miércoles, 12 de diciembre de 2018

El 11-D, en Madrid hubo una manifestación




Sin palabras


Francisco Javier Gómez Izquierdo

         Saben ustedes que mi compadre tiene trato con todo tipo de delincuentes, pues no en vano es funcionario de prisiones va para más de treinta años, y siempre me ha parecido discreto y comedido a la hora de hablar de sus labores en la cárcel, lugar éste que tanto morbo y curiosidad despierta. No es novedad que los del gremio llevan varios meses pidiendo justicia a los ministros de Interior del anterior gobierno y a los de éste de don Sánchez, en el que dos jueces, el titular del Ministerio y el Secretario de Instituciones Penitenciarias (II. PP.) están encargados de mirar por sus problemas y adecuar y equiparar -dar lo mismo a los iguales- su enquistada “problemática”. Conocidas estas premisas por los que en Salmonetes... paran habitual o esporádicamente, no tengo más remedio que confesarles el monumental cabreo con el que me ha recibido al llegar a tomar la tostada de zurrapa de lomo en el bar de Antonio, donde llegan todos los periódicos del día, que el bar en vez de un bar parece una biblioteca.

       “Mira lo que pone El País de lo que pasó ayer en Madrid”, me dice agitando el periódico. Ayer mi compadre se levantó a las cuatro de la mañana para manifestarse con más de 7.000 compañeros en Madrid. Casi la totalidad de los libres de servicio en toda España menos Cataluña, claro está. Son pocos y a mí me parece que muy educados. Ni se les pasa por la cabeza romper escaparates, quemar coches y contenedores o todas esas barbaridades que don Sánchez y sus ministros consienten. Cero detenciones por ejemplo en Andalucía tras las elecciones del otro día, pareciera que por el miedo al qué dirán. Lo que ha indispuesto a mi compadre, de vuelta a las dos de la madrugada, como digo de natural afable, ha sido la información del periódico global en lo tocante a la gran manifestación de ayer.
      
“Interior investiga a dos funcionarios de prisiones por dar una paliza a un recluso” es el título que ve el lector bajo una fotografía en la que un policía rodeado de funcionarios de prisiones, uno de ellos portando bandera española, costumbre fascista ya saben, apaga con un extintor camisas de funcionario prendidas ante la sede del Pesoé en señal de protesta. El incidente del recluso -interno de primer grado, por tanto peligroso, protagonista de varios incidentes violentos con otros internos y funcionarios y al que es preceptivo cachear a la entrada y salida de la celda- ocurrió hace dos meses, pero El País, que no debe nada a este gobierno de don Sánchez y doña Calvo, ve oportuno destacarlo el día de la huelga para insinuar, como sin darse cuenta, el carácter ultra del colectivo al que perteneció Ortega Lara, un fascista redomado al que como dicen esos contra los que la policía de don Marlaska no actúa, debe “volver al zulo”, un Primer Grado mucho más humanitario que el de los carceleros de Teixeiro, a los que les caerá un puro del copón porque lo sugiere El País.
      
Lo que no sabe El País y tampoco se verá en las imágenes para que el juez -¿quién, si no?- decida en consecuencia es si el interno de Teixeiro rodeado ¡oh, cielos! de cinco funcionarios escondía en la mano, la manga o entre la ropa objeto punzante, cortante o de similares características de las que los funcionarios intervienen cientos a diario... o  psicotrópicos, alucinógenos, o simplemente hubieron de contener el brote, a veces asesino, de uno de tantos esquizofrénicos, psicóticos y psicópatas aún sin detectar, como abunda en las prisiones, que según cuenta mi compadre más tienen de psiquiátricos que de cárceles.
     
Lo que tampoco cuenta El País es que los funcionarios no son autoridad. El puñetazo del preso en primer grado es como si se lo diera un vecino con el que se discute por tener alta la radio. Es decir “ná de ná” 60 euros de multa.  A El País y sus agradecidos gobernantes les entusiasma “joder” (perdón por el palabro, pero es lo que me ha dicho el compadre) a los funcionarios de prisiones. Si no fuera así, ¿cómo se entendería lo que pasó ayer en Madrid y la noticia de hoy en el periódico?
     
ACLARACIÓN PERTINENTE PARA EL DIARIO EL PAIS: El funcionario en su jornada laboral está SOLO  en un patio con un bolígrafo como arma,al tanto de 100 internos. SOLO organiza la convivencia entre individuos que la sociedad no quiere y SOLO evita incidentes y si los hubiere, procura SOLO que se queden en menores... pero hay orates indomables con los que a veces, para evitar asesinatos de otros internos, para arrebatar droga que quieren hacer desaparece por el servicio, tragándosela... o porque a un interno le da  por montar un agresivo numerito contra los funcionarios para ser aislado por miedo a quien debe -dinero o droga- se ven en la obligación de “utilizar la fuerza mínima indispensable” conforme contempla el Reglamento Penitenciario.
      
A veces, señores de El País, cinco funcionarios son menos de la fuerza mínima indispensable para contener, contender y reducir a ciertos reclusos. Si además el funcionario de prisiones no es considerado autoridad, imaginen ustedes el cachondeo de aquéllos.
      
A mi compadre no le duele el regocijo del preso. Ni siquiera el de El País. A mi compadre le duele el desprecio absoluto de don Marlaska y de don Ortiz, secretario general de II.PP, asesor hasta antier de doña Carmena.

El instante

Banderas de nuestros hijos


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

En los pueblos cada instante está servido por su hombre, y el hombre de este instante del pueblo madrileño es Errejón, que ahora hace suya la bandera de Vox, que es la española de toda la vida de Dios, que antes execraba:

–¡Es tan bonita!

Errejón es un becario comunista con cepillo para el culto porque un día se tragó unos apuntes de Laclau que al respirar le hacen repetir párrafos. Esto, en otra época, haría de él un percebe de veinticinco uñas, como los que Olano llevaba a Picasso, pero hoy le vale una reputación de filósofo marxista, de modo que siempre hay una novia que puede decir de él lo que Moisés Hess, correligionario del ídolo de Juncker, escribió a un amigo: “Represéntate a Rousseau, Voltaire, Holbach, Lessing, Heine y Hegel, no reunidos, sino confundidos en una sola persona, y tendrás al doctor Marx”.
Tenemos, pues, al becario Errejón, que cambia su bandera berenjena por la del vino de Jerez y el vinillo de Rioja, que ya Fernández Flórez avisaba en el 34 que los periódicos podrían en lo futuro publicar noticias como ésta: “Ayer, a las cinco y cuarto de la tarde, en la finca La Manuela, del término de Torrejón, se ha izado la bandera cubana. Se relaciona este cambio de nacionalidad con la designación del señor Pérez para el cargo de gobernador de las Baleares”.
Los comunistas cambian de bandera como los burgueses de corbata. En este instante, con la nómina del Estado monárquico que les asegura el cocido y el chalé con caminito de guijarros y piscinita de riñón, coquetean con la Ruptura, omitiendo que en el 76, ante el dilema Ruptura o Reforma, fueron ellos quienes traicionaron la causa de la Ruptura con la excusa-carrillera del “ruido de sables” y sin pegar un solo tiro de todos los que Carrillo decía (a Oriana Fallacci en “L’Europeo”) que iba a pegar.
–No sé si soy buen tirador, pero apunto con cuidado: para matar. Y he matado.
En lo que duró la comedia, ni una tricolor asomó jamás en las fiestas peceras de la Casa de Campo.

Miércoles, 12 de Diciembre

Valle de Esteban

Les sanglots longs
des violons
de l'automne

blessent mon coeur
d'une langueur
monotone

martes, 11 de diciembre de 2018

El rock de la cárel

 Calle de Alcalá

 Funcionarios de Prisiones...

...en marcha

De Balones de Oro



Pepe Campos*
Taiwán

El Balón de Oro de 2010 se lo birlaron a Andrés Iniesta que, en aquel momento, con criterio de perdedor, declaró que Messi era el mejor jugador de la historia; lo manifestó bajo la influencia de los filósofos de aquel Barcelona (Xavi y Guardiola). Por detrás Valdano y sus acólitos. Mucha picaresca. Una forma de entender el fútbol que consiste en hacer creer a los equipos del montón, inferiores, con plantillas limitadas, que deben jugar bonito, que tienen que tratar bien al balón (besarlo, darle de taconcito, peinarlo con la testa, calva o no) para que en el imprescindible y agotador tuya/mía (en eso se ha convertido el fútbol actual) al final se transforme en un sólo mía. Para llegar aquí, primero Valdano filosofó con la defensa en zona, y Guardiola, después, patentó lo de marear la perdiz, mientras el contrario observa cómo se le marea, a cambio de migajas de crédito publicitario (qué buen trato de balón), con resultados en contra de 5-0 o 0-6, es decir, una vuelta al siglo XIX, bajo este relato.

En estos últimos años hemos asistido a un fútbol sin marcajes que ha beneficiado a dos jugadores en concreto: a Messi y a Cristiano Ronaldo. Han estado toda una década deambulando a sus anchas en el campo de juego (siguen haciéndolo) y marcando muchos goles a equipos de bajo perfil, a sacos. En partidos que han sido verdaderos entrenamientos para ellos. Cuando llegaban los grandes compromisos, la estadística bajaba. Algo parecido como ir a torear a Las Ventas. Aunque sin crítica, sin el 7, porque ya pocos vieron jugar a Don Alfredo Di Stefano. Un fútbol sin marcajes, con defensas en zona (y la casa sin barrer), que permite que muchos jugadores lleguen a los treinta como si tuvieran veinte, la eterna juventud, pues un fútbol sin contacto físico real es la piedra filosofal para eternizarse en los goles y en los premios. De esta costumbre, los egos. Estamos ante lo mejor de la historia, aunque todo se disuelve en la memoria, de manera instantánea.

En 2018 la polémica ha vuelto con el Balón de Oro. A Luka Modric puede que el premio le haya llegado tarde. Su regularidad y su calidad es incuestionable. Pero tantos años con la misma tabarra tenían adormecido el criterio futbolístico. Este año no ha ocurrido lo que en 2010, cuando los filósofos del fútbol obligaron a decir a Andrés Iniesta lo que le convenía expresar, por aquello de lo políticamente correcto. En esta ocasión, Luka Modric ha creído en sí mismo y con cierta timidez ha declarado que algo bueno tendrá su fútbol cuando ha sido elegido como el mejor; en función de su talento y un fútbol armonioso, de toques precisos, como juego de billar, a compás, para entregar el balón siempre en las mejores condiciones para ser jugado. Una elegancia. Una ética que no casa con los últimos tiempos, en los que sólo se ha valorado la estadística, mediante previo convencimiento a los equipos modestos para que sean simples peones del sistema y jueguen a ser goleados. Gol va y gol viene. Balón de Oro para Messi y Balón de Oro para Cristiano Ronaldo. En tanto, con Iniesta y Modric, de camareros, sirviendo balones. Ésa era (iba a ser) la moraleja prevista del relato.
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*Pepe Campos es profesor de Cultura Española 
en la Universidad de Wenzao, Kaohsiung, Taiwán

Virilidad

Madrid


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Lo dijo Pablemos en el Día de la Constitución:

–Hay una crisis de la virilidad como actor político.

Estamos, pues, ante el “Ha llegado el momento de las almas viriles” de Washington (la frase es de Tom Paine), pero en La Navata, y no se sabe si por virilidad Pablemos entenderá el deseo de montar “una carnicería de fachas” de su correligionario Soto Vega. ¿Será La Navata esa Sicilia violenta y dulce, que decía Ruano, en la que todo es tan hombre que las piedras debían llamarse “piedros”?

En su monumental ensayo sobre “El espíritu del Derecho romano”, R. von Ihering nos recuerda que la fuerza es la madre del derecho, cosa que ignoran nuestros loros del Estado de derecho, y que el hombre no se designa por el sexo, sino por su vocación guerrera con la palabra “vir”, nacida de “vira”, que en sánscrito designa el guerrero, el héroe.
–La virtud romana “vir-tus” es, pues, la posesión del carácter guerrero, de la virilidad.
¿Macron y su militarismo “putiné” de tanquetas “vintage” marcándose otro La Fayette en la Plaza de Marte? No exactamente.
El amor de Santayana (un amor compartido por Poli Maza) a Inglaterra es amor a la simplicidad varonil. Admiración por el inimitable talento para la prosperidad. Es la salud, no el gobierno ni el voluntarismo, lo que da fuerza verdadera al mundo moral. En esa Inglaterra encontró el mismo tipo de virilidad que había aprendido a amar en América: una virilidad que, cuando se refina un poco, produce al caballero. Tal modestia en la fuerza está ausente del temperamento del latino, engreído y puntilloso mientras resiste su arrogancia y completamente humilde luego y sobornable con facilidad.

–Cuando deja de ser sensual y nacional, aventurero y sensato, reservado y religioso, el inglés es un fantasma loco; pero allí donde impera hace de la ingrata Inglaterra, como de Grecia, algo memorable.
Nuestra idea de la “vir-tus”, en cambio, son los tribuletes de “La Sexta” a la caza de herejes para la hoguera en Marinaleda.

Martes, 11 de Diciembre

Valle de Esteban

Dejaste el caballo
y lumbre te di

lunes, 10 de diciembre de 2018

El partido

Independiente de Avellanenda, heptacampeón de la  Libertadores

 Ponzio en el Zaragoza

Zuccullini en el Córdoba


Francisco Javier Gómez Izquierdo

       Confieso que si ayer hubiera dispuesto de una entrada a precio razonable para “el partido” me hubiera acercado a Madrid para vivir una de esas experiencias que nos parecían tan extraordinarias e inalcanzables cuando allá en los 70 las leíamos en El Gráfico y atendíamos extasiados a la verborrea místico-futbolística de los ídolos que llegaban españolizados gracias a un abuelo que subió el Río de la Plata poco después de la voladura del Maine o por ahí. A mí me tiraba Independiente y enterrado entre mis papeles anda un póster de los de Avellanada y un minipóster de Bochini, inmortal 10 del que leí maravillas escritas por reporteros inspirados por su fútbol gambetero ante el que caían rendidamente enamorados y al que adopté por entender que sus modos eran parecidos a los del Viteri del Burgos. Independiente era a la Libertadores lo que el Real Madrid a la Copa de Europa y cuando Bertoni llegó al Sevilla y Santoro, Commisso y Saggiorato  al Hércules, el Gaitu y yo nos ahuecábamos explicando en el Diego Porcelos la Copa de Europa de allá.
    
No puse mucho interés, la verdad, en asistir al “partido”. Me conformé con el televisor y como coincidía con el Zaragoza-Córdoba estuve más atento a lo que sucedía en La Romareda que lo que pasaba en el Bernabéu. La esperpéntica situación de la final de la Copa Libertadores entre dos equipos de Buenos Aires en el país  de Juan de Garay, el fundador se discute si vasco de Orduña o burgalés del valle de Losa, y como no pasaba nada ni en Madrid ni Zaragoza, recordaba los tiempos en que los argentinos venían a la “madre patria” ya consagrados: de River al Madrid llegó el Pinino Mas y a Las Palmas Enrique Wolf y Morete; aquí a Córdoba, Ónega; de Boca, el exquisito Trobbiani, pareja de Rubén Cano fichó por el Elche y el fabuloso extremo izquierdo Ferrero, por el Spórting. Les traían intermediarios  sinvergüenzas que abotargaban la voluntad de presidentes y timaban al pobre oriundo que no sabía lo que le esperaba en los dos o tres próximos años. El mismo Rubén Cano, Valdez y “Calzaslargas” Martínez salieron internacionales por España. Aquellos argentinos venían ya hechos, pero no había tanta tele ni redes sociales, por lo que lo mejor era fiarse de por ejemplo Minguella, en la época un auténtico lince.
    
Después de más de cuatro décadas ha cambiado el ciclo vital. Los intermediarios que huronean por Suramérica fichan criaturas que traen a Europa en plena pubertad y así, la casualidad nos trajo ayer de capitán de River a Leo Ponzio, un mediocentro que desde muy joven se hartó de repartir estopa  precisamente con el Zaragoza. Ponzio ya está en los 37, pero Zuccullini, que saltó para aguantar el resultado, todavía es joven, 25 años, y también estuvo cedido al equipo maño, creo que por el Valencia, y acabó su periplo hispano hace cuatro temporadas en Córdoba asustándonos con sus ataques hacia atrás. ¿Casualidad que dos jugadores del Zaragoza acaben en River? Estos leñeros y otros tales de Boca se nos muestran idolatrados por unos seguidores a los que no soy capaz de comprender. Vale que Maradona, Messi, Bochini, Ayala, Ferrero, Bertoni, Scotta, Ardiles, Carnevalli... hayan llevado a los argentinos a fanatizarse en una religión sólo apta para los de aquel país, pero que la mayor apoteosis tenga lugar con Ponzio, Zucculini, Barrios, Magallán... y los decadentes Tévez, Gago ó Enzo Pérez, nos demuestra que en este negocio, como en Dinamarca, algo huele a podrido.
    
Del Zaragoza-Córdoba, nada que decir, excepto dos incidencias menores: una parada de Carlos Abad al principio y otra de Christian Álvarez al final que hicieron justicia al cerocerismo que se sospechaba dada la torpeza balompédica demostrada por ambos equipos a lo largo de los 90 minutos.

Isco y los gordos

Borges

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Está visto que nadie nos va a contar por qué se juega en Madrid la final argentina de la Libertadores. Podría ser que formara parte de los festejos conmemorativos de los XL Años de Democracia, que han servido para rescatar españolísimas prosas de cuando los XV Años de Paz. A mí la Libertadores me ha devuelto al repaso de Sarmiento en “Facundo” a las causas del atraso argentino:

–Ignoro si el mundo moderno presenta (en otra parte) un género de asociación tan monstruoso como (el de Argentina). Es algo parecido a la feudalidad de la Edad Media. Pero aquí faltan el barón y el castillo. El poder ni se hereda ni puede conservarse. De allí resulta que aun las tribus salvajes están mejor organizadas… La civilización es del todo irrealizable, la barbarie normal…
Mientras en Madrid, con Sánchez, el presidente del gobierno que nadie ha votado, en el palco del Bernabéu, cinco mil guardias despachan sin despeinarse (a las dietas invita el pueblo) una final de Libertadores Boca-River, en París las tanquetas de la Unión Europea con que el líder del Extremo Centro, Macron, pretendía enfrentarse hace quince días a los Estados Unidos sucumben ante los sans-culottes con chalecos amarillos.
Un mundo absurdo, el nuestro. Que la final de la Libertadores pueda disputarse como si tal cosa en la capital de los conquistadores (cuyos dos entrenadores principales, Solari y Simeone, son argentinos) lo anticipa Borges en “El Nacional”, de Caracas, de 6 de abril de 1975:


LA IMAGEN. La celebración del Pipa Benedetto. @Juezcentral

–Lo que existe aquí (en Argentina) es un nacionalismo ridículo. Yo estaba dando una conferencia y alguien me había preguntado cuál era mi árbol preferido. Yo contesté que… el eucalipto. Me gusta su olor, es un lindo árbol. Y dije que ese árbol había sido importado por Sarmiento de Australia… Entonces una persona del auditorio dijo: ¡Importado de Australia! ¡Qué vergüenza! Es decir, que no siendo nativo un árbol, es un árbol censurable, malo, lo cual es un disparate. En este país todo el mundo es de otra parte… No estamos hablando en quechua, en mohicano, en comanche, ni en maya, o lo que fuera. Estamos hablando en español, de modo que el país entero ha sido importado… Yo he leído folletos disparatados que querían demostrar que los caballos y las vacas no los trajeron los españoles, que había caballos y vacas aquí… En otra ocasión alguien recordó que el señor Daniel Dávalos fue quien importó las primeras rosas de Inglaterra… Naturalmente eso fue recibido con cierta melancolía… No gustaba que las rosas se hubieran traído de Inglaterra. Un país absurdo, la Argentina…
¡Y nosotros poniéndonos melancólicos porque hemos cambiado a Cristiano Ronaldo por Lucas Vázquez!
En la grande polvareda de la Libertadores se nos perdió la gran hazaña de Isco, que no fue su partido copero contra el Melilla, sino su foto en Instagram con la leyenda “¿Estoy gordo?” en homenaje al Rod Stewart de “Da Ya Think I’m Sexy?”
Nadie puede decir que Isco sea un futbolista de carnes en latifundio, como pudo serlo Ronaldo el Magnífico, pero algo había que decir para justificar las ausencias del artista del balón, y le dijeron gordo, cosa que, sin embargo, no le dicen al artista del toreo, Morante, que tiene, como todo el mundo, el vicio de la manteca colorá en Casa Moreno. (Una vez, cuando los psicoanalistas comenzaron a relacionar el sobrepeso con la autoestima, una asociación de “personas de distinto tamaño” (en lenguaje políticamente correcto) organizó en San Francisco, California, una protesta contra la exhibición de la película “Fantasía” de Disney, porque en el baile de los hipopótamos se las ridiculizaba.)

Tengo para mí que lo que Isco buscó con su golpe de magnesio en Instagram fue ocupar en el corazón del consumidor español la vacante sentimental del Calvo de la Navidad disfrazado de Gordo de la Navidad en una campaña que a lo mejor podría titularse “Shape Up Pipero!” Son cosas que pasan por la cabeza de Isco sentado en el banquillo en Huesca mientras por la banda Lucas Vázquez, la extensión de Solari en el campo, juega a la coxcojita con el Balón de Oro de Modric, que tiene el mismo oro que la Llave de Oro que le dieron en Ronda a Rafael de Paula, quien, al comprobar, mordiéndola, que no era de oro la Llave, levantó la tienda y se regresó a Jerez de la Frontera, “donde las papas se comen enteras”.


Iglesia de Lastres, Asturias

DE LÖW A DUCHAMP

Joachim Löw, que es Acuario, como Mourinho, se va de Alemania, como Frau Merkel, y mira al Real Madrid. A mí me impresionó verlo una vez en un urinario de pared del Bernabéu… en zapatos de ante: he ahí, ¡allí!, la teoría estética del “coito visual” del espectador con el objeto de arte que desarrolló Duchamp, cuyo urinario, “Fuente”, ha resultado ser la obra de arte más influyente del siglo XX. Después de todo, el gran avance de la urbanidad para el hombre fue la posibilidad de orinar en hilera y a media altura, en lugar de hacerlo en paredes de iglesias, como los cortesanos de Versalles, “marcando con su olor el espacio de sus ambiciones”. ¿Del lucasvazquismo de Solari al duchampismo de Löw?

Vecinos siempre problemáticos y siempre contradictorios (Parte 2 de 2)

 Celtiberia Show

Jean-Juan Palette-Cazajus

Este tipo de incomprensible negación ideológica de la propia sustancia de la historia sólo puede sustentarse mediante una forma extrema de la modalidad de pensamiento conocida como “contrafactual”: actúo como si lo que pudo ocurrir, pero no ocurrió, hubiese ocurrido, y como si lo realmente ocurrido no lo hubiera hecho. Y así, en el fondo, se niega literalmente tanto la realidad y el resultado de la Guerra Civil como la de los 35 años de franquismo. Y es que la visión progresista de la historia para nada es materialista, como creen los perezosos, sino puramente metafísica. Es la visión mesiánica de un horizonte abierto de par en par donde todo es posible. La experiencia histórica acreditó siempre todo lo contrario: el proceso acumulativo de los sucesos pasados actúa siempre como una fatalidad irreversible que hipoteca y determina inexorablemente nuestra memoria primero, nuestro porvenir después, y que va estrechando, por definición, el campo de los posibles. Sólo pueden mesarse los pelos ante el éxito andaluz de “Vox” quienes actúan como si la historia del siglo XX español no se hubiese producido. No hay extrema derecha en España fue la ingenua cantinela oída durante años. El franquismo es el único régimen de extrema derecha que consiguió primero sobrevivir, luego estabilizarse durante 35 años en Europa; que terminó consiguiendo innegables éxitos económicos y una notable mejora del nivel de vida (a cambio de renunciar, en ese campo, a la totalidad de sus presupuestos ideológicos iniciales, apuntarse al pragmatismo y beneficiarse -emigración, turismo- de la dinámica de prosperidad de las democracias europeas). En todo caso era pura ilusión lírica; pura ceguera histórica, imaginar que semejante régimen podía desaparecer sin dejar herederos ni huella humana alguna.

 Mi profe, Joseph Pérez

Seamos serios. “Fascistas”, nacionalcatólicos, derechistas hormonales, virulentos  o estéticos, seguía habiendo muchos, lógicamente, incluso en la España de la bonanza democrática, productos, legatarios o epígonos del largo vivero franquista. Pero existían en un estado disperso que podría calificarse de “gaseoso” en algunos casos, de embrionario en otros. La crisis económica primero, pero sobre todo el sicodrama y el traumatismo catalán terminaron propiciando su tránsito al estado sólido. Las heridas de la identidad suscitan siempre la transgresión irracional. No creo que el concepto de la unidad de España defendido por “Vox” difiera mucho de las rancias definiciones al estilo de “Un Rey, una Fe, una Espada”. Tampoco creo que haya muchos historiadores solventes que sostengan tales  concepciones. El espíritu de lo que veneran como la “sagrada esencia” del país, les llega insuflado, creen ellos, como así lo creían sus abuelos del régimen anterior, a través del privilegio de una línea directa mantenida con las covachuelas de El Escorial filipino de la segunda mitad del XVI. Si dedicaran parte del tiempo que gastan en esa rumia obsesiva  a la lectura de los memorialistas, juristas, historiadores  y comentaristas de la época descubrirían hasta qué punto el concepto de la naturaleza de España que se desprende de tal acervo, poco tiene que ver con el suyo. No resisto la tentación digresiva de una cita, entre las miles posibles, ésta de mi añorado profesor Joseph Perez, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 2014: «Cuenta el cronista Hernando del Pulgar que, en 1479, al heredar Fernando la corona de Aragón, se planteó en el Consejo Real la cuestión de si no convendría que los monarcas se llamaran desde entonces reyes de España, ya que lo eran de la mayor parte de ella. Por causas que Pulgar no explicita, se resolvió no cambiar nada. Fernando e Isabel, luego los Austrias, no fueron nunca reyes de España, sino reyes de Castilla, de Aragón, condes de Barcelona, etc. Al convertirse en rey de Portugal, en 1580, Felipe II llegó a reunir toda la península bajo su autoridad pero entonces tampoco se transformó en rey de España, sino que añadió el titulo de rey de Portugal a los muchos que ya ostentaba. En su “España defendida” (1609), Quevedo resume la situación con esta frase: “España propiamente consta de tres coronas, Portugal, Castilla y Aragón”. Siguiendo una observación de José Maria Jover, existía entonces una gradación descendiente entre monarquía, corona, reinos y señoríos... ». Acaso conoce siquiera esta gente la existencia de Antonio Capmany y Surís de Montpalau (Barcelona, 1742 – Cádiz, 1813), de vieja familia austracista pero entregado a los Borbones, catalán y español tradicionalista, autor del enardecido panfleto de 1808,  «Centinela contra franceses», de lectura diría yo que imprescindible para disfrutar de la aguda percepción diferencial de dos conceptos de la nación, hoy igual de antinómicos que entonces, enunciada por un conservador lúcido. Valga esta cita, la menos significativa pero la más corta.: «[...] ¿Qué sería ya de los españoles, si no hubiera habido aragoneses, valencianos, murcianos, andaluces, asturianos, gallegos, extremeños, catalanes, castellanos, etc...? Cada uno de estos nombres inflama y envanece, y de estas pequeñas naciones se compone la masa de la gran Nación, que no conocía nuestro sabio conquistador, a pesar de tener sobre el bufete abierto el mapa de España a todas horas».

 Los Reyes Católicos

Como todas las personas rígidas cuya cerrazón de mollera las incapacita para percibir la vastedad y la complejidad de los problemas históricos, los de “Vox” se han inventado un relato nacional particularmente simplista y pétreo. Si debieran de intervenir políticamente algún día en la lidia del problema catalán, no dudo un instante de que el resultado sería catastrófico. Definitivamente catastrófico. Su relación con el sistema democrático es a lo sumo tangencial y oportunista. Es un régimen político que no les gusta y por el cual sienten un desprecio que ni se molestan en ocultar. Son visceralmente antimodernos y dudo mucho de que les apasione ninguna tradición intelectual posterior al concilio de Trento, sobre todo si tiene que ver con la práctica del debate y del pensamiento crítico, salvando sin duda algún que otro oscuro filósofo tudesco de la “voluntad”. (“wille” en alemán, que así suena más a juventud airada y nacional). Particularmente revelador es su esperpéntico posicionamiento frente a lo que ellos llaman “feminismo radical”. Me cuesta bastante imaginarlos estudiosos, gastándose los ojos en la vorágine de la literatura feminista actual para determinar quienes son las feministas “decentes” y quienes las famosas “feminazis” como les encanta decir. En las vanguardias de ese movimiento, entre sectores que cabría llamar ya “transfeministas” del mismo modo  que se habla hoy de transhumanismo, se dicen cosas y se emiten hipótesis tan atrevidas -o tan delirantes- que dudo hayan llegado al conocimiento de las huestes de “Vox” poco curtidas en tan “funesta manía de pensar”. El techo de lo que ellos entienden por “feminismo radical” debe rebajarse mucho: no dudo de que si las circunstancias quisiesen que las mujeres siguieran sin poder abrir una cuenta corriente propia, como ocurría hasta 1975, la demanda les sonaría a “feminismo radical”. La histórica periodista Rebecca West (1892-1983) solía decir “Lo único que sé es que cada vez que mi comportamiento ya no permite confundirme con un felpudo, me suelen tratar de feminista”. Me temo que por ahí debe situarse la máxima dosis de feminismo “radical” susceptible de metabolización por el organismo de “Vox”. Por cierto, directa o indirectamente relacionado con el tema, leí hace unos días un curiosísimo artículo en loor del inaudito tipo de masculinidad que caracterizaría el universo del partido derechista. ¡La masculinidad! ¡Ardua y enigmática palabra! Creo que de “Vox” más bien se deben esperar comportamientos hormonales, algo parecidos, para entendernos , a la particular etología de Millán Astray. El caso es que creí primero que me enfrentaba a una muestra de “fino humor” de segundo o tercer grado. La segunda lectura me convenció de que la cosa iba en serio. Si se me ponen los pelos de punta pensando en la tetanización traumática que se produce debajo de los cráneos musulmanes varoniles ante la menor perspectiva de autonomía femenina, mi reacción en el caso de este insólito escrito no pasó del jocoso sentimiento de retorno al añorado “Celtiberia Show” de Luis Carandell. Pero subrepticiamente se coló en mi cabeza una sencilla conclusión y allí se quedó de “okupa”: cuando los individuos de “género” masculino se asustan ante la perspectiva de tener que convivir con los individuos del “género” femenino en una relación de absoluta igualdad, diría que, de toda la vida, en el habla castellana, a los primeros se les ha conocido como “calzonazos”. Eso sí, no dudo que muy masculinos.

Pero estaba dicho que durante aquella noche triste habría que apurar hasta las heces el cáliz del esperpento. Y ello fue cuando ardientes masas juveniles se echaron a la calle movidas, decían, por su acendrado sentimiento de despecho democrático para protestar por el acceso de los “fachas” al Parlamento bético. “España, aparta de mí este cáliz” escribía desde el frente republicano, en 1937, el peruano Cesar Vallejo. Pues no, no hay manera. La ventaja de estos jóvenes defensores de la libertad, pero enemigos del libertinaje de “Vox”, es que pertenecen a una reciente pero ya bien estudiada tendencia y son el producto de la más rabiosa modernidad.

 Centinela contra franceses

En muchos centros docentes y universidades americanas -pero las cosas se han extendido a los principales países anglosajones, sobre todo el Reino Unido y Australia- existen lo que se llaman “Safe spaces”,  espacios seguros. Son aulas, anfiteatros y espacios donde los estudiantes han obtenido el derecho a no verse “expuestos” a enseñanzas, tesis, ideas “ofensivas” o “violentas”. Estas tesis “ofensivas” o “violentas” no son las que sospecháis, o apenas. Los dos adjetivos sólo sirven para medir el grado de rechazo ideológico que los “estudiantes” -“desestudiantes” convendría tal vez mejor- manifiestan hacia el contenido de lo que tratan de enseñarles. Muchas de las instituciones aquejadas por este fenómeno son establecimientos de secundaria o universidades donde se nota el peso importante de las llamadas “minorías”. Pero no solamente.  Así, recientemente, en una universidad británica, estudiantes de color pero también blancos han obtenido la exclusión de Platón de los programas de filosofía por “facha” y “esclavista”. Así como suena. Imponerle a un estudiante unas enseñanzas cuyos criterios no comparte será  considerado como “micro agresión” o franca “agresión” según la delicada conciencia ideológica de los doctos mozalbetes se haya sentido “ofendida” o “violentada”. Espero haberos pillado sentados. En un libro reciente titulado algo así como «Las criaturas mimadas y el espíritu americano» –traduzco yo desde mi inglés zarrapastroso– los autores, Jonathan Haidt y Greg Lukianoff, consideran que esta situación empezó a producirse con la llegada a los “campus” de la generación Internet, los nacidos a partir de 1995. O sea gente que pasa de leer, todavía más de reflexionar, y sólo comunica y se informa a través de las redes sociales donde se relacionan exclusivamente con sus clones. Gentecilla neoanalfabeta que ignora totalmente las nociones de pluralidad, de disenso y de complejidad. Que considera la contradicción como una agresión a la fragilidad de su nidito emocional. En cuanto al título del libro, hace referencia, por supuesto, a la forma en que estos jóvenes han sido criados en casa como pequeñas maravillas de fragilidad, “creatividad” y originalidad. O sea, “capullos” criados en un capullo.  Lo siento, el chiste es malo, no he podido resistir la tentación.

 Los fantasmas de Vox

La globalización es una triste evidencia. Los corderos que balaban en las calles de Sevilla, Granada o Málaga, narcisillos abducidos por el espejo de su delicada santimonia ideológica, encantados, todos ellos, de haberse conocido, ilustraban punto por punto el síndrome que acabamos de describir.

Me dediqué a la redacción de estas improbables reflexiones el pasado sábado día 8,  mientras, detrás de mí, un canal de información continua previamente silenciado venía excretando machaconamente imágenes de la ya rutinaria insurrección sabatina. Sigo sin saber bien qué es este movimiento ni él lo sabe mejor que yo. No veo motivo para el optimismo. Esta vez,  el despliegue policial fue absolutamente masivo en París, a diferencia de la semana pasada –no quiero ni pensar en el coste de la broma– hasta el punto de dejar desprotegidas ciudades donde no se temían excesivos desbordamientos. Y así en Burdeos la chusma descerebrada de las  barriadas a punto estuvo de incendiar algunos bulevares céntricos. En París, la participación de los “Chalecos Amarillos” en las violencias, ya escasa el sábado 1, fue esta vez ínfima. La violencia y las destrucciones fueron monopolizadas por los “blacks blocs” y otros energúmenos de la ultraizquierda nihilista. Auxiliados por las manadas, poco católicas, de las banlieues, cuya predilección iba, sin embargo, al saqueo de las tiendas de lujo. Estos van con chándal y capucha. No quieren confundirse con los “Chalecos Amarillos” o cualquier otro tipo de “galos” e infieles.  Ellos son otro pueblo como dice el geógrafo Christophe Guilluy. Por cierto, si yo fuera Guilluy me pondría ufano: lo anticipó todo en dos libros, «Fracturas francesas» y «La Francia periférica». Pero esta tarde me acordé sobre todo de Max Weber. Él le concedía al Estado el «monopolio de la violencia física legítima». El sábado contemplé cómo el Estado democrático había abandonado este monopolio en manos de unos pocos centenares de sujetos asilvestrados por temor al juicio del seráfico tribunal de los medios. En el código de éste, las violencias y destrucciones serán glosadas sobria y pudorosamente como “condenables”. En cambio, de haberse empleado el necesario vigor requerido para una neutralización eficaz de aquella fauna siniestra, me sé de corrido las fórmulas rutinarias con que se hubiese vituperado. Una de las 2 o 3 versiones posibles habría sido la que alude a “una violencia policíaca inadmisible, digna de las horas oscuras de nuestra historia”.  

Burdeos, 8 de diciembre

Lunes, 10 de Diciembre



Ferita a morte d'un tagliente dardo

domingo, 9 de diciembre de 2018

Consensu asinus

Chinchón, Madrid, España

El sonido del azadón

Paisaje Pepe Cerdá 


He de confesar un secreto. Últimamente he descubierto que lo que más me gusta es picar. Cuando digo “picar” no me refiero a tomar tapas con cañitas en los bares. No. Me refiero a picar con un pico o un azadón. Sé que puede extrañarles, a mí también me extraña, pero es así.

Desde hace unos años paso la mayor parte de mi tiempo, al menos de mi tiempo libre, en una casa de campo en el Pirineo francés. El terreno que rodea la casa es muy empinado y encargué hace años que me hiciesen unos caminos para hacer más fácil el merodear. Unos con pala excavadora y otros a mano. Al observar cómo los hacían reflexioné sobre que no hay nada más civilizado, más romanizado, que trazar caminos y ejecutarlos. Como los caminos están sin asfaltar, como es natural, han ido necesitando de un cierto mantenimiento que he ido acometiendo yo mismo. Lo que al principio me pareció un trabajo penoso y engorroso se fue convirtiendo, poco a poco, en una especie de adicción. Tanto es así que comencé a trazar y ejecutar nuevos caminos. El sonido del azadón al hincarse en la tierra, el modo tan especial con el que el tiempo se detiene mientras pico, mi corazón latiendo con fuerza, el sudor cayendo sobre mis ojos mientras mi perro me observa, o dormita, o juega, el transitar la primera vez por el tramo recién terminado me reconcilian con algo atávico e importante, o al menos eso creo.

Se trata de hacer ejercicio, pero no baldío, como el de los gimnasios, o el del footing, sino construyendo. Un anciano agricultor me contó que no entendía por qué no había una dinamo en cada bicicleta estática de los gimnasios para aprovechar la energía. Y no le faltaba razón. Cansarse por construir, por generar algo, creo que es más sano que cansarse por cansarse, tal y como ocurre cuando se hace deporte. Además el ejercicio de mis ancestros no fue ni el golf, ni el tenis; fue arar, trillar, segar y entrecavar y creo notarlo mientras pico. Creo que mi cuerpo es el resultado de la información genética de mis predecesores, que los genes no previeron que uno de sus descendientes se dedicase a las artes y a la reflexión. Por eso los pobres tienen más tendencia a engordar que los ricos. Los pobres engordan porque han de guardar para los tiempos de escasez. Los ricos saben, genéticamente, que no les faltará y pueden dedicarse sin miedo al espacio de la teoría: a la artes y a las letras.

Las siguientes dos semanas no podré ir a continuar picando mi camino, estaré en París y luego en Benasque, y créanme que lo echaré de menos. Algo está cambiando en mis prioridades o quizás me esté volviendo loco.

[Mayo 2012]

Pepe Cerdá

Chorizos al infierno


Vecinos siempre problemáticos y siempre contradictorios (Parte 1 de 2)

 El morlaco de la vida


Jean-Juan Palette Cazajus

Un amigo me pregunta por qué doy tan pocas señales de vida, digámosla plumitiva, en los últimos tiempos. Me desconcierta su pregunta. Todos somos peones de brega de la propia vida y ésta es un morlaco bronco, áspero y de mucho sentido. Últimamente, viene derrotando peligrosamente en la punta de mi capote y su lidia acapara buena parte de mi energía (N1). Pero si debo ceñirme a la dimensión gráfica de la pregunta tendré que decir que siempre he vivido abrumado por la omnipresencia de la palabra escrita en nuestras sociedades. Soy un parroquiano fiel de la inmensa y maravillosa librería Mollat, en Burdeos. En cada ocasión el sentimiento de vértigo que me inspira el piélago de los libros y el omnipresente olor a papel impreso sigue siendo el mismo que el primer día. Pero esto suscita siempre en mí otro sentimiento derivado que asimismo me suele embargar vertiginosamente y que estaría dispuesto a calificar como el de “la aporía fundamental”. Me refiero a la difícil enigma de la articulación entre escritura y pensamiento, algo que yo tiendo irresistiblemente a considerar más bien como una incompatibilidad. En la literatura como en el toreo hay una lidia exterior, de adorno y “detallitos”: ni sé ni quiero escribir bonito. Y hay un toreo interior, de fondo, el de las llamadas suertes fundamentales, que quisiera, pero no alcanzo a dominar. Toreo auténtico y literatura de fondo son arriesgados, absorbentes, agotadores. Tan letales como ingratos.

Y así la fluidez y el caudal de la escritura suelen ser inversamente poporcionales a su tenor reflexivo. Hasta el punto de que son incontables las escribidurías cuya única condición de posibilidad es el páramo de la idea. Creo haber contado en alguna ocasión el sentimiento de total micronización que padezco cada vez que pienso en el ritmo productivo de Michel Onfray, sin duda el filósofo mediático por excelencia: casi dos libros anuales desde hace 30 años, uno de 600 páginas y otro, “pequeño” de “sólo” trescientas. Sin hablar de los incontables artículos, conferencias e intervenciones mediáticas. Pero Onfray, estupendo divulgador, saludable provocador, imprescindible desmitificador -particularmente de las religiones- también es cierto que nunca será Spinoza ni Heidegger.

 La librería Mollat

A fuer de sincero, es posible que mi silencio, mi repelús  ante el cacareo cotidiano, tenga que ver con el drama catalán. Estos acontecimientos absurdos, este descarrilamiento irracional de la historia, me dejaron tetanizado. Como han tetanizado, de alguna manera, el país. Como han tetanizado otro francoespañol, de quien siempre me sentí próximo, Manuel Valls. De alguna manera el reto independentista “ensimismó” a España y la ha venido aparcando en una vía muerta de la historia en espera de cómo van saliendo los toros. Y el autoaislamiento en esta vía muerta ha puesto en marcha formas de pensamiento que sólo se pueden calificar de autistas. Se han descongelado las peores bacterias de la historia patria y las vemos proliferar con un vigor inimaginable hace solamente un año.

Intenté, hará cosa de un año, ofrecer una especie de repertorio histórico del auge de los nacionalismos europeos desde la aparición del propio concepto, no más allá de principios del siglo XIX. Si no eran europeos todos los ejemplos citados, eran orgánicamiente vinculados con la historia del continente o particularmente edificantes, como eran los casos de Turquía y Líbano. Mi intención, en la línea de quien, más allá de las modas intelectuales, siempre consideré un guía esencial y  un padre espiritual, Claude Lévi Strauss (1908-2009), era la de exponer primero los “écarts différentiels”, las diferencias significativas, para terminar convocando los invariantes. Pronto me dí cuenta de que la cantidad y la complejidad de los datos que era necesario manejar para hablar con el necesario rigor analítico casaban mal con la modestia del propósito divulgador inicial  y requerían de mayor envergadura expositiva. Al mismo tiempo me invadió el desagradable sentimiento de que lo que hacía, aparte de insuficiente, no interesaba a nadie. Máxime cuando no era evidente la necesaria visión de conjunto ya que el propósito general del trabajo sólo iba a revelarse con los capitulos conclusivos. 

Propósito general que era el de mostrar cómo en ninguna construcción nacional, ni en las más modestas ni en las más importantes, ni en las más antiguas ni en las más recientes, faltaban factores invariantes que iban desde los puros albures de la historia, las contradicciones, las disonancias cognitivas, hasta los olvidos selectivos, las mitologías inventadas o las ficciones estructurales y, básicamente, la construcción de una “novela nacional” por parte de una minoría letrada.  De modo que las construcciones nacionales pueden resultar exaltantes cuando impulsan el consenso de las diferencias para volverse desalentadoras o casi recesivas cuando se vienen pareciendo a una modalidad de la división celular. Propósito general que era el de mostrar que el modo actual de autoconceptualización y autopercepción de las naciones, cualesquiera que sean, por los individuos que las componen, es tremendamente inestable y en constante proceso de construcción / desconstrucción. Que la naciones sean una realidad incontrovertible es una evidencia. Pero es una realidad inapresable y desconcertante; una entidad dúctil, versátil, y a la postre volátil. Frente a tal multiplicidad de factores resulta más que peregrino el concepto de esencia. Hablar de la España “eterna”, de la Francia “eterna”, de la Cataluña “eterna” no podía ser, con perdón, más que una solemne “ch….da” a más de una expresión que ningún historiador medianamente serio se atrevió jamás a utilizar.

Como la taimada salud  aprovechó además la coyuntura para meter un pitón avieso, el intento terminó penosamente en aguas de borrajas. El último capítulo publicado se había convertido en un cajón de sastre que concentraba un resumen nada menos que de las construcciones nacionales de Polonia, Hungría, Ucrania, Checoslovaquia, Dinamarca, Noruega y Suecia. Al final, incluso aparecía como coda, tratada con inadmisible  superficialidad, la compleja ambigüedad de la historia italiana. Aquello suponía una capitulación en campo abierto: si un solo capítulo podía aparecer como suficiente para los tres países escandinavos, que atravesaron una historia conflictiva –como todas– pero muy entretejida, los citados 4 países del Este, protagonistas cada uno de una historia tan dolorosa como endiablada, esclarecedora de sus posicionamientos actuales y de su renuencia a homologarse con el “mainstream” europeo, requerían ellos mucha mayor extensión. En cuanto a la prevista traca final habría intentado mostrar cómo el síndrome “divergente” catalán cristalizaba de forma compleja y contradictoria, solamente a partir de mediados del siglo XIX, como lo acredita el reciente libro del historiador Joan-Lluis Marfany, impresionante por trapío (960 páginas) y calidad: “Nacionalisme espanyol i catalanitat: Cap a una revisió de la Renaixença”, casi resumible en esa declaración del autor: «En la invenció d’Espanya els catalans hi participen amb autèntic entusiasme». Aquella tardía “divergencia” catalana se vendría produciendo  de forma llamativa y cronológicamente paralela a la culminación del proceso inverso de “convergencia” unitaria francesa, éste a través del auge de la educación nacional gratuita y obligatoria y del afianzamiento de la IIIª República. Los dos procesos eran antinómicos como pocos y requerían un análisis comparativo particularmente apasionante. Todo ello quedó aparcado en espera de mejores tiempos.  Aquel trabajo fallido venía amparado bajo la máxima de un genial escéptico, Michel de Montaigne (1533-1592), sabedor del estado definitivamente carencial de la condición humana: «Une menos la semejanza de lo que separa cualquier diferencia».

 Joan-Lluis Marfani

Pero el pasado fin de semana ha sido fértil en peripecias traumáticas en cada una de las dos patrias. Por un lado la confirmación por los andaluces del ensimismamiento español en el proceso de rumia  autista de la historia desgraciada. Y por otro, pero inversamente, en Francia, el brote absolutamente inesperado de un movimiento desconcertante, casi insurreccional, abierto a los cuatro vientos de la absoluta incertidumbre. Ambos países siempre tan contradictorios. Francia vive una inopinada situación eruptiva cuyas derivas posibles se entreven vertiginosas. Irrumpe una Francia  rural (“rurbana” es el concepto y la palabra adecuada) periférica, desatendida. Que padece un sinfín de problemas unas veces reales otras mentales y en ocasiones virtuales, pero que han reventado inesperadamente como un divieso purulento y se encarnan en un sector de la población heteróclito, improbable, inclasificable. Es la Francia que no sabe hablar en la tele, hostil a los intelectuales, desdeñosa de los libros, amamantada en las llamadas «redes sociales». La Francia de los “chalecos amarillos” cabe holgadamente en los 280 signos del «pensamiento Twitter»: por algún contado genio de la síntesis,  hordas de faltones y de tontos de baba. Recelosa ideológica y políticamente de todos y de todo, abre unas nuevas líneas de fractura todavía difícilmente previsibles. Espontánea y desconfiada, ingenua, absolutamente ignorante de que la fragilidad de los mecanismos socioeconómicos reacciona con hipersensibilidad desastrosa frente a cualquier medida brutal o irreflexiva, esta Francia “outsider”, con sus reivindicaciones contradictorias e incompatibles, puede abrir atolondradamente las puertas a la catástrofe. Me di cuenta el otro día de que “Le Monde”, ante lo que estaba ocurriendo, había utilizado en su titular la misma palabra que me viniera en mente para calificar mi propio estado de ánimo: “abasourdis”. Así fue como nos sentimos efectivamente, "Le Monde", yo y bastantes más ante la inesperada erupción: “abasourdis”, o sea “pasmados”. Francia, laboratorio de las ideas políticas durante tres siglos, parecía ajena al fenómeno de los mal llamados  populismos europeos. Decide participar en el concurso y parece ofrecer, de buenas a primeras, la versión químicamente pura del fenómeno. Ya hablaremos. La cosa no hace más que empezar.

Repito que lo que me mueve a echar hoy mi cuarto a espadas es la concomitancia de la irrupción, en los dos países vecinos, de dos eventos políticos absolutamente contradictorios. Y es esta contradicción la que los hace ilustrativos de dos momentos históricos singulares e intransferibles. Si yo fuese un dandi cínico e nihilista babearía de gusto ante la incertidumbre vertiginosa que  está despuntando en Francia. Y si yo fuese un dandi cínico e nihilista bostezaría de aburrimiento ante el resultado de las elecciones andaluzas. Las opciones presuntamente más rompedoras, a la izquierda y a la derecha, venían en realidad pringadas por los peores mohos de la historia española. No hacían sino acelerar la historia del ensimismamiento. Todos los electores andaluces votaron con buena parte de la cabeza en otra cosa. Y un 27%, los de “Podemos” y  los de “Vox” lo hicieron obnubilados por esa otra cosa. Por la vieja pesadilla. Me refiero al festival de falsificaciones de las memorias históricas que la España  terca y autista viene celebrando desde hace unos cuantos años: la de España, la de Cataluña, la de la Guerra Civil, la del franquismo. Entiéndase una cosa: la reivindicación de que las víctimas republicanas de las cunetas o los páramos sean rescatadas, y equiparadas en la memoria y el respeto a las del bando vencedor, recordadas y mimadas durante tantos decenios, me pareció siempre una cuestión de simple humanidad. La falsificación de la memoria histórica a la que me refiero es otra. Sabemos que los fanatismos –tanto el  ideológico como su progenitor el religioso– tienen la misma y asombrosa capacidad de borrar hasta la percepción inmediata de la realidad fenomenal. Lo sabemos pero no lo creemos. No es tanto que “Podemos” y sus allegados ideológicos quieran “invertir” el resultado de la Guerra Civil como machacan algunos. No tienen la cabeza puesta en la derrota sellada el 1 de abril de 1939. Ni siquiera la tienen en el 18 de julio de 1936. Piensan, por decirlo de alguna manera, una anterioridad posibilista siempre ideal.

 Ni sindicato ni política
Sólo el pueblo, dicen

Como todos los clanes primitivos, necesitan un “mito de los orígenes”. Siguen negando básicamente -como  ya lo hicieran en aquellos años fatídicos los revolucionarios- la realidad sociológica de la época, de la misma manera que su proyecto político sigue negando la actual. Su fe, como todas las fes, es insensible a los desmentidos de la racionalidad y de la realidad factual. No creen en Dios, creen en el Pueblo. Pero, como el de Dios, el concepto de Pueblo es modulable y manipulable a placer. Hasta el punto de tapar o reducir a una referencia meramente simbólica, luego eliminable de una forma o de otra, el peso abrumador de la realidad, en este caso la que impone su evidencia a través del libro de M. Álvarez Tardío y R.Villa García, “1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular”, Madrid, Espasa, 2017. Lo que me interesa hoy no es la labor ímproba de los dos autores por esclarecer definitivamente la cuestión de las manipulaciones por la coalición de Frente Popular del resultado de las elecciones de febrero de 1936. Lo que me interesa es lo que todos sabíamos pero que el citado libro materializa por fin y coloca clamorosamente en el primer plano de  nuestras conciencias: las derechas y el centrismo moderado constituían, en 1936, una leve pero real mayoría sociológica profundamente horrorizada ante las amenazas revolucionarias en ciernes. No se trataba de un puñado de capitalistas y señoritos desalmados, fácilmente desechables en “las letrinas de la Historia”. Por más que también existieran. Podemos entender que tantas mentes analfabetas, devoradas por la tremenda miseria social y postergadas por lo que eran entonces las peores desigualdades de Europa, pudieran aferrarse en 1936 a la fe en lo que Salvador de Madariaga llamaba el “Santo Advenimiento”  revolucionario. En cambio, toda mente medianamente educada y conocedora de la sociedad real tenía que haber entendido que no había más horizonte que el desastre ineluctable….

Seguiremos mañana

Nota 1: Nadie se extrañe por el frecuente recurso a expresiones taurinas en este texto. Es puro deber de militancia. La presión animalista nos ha declarado una guerra a muerte. Yo sigo usando cualquier oportunidad de mantener viva la memoria taurina en el corazón fundamental del lenguaje.

El Santo Advenimiento

Domingo, 9 de Diciembre



Quella la mira nel su'dolce sguardo

"Lo torcido será enderezado"

DOMINGO, 9 DE DICIEMBRE

En el año decimoquinto del imperio del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe tretarca de Iturea y Traconítide, y Lisanio ttetrarca de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías:

«Voz del que grita en el desierto: 
Preparad el camino del Señor, 
allanad sus senderos; 
los valles serán rellenados, 
los montes y colinas serán rebajados; 
lo torcido será enderezado, 
lo escabroso será camino llano. 
Y toda carne verá la salvación de Dios».

Lucas 3, 1-6

sábado, 8 de diciembre de 2018

Subversión


Rafael Salillas
Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    La subversión del cristianismo radica en su sencillez: amar al prójimo como a uno mismo. Todo lo demás es escolástica, más o menos podrida de latines y silogismos.
    
También la subversión de la democracia radica en su sencillez: un hombre, un voto. ¡Y a contar! Todo lo demás es politología, más o menos podrida de sofismas e ideologías.
    
Y, sin embargo, la abstracción “un hombre, un voto” está únicamente al alcance (¡cediendo terreno, hay que decirlo!) de la mente anglosajona. En la Europa franco-alemana, un hombre es un voto… con el permiso de otro hombre, normalmente chisgarabís (Manuel Valls) o filósofo (Henri Lévy), descendientes ambos de la pata chula de Rousseau.
    
Valls llegó pegando “cojetás” rusonianas a ministro de Hollande, como Marlasca con Sánchez: otros se esconderían, pero ellos son de mucho presumir, y Valls pasó a la historia ministerial de Francia por su lucha contra los gitanos, a los que asoció “con la mendicidad y la delincuencia”, para escándalo de su propio gobierno y de la Comisión Europea.
    
–Estas poblaciones tienen modos de vida que son extremadamente diferentes de los nuestros.
    
Son cosas que no se oían desde la pragmática de Medina del Campo (viven “pediendo lemosnas, é hurtando é trafagando, engañando”) que saca en 1898 Rafael Salillas en su estudio positivista del gitanismo:
    
–El método positivista exige implícitamente una condición, que se puede formular con el mismo precepto rigoroso de nuestra tauromaquia.
    
Arruinado políticamente en Francia, Valls quiere ser alcalde cervantino de Daganzo (como Humillos, como Jarrete, como Carmona, como Berrocal) en España, donde promueve por sus santos dídimos un cordón sanitario contra el partido de Ortega Lara… y de Morante de la Puebla, el torero vivo más flamenquista, poderdante de Rafael de Paula y prologuista de Bergamín, que tuvo el coraje, en San Isidro, de brindar un toro a Trevijano, promotor de la Junta Democrática, ahora que andamos de aniversarios.
    
Es la socialdemocracia.

Sábado, 8 de Diciembre



Allor l'occhio vendrà luce invisible

viernes, 7 de diciembre de 2018

No pasarán



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    En 2016 el Consenso tenía apalabrado el arreglo de España con un Apaño Federal (“Pactar Cataluña”, lo llamó el diario gubernamental), y contaban para ello con el proverbial pasotismo social, pero la corrupción catalana echó la puerta abajo y se fugó el Frankestein. Entonces los dos convidados de piedra en la Constitución, el Rey y la Nación, levantaron la mano para hablar: el Rey hizo su discurso de Gettysburg (¡menos Peterson y más Lincoln, liberalios del pan pringao!), y muchos españoles colgaron banderas nacionales en el balcón, única libertad que les ha sido dada, junto con la de ir en bicicleta por la acera, claro. Tenían voz, no voto. Vox se limitó a pegar la oreja y pasar la gorra de las papeletas: voto en ningún caso antisistema, pues servirá para integrar a Vox en el Estado de Partidos “que con tanto trabajo nos hemos dado”, con las consiguientes molestias para los jugadores sentados a la mesa del Consenso, o constitucionalismo, como dice la ministra Dolores Delgado, que en un alarde de cojonudismo lolo, o lolocojonudismo, sostiene que Otegui es constitucionalista, pero Ortega Lara, no.
    
Si Ortega Lara es el fascismo, habrá que parar al fascismo, y Pedro Sánchez, que es barrial, ha visto que la forma de detenerlo es no haciendo elecciones, con lo cual ha conseguido la cuadratura del círculo vicioso, que eso es una tesis doctoral, y no el truño que le vendió el amigo de Sebastián.
    
–En España no votamos porque ganarían los enemigos de la democracia.
    
Los progres, esos charletas que viven de inventar cómo lucharon contra la servidumbre obligada en el franquismo, se muestran eufóricos con la servidumbre voluntaria en el sanchismo.
    
Los observadores internacionales querían saber cómo se determina, sin elecciones, la voluntad general, y ahí apareció Iván Redondo con su Caballero de la Tenaza, nuestro Merlín de la lucha antifascista, ese Tezanos que cada día, al levantarse, saca su dedo mojado por un ventano y sabe cuánta gente apoya a su amo.

Viernes, 7 de Diciembre



Quando fra l'altre donne ad ora ad ora