 de Enero

Valle de Esteban

El norte incendio, y el ocaso día

"Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír"

DOMINGO, 27 DE ENERO

Ilustre Teófilo: Puesto que muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han cumplido entre nosotros, como nos los transmiteron los que fueron desde el principio testigos oculares y servidores de la palabra, también yo he resuelto escribírtelos por su orden, después de investigarlo todo diligentemente desde el principio, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido. En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan. Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor». Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él.
Y él comenzó a decirles:

-Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír.

Lucas 1, 1-4; 4, 14-21

sábado, 26 de enero de 2019

El Precursor

Francisco de Miranda


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Para salvar, con Venezuela, la vergüenza íntima de ser español, hay que mirar a Miranda; no a Miranda Rijnsburger, la modelo holandesa de Julio Iglesias, como propone Google, sino a Francisco de Miranda, un español sin medida, y en América, El Precursor, con lo cual salvamos también la vergüenza pública de pertenecer políticamente a la UE, esa “unión especuladora”, que diría García, y que, entre la ciática de Juncker y el piano de Donald Tusk, un cargador de pianos que hubiera perdido el piano, “se bebe el agua de los floreros” a la salud de Maduro, su Santa Claus.
    
Miranda es un nacionalista liberal, para pasmo de liberalios, si lo conocieran. Liberal, filantrópico-humanitario, romántico, moldeado por el nacionalismo norteamericano de Jefferson (ya presidente) y Madison (ya secretario de Estado), a cuyo lado el nacionalismo de Trump sería internacionalismo chomskiano, y eso que el primer padre fundador tratado por Miranda para promover la independencia hispanoamericana es Hamilton, a quien no se le puede decir nacionalista.
    
–En Nueva York –dice Miranda por carta– se formó el proyecto actual de independencia y libertad de todo el continente americano.
    
Ocurre en su primer viaje a los Estados Unidos, donde, español al fin y al cabo, Miranda se queda sin aire ante “el espíritu de republicanismo” de la nueva nación, “que es tal que el mozo de mulas y todos los demás nos sentábamos juntos a la mesa, y no fue con poca pena que hube de conseguir el que a mi criado le diesen de comer separadamente”. John Adams, futuro presidente, reconoce que Miranda llega a “saber más de la vida social y política del país” que los fundadores. Pudo ser nuestro Tocqueville, un pintor en el sentido de la concepción francesa de la “peinture”, pero le pierde su romanticismo. Claro que también Tocqueville es un vencido: como aristócrata (guerra civil), como liberal (terror del 48) y como cristiano (sin fe a los 16 años).

    –C’est un vaincu qui accepte sa défaite –dirá Guizot.

El Gran Carnaval



Hughes
Abc
 
En «Días de radio», de Woody Allen, hay una escena en la que el padre persigue al niño para darle unos azotes. Mientras lo hace, suena música en la radio. Cuando ya lo tiene en posición de darle la somanta, algo lo interrumpe: la emisora informa del rescate de Polly Phelps, una niña caída en un pozo. Se ve un plano del rescate, reporteros, grúas, ingenieros, y luego personas por todo el país, escuchando en vilo la información.

La niña existió. En 1949, Kathy Fiscus, de 3 años, se cayó en un pozo abandonado en California mientras jugaba con su hermana. Su rescate se complicó y fue requiriendo grúas, excavadoras, camiones, y hasta focos de los estudios de Hollywood para iluminar la operación.

Esto capturó la atención de los medios. No sólo las radios. Se considera que la cobertura informativa en televisión cambió para siempre con ese rescate. La actitud periodística no pasó desapercibida y Billy Wilder se inspiró en el caso para «El Gran Carnaval», película en la que un reportero sin escrúpulos (Kirk Douglas) manipula en su provecho un rescate similar. A los dos días, Kathy fue encontrada sin vida. Es lo que refleja Woody Allen con nostalgia: la conmoción de todo el país. El padre abraza al niño al que antes quería azotar.

«Días de Radio» se estrenó en 1987, año en el que sucedió algo similar. Jessica McClure, de 18 meses, cayó en un pozo en Texas. Su rescate exigió abrir un túnel paralelo y mientras lo excavaban la oían cantar. La esperanza era su canción.

El exitoso rescate duró dos días y recibió una cobertura informativa de 24 horas por la entonces pequeña CNN, que obtuvo con ello uno de sus primeros éxitos.

Lo de España no es nuevo, pero en Totalán no se oía la voz del niño y pasaron demasiados días. A3 dejó abierta una ventana, «Sálvame» fue ocupado por la información y Ana Rosa se preocupó tanto que llegó a preguntarle a un minero si tenía claustrofobia. Han batido récords alimentando una esperanza que les era rentable, llamando rescate a lo que sólo podía ser un milagro. Y han llegado a influir en la realidad convirtiendo lo irremediable en un operativo que retransmitir con creciente ansiedad. No ha sido la explotación televisiva de la esperanza, sino su fabricación.

Sábado, 26 de Enero

Valle de Esteban

Y en Troya, cuando fue sangriento lago,
las cenizas de Helena revolvía.

viernes, 25 de enero de 2019

Oliver... y Reyes

 En el vestuario del Extremadura, ayer

 En Córdoba, hace justo un año


Francisco Javier Gómez Izquierdo
      El apellido Oliver se está revelando como el más inquietante en el mundillo del fútbol de 2ª. Se me escapa si el Oliver que ha escombrado al Reus y el del Extremadura de ahora mismo están emparentados de lejos o de cerca, pero lo que puedo asegurar es que al final de temporada las cuentas en Almendralejo andarán tan enrevesadas como andan las del Córdoba tras el paso de este Oliver que tanta zozobra ha ido sembrando allá por donde ha pasado: Xerez, Cartagena, Betis, Córdoba.., creo que también tuvo algo que ver con el Zaragoza y el Elche.
       
Luis Oliver, por aspecto, atuendo, fragancias y abalorios parece un personaje de película. Si he de ser sincero, un atildado malo de película, pero creo sinceramente que sabe mucho de fútbol y es todo un especialista -quizás el que más- en los tejemanejes del negocio. Tiene contactos, intuye talentos, vigila la necesidad ajena hasta revertirla en  chollo, y desde un frenesí siempre sospechoso se nos presenta de continuo como el propietario de un bálsamo de Fierabrás del que nunca sabemos dónde esconde el veneno tras el atractivo y letal aspecto.
       
Hace justo un año llegó a Córdoba a salvar un presunto cadáver y para ello se trajo buenos peloteros con oscuros contratos y unos papeles en los que se reconocía la valía millonaria de su propio talento para cobrarla en caso de salvación. El desafío le salió redondo, gracias sobre todos a Reyes, uno de los mejores jugadores que ha parido el fútbol español, al que consigue caros contratos de medio año -en junio, del Córdoba se fue a la China y de la China al Extremadura ayer- y al que presenta en plazas modestas como un nuevo Búffalo Bill al que admirar... porque en verdad Reyes causa admiración cuando sujeta el balón con la zurda, saca una falta, un córner, o manda cheques al portador para lucimiento de delanteros. Guardiola un poner, que hoy ha firmado por el Valladolid para aliviar nuestra economía. Dice Reyes de vuelta de China que no ha disfrutado nunca del fútbol como disfrutó en Córdoba -fue el amo y no le contestaron ni entrenador, ni público, ni prensa, pues nadie estaba a su altura y era evidente que los defectos físicos los suplía con un descomunal talento- y que está presto a repetir el jolgorio en su nuevo equipo. Un Extremadura que suponíamos en Córdoba como banco de pruebas de la familia Oliver, en el que se fogueaban nuestros próximos jugadores: Gallego, Jairo, Zarfino, Valverde.... pero el Extremadura entrenado por Juan Sabas ascendió, y Luis Oliver se dirigió a Almendralejo donde paraba su hijo, después de exigir y cobrar una prima prohibitiva  del Córdoba y dejar al frente del club a un señor de Montoro que creo está empezando a comprender cómo son los verdaderos tiburones en el negocio del fútbol. Allí hizo dinero de Jairo, lo acaba de hacer con Gallego y se ha traído a Reyes, no se aclara en qué condiciones ni a qué precio,  para repetir la hazaña cordobesa.
      
Lo que pase después de junio con el Extremadura y sus euros está por ver, pero con Reyes sus aficionados se van a divertir y van a ver de cerca la clase futbolística que podemos considerar pata negra. Cosa distinta es si el precio vale la pena.

El pelo



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Ilustración y Revolución (francesas, por supuesto) promete Girauta (“nosotros venimos a regenerar España”) desde el extremoso Centro.
De la Ilustración se ocupa el homeópata Toni Roldán (“Os inoculo la locura”, hace gritar Nietzsche a su Zaratustra), y la Revolución sigue pendiente, como la dejara Girón, si bien en el Estado de Partidos los españoles estamos ya como Luis XVI a las siete de la mañana del día final, que solicitó cortarse él mismo el pelo y le dijeron que no. El pelo, aquí, sólo lo toman ellos.
“Ellos” son todo lo que no sea populismo, o lo que los tertulianos llaman “soluciones simples para problemas complejos” (¡navajas de Ockham de Albacete!), como por ejemplo esa fórmula casposa de “un hombre, un voto”, que no hay manera de entrarla en una mollera ilustrada, pues ¿en qué cabeza cabe que el voto de un lector de Roncero en Burgos o Soria valga lo mismo que el de un lector de Pinker o Peterson en Madrid o Barcelona? Nadie puede tomarse la democracia tan al pie de la letra.

Rangel estudió las coincidencias y simpatías tácticas entre cristianos y comunistas allí donde se producían. El fracaso en el socialismo real de las promesas marxistas de abundancia material una vez liberada de la atadura del beneficio la economía hizo que los comunistas dejaran de prometer la abundancia para convertirse en apologistas de la pobreza ejemplar y compartida como alternativa al consumo capitalista, un colectivismo fraterno y desinteresado que los nuevos liberales han comprado. Ese paraíso solidario está al caer, siempre, claro, que no voten los pobres.
La solución simple al problema complejo del populismo es prohibir que voten los pobres, y los centristas están en un tris de proponerlo.

Mientras hablamos del Falcon y de Errejón (¡de Errejón!), el sanchismo, impasible, cumple lo que tiene mandado (y editorializado por el periódico global en junio del 16): un monstruo federal (¡la España proudhoniana!) de “hechos consumados” con la conchabanza de todos.

Viernes, 25 de Enero


El sol a ras de la tierra

jueves, 24 de enero de 2019

"Blowjobs" derribado



Patrañas



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Decir lo contrario de lo que se piensa (o peor, de lo que se sabe) con intención de engañar, era en el Ripalda mentir. Y no hacen otra cosa los medios.

La penúltima patraña mediática, que hubiera avergonzado a Willi Münzenberg, es la de unos escolares católicos de Kentucky burlándose en el Lincoln Memorial de un activista indio después de una Marcha por la Vida en Washington, cuando la realidad era exactamente al revés.
–Si miras “Tiburón” marcha atrás, resulta que es una película en que un tiburón vomita gente hasta que abren una playa.
La justificación de la salvajada es que “algunos chicos llevaban gorras de Trump”, y ya se sabe que la misión de los filántropos de los media (Bezos, Slim, Soros…) consiste en “salvar la democracia”, pues a Trump lo hicieron presidente los “hackers” de Putin. Como “salvar la democracia” es, al parecer, la misión de algunos jerarcas de la iglesia, que, en franco repliegue mundial, se apresuraron a condenar las acciones de sus estudiantes (¡que no habían existido!), “y extendemos nuestras más sinceras disculpas al señor Phillips” (¡el activista agresor!).
Con estos periodistas y estos obispos abrazados a la mentira como arma revolucionaria, ¿qué necesidad hay de “hackers” de Putin?

Bertrand Russell no era un meapilas, y prefería ver el mundo convertido al cristianismo que al marxismo (“el credo marxista me parece más repelente que cualquier otro que haya sido adoptado por las naciones civilizadas, con excepción, quizá, de los aztecas”). Pero este “patrañeo” va más allá: se llama socialdemocracia, y no abreva en Marx (demasiada lectura), sino en Rousseau, cuyo “Contrato social” (libro IV, capítulo VIII) establece como ideal del jacobinismo la imposición por el Estado de un credo laico: una profesión de fe civil, de la que corresponde al Soberano, que son los medios, fijar las patrañas, no como dogmas de religión, sino como sentimientos de sociabilidad, sin los cuales es imposible ser buen ciudadano. Ni súbdito fiel.

Bajada de bandera



Hughes
Abc

Hasta que una sentencia de Supremo devolvió las licencias de VTC a la proporción legal 1/30, el número de licencias concedidas en unos pocos años fue enorme. Cuando uno se pregunta por qué se produjo ese fuerte crecimiento de licencias en el servicio de VTC encuentra la explicación en la Ley Ómnibus, ley socialista de 2009. Esta ley trasponía la Directiva europea de Servicios, la llamada Directiva Bolkestein. El objetivo era liberalizar la economía europea fomentando la competencia en los servicios, el principal sector económico. Cuando se dice que el taxi se liberalizó en cumplimiento de una ley que aplicaba normativa europea no se dice toda la verdad. O no se dice la verdad en absoluto. La directiva europea excluía, entre varios sectores, el del taxi. Expresamente:

“Los servicios de transporte, incluido el transporte urbano, los taxis y ambulancias, así como los servicios portuarios, deben quedar excluidos del ámbito de aplicación de la presente Directiva”.

Así que España decidió ir más allá de la directiva europea. Ser más papista que el papa liberalizador. María Antonia Trujillo, ponente socialista de esa ley, lo explicó en un artículo firmado en El Confidencial: “Esto se hace para ganar en competitividad a nuestros socios europeos”. Aprobada la ley, se empezaron a otorgar las licencias, bastantes se ganaron en los tribunales. Posteriormente, el gobierno del PP corrigió algunos efectos de esa normativa y el Supremo restableció la proporción 1/30, superada con creces en lugares como Madrid.

Es ilustrativo recordar los puntos de vista políticos en el momento de tramitarse la ley Ómnibus. Se trataba de una ley que reformaba 47 leyes, es decir, 47 sectores, razón por la cual el diputado Olabarría del PNV habló de “geótica” o gestión del caos. El PP era contrario a la liberalización del taxi, o, mejor dicho, a esa concreta liberalización, y el diputado Celso Delgado lo recalcó:

“En la calle, fuera de este Hemiciclo, hay un clamor, gente que no protesta por capricho, sino que traslada una preocupación seria en un momento de delicada situación económica, en que las pequeñas y medianas empresas, que al final son los taxistas, se sienten atemorizados por una competencia irregular que va a entrar como consecuencia de la aprobación de este artículo 21 y nosotros no vamos a ser cómplices en su mantenimiento, señorías. (Aplausos.) Por razones de fondo: Insisto, se va a crear una actividad del taxi en cierta medida paralela y desregularizada; se van a liberalizar las empresas de vehículos de alquiler con conductor que van a poder ir más allá de realizar las legítimas funciones que hoy realizan y que la sociedad también les agradece; porque se puede autorizar al transporte discrecional que realice servicios sin limitación de origen o destino del servicio y sin limitación del número de vehículos autorizados. Señorías, al Grupo Parlamentario Popular le preocupa que las leyes en este país se hagan bien, seriamente, en el marco adecuado, pero nos preocupan mucho más las 100.000 familias que dependen del sector del taxi, y nos preocupa también que pueda empeorar un servicio de calidad como es el servicio del taxi que hay en España. Señorías, el propio Grupo Parlamentario Socialista ha reconocido por boca de ilustres representantes que este proyecto de ley es inconveniente. El propio Grupo Parlamentario Socialista está planteando a última hora soluciones para intentar evitar el desaguisado que se ha materializado, y todo esto se hace con un proyecto de ley que entró en junio a discusión a esta Cámara. ¿Qué seriedad es ésta en cuanto al trabajo parlamentario que se realiza?”

La contestación de la socialista María Antonia Trujillo, alguacilando al alguacil liberal, tuvo punch: “No se puede ser liberal de cintura para arriba y paternalista de cintura para abajo”.

El sector del taxi siguió protestando por lo que podría suceder con la medida y María Antonia Trujillo le dedicó al sector un tranquilizador artículo en El Confidencial (La Ley Ómninus y los Taxistas, año 2009): “la Ley Ómnibus no afecta a las licencias de taxi “, decía.

Luego añadía (y recomiendo la lectura detallada):

“En cambio, la Ley sí afecta a los coches de alquiler con conductor (dentro de esta categoría se encuentran, entre otros el alquiler de limusinas, los vehículos en los aeropuertos para altos ejecutivos, los vehículos de flota de empresas o los vehículos para viajes organizados de un grupo reducido de personas). El alquiler de coche con conductor ha sido siempre y sigue siendo un servicio distinto al del taxi. Es decir, los titulares de coches de alquiler con conductor continuarán sin tener los precios regulados y seguirán pactando el precio entre las partes. Tampoco podrán recoger clientes ni en las paradas de taxi, ni por la calle. Hay que tener en cuenta que las autorizaciones de arrendamiento de vehículos con conductor siguen sometidas a un régimen de autorización administrativa (licencia VTC) y las condiciones reglamentarias siguen vigentes.

Como decía, taxi y alquiler de vehículos con conductor son productos diferentes. Esto implica que los costes del vehículo con conductor son superiores a los del servicio de taxi y las condiciones de servicio son distintas. Por ejemplo, el taxi no es buen sustituto para alquilarlo como limusina para bodas o celebraciones; o en aeropuertos o estaciones de tren para altos ejecutivos; o en la organización de excursiones para pequeños grupos en el marco de packs turísticos (por ejemplo, una excursión Madrid-Cáceres para 7 personas); o como apoyo a flotas de empresa, como vehículos de representación; o como organización de transfers del aeropuerto al hotel en viajes organizados, para pequeños grupos. El taxi no puede ni debe prestar la mayoría de estos servicios, que implican una atención personalizada no compatible con las normas que lo regulan (por ejemplo, en Madrid un taxi no debe recoger pasajeros en el aeropuerto fuera de la parada, por lo que tampoco puede pre-contratar un transfer del aeropuerto al hotel para un viaje organizado).

Por tanto, las áreas de hipotética competencia son, por tanto, indirectas y no más importantes que las que tienen lugar entre dos modalidades cualesquiera de transporte. Además, afectan muy marginalmente al taxi, el grueso de cuyos ingresos corresponden a recogidas de clientes en la calle o en su domicilio para transporte intraurbano. Incluso en estas áreas de competencia indirecta, no cabe esperar que un pasajero “normal” de un aeropuerto precontrate (antes de la llegada al aeropuerto) un transporte en vehículo de lujo como alternativa a coger un taxi cuando llegue a destino. En este sentido, es claro que sería mucho más significativo para el taxi el impacto que pudiera tener la apertura de una estación de metro o de cercanías en el aeropuerto y, sin embargo, es sencillo entender que este tipo de servicios son deseables y necesarios en una economía como la española”.

Bien, esto decía la señora Trujillo defendiendo la Ley y su no impacto en los taxistas. Si usted fuera taxista… ¿qué haría? ¿Hicieron la Ley Ómnibus para liberalizar las limusinas y las flotillas turísticas?
La realidad es que la ley sí impactó en el taxi, y de lleno, y que las VTC se han comportado y funcionan como una competencia directísima de los taxistas. Así lo entienden el ciudadano y la opinión pública, que los ve como sustitutivos (“No volveré a coger un taxi”; “A partir de ahora cogeré un Cabify”…). Es decir, que los que atacan ahora a los taxistas lo hacen en nombre de una liberalización que a los mismos taxistas les negaban en su día.

Por esta vía de la Ley Ómnibus, que incumplía (o desoía) la directiva europea, que falseaba su propósito o desconocía su efecto (uno de los dos), más los incumplimientos de facto de la normativa en el funcionamiento de las VTC (que los asimilan aun más al taxi), se lanzaron al mercado miles de licencias baratísimas para funcionar como taxis sin los requisitos del taxi. El valor de esas licencias aumentó en mucho, claro está. Las compraron taxistas, millonarios, linces varios. Una licencia para hacer de taxi sin los requisitos, impuestos, limitaciones o barreras de entrada del taxi y con el prestigio de lo nuevo y lo tecnológico, lo flexible, lo inodoro y lo silicón. El proceso de liberalización ha sido caótico, como bien advirtió el diputado del PNV. Porque además de entrar de lleno y con cierta brutalidad en un sector, afectó finalmente al ámbito local y al autonómico, con lo que al caos se le sumó el carajal.

Esto no es una cuestión de tecnología frente a planteamientos luditas, como bárbaramente se quiere resumir. Ni siquiera es sólo un asunto de modelos de economía o de protección al trabajador. Es sobre todo una enorme chapuza. Una ultraliberalización (más allá de Europa) sin suficiente conocimiento de los efectos de la medida (me remito al artículo de Trujillo) ni de sus repercusiones. Algo que se parece bastante a una chapuza pública. Es decir, un asunto no de taxis contra VTC, sino del taxi contra el regulador. O al revés: el regulador contra el taxi.

Mis amigos los superliberales pueden decir misa en latín o en arameo, incluso pedir ahora que el Gobierno (del PSOE otra vez) les envíe a los militares como hicieron contra los controladores. Espero que manifiesten el mismo estoicismo libertario si en sus respectivos sectores (radios, televisiones, universidades…) el legislador decide liberalizarlos a capón, contra la normativa europea y además con falsos pretextos, negando una competencia que no sólo acabara siéndolo sino además siéndolo con ventajas.

Lo que han sufrido los taxistas estos años se parece bastante a un atropello. Se beneficiará el consumidor y sobre todo el inversor en VTC gangas. Contrasta de manera asombrosa algo, una gran diferencia entre el sector público y el privado: la incapacidad del primero para prever los efectos de su Ley y la enorme inteligencia y rapidez del segundo para pisparse y comprar licencias. Legislador lento, inversor rápido. Ahí hay dinero. Extrañas liberalizaciones éstas en las que el negocio está en la diferencia de reflejos entre uno y otro. Queda claro que para liberalizar hay que regular mucho o al menos regular mejor. Más liberalización exige buenas leyes, exige orden del legislador. El mercado (el soñado mercado) a lo mejor no se liberaliza llenando de gente un sector como el camarote de los hermanos Marx, sino con orden según un cuidadoso marco legal.

Jueves, 24 de Enero


Tanto tren con tu cueppo,
tanto tren;
tanto tren con tu boca,
tanto tren;
tanto tren con tu sojo,
tanto tren.

miércoles, 23 de enero de 2019

Seducción



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Una casa de apuestas serbia ha encerrado en un ascensor, para un anuncio, a Ronaldinho, famoso por su saldo bancario de seis euros, y a Angjelka Tomasevic, una “top model” digna de un emperador, y el resultado ha sido el redescubrimiento de la seducción, un fogonazo de magnesio en las tinieblas culturales que conspiran contra el milagro, el misterio y la autoridad.
–Las mujeres vamos a acojonar de tal manera a los hombres que no va a haber forma de ligar –avisa Carmen Maura, la actriz que españolizó con un zancarrón jamonero el boomerang primigenio de Kubrick en “2001”.
Aquí la última vez que se estudió la seducción fue en el 92 con Charo Pascual, que escribió un “Sedúceme otra vez” que parece el “Examen de ingenios” de Juan de Dios Huarte, por lo que el Santo Oficio mediático encerraría hoy a los dos.
Charo Pascual fue Mujer del Tiempo y tenía enamorados a Juan Cueto (como a todos los demás) por su forma de explicar las isobaras con las manos a la espalda. A mí me pasó con las manos de Charo Pascual lo que al Caballero Audaz con las orejas de Cleo de Merode. ¿Y si no tenía manos? Le pedí una entrevista, y la condición que me puso fue que ella se situaría a mi espalda.
Un día Carretero preguntó a Cleo si su peinado, que impuso como una moda mundial, era una forma de cubrir su falta de orejas, y ella, “con un ademán enérgico, se alza las dos masas de cabellos de endrinas y me muestra sus orejas: dos conchas diminutas, blanquísimas, como cinceladas prodigiosamente en nácar vivo…”

Otro día Charo Pascual, que era física teórica, marchó a Londres no de camarera, como los licenciados de hoy, sino de monja, marcándose así un Mondeño que nos dejó ojipláticos. Menos ostras y más gachas, fue su consigna mística, pero ya no estaba el cotilla de los místicos, Sainz Rodríguez, para explicárnoslo.
–La cultura inglesa es la más sensata y en Londres no me conoce nadie.
Si se sabe leer en los posos del té, Charo Pascual fue el primer anunció del bendito Brexit.

Miércoles, 23 de Enero


High Noon

martes, 22 de enero de 2019

Bad Men




Ignacio Ruiz Quintano
Abc

La sociedad, decía Emerson, que era bostoniano, como las “gillettes”, conspira por doquier contra la hombría de cada uno de sus miembros, y para un hombre el drama comienza hoy muy de mañana, al afeitarse, razón por la cual todos prefieren dejarse una barba de Carpanta, tal que el carrilero Carvajal o el político Maroto.
No es fácil dejarse barba una vez cincuentón, pues, como diría un nihilista ruso, la segunda mitad de la vida de un hombre se compone por lo común sólo de aquellos hábitos que ha ido adquiriendo durante la primera mitad. Claro que para el nihilismo ruso uno debe estar siempre de pie como “un ejemplo y un reproche”…
–Mais, entre nous soit dit, ¿qué puede hacer un hombre predestinado a estar de pie como “un reproche” sino sentarse?
Los machos son malos por naturaleza, ha dicho “Jean-Jacques” Maroto, el hombre-reproche de nuestra derecha mitopoética, en esa convención para la actualización española del “Iron John”, aquel manifiesto de la masculinidad ochentera del poeta Robert Bly, luego estirado por “La nueva masculinidad” de Moore y, oh, justicia poética, Gillette, que contestaban la pregunta a Bly de un joven en TV: “¿Dónde están hoy los verdaderos hombres?” Corría 1990.
Que la mayoría de los hombres, en efecto, no son buenos ya lo dice Maquiavelo, el Maroto florentino, por lo que “aquél que desee conservar su personalidad” ha de aprender a no ser bueno en algunas ocasiones. Vamos, que es mejor ser un príncipe malvado que dejar de ser príncipe, como bien ha aprendido, por ejemplo, Sánchez, que anuncia un Plan de Lucha contra los Delitos de Odio que suena a Laica Congregación de la Progre y Universal Inquisición que en España da un juego increíble.
En apoyo mitopoético de Maroto está lo de Madison en “El Federalista”:
–Si los hombres fueran ángeles, no sería necesario ningún gobierno. Si los ángeles gobernasen a los hombres, no sería necesario ningún control del gobierno.
Maroto, ese vasco castellanizado. Como Zuloaga. Como Unamuno.

Amistad, Contrafactualidad y Cadáveres (más o menos exquisitos)

 Valle de los Caídos

Jean Juan Palette-Cazajus

Hace algunos días, en el transcurso de una cena de muy agradable comensalidad, estuvimos glosando la próxima llegada a Madrid de un excelente  amigo común que anda por muy remotos confines, ora tratando de infundir los fundamentos del sentimiento español a muchachadas tan exóticas como confundidas, ora paseando en su destierro un insalvable esplín civilizacional. Sin duda alarmado por las noticias que venían llegando a su extremo paraje, nuestro amigo había manifestado, por lo visto, el deseo de visitar, en cuanto llegase, el muy mentado mausoleo conocido como Valle de los Caídos. La persona a cuya gentileza y dotes de conductor excelso se pretendía encomendar la citada excursión me preguntó si me apetecía unirme al peregrinaje. Me di cuenta de que mi respuesta negativa tal vez se formulase con excesiva vehemencia, que pasó en gran parte inadvertida merced al aura enológica que envolvía la asistencia.

Reconozco que la perspectiva de una visita al Valle de los Caídos produce en mi organismo la misma secreción de enzimas negativas que las que prohíben a ciertas personas la asimilación de la lactosa. Me adelantaré a posibles agravios comparativos aclarando que, en lo tocante al trastorno nacional bipolar, mis enzimas negativas se ponen en marcha con similar energía frente a las manifestaciones de cualquiera de los dos elementos antagónicos. Supongo que de hallarme presente en el comienzo del infausto duelo a garrotazos, cierta racionalidad inercial me habría situado, como hicieran tantos, del lado de la República. No dudo de que a las pocas semanas mi reacción habría sido la misma que la del gran Manuel Chaves Nogales y que ante la absoluta certeza de un funesto final adosado a cualquier tapia leprosa, caso de caer -dicho en jerga unamuniana-  en manos de “hunos u hotros”,  yo también hubiese terminado exiliado en Francia.

 Chaves Nogales con madre y esposa

Tras el derrumbamiento del país huésped ante los nazis y con menos de dos años de estancia, Chaves Nogales fue capaz de publicar “La agonía de Francia”, para mí el libro más luminoso jamás escrito sobre los fundamentos sociales, culturales y morales de aquella catástrofe. En mis frecuentes momentos de desvarío y total incertidumbre me dejo arrastrar a veces por la tentación de imaginarme como la reencarnación contrafactual de un Chaves Nogales digno merecedor de una esencia de “francesidad” infinitamente más justificada que la de muchos que alardeaban secularmente de ella. Me refiero a aquella “racaille”, aquella chusma de las viejas élites -la contundencia no es mía sino del filósofo Vladimir Jankelevitch- que corrió a arrastrarse a los pies del ocupante. Me dejo aturdir así por la disparatada imaginación de una doble existencia sucesiva y contrafactual en que yo hubiese vivido hipostasiado en el Chaves Nogales que se exilió, mientras él hubiese regresado a España hipostasiado en mí.

La contrafactualidad vive de preguntarse qué habría pasado si tal acontecimiento, o tal otro, hubiesen transcurrido de una manera objetivamente posible pero distinta de cómo las cosas ocurrieron realmente. Tengo un dilecto amigo muy obsesionado con la contrafactualidad histórica. Recuerdo que durante un tiempo, casi logró contagiarme su obsesión con las que hubiesen sido consecuencias sobre la historia de Europa de una victoria de Napoleón en Waterloo. Admito que llovía sobre mojado ya que siempre dormita en alguna esquina de mi resentimiento la espina de aquel desgraciado episodio. ¿Qué hubiese pasado si la víspera de la batalla, el mariscal Ney, tras vencer a los prusianos en el encuentro de Quatrebras, los hubiese perseguido tal como se lo había ordenado Napoleón? ¿Qué hubiese pasado si el mismo Ney -casi perdió la batalla él solito- no hubiese sacrificado lo mejor de la caballería en cargas tan sublimes como vanas y suicidas? ¿Qué habría pasado si el susodicho hubiese tenido el mínimo sentido común de pedirle a la infantería que se hiciese cargo de los cañones ingleses arrebatados tras cada cabalgata, pero recuperados por los casacas rojas en cuanto los jinetes se replegaban para reordenar los escuadrones? ¿Qué hubiese pasado sin tan larga retahíla de despropósitos? El más señero, sin duda, el hecho de que, por primera vez en su vida, Napoleón no reconociera previamente el campo de batalla y no se enterase de que la infantería inglesa estaba oculta entre los trigales de la planicie del Mont-Saint-Jean.

 Waterloo

Ney y Napoleón anduvieron despistados todo el rato porque, más allá del horizonte de Waterloo, tenían el pensamiento puesto en una Francia desafecta y profundamente hastiada de las sangrías bélicas. Al margen de que la Europa coaligada no hubiese cejado en su acoso, al margen del vértigo inútil de las preguntas contrafactuales, veamos qué habría pasado si Napoleón hubiese ganado la batalla. Pues, en definitiva, que la causalidad profunda de todos los acontecimientos posteriores, tanto históricos como individuales, habría quedado tan profunda, sutil e imprevisiblemente modificada que ninguno de nosotros hubiese quedado engendrado ni estaría aquí para formular la propia hipótesis que nos tiene en vilo. En cambio, a los que sí hubiesen tenido acceso a la vida en lugar nuestro,  la consustancial frustración humana los tendría hoy igual de insatisfechos que nosotros y les tocaría preguntarse,  igual de absurda y vertiginosamente solo que al revés, qué cosa habría ocurrido si Napoleón hubiese quedado derrotado en Waterloo.

Cerremos ya digresión tan errática. El inmenso Spinoza aborrecía el concepto de contrafactualidad. Aunque no estoy seguro de que tal concepto  hubiese quedado ya claramente formulado en su época. En todo caso el inquebrantable marrano luso bátavo consideraba que todo lo que acontece en el mundo lo hace por absoluta necesidad. No admitía la pluralidad de los mundos posibles. Pero la contrafactualidad que yo propongo en la perspectiva de mi delirio hipostático con el fantasma del gran Chaves Nogales no es la de una coincidencia en unos mundos posibles pero que no fueron. Trato aquí de insertar mi vida -¿mis vidas?- a sabiendas de no tener la talla requerida para tamaña empresa -en la profecía del Zaratustra nietzscheano. La del “eterno retorno”, sólo apta para quien tuviese la catadura moral que le permitiese acceder a la categoría de aquel “Übermensch”, tan desviadamente interpretado casi siempre. Aquel principio del eterno retorno donde Zaratustra, cuando sale de su trance de siete días, cree reconocer la posibilidad de imponerse a la propia condición. Él será el hombre siempre despierto. Frente a las cobardías de las antiguas creencias, de las religiones para esclavos, el Übermensch impone su visión de águila a la moral y a la actuación de la razón. ¿Quién puede imaginarse a Zaratustra inclinando la cerviz bajo las bóvedas del Valle de los Caídos? 

 Tampoco es esto

A los pocos días de nuestra cena, comí con el amigo G.P., personaje noble y rotundo, lo más parecido hoy día al castellano de Larra. Por si fuera poco, ex líder del PTE, sin duda la más seria entre las sectas izquierdistas que en tiempos paleolíticos pululasen. Encarcelado en más de una ocasión y objeto en más de una ocasión del trato, digámoslo un tanto brusco, de los policías de la época. Como cualquier ciudadano inteligente dejó muy pronto y muy  atrás aquellos compromisos juveniles. Sólo me detengo en las anteriores consideraciones para dar a entender que no se trata de ningún nostálgico de la bandera del aguilucho. Le pregunté:

-¿G., has ido alguna vez al Valle de los Caídos?

-Sí, hombre, he ido un montón de veces con la moto.

-¡Claro! Irías a disfrutar de la naturaleza, del entorno, pero ¿no entrarías a la Basílica?

-¿Qué dices? A la basílica he entrado cantidad de veces y más de una me he acercado a la tumba de Franco.

-  ¡!!!

-Me tranquilizaba comprobar que estaba muerto y bien muerto; que de allí no iba a salir. No entiendo por qué estos gilipollas se han empeñado en sacarlo. Allí está perfectamente…

De paso, entre copa y copa de un excelente Príncipe de Viana, mi amigo me comentó también que era incapaz de percibir la posible grandeza de aquel lugar. No puedo opinar. Desde la distancia iconográfica, la construcción me parece lo más “antiespañol” que haya, por usar un tipo de adjetivación sin duda familiar entre los visitantes. Algunos ilustradores de comics suelen dibujar inquietantes arquitecturas de historia-ficción que flotan en un tiempo indeciso, entre pasado y futuro.

Es la sensación que me cosquillea cuando me asomo a alguna fotografía del Valle de la Discordia. Yo veo el lugar como una especie de espacio extraterritorial, colgado en algún intersticio de la heterocronía. Algo así como una embajada de la muerte, sita en el corazón de la geografía española, pero fuera del país real.

Franco y Señora visitando las obras del Valle

Martes, 22 de Enero


Like a bridge over troubled water
I will lay me down

lunes, 21 de enero de 2019

Si el tamaño contara

El "casemiro" de Rexach en la Urss


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    En su mejor partido del año (la temporada es otra medida), el Madrid nos dio mucha conversación (hablar por hablar) por sólo dos noticias, que en el fútbol son los goles. Goles de Modric, por fin un destello de Balón de Oro, y de Casemiro, en cuyo carné de identidad pone “Casimiro” igual que en el de Ceballos, que debieron rellenárselo de oídas, pone “Ceballo”, que también podría haber sido “Cebayo”. Ceballos chutó a lo Rexach, desde fuera del área al larguero, mostrando el camino a Casemiro, que vive (que juega) de fijarse mucho, como las lechuzas.
    
“Dígame otro feo”, preguntó Hughes a Bárbara Rey en ABC. “Rexach era muy feo”, contestó ella. “Se movería poco, decía que correr era de cobardes”, insistió él. Y Bárbara lo explicó:

    —Conmigo no. Era como una gacela moviéndose por la raya. De cuerpo bien, de cara feíco, pero me encantaba. No quería que nos viesen, decía que por el míster, pero era por la novia.
    
El caso es que Ceballos, igualmente feíco, pegó un balonazo como de mortero en el larguero a lo Rexach, que nos marcó la niñez futbolera con su volea en el estadio Lenin de Moscú “que hizo inútil la estirada de Rudakov”.
    
Experto en palos sería Cruyff, compañero de Rexach como futbolista y como entrenador. A Stoichkov, para rebajarle la chulería zarzuelera, lo retó en un entrenamiento a pegar balonazos en el larguero desde el punto de penalti. El mismo Cruyff que unas dos décadas antes había lanzado al poste un penalti pitado por el andaluz Fernández Quirós, corrido por el presidente Laredo, que perdió el gorro después de la vergüenza. El Barcelona no se jugaba nada, pero el Burgos se iba a Segunda:

Fernández Quirós entre Cruyff y Gómez en El Plantío
    

–Lo tiré al poste ara que pudiéramos salir vivos los dos de aquel campo –confesaría el holandés al árbitro, al cabo del tiempo, en un aeropuerto.
    
El tiro de Ceballos mostró a Casemiro el camino para hacer gol al Sevilla después de una hora de cháchara futbolística sin sustancia, todos en manos de un Benzemá sin meñique, el dedo emblemático del centro político, pues todas las derechas que no quieren parecerlo levantan el meñique para hacer ver que son de centro, y esto viene siendo así desde los tiempos de Alain, que fue el primero en advertir que todo aquél que dice que no es derechas ni de izquierdas… ¡es de derechas!, sólo que no tiene el valor de admitir que está contra el reparto, según la jerigonza de los tiempos de Alain, pues una cosa era admitir los domingos en misa que los pobres heredarán la tierra, y otra, repartirla los lunes en el despacho del notario.

    Con su meñique centrista envuelto en escayola, Benzemá se movía por el área sevillista como un liberalio por la barra de “Embassy, elegante pero sin chicha, con Lucas Vázquez, el Colibrí de Curtis, aleteando irrelevancia a su derecha, y a su izquierda, “lengua con punta de hueso / tambor de cuero y madera”, un Vinicius como escapado de Nicolás Guillén, “congo solongo del Songo / baila yambó sobre un pie”. Vinicius tiene 18 años y dos pegas: no es zurdo, con lo cual nos perdemos la sensibilidad carísima de la zurdera, y no se le da el gol, o sea, un boxeador de filigrana, pero sin pegada. La pegada la puso Casemiro con un gol a lo Éder Aleixo de Assis, alias “O Canhão”. Ahora que Casemiro nos ha enseñado su “canhão”, ¿qué podrá ofrecer Marcos Llorente para recuperar la titularidad? Del puñetazo en la mesa que de Isco esperaban sus amigos hemos pasado al cañonazo en el campo que ha pegado Casemiro, y sólo con eso ya tenemos para cambiar el pico de la ciclotimia durante una semana y decir a quien quiera oírlo que Solari va sobrado por el Triplete. ¡Y con Isco y Marcelo en el banquillo!
    
–¡Qué huevos tiene Solari! –es la jaculatoria pipera.
   
 ¿Ico y Marcelo en el banquillo? Mourinho se nos queda pequeño. Si algo le pasara a Solari, al puesto sólo podría aspirar la alemana Imke Wübbenhorst, famosa por su grosera respuesta en una entrevista con el diario “Welt” durante una entrevista. Wübbenhorst es entrenadora, la primera en dirigir un equipo masculino en Alemania, y cuando el periodista quiso saber si sus jugadores debían ponerse pantalones antes de que ella entrara al vestuario, contestó:
    
–Por supuesto que no. Soy una profesional. Elijo mi equipo por el tamaño de su pene.
    
Algo a lo que todavía no ha respondido Solari.


Imke Wübbenhorst


EL CONSENTIDO CULÉ

    El Barça, recordaba un tuitero (que es decir cualquiera), puede llegar una hora tarde al partido, jugar con alineación indebida, tirar cochinillos y botellas de JB al campo, no presentarse a un partido, desplazar el clásico un lunes, fingir lesiones para no ir a una convocatoria de la Selección, y todo ello sin ser sancionado. Más el agravio tecnológico del VAR. Verdaderamente, ese club es el consentido del poder político, cuya derecha, que va de madridista, le regaló cardenales para lo que pudiera necesitar. En sus pleitos siempre hay una firma, una fecha, un plazo, una pelusilla burocrática, una letrilla reglamentaria, un defecto formal… que invalida cualquier procedimiento. Y para el caso de una republiqueta catalana, el centrista “prêt-à-porter” Manolo Valls le ofreció un hueco en la Liga francesa donde descansar.

Lunes, 21 de Enero

Valle de Esteban

El cielo envejece entre las manos
Y la canción en la trinchera