domingo, 27 de agosto de 2023

En busca de la prevalencia de los idiotas (XIV)


Leonardo Bruni


Martín-Miguel Rubio Esteban

 

Occidente, la res christiana, vivió un renacimiento de la filosofía política en el gran siglo XII, debido, sobre todo, a las traducciones que los árabes hicieron de textos de la Grecia Clásica, entre los que se encontraba la Política, de Aristóteles. Su Política fue comentada por Santo Tomás de Aquino, y gracias a ello la palabra sagrada de Dêmokratía volvía a ser pronunciada. En una época de luchas entre güelfos y gibelinos la Constitución Ateniense, vista con los ojos del Estagirita, claro, le sirvieron al Doctor Angélico para mantener a raya las pretensiones despóticas de poder temporal del emperador alemán sobre la iglesia católica. Su insistencia de inspiración aristotélica en la necesidad de crear un marco legal fundamental que defina los límites de poder monárquico, junto con el reconocimiento del valor del elemento democrático como salvaguarda contra la tiranía, hace a este gran filósofo un lejano precursor de la teoría política del constitucionalismo moderno, y el principal patrono de lo que casi tres siglos después traerán otros dominicos de la Escuela de Salamanca y los Siete Primeros Derechos Humanos, que veremos en otras entregas estar ya «in nuce» en esta búsqueda de la prevalencia de los idiotas en la Democracia Ateniense. Durante el Renacimiento el único humanista que ensalza con apasionado encomio la época de la Atenas democrática fue el florentino Leonardo Bruni. Todos los demás humanistas tenían los ojos en el poderoso modelo de la República Romana, ciertamente una hermosa bandera. Esto no es sorprendente.

Es natural que los humanistas italianos, los más grandes patriotas —con conocimiento bien fundamentado— que ha tenido Italia, se identificasen orgullosos con la herencia clásica de su querida tierra natal y, en consecuencia, con la República Romana, y esto constituyó la base emotiva de su pensamiento político, que fue informado principalmente por su estudio de Cicerón y Plutarco. Ambos autores fueron el principal deleite del Renacimiento y la principal fuente de renovación de las ideas políticas. Además de Cicerón y Plutarco, la concepción humanista de la antigüedad clásica también se basó en su lectura de fuentes históricas, en particular Polibio, Tácito y Tito Livio —la pasión vitalicia de Maquiavelo—. La consecuencia natural de este contenido educativo del humanismo fue la idealización de República Romana como Estado modelo. El humanismo cívico renacentista se articuló en torno a la búsqueda de un modelo de orden político, como guía para la reestructuración del nuevo mundo surgido de la desintegración de la república medieval. La cuestión del orden, con respecto a la protección de la libertad de las ciudades italianas y de sus ciudadanos frente a las presiones de la Iglesia y el imperio, determinó el ideal del humanismo cívico. Así, la admiración por la República Romana, que asombró a los que vinieron después por la longevidad de su estabilidad, la adaptabilidad de sus instituciones y su dominio mundial, es fácilmente explicable.

Por el contrario, la democracia ateniense, que alcanzó la cima de la libertad política en su sistema de instituciones pero no aseguró su supervivencia, no pudo responder a las exigencias fundamentales del humanismo cívico. Esta posición se cristaliza en los argumentos de Maquiavelo, el más grande y controvertido de los humanistas cívicos. Su admiración desenfrenada por la antigua Roma y sus infatigables esfuerzos por persuadir a sus contemporáneos de luchar por la reforma de la vida política y la moral política de acuerdo con el modelo romano, se combinaba con una crítica a la democracia ateniense. El estado democrático ateniense brilló como un espléndido meteorito en un fugaz momento histórico pero no pudo evitar su derrota en Queronea a consecuencia de un mal intrínseco, el dominio de una pasión política no controlada. Solón no había logrado establecer en Atenas el régimen mixto que era el secreto de la grandeza de Roma. Si Roma es el paradigma de la reforma de Florencia, la Atenas democrática era, según Maquiavelo, un ejemplo a evitar, aunque de belleza sobrehumana. No sabemos si Thomas More conocía la obra de Maquiavelo, publicada tres años antes que “Utopía”, pero lo indudable es que las ideas contenidas en aquel “Príncipe” estaban en el aire cuando More empieza a escribir su utopía.

La inclinación hacia el modelo ateniense y el reconocimiento de las virtudes de sus instituciones democráticas se produjo mucho más tarde, siendo impuesta por la necesidad de cuestionar el absolutismo. La preocupación por establecer el estado de instituciones libres como réplica a la imposición del absolutismo del siglo XVII actuó como catalizador para revivir el simbolismo ideológico de la democracia ateniense. Este fue el logro del pensamiento político inglés del siglo XVII. En Francia, la condena del absolutismo en el siglo XVI adquirió parte de su vocabulario simbólico de la ideología del estado mixto romano (Polibio), pero en el siglo siguiente cayó en un marasmo y una depresión. Por el contrario, el movimiento revolucionario en la Inglaterra del siglo XVII tendió a la radicalización del pensamiento político, creando las condiciones previas para la introducción de la idea de la democracia ateniense en el discurso político de la época. Este retorno al modelo ateniense es evidente en las obras de los pensadores más radicales de la época, especialmente John Milton y James Harrington. Su postura no es, por supuesto, de aprobación sin reservas del estado democrático ateniense. Un enfoque crítico atempera su admiración y el pensamiento regresivo a menudo conduce a la ambigüedad de los argumentos. No obstante, se logró la restauración de la idea de democracia ateniense clásica entre los modelos de gobierno de los mundos posteriores. Durante la Guerra Civil Inglesa todo este proceso de rehabilitación ideológica estuvo defendido a punta de espada, pero sus resultados son decisivamente claros en el pensamiento, la palabra y las ambiciones políticas de los revolucionarios angloamericanos del siglo siguiente. Particularmente me llama la atención de que el pensamiento político nacido en Inglaterra o Irlanda a partir del Renacimiento inglés, y que restauró sin duda la organización y los derechos de la Democracia Ateniense, como prevalencia de los idiotas, está expresado en forma de novela, de novela utópica (Thomas More, James Harrington, Jonathan Swift, Aldous Huxley, George Orwell, y tantos otros). La novela utópica inglesa ha defendido más la Democracia Clásica que los puros filósofos ingleses como Locke y Hume. Sólo Shaftesbury representa la ilustración inglesa abiertamente democrática. Tradicionalmente la utopía se puede dividir en eutopía y antiutopía. La eutopía, como el mejor de los lugares, anima a salir del presente para encontrar un modelo político mucho mejor. Por el contrario, la antiutopía, nos exhorta a reformar nuestro presente, mostrándonos el anti-modelo social a que llevaría la exacerbación de nuestras cualidades negativas. Ningún historiador de la Democracia puede soslayar el estudio de la novela utópica inglesa, porque es la primera vez, tras el Renacimiento, que se defiende abiertamente, en la ficción, la organización y los derechos de aquel sistema que garantizaba la prevalencia política de los idiotas; esto es, la Democracia. Esta literatura política hizo aparecer la New Harmony, las sociedades utópicas de Michoacán, las misiones jesuitas del Paraguay en el siglo XVII, etc. La Taprobana y Amaurotis tienen mucho de la Atenas Clásica. Ahora bien, los estados ideales de las utopías, que exigen a sus individuos un elevado nivel de «virtú», una renuncia de intereses particulares en pro del bienestar común y la libertad colectiva, sólo pueden darse —según los autores— en comunidades pequeñas y de gran cohesión interna, como las ciudades-estado de la tradición clásica (vid. «The Statecraft of Machiavelli», de Traversi ). Los príncipes en la eutopía son elegidos en voto secreto. El seguidismo a la tradición clásica por parte de More en «Utopía» es tan grande que en Utopía hay esclavos.

En el continente europeo, la primera discusión sería sobre el estado democrático y la antigua Atenas como su modelo comenzó con el renacimiento del humanismo político, iniciado por Montesquieu. Gracias al soplo y la profundidad del pensamiento político de Montesquieu, en el siglo XVIII, el siglo de la Ilustración y de las grandes revoluciones, se reconectó con los antiguos modelos griegos de Estado, que habían quedado totalmente eclipsados ​​en el continente europeo durante los dos siglos anteriores, a causa de la Contrarreforma y la instauración del absolutismo («rex absolutus legibus», que diría Bossuet). Motivado por una indignación contra este absolutismo como forma de gobierno totalmente opuesta a la legitimidad, ya que se basa en el miedo y alimenta la corrupción, Montesquieu recurrió al estudio del antiguo modelo republicano como forma alternativa de gobierno que asegurara la legitimidad política. Su reconexión con el humanismo cívico lo llevó inicialmente a estudiar Roma como el modelo alternativo más probable de legitimidad política. Sin embargo, su análisis de la grandeza y la decadencia de Roma reveló la ley inmutable que une el dominio mundial, el despotismo y la corrupción. En consecuencia, Montesquieu, por análisis comparativo, llegó a los modelos griegos antiguos de Atenas y Esparta como las únicas formas de estructura estatal que podían oponerse al despotismo, junto con sus equivalentes posteriores, los estados republicanos de Venecia y los Países Bajos. A pesar de la búsqueda de modelos de gobierno también en el mundo contemporáneo, sólo los antiguos griegos se distinguían por el rasgo de la virtud política y el espíritu público, que constituían las mayores garantías contra el despotismo. Los ciudadanos de las antiguas repúblicas griegas, sin embargo, no disfrutaban de una libertad personal grande, tal como también demostrará más tarde Benjamin Constant. Esta era la característica principal de Esparta, pero también en la democracia ateniense las exigencias de la vida colectiva sobre el individuo restringían hasta cierto punto su libertad. Por esta razón, Montesquieu finalmente se decidió por el sistema de instituciones libres tal como se había desarrollado en la Inglaterra moderna, disfrazada de monarquía, como modelo de legitimidad política. Sin embargo, la investigación del autor del Espíritu de las leyes contribuyó a que los antiguos modelos republicanos griegos volvieran al centro del pensamiento político. Así, la idea de la democracia ateniense, como prevalencia de los idiotas, volvió a situarse en primer plano del debate político en el Siglo de las Luces y se incluyó en el vocabulario político de los críticos del Antiguo Régimen.

Después de Montesquieu, los antiguos modelos republicanos griegos articularon el lenguaje simbólico de la disidencia política. El nuevo esquema de gobierno que representaban, el estado sin rey, la república, traía las buenas nuevas de un régimen de instituciones libres y de virtud política...

 

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Domingo, 27 de Agosto

 


 
Rodaballo plancha

-¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?

DOMINGO, 27 DE AGOSTO

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:

-¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?


Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.» Él les preguntó:

-Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?


Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» Jesús le respondió:

-¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.


Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.


Mateo 16,13-20

sábado, 26 de agosto de 2023

La necesaria higiene de los conceptos políticos

 


Bakunin

Jerónimo Molina

 

La izquierda de la derecha cultural española (lo liberalio del liberalismo) determina la estrategia y la táctica de la derecha política desde hace cincuenta años: desde los programas electorales a los cansinos debates de “alto bordo” –entre los que se incluyen el inconsútil “combate cultural” y los plurales “debates de ideas”–; desde los pactos poselectorales a la política de nombramientos discrecionales de los gobiernos de derecha, siempre sous l’oeil de la gauche. Proceder que no es extraño, por cierto, en gente que exhibe como principio único la falta de todo principio. Esta forma de maquiavelismo, más garbancero que atroz, pero que sería infantil despreciar –¿cómo huir (y adónde) de la irracionalidad ética del mundo?–, roza el ridículo cuando su causa es aparentar y figurar, nada más, transformado el político sin fuste en un obseso de la imagen (las “solapitas” que han llamado la atención de Esperanza Ruiz constituyen la prueba de cargo de la falta de sustancia) y del carpe diem a costa de las reses políticas, las que le votan y las que no.

La causa de la que hablo es el disfrute de los gajes del poder con todas las garantías y, novedad histórica más bien reciente, sin riesgo personal o patrimonial, como si la política, es decir, distinguir amigos de enemigos, hubiese dejado de ser ahora una profesión de riesgo. Nota bene: no dan desde luego esa impresión algunas intervenciones públicas de Santiago Abascal, las de hace veinte años y las de ahora, acosado por los jabalíes de la extrema izquierda.

Contra toda evidencia y contra toda razón, las elites cansadas de la Unión Europea creen en una política sin hostilidad (y sin enemigo ni verdad), pues todo acabará bien. Nada puede fallar. Así, se puede quebrar financieramente un país “democrático” (una de esas “democracias asentadas” tan nombradas y prototípicamente demoliberales, como las de Alemania, Italia y España) o pervertir su constitución desactivando el control jurisdiccional y constitucional de la acción del gobierno. Y todo ello con buena conciencia, pues las elecciones en las democracias de Potsdam se parecen mucho al juicio de Pilatos. ¿Qué se hizo, después del 23-J, de la mordaza y cierre anticonstitucionales de las Cortes Generales, de la persecución antijurídica de la opinión discrepante (modus “emmerder les non-vaccinés” de Emmanuel Macron), de las coimas prostibularias de sus señorías y de la profanación de cadáveres como crimen del Estado? El sufragio universal, refractario a toda idea política (Charles Maurras, Jules Monnerot), o casi, lava cualquier responsabilidad política hasta volverla banal. No es una opinión, sino un hecho bruto (factum brutum) o, mejor dicho, un hecho estupefaciente y brutal que se experimenta una vez cada cuatro años. La banalidad del mal tiene múltiples registros, pero en todos opera como salvaguarda la tecla o la cláusula de la legalidad democrática –según la entiendan el gobierno y sus tornavoces de los medios de comunicación masiva–, restauradora del virgo de las vestales de la constitución de 1978. El antigirardiano Barrabás siempre sale indemne, nunca paga, le deja el pufo al contribuyente y, si no encuentra mejor colocación en un narcoestado o de taxi-girl de un ricacho cosmopolita, se marcha al Consejo de Estado.

En este sentido, con toda seriedad lo escribo, porque la política es a seriedade da vida, Mijail Bakunin —no sólo conviene citar a políticos fríos como Antònio Oliveira Salazar, «presidente do Conselho de Ministros», también merecen la pena algunos cálidos retóricos de la Primera Internacional Socialista— ha desvelado cínicamente, adelantándose a Vilfredo Pareto, que la democracia, esta democracia, la real, la masiva y partidocrática diríamos hoy, no la de las cátedras europeas de Ciencia Política en las que, con excepciones, por supuesto, se infantiliza a los estudiantes universitarios, constituye un instrumento óptimo de dominación o una «fórmula política» infalible (ahora habla Gaetano Mosca), en la medida en que «los demócratas pueden [con ella] golpear al pueblo con el bastón del pueblo» (de nuevo Bakunin). El demócrata del anarquista Bakunin es nuestro partido político, el que le dice al pueblo “come democracia” o «cena LGTBI» y, si se queda con hambre, que desayune woke, para que se despabile del todo antes de acudir a la oficina del paro o a los servicios sociales municipales.

En este ambiente deletéreo y aparentemente despolitizado, en el que la política, en sus peores formas, se ejecuta por vías indirectas, nada hay más importante que el «combate», no tanto por la “cultura”, sino por la «idea de la realidad» —zócalo sobre el que se puede y se debe hacer pie—, una lucha por el espíritu y el orden, incluso por la belleza, como ha dicho aquí también Javier Ruiz Portella. La potestas indirecta, al margen de su contenido material concreto o su doctrina (la teología económica: versión 1/ del mercado mundial único y global, versión 2/ de los mercados nacionales protegidos y excluyentes; las religiones políticas del catastrofismo climático, del generismo, del veganismo, del transespecismo y demás confesiones pseudocientíficas, aunque todo está revuelto y no hay lindes pacíficas entre unas sectas y otras; el gnosticismo que envuelve la Inteligencia Artificial; etc.), encuentra siempre un poder vicario y un coro entusiasta de ricos ingenuos y facundos (la Leisure class, constante o regularidad sociológica estudiada por Thorstein Veblen y cuyo interés reverdece últimamente). Los «elegidos» se imponen como misión «despertar» a los desheredados y desviar piadosamente su atención con excentricidades, perturbando el sentido común y su percepción de la realidad. Se trata, aunque no lo parezca, de una ascética del desarraigo que acarrea consecuencias mucho peores que la muerte civil, incluso que la muerte física —al menos para quien viva con la certeza de que la muerte no es el final—.

El programa de todos esos próceres de la humanidad, sus «agendas», la 2030 de los tontos útiles que abarrotan ministerios y universidades u otros breviarios por el estilo, cortados por el mismo patrón, constituyen la perfecta diversión, acción que según el DRAE persigue «distraer o desviar la atención y fuerzas del enemigo». Como diría Sergio Chakotin, se trata, de nuevo —pues lo del ruso queda lejos: en los totalitarismos de 1938—, de organizar la violación de las masas, ahora de los pueblos, por la propaganda política. Pero una violación en manada, encoñada (con la eñe) particularmente con Europa y su espíritu, en la que participan más de dos y más de tres (organizaciones supranacionales y transnacionales, confesiones religiosas e iglesias incluidas —aunque no todas, ya sea por virtud o por necesidad: ex Oriente lux—, y gobiernos colaboracionistas o gobiernos-Quisling y de quintacolumnistas y rastacueros).

El profundo Jesús Fueyo, «profesor ultrateórico» le llamaba Rafael García Serrano, advertía en 1991 contra la «fatiga histórica de nuestra época y la leucemia metafísica del espíritu contemporáneo», cuyo efecto mejor definido es la pérdida del sentido de la realidad. La intimidad con la historia, cada vez más intensa desde finales del siglo XVIII hasta alcanzar su cenit en los años 30 y 40 del siglo pasado, deja paso a la “ahistoricidad” del hombre actual, tema precisamente del texto Eclipse de la historia, discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas del «feroz Fueyo» (deliciosa aliteración que le estampa en una dedicatoria su amigo José María Cordero Torres, jusinternacionalista y colonialista de interés que siempre escribe con la tinta jonsista de su militancia revolucionaria juvenil).

El sentido de la realidad se asienta sobre el acaso insondable «zócalo histórico» que acabo de mencionar. Miguel de Unamuno lo barrunta cuando se inventa el neologismo intrahistoria en su influyente En torno al casticismo de 1902 (en realidad 1895). Allá se encuentran los conceptos decisivos cuya elucidación permite a un pueblo mantenerse en el nivel del tiempo, salvar su circunstancia y con ella salvarse él mismo (Ortega y Gasset). No es retórica populista: un pueblo necesita del pan y la justicia, pero también de los conceptos. Tampoco es una jerga de profesor universitario, sino una preocupación en la que se trasluce una actitud vital de servicio, pues la “inteligencia política” tiene su propia misión, aunque generalmente clame en despoblado. El engagement tiene sus límites y sus riesgos, pero el turrieburnismo de la inteligencia política es autocontradictorio y, por eso mismo, autoaniquilador. ¿Cómo hubiera podido Carl Schmitt llevar una vida de eremita, de clerc laico o de torrero aislado de la política de Weimar una vez publicado, en la fiesta del milenario de Renania, «Renania como objeto de la política internacional» (1925) y no se diga ya El concepto de lo político (1927)? Precisamente, Dalmacio Negro, antípoda del profesor vacuo y carrerista, ha dicho alguna vez, con toda modestia y sin eludir responsabilidades, que él se mueve en los conceptos. Moverse en los conceptos u ocuparse de ellos tiene trazas de obligación deontológica en un historiador de las ideas y de las formas políticas. Luis Legaz Lacambra encarece también el concepto en una de nuestras divisorias nacionales que han quedado para la historia, la de la inmediata posguerra civil: «Todos los pueblos necesitan conceptos: vivir de conceptos y vivir conceptos«. También España, que no es un Tíbet ni resulta tan diferente a «otros países de nuestro entorno». Eso querrían quienes anhelan trastornarla e incluso viven de ello.

Francisco Javier Conde, una de las mejores cabezas políticas de nuestro siglo XX, intelectual metido a consejero de príncipes que termina, como otras inteligencias incómodas de su tiempo, en una embajada asiática remota, solía decir que «la política no es un producto espontáneo, sino fruto de una ascensión hacia lo alto», hacia el concepto. Lo sugiere en unas páginas políticas de extraordinaria lucidez, remedio eficaz, hoy particularmente, contra la lobotomización de los jóvenes universitarios de primero de carrera —he tenido ocasión de comprobar su efecto en una gavilla de estudiantes brillantes; con gusto mencionaría sus nombres, porque darán buen fruto dentro de muy poco, pero mejor para ellos que sigan emboscados en la provincia, disfrutando de sus becas (ellos sí las merecen) y de su ocio creador, pasando discretamente, sin dar explicaciones a nadie y sin pedirlas tampoco (in der Sicherheit des Schweigens, como reza en el título de un conocido libro sobre Carl Schmitt), mimetizados con la legión de vulgares doctorandos que le cuestan un Potosí al contribuyente—. La cita de Conde proviene de su Teoría y sistema de las formas políticas, un libro bellísimo, en el fondo y en la forma, publicado en 1944: expresión de un modo de entender lo político y la política, el gobierno y el Estado, que da cima a un cuarto de siglo de oro del pensamiento político en España, el que transcurre entre 1935 y 1969. Espero tener ocasión del volver pronto sobre este asunto, absolutamente ligado a la higiene de los conceptos políticos que sirve de título a este artículo.

La lucha por la cultura o el combate cultural es el método de una pedagogía nacional. Nada menos, pero tampoco nada más. Las historias de moros, la Reconquista, incluso las ricas relaciones de la Conquista (del Nuevo Mundo) o los sucesos de la guerra de la Independencia quedan más allá de lo que irradia concretamente nuestra época histórica, su legitimidad histórica: la Guerra Civil. Ni la batalla de Guadalete ni la de las Navas de Tolosa. Ni la Noche Triste ni Trafalgar. Los conceptos políticos que se necesitan para dominar la deriva del Estado autonómico siguen condicionados por el acontecimiento terrible y fundacional de la guerra de 1934 a 1939 y la dictadura constituyente de desarrollo posterior...

 

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ABC del Periodismo. Antonio Díaz-Cañabate, el pacto sinalagmático


Cañabate, por Dávila


ABC AL PASO

El pacto sinalagmático

ANTONIO DÍAZ-CAÑABATE ES TRES MOMENTOS PERIODÍSTICOS: JARABO, VENANCIO Y PALOMO


Ignacio Ruiz Quintano

 

Antonio Díaz-Cañabate y Gómez-Trevijano, El Caña, es la hoguera campamental del costumbrismo donde se hace el puchero del gran cocido madrileño.

Libros aparte (“Historia de una taberna”, la de Antonio Sánchez, e “Historia de una tertulia”, la de Cossío en el Chiki-Kutz de Recoletos), Cañabate, abogado y periodista, que sustituye a Selipe (José María del Rey Caballero, abogado y periodista) en la crítica taurina de ABC, es tres momentos: Jarabo, Venancio y Palomo.

El momento Jarabo son sus crónicas “escritas en la Audiencia, junto al banquillo”, del proceso, en el invierno del 59, a José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris, Jarabo (compañero de curso de Ansón en El Pilar), que culmina en la pena de muerte y ejecución del reo en la Modelo. Son crónicas dignas de la antología del Nuevo Periodismo de Tom Wolfe, y el periodismo no conocerá otro éxito de opinión semejante hasta las de Martín Prieto en los juicios de Campamento por el 23-F en el 82. La falta de martinesprietos y cañabates en el gran juicio del “Prusés” revela la caída de pupila y de muñeca en un oficio de “ágiles reporters” que miran al mundo con la boca.


En la biblioteca de ABC

 

El momento Venancio son las memorias de un vendedor de periódicos leídas el 2 de Mayo del 68 en la Hemeroteca Municipal, “la Inclusa de los periódicos”.

–Yo quería a los periódicos como a mis hijos y a mi costilla, que me salió de azúcar cande. El olor a tinta es como el de manzana, fresa, melón de Villaconejos y, ¡ahí va esa liebre!, el de mujer… Vamos, que atrae. Vender la Prensa es como escribirla, por eso los vendedores nos llamamos periodistas.

Venancio vocea periódicos junto a un vejete que vocea “El Motín” de José Nakens, que no se vende. ¿Por qué no vocea el ABC?

–¿Quién, yo? Pero ¿tú sabes quién soy yo? Soy un hijo espiritual de don Francisco Pi y Margall y firmé con él el pacto sinalagmático de la república federal, y un hombre sinalagmático no puede difundir la prensa que hizo fracasar el pacto sinalagmático. Lo sinalagmático es lo bilateral. ¿Te enteras?

Y el momento Palomo es su crónica del rabo de Palomo (“rosquillas del Santo”) en San Isidro del 72:

–Nada de copas, que lo que tenemos que tratar es muy serio. Ten en cuenta que en este momento tenemos tú y yo un rabo en el cuerpo que nos pega cada coletazo que a mí, por lo menos, me balda.

En febrero del 80, con ABC en crisis, Cañabate, al contrario que Mingote, tiene un mohín desleal (¡es la gran kermese de deslealtades del 77!), y Guillermo Luca de Tena le envía una nota:

“Querido Antonio: Sólo unas líneas para darte cuenta de mi dolorosa sorpresa al leer en ‘El País’ tu artículo sobre los carnavales. Sin entrar en el derecho del escritor a colaborar donde quiera, siempre he creído -con independencia de la cantidad que te abonamos invariablemente todos los meses- que eras “un hombre de ABC” desde la cruz a la fecha, un lujo de este periódico que se enorgullece con tu firma. De ahí mi pena por ver tu nombre fuera de esta Casa”.

Muere el día de San Roque de 1980.


Antonio Díaz-Cañabate
 
[Verano de 2020]

 

Sábado, 26 de Agosto

 

 

Tomate a la brasa

viernes, 25 de agosto de 2023

Rocanrol. Get The Water. Last Minute Show



The Marilyn Diaries
@MarilynDiary

 

 


GET THE WATER

 

We're gonna be playing for free an epic set full of our music and some of the boldest covers we've ever done at the 🍻RIVERS OF ALE FEST🍻 in our beloved Duke Of-Wellington 

 

El Receso. Óleo, 1992. César Leal Jiménez

 


 Classic Rock In Pics
@crockpics

Abolir la Constitución


Escudo de armas de Francisco Montaño

“E se le dieron por armas el mismo volcán, verde,

 cubierto de nieve, brotando llamas”


Ignacio Ruiz Quintano

Abc


    La ruidajera mediática como de barra brava (a favor o en contra) por el éxito argentino de Milei en pleno agosto revela la indigencia intelectual de la sociedad política (mediadora entre el Estado y la sociedad civil), ese concepto gramsciano echado a perder, pues la sociedad política, y bien explicado lo tiene esto Dalmacio Negro, se identifica hoy con el Estado e, “inversamente a su concepto”, ha llegado a ser la vía por la que el Estado penetra en la sociedad civil a través de los partidos (oligárquicos por definición), que patrimonializan el Estado (¡el consenso político!) y colonizan la sociedad civil mediante la burocracia. Por eso las opiniones sobre lo de Milei suenan a patio de los locos, por su ignorancia de lo político (el poder), y por consiguiente, de la política (el modo de conquistarlo).


    El único analista interesante de lo político es hoy Curtis Yarvin, citado a veces por urracas sin nombrarlo. Yarvin se abisma en el poder como el conquistador Francisco Montaño en el Popocatepétl (que sigue tirando bombetas) “tomado” por Diego de Ordás, que también lleva el volcán en su escudo heráldico. Del volcán extraía Montaño azufre para la pólvora como Yarvin extrae del poder azufre para la política, ahora que nadie quiere darse por enterado de que la democracia representativa de Hamilton está tan obsoleta como la democracia directa de Calístenes, una vez que la izquierda americana (la mitad del país en números redondos), carcomida por las termes marcusianas, avanza hacia la abolición de la Constitución del 87, su último obstáculo para el disfrute del poder. El sovietismo se hizo con el Arte en cuatro rayas sin despeinarse, y sin despeinarse el sovietismo se ha hecho con la política en cuatro ideas. La democracia, pues, es hoy, en el país que la creó, Antiguo Régimen, “et tout le reste est”… chau-chau. Europa no cuenta.


    –Una democracia en la que los que pronuncian los discursos son gente trabucante, ágrafa, sin gracia o culturalmente tartamuda, es una democracia fundada en la mentira política –recordaba el otro día Rubio Esteban, que invocaba a Quintiliano.


    Alemania sigue sin Constitución (su Ley Fundamental es otra cosa), pero tiene un Tribunal Constitucional que custodia la “democracia militante” que propugnó Theodor Maunz (nazi patanegra), de modo que ilegalizó al partido nazi y al partido comunista (a éste, con freno y marcha atrás), y ya habla de ilegalizar a la Alternativa para Alemania, oficialmente “la ultraderecha” para los loros de los medios.


    Del modelo de granja hacia el que nos llevan tuvimos un avance en la pandemia, con sus confinamientos y pinchazos ordenados por “expertos”. ¡Ah, los expertos! Cuando, en nombre de la Ciencia (o de la Diversidad, la Equidad o la Inclusión), la Constitución se pone por debajo de las opiniones creativas de “los expertos”, la ley ya no existe, oh, zelotes liberalios.

 

[Viernes, 18 de Agosto]

ABC del Periodismo. José María Pemán, el secreto del artículo


José María Pemán, por Menéndez Chacón


ABC AL PASO

El secreto del artículo

JOSÉ MARÍA PEMÁN, "CREER SÓLO EN DOS O TRES COSAS Y BURLARSE DE TODO LO DEMÁS"


Ignacio Ruiz Quintano

 

Al pasar por la casa de Pemán, donde una placa dice “Aquí nació don José María…”, al Beni de Cádiz lo detiene su compadre, el Cojo Peroche, con una angustia gaditana y estival: “¿Qué crees que pondrán en nuestro balcón cuando faltemos, Beni?” Y el Beni contesta: “Se vende”.

José María Pemán es el articulista con balcones a la calle, que es la Gran Vía.

–Escribir en ABC es como hablar en un balcón de la Gran Vía.

Umbral, que va de articulista, lo aborda en el café Gijón porque Pemán, dice, tiene el secreto del artículo (“quizás sólo Ruano y él lo tenían, tan diferentes”).

–Mire usted, hay que creer sólo en dos o tres cosas fundamentales y burlarse de todo lo demás. Así se hacen los artículos –es el consejo que le da Pemán.

Pemán y Ruano, al irse, nos dejan los artículos, pero se llevan el secreto. “Menos escritores y más periodismo”, vocea editorialmente, contra ABC, Salas (Juan Tomás), que se ve mangoneando la Santa Transición, y su periodismo-cover va de “Mendoza, el hombre de Moscú” (Cambio 16) a “Maricones en el Ministerio de Cultura” (Libre).

En realidad, la Transición supone la desnacionalización de España y la desarticulación del artículo como planteamiento (noticia), nudo (ensayo) y desenlace (poema). Nacen los aspergiadores del Consenso –concepto franquista donde los haya–, y todos los cursis se hacen politólogos, pero igual que después del Vaticano II no hay teólogo capaz de dar con una oración en la Biblia, después de la Transición no hay politólogo (uno, al menos, no lo conoce) capaz de enumerar un solo principio de la democracia representativa.

Frente al humanismo de Pemán (“ludismo de las ideas”, dice Umbral de lo de Pemán, “que viene de Voltaire hasta André Gide”), el articulista transicionero maneja una morralla fascicular y septembrina con que rellenar un onanismo de yesaire que produce columnas-pisapapeles en forma de gatitos de escayola (¡aquellos estucos de los portales con pretensiones!) y marmolillos de Jadraque, dejando al oficio sin público.

Pemán se ufana de “haber devuelto la ironía y el humor a la defensa de las cosas serias y fundamentales”. Sus enemigos lo llaman “facilidad”, y él no la niega: “Tres cuartos de hora para cualquier artículo, un poco escandaloso para esta hora que tiende a conceder admiración como los vales de leche, “nada más que a la miseria y a la angustia”.

–Para el lector medio parece que toda prosa se vuelve jeroglífico. Está tan persuadida la gente de que uno no dice lo que quiere decir, que a todo le buscan reticencias y alusiones. Los artículos de temas domésticos, casi lindando el “cuadro del género”, son los que más eco producen.

Pero ¿y el secreto del artículo? ¡Desconfiad siempre de los tristes, de los petulantes y de los afectados! Hay que dosificar, dice, como en una salsa los varios elementos de amenidad, doctrina, ironía y seriedad.

–El arte del articulista es dejar caer una gota de perennidad en lo “diario” y efímero. El lapso que va del desayuno a la sobremesa de la cena es la “inmortalidad” a que debe aspirar el articulista.


José María Pemán con Rafael Alberti

 

[Verano de 2020]

A 16 años de la Corrida del Siglo. La tarde del Cid con los victorinos en Bilbao

 







25 de Agosto de 2007

Viernes, 25 de Agosto

 

Aquí yace

jueves, 24 de agosto de 2023

The Clash y los disturbios raciales ingleses


Bowie

Classic Rock In Pics
@crockpics


En el imaginario colectivo tanto los teddy boys como más adelante los simpatizantes del National Front pasaron a ser los malos de la película en la narrativa mediático-política y, ciertamente, tenían todos los ingredientes para ello

 


 The Clash

Foto de Adrián Boot

 

Javier Bilbao 
 
 
En 1910 el Conde de Cromer planteó que el problema al que se enfrentaría el Imperio Británico en el futuro sería en qué medida «unos 350 millones de súbditos británicos, que son ajenos a nosotros en raza, religión, idioma, usos y costumbres, deben gobernarse a sí mismos o deben ser gobernados por nosotros». Disculpémosle, por entonces faltaba mucho para que se volviera omnipresente la consigna orweliana «la diversidad es nuestra fuerza», así que únicamente hablaba desde la intuición del sentido común, que le llevaba a prever que las sociedades heterogéneas y carentes de cualquier identidad común que las cohesione terminan fragmentándose. La elección en tal disyuntiva que planteaba terminó siendo, naturalmente, la primera, en forma de un proceso de descolonización a lo largo del siglo XX que llegó a ser casi completo (¡Aún quedan Gibraltar y Las Malvinas!).

De manera que, en 1948, ya en pleno desmoronamiento imperial, la British Nationality Act concedió la ciudadanía británica a todos los súbditos de las colonias y excolonias que desearan instalarse en la metrópoli. Un momento, si todas aquellas poblaciones querían legítimamente autogobernarse porque al ser diferentes tienen otros intereses y desean seguir su propio camino… ¿no terminaría pasando algo similar si llegasen a conformarse grandes comunidades de ellos emigradas a suelo británico? Esa era la preocupación de algunas mentes previsoras como Enoch Powell, pero la respuesta que recibieron se asemejó mucho a aquel chiste del que está cayéndose de lo alto de un edificio y a la altura de la primera planta se dice «bueno, de momento estoy bien».

La dureza del asfalto comenzó a percibirse ya en 1958 en el distrito londinense de Notting Hill. Entorno en el que hoy día sólo un tercio de la población entra en la categoría de «White british» (pese a su notable gentrificación en los últimos años), pero que entonces era un barrio de clase obrera donde se veía la creciente población inmigrante como una amenaza. Lo que se materializó en algunos ataques y linchamientos contra miembros de la población negra bajo la consigna «conservad Gran Bretaña blanca» y gritos de «mataremos a todos los negros bastardos».


Tuvieron protagonismo en ella los llamados «teddy boys», que podría considerarse como la primera tribu urbana, jóvenes de clase baja aficionados a la naciente música rock y que un par de décadas después estarían enemistados con los punks. En el imaginario colectivo tanto los teddy boys como más adelante los simpatizantes del National Front pasaron a ser los malos de la película en la narrativa mediático-política y, ciertamente, tenían todos los ingredientes para ello.

En primer lugar eran clase trabajadora, la parte inferior de la pirámide social, fácilmente objeto de burla y menosprecio por sus costumbres o preocupaciones ayer y hoy en todos los países. En segundo lugar, en el mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial la retórica racista y la simbología neonazi que con frecuencia exhibían quedaban proscritas del espacio público, representaban al adversario ya derrotado en la mayor guerra que la historia había conocido, y nada puede gustar más a un periodista, político o intelectual que seguir luchando contra el fascismo aún como enemigo ya imaginario y que por tanto no responderá (lo seguimos viendo en 2023).

¿Por qué entonces articulaban sus preocupaciones sociales y su acción política de una manera tan desgraciada? Si tenían legítimas preocupaciones respecto a la llegada masiva de una población muy diferente a ellos proveniente desde Jamaica hasta Pakistán, que rivalizaba por sus puestos de trabajo, viviendas y ayudas sociales, que los convertía en extranjeros en su propia tierra e incrementaba la delincuencia en sus barrios… ¿por qué expresarlo mediante simbología supremacista y violencia que sólo generaban condena moral y silenciamiento por el sistema a sus demandas? Lo cierto es que la retórica racista hasta unas décadas antes había sido en buena medida el discurso legitimador del imperio (La carga del hombre blanco de Kipling), así que como herederos de esa tradición su problema era estar desactualizados, ser el eco de una realidad histórica ahora incómoda. De todas formas, también hubo personalidades como el mencionado Enoch Powell que expresaban esas preocupaciones de forma pacífica y con una, digamos, mayor corrección política, acorde a las nuevas convenciones sociales. Pero igualmente fueron tildados de nazis y racistas. Al final, se exprese de una u otra forma, en una sociedad tan clasista como la británica un problema difícilmente podía ser resuelto si afectaba sólo a barrios en los que no vivían quienes tomaban las decisiones.

Así que el flujo migratorio continuó y el equilibrio demográfico en ciertas zonas del país terminó dando un vuelco, con minorías que pasaban a convertirse en mayorías, al menos respecto al conjunto del barrio, distrito o ciudad en que vivían. Notting Hill volvería a ser escenario de conflictos raciales en 1976, pero ahora no eran teddy boys persiguiendo a algún jamaicano. Todo comenzó cuando la policía intentó detener a un carterista durante la celebración del carnaval en agosto, varios jóvenes negros acudieron en ayuda del perseguido y el enfrentamiento contra la policía escaló hasta convertirse en un disturbio que dejó 300 agentes heridos, junto a decenas de vehículos destruidos y tiendas saqueadas (aquí pueden verse algunas escenas). Dos semanas más tarde en Birmingham, inspirados por lo sucedido, cientos de jóvenes pakistaníes iniciaron una protesta en las calles de la ciudad por la detención de un ladrón y terminaron asaltando una comisaría. Comenzaba así a perfilarse un esquema recurrente desde entonces y extendido a décadas posteriores en el que un colectivo étnico se enfrentaba a la policía en defensa de un delincuente de su comunidad. Es decir, no existe un juicio moral, individual de los actos, sino una visión comunitaria donde cualquier acción policial por cualquier motivo contra «uno de los nuestros» es una agresión que debe ser respondida bajo el agravio del racismo, que en realidad —a diferencia de aquellos de 1958— ahora ya no existía o era marginal.

Mientras tanto, un grupo de jóvenes que leía titulares en la prensa sobre enfrentamientos aquí y allá («clash» en inglés) decidió formar un grupo de punk e influencia reggae jamaicana. Aquellos sucesos del carnaval de Notting Hill causaron una gran impresión en ellos tanto estética como ideológicamente: sus álbumes y camisetas incluyeron imágenes de aquellos disturbios, las letras de sus canciones apelaban a la población nativa inglesa a sumarse a la revuelta en temas como «White Riot» y, quizá como hecho más significativo, fueron el grupo estrella en Rock Against Racism. Fue un movimiento cultural pop inspirado como respuesta a unas declaraciones de Eric Clapton a Enoch Powell y a otras de David Bowie en las que anhelaba un régimen fascista y definía a Hitler como una de las primeras estrellas del rock. Respecto a este último no nos cabe la menor duda de que dijo tales cosas dado que siempre fue un artista peculiar hasta niveles marcianos, pero en su favor cabe sospechar que no eran del todo en serio…

En cualquier caso, para abril de 1978 tuvo lugar en Londres un concierto frente a más de 100.000 personas motivado tanto por una lucha genérica contra el racismo, como más concretamente contra el National Front, partido que en determinadas zonas de alta inmigración había logrado en esos años cerca de un 20% de los votos. Siendo The Clash una magnífica banda al margen de cuestiones políticas, el punk no resultaba ser tan antisistema al fin y al cabo: si el interminable flujo de mano de obra barata del tercer mundo y su concentración en zonas específicas afectaba en diversas formas a la clase trabajadora local, se ve que a esta solo le quedaba aguantarse en silencio. Claro que si una condena moral categórica es capaz de zanjar cualquier debate político, entonces cabe sospechar de la pureza de intenciones de dicho posicionamiento moral...

 

Leer en La Gaceta de la Iberosfera

 


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ABC del Periodismo. Claudio Sánchez-Albornoz, la excepción ética


Claudio Sánchez-Albornoz, por Sirio


ABC AL PASO

La excepción ética

CLAUDIO SÁNCHEZ-ALBORNOZ, A LAÍN: “USTED DECLARA LEER A KANT; YO RECONOZCO QUE LEO EL ABC”


Ignacio Ruiz Quintano

 

Don Claudio Sánchez-Albornoz es el único ejemplo ético (es decir, el contraejemplo) de la Santa Transición, remedo cultural y social del Directorio francés, ese vivalavirgen liberador que sucede a la muerte del dictador (Robespierre, Franco…)

–La pobreza es una idiotez; la virtud, una torpeza; y todo principio, un simple expediente… -dirá Barrás.

En la República, don Claudio, que habla del “cortocircuito de la Modernidad española”, lleva del bracete a Azaña (¡el cojo de Quevedo llevando al ciego al hombro!), que nos lleva a la cuarta guerra civil (“Si había un hombre mal dotado para presidir la gran batalla, ése era don Manuel”, reconocerá a toro pasado don Claudio).

A la ortegada “Castilla hizo a España y la deshizo”, en las Constituyentes del 31 contesta don Claudio: “Castilla hizo a España y España deshizo a Castilla”, corrección que hacen suya Unamuno y el propio Ortega.

–La guerra está perdida –dice Azaña a don Claudio en Valencia–, pero si por milagro la ganáramos, en el primer barco que saliera de España tendríamos que salir los republicanos. ¡Si nos dejaban!

La dignidad en el exilio de don Claudio es única. Umbral tiene experimentado que los exiliados en general no perdonan, a su vuelta, que España haya seguido sin ellos, al margen de las intrigas de El Pardo.

–Querían no incorporarse a nosotros, sino implantarnos sus años veinte. Pero sus años veinte eran pura cretona.

Don Claudio permanece en Buenos Aires tieso como una torre de coraje, consagrado a luchar contra las fantasías moras de Américo Castro (la otra castroenteritis, antes de la de Fidel), grandiosa polémica que en el 74 se dirime en las páginas de ABC.

–Orgullosamente usted declara leer a Kant –dice don Claudio al pedantón de Laín, que sale en defensa de las “vividuras” castristas, con la ayuda del metomentodo Ridruejo–; humildemente yo reconozco que leo el ABC.


Laínes y Ridruejos tienen más mano y don Claudio deja de colaborar hasta que Guillermo Luca de Tena asume la dirección del periódico y lo invita a recuperar los envíos. La respuesta de puño y letra de don Claudio es un modelo de rectitud castellana:

“Distinguido amigo: Dejé de colaborar en ABC por la andanada que su hermano [Torcuato] lanzó contra mí interviniendo sin razón alguna en mi réplica al ataque Laín que me había llamado “alanceador de republicanos muertos”. Me invita a reanudar mi colaboración. Muchas gracias. Acepto. Pero no se haga muchas ilusiones, pues van a caer pronto mis 85 años y... En agosto de 1976 escribí un largo ensayo que titulé “Las claves de nuestro tiempo”. Iba a prologar una enciclopedia proyectada por Sarpe. No se ha publicado ni se publicará. Pero no logro arrancarles la autorización para darlo yo a la imprenta. Si lo lograra o lo consiguiera usted tendríamos uno o dos artículos. Los arreglaría. En caso contrario quizás escribiera unas páginas tituladas “La Historia es la historia de la inflación”. Buenas intenciones no me faltan. ¿Tendré fuerza? Dios dirá. Un cordial apretón de manos de su amigo que le desea grandes éxitos. Buenos Aires. Diciembre, 1977”


–Sabe usted que adoro España y que deseo la reconciliación y la paz de los españoles –le dice en otra carta–. Soy muy viejo y no veré el fin de la pesadilla.

 

Don Claudio Sánchez-Albornoz, ante las tumbas
 de sus antepasados en Ávila
 
 
[Verano de 2020]

 

Jueves, 24 de Agosto

 

 

Manuscrito

miércoles, 23 de agosto de 2023

Rubi cruzó el Rubicón


Greta Zimmer Friedman, asistente dental, protagonizó con un marinero el beso que representa el final de la segunda guerra mundial en Time Square

 

Hughes

 

Igual que a Al Capone le condenaron por los impuestos, aquí en España la mejor forma o la más fácil de acabar con alguien es el feminismo. Le está pasando a Rubiales, que tras años acumulando razones se enfrenta a la opinión pública del régimen, que en cuestión de pressing y unanimidad es el Milán de Sacchi, por su beso a Jenni Hermoso.

De nada le ha valido a Rubiales, Rubi en el mundillo, haber llevado a Arabia la Supercopa española para liberar y modernizar a la mujer árabe. Así se lo pagan ahora.

Aun le queda mucho a la mujer árabe para llegar al avance que representa nuestra selección femenina de fútbol, campeona del mundo, algo así como el gol de Marcelino de la España plurinacional.

La turra es sistémica. Cada vez que pongo los deportes en la tele intentando saber algo de Mbappé, aparece una noticia sobre fútbol mal llamado de mujeres, pues, como bien dicen ellas, eso ya es hacerlas de menos, un machismo. Es fútbol-fútbol.

Esta selección es el apogeo de algo, el resultado de mucho trabajo: la sostenida publicidad de las grandes empresas españolas, el frenesí de un ministerio, la plurinacionalidad, el LGTBI, el tiquitaca (que sobrevive en ellas) y, por supuesto, el feminismo. Esta selección lo tiene todo: es revolucionaria, a la vez (alguien lo ha escrito) igualdad y futuro.

Por ella somos líderes mundiales en feminismo y tiquitaca. Este régimen le ha dado a la mujer la pelota, la posesión, ¡por fin!

Unos dieron el voto, otros dieron el trabajo. Este régimen le da la pelota y el solo sí es sí.

Feminismo es que la mujer sea igual que el hombre, pero solo hasta cierto punto en que vuelven a ser distintas, como ha podido comprobar Rubi besando a Jenni.

Ahí ha topado con la Liga de la Decencia, el Tribunal Popular de las Buenas Maneras y el VAR de Pérez-Royo, que ha visto en el beso robado un delito de agresión sexual.

(...)

El presunto delito de Rubiales recibe así toda la atención que no merecen las salvajes violaciones reales, en línea todos, otra vez, con el espíritu del legislador del solo sí es sí: retirar el famoso foco de las violaciones para extender el concepto de agresión a toda forma de trato entre el hombre y la mujer.

¡Politizar el aire que separa nuestros labios!

(...)

Han ido todos, los de siempre, a rematar ese córner y se intuía que era jugada ensayada porque inmediatamente después apareció Él, Pedro Sánchez, el tío que en su pelvis, al caminar, hace cimbrear dos o tres poderes, pidiéndole a Rubiales «más pasos»: o la dimisión o quizás algún ritual japonés de automutilación.

Ahora hay que tratar a las mujeres como diga El País, y la nueva decencia reprocha a Rubiales el beso, pero también haberse echado mano al paquete en el palco. Lo que les molesta no es tanto la falta de decoro, concepto superado, como que el despliegue de genitalidad masculina lo hiciera «delante de una menor», la Infanta, en edad de abortar y transicionar. En esa pose, Rubiales calca al Bardem de los Huevos de oro de Bigas Luna...

 

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El Dios rawlsiano: criptocalvinismo en acción



Curtis Yarvin

 

Los visitantes habituales de este lóbrego callejón intelectual estarán familiarizados con mi obstinada insistencia en que el idealismo progresista, el multiculturalismo, el universalismo liberal, o cualquier etiqueta similar para el conjunto de pensamientos que piensan todas las buenas personas, no son sólo buenos pensamientos, sino que son en realidad la secta moderna dominante del cristianismo.

Como ateo no tengo ningún interés en la teología, y no me parece que las doctrinas teológicas, como la divinidad de Jesús, la existencia de Dios, la naturaleza de la Trinidad, etc. sean una forma útil de clasificar los tipos de creencias que me rodean. Sólo me preocupa lo que la gente cree sobre el mundo real. Creo que esas creencias evolucionan como lo hacen las lenguas, me parece importante seguir su evolución a lo largo del tiempo y me niego a eliminarlas de mi radar a causa de mutaciones teológicas que me parecen puramente superficiales.

Puede que esta historia te convenza o no, pero espero que puedas estar de acuerdo en que el profesorado de Harvard en 2007 cree mayoritariamente en la igualdad humana, la justicia social, la paz mundial y el liderazgo comunitario, que el profesorado de la misma institución tenía prácticamente las mismas creencias en 1957, 1907, 1857 y 1807, y que en cualquiera de estos años habrían descrito estos puntos de vista como la cúspide absoluta del cristianismo. Tal vez yo sea desconfiado por naturaleza, pero me resulta un poco difícil creer que en algún momento de 1969 las mismas creencias se volviesen a deducir de la razón pura y la ética universal, cuya coincidencia con el Nuevo Testamento es, como mínimo, notable.

Aunque sea para el propósito de meterme con ella, llamo a esta secta criptocalvinismo: «cripto» porque oculta su ascendencia; y «calvinista» primero porque es la principal descendiente directa, a través de los puritanos de Nueva Inglaterra, del calvinismo propiamente dicho, y segundo porque se asemeja a la teocracia ginebrina de Calvino en muchos detalles, sobre todo en su afición por la verdad oficial.

La doctrina calvinista ha mutado considerablemente a lo largo de los años, sobre todo, pero no exclusivamente, en el departamento teológico. El credo hippie actual del amor universal, aunque debe menos a la década de 1960 que a la de 1830, chocaría bastante al viejo y sombrío doctor. Sin embargo, un rasgo que comparten casi todos los descendientes del calvinismo es un compromiso esencialmente posmilenial con la construcción del reino de Dios en la tierra, como se ve, por ejemplo, en la retórica de los puritanos de la ciudad en una colina.

Pero, como han señalado algunos comentaristas, todo esto es prácticamente irrelevante. ¿No queremos todos vivir en una buena sociedad? ¿Es tan sorprendente que muchas ideas bíblicas sean buenas ideas? ¿No dijo también Jesús que el cielo era azul? Ciertamente, Harvard se fundó como una institución cristiana, ciertamente siguió siéndolo explícitamente hasta hace poco, y ciertamente nuestra cultura universalista secular tiene profundas raíces cristianas. Pero en la era liberal de la posguerra, descartamos sabiamente los aspectos del cristianismo que son obsoletos y supersticiosos, al tiempo que conservamos su sólido núcleo ético, reforzado con una vigorizante dosis de razón y ciencia modernas.

Es un argumento muy sensato. Ninguna retórica superficial puede rechazarlo. Ciertamente, hay un elemento de lo que casi podría llamarse macartismo en mis intentos de conectar el universalismo con el protestantismo. Por supuesto, las técnicas macartistas de culpabilidad por asociación se aplican rutinariamente contra nazis, fascistas, racistas y otros maleantes, pero esto no los hace buenos. El Tercer Reich, por ejemplo, fue el primer Estado occidental que relacionó el tabaquismo con el cáncer de pulmón, pero esto no me lleva a querer salir a comprar un paquete de Marlboro.

El sistema de creencias que yo llamo «criptocalvinismo» afirma ser un producto puro de la filosofía, no una mera evolución del protestantismo tradicional del típico estado demócrata. Del mismo modo, el actual movimiento de «diseño inteligente» nos asegura que su asociación con el cristianismo del típico estado republicano es una mera coincidencia.

La única forma de refutar estas afirmaciones es analizando el fondo. El hecho de que los defensores del «diseño inteligente» tiendan a ser cristianos fundamentalistas indica claramente que los ateos como yo debemos examinar de cerca sus teorías. Pero no constituye una prueba efectiva del argumento. Del mismo modo, el hecho de que los universalistas multiculturales abracen ideas estrechamente relacionadas con las de sus propios antepasados cristianos podría explicar, si esas ideas estuvieran desvinculadas de la realidad, cómo llegaron a ser tan populares y a tener tanto éxito. Pero no contribuye en absoluto a demostrar el si.

Así que me ha parecido que sería interesante echar un vistazo al principal filósofo político del universalismo liberal: John Rawls. En concreto, Rawls es un teórico de la justicia social, uno de mis «cuatro puntos» del criptocalvinismo.

En realidad, no sólo quiero echar un vistazo a Rawls. Quiero su cabeza para la repisa de mi chimenea. El problema es que tantos escritores han desacreditado a Rawls tan completamente —el tratamiento de Nozick es quizás el más exhaustivo— que lo mejor que alguien puede esperar ahora es una copia china barata. No obstante, participaré en este ritual de decapitación como si realmente importara.

Mi argumento es que Rawls no es un filósofo, sino un ministro [de la fe]. Como sus antepasados calvinistas, intenta establecer el reino de Dios en la Tierra. A diferencia de ellos, él no lo admite. La idea básica de mi ataque es hacer explícito el aspecto cristiano de la teoría de Rawls y observar hasta qué extremo tiene más sentido el rawlsianismo bajo esta luz, y cuán poco sentido tiene cuando retiramos esa misma luz.

Lo primero que advertimos de Rawls es el título de su famoso libro, Una Teoría de la Justicia. Como ya he mencionado antes, no es sólo arrogante, sino activamente orwelliano. Durante aproximadamente los últimos 2500 años, la palabra justicia y sus diversos predecesores indoeuropeos han significado «la ejecución exacta de la ley». Rawls no está más interesado en la ley que yo en la doma de caballos, y cuando redefine la palabra justicia para significar, efectivamente, rectitud, uno nota con cierta consternación que está confiscando un sustantivo sin sinónimos existentes. Pero quizá fue decisión del editor; quizá Una Teoría de la Rectitud sencillamente no habría tenido tanto éxito.

La segunda cosa que notamos de Rawls es que es un escritor increíblemente aburrido y pomposo. Tiene una sola idea, y la repite hasta un extremo que es sencillamente increíble. La mala escritura es preocupante en cualquier defensa del statu quo, porque no pasa la prueba del ogro de Auden. Pero, de nuevo, esto no es concluyente.

Así pues, examinemos más de cerca la idea de Rawls, el famoso velo de la ignorancia. Pero probémosla en el contexto en el que tiene más sentido: el reino de Dios en la tierra.

Supongamos que Dios existe. Supongamos que es omnipotente, omnisciente e infinitamente benévolo, y que emplea un número arbitrario de ángeles para cumplir sus perfectos deseos. Si eres tan ateo que no te lo puedes ni imaginar, imagina a Dios como un extraterrestre con acceso a tecnología alienígena infinita.

Dicho extraterrestre acaba de llegar al Sistema Solar y desea establecer su reino en la Tierra, quizá por su ecosfera de base acuática, su clima templado y su excelente chocolate. Como, de hecho, es Dios, los detalles de implementación no le preocupan. Y como es infinitamente benevolente, quiere lo mejor para todos. Y por eso le consulta a John Rawls.

Rawls le dice que la sociedad ideal será la que elijan unos seres humanos arbitrarios que no son conscientes de la posición que van a ocupar en esa sociedad. Así, por ejemplo, un rawlsiano podría preguntarse: ¿quién debería cobrar más, un piloto de NASCAR o un camionero? El observador tras el velo de la ignorancia probablemente dirá que el camionero debería cobrar más, porque conducir en las 500 Millas de Daytona es tremendamente divertido, y transportar un cargamento de sofás de Chicago a Las Vegas no lo es en absoluto. A menos que se pague más al camionero para compensar esta desigualdad, estará relativamente en desventaja, un resultado que el observador (que no puede tener ninguna razón para no temer que se le asigne este papel) tratará de evitar.

Este planteamiento tiene un aroma casi medieval y puede dar lugar a infinidad de entretenimientos intelectuales. Por supuesto, ni siquiera John Rawls puede deducir el «debería» del «es», y no hay ningún motivo racional para preferir su definición de una sociedad ideal a la de cualquier otro. Las éticas son fundamentalmente estéticas. Pero hay una claridad y una belleza en la teoría rawlsiana de la rectitud que la hace estéticamente muy atractiva, y desde luego no puedo imaginar ninguna solución al mismo problema que me resulte más satisfactoria.

La dificultad, por supuesto, está en el planteamiento. Lo que Rawls ha llevado a cabo es una hermosa hazaña de desorientación. Su problema imaginario está diseñado casi a la perfección para apartar la atención del hombre racional del verdadero problema.

En el reino de Dios en la tierra, a Dios le resulta muy fácil asegurarse de que a los conductores de la NASCAR se les pague menos que a los camioneros. Nadie puede desobedecer a Dios. Él nos asigna nuestros papeles, dirige cada uno de nuestros movimientos. Si Dios te dice que gires a la izquierda en el próximo semáforo, no te desvías a la derecha.

La pregunta es: ¿qué relevancia tiene esto para el verdadero problema de gobierno? La respuesta es: ninguna. Como dijo Madison, si los hombres fueran ángeles, no necesitaríamos gobierno de ninguna clase. En el reino de Rawls, no somos ángeles, pero estamos gobernados por ángeles. El gran problema de ingeniería, que consiste en diseñar un sistema en el que los humanos falibles puedan gobernarse unos a otros y llevarse bien, simplemente no existe en la filosofía de Rawls.

Por supuesto, Rawls no dice esto. Sólo lo fomenta. Al establecer un ideal de justicia que sólo el gobierno divino puede alcanzar, Rawls proporciona la distracción perfecta para ayudar a sus lectores a olvidar que, en realidad, los hombres sólo son gobernados por hombres, y la historia sólo conoce dos tipos de gobierno: los basados en la ley y los basados en la violencia.

Por ejemplo, en el ejemplo NASCAR-camionero, ¿qué tipo de ley garantizaría un resultado rawlsiano? ¿Tendríamos controles de salarios y precios, al estilo Nixon? El aroma a cristianismo medieval es inconfundible. Casi se pueden saborear las leyes suntuarias.

¿O habría siquiera leyes? En consonancia con su derogación de la mera justicia formalista, la filosofía de Rawls es profundamente antijurídica. El problema del velo de la ignorancia ni siquiera pretende una solución objetiva que pueda ser acordada de forma fiable por múltiples partes en conflicto.

Si estuviéramos gobernados por el dios rawlsiano, que resuelve él mismo el problema del velo de la ignorancia e impone la respuesta por pura fuerza angélica, sería encantador. Pero en el reino de los hombres, cuando diferentes hombres tienen diferentes definiciones de «justicia», tienen una conocida tendencia a pelearse por el resultado. No es sólo que la rectitud cósmica y la ley coherente y objetiva sean cosas diferentes. Es que son activamente opuestas. Las normas arbitrarias cuya derivación es enteramente histórica, pero cuyo resultado es absolutamente claro —como los títulos de propiedad— son a menudo la única forma de definir un consenso en el que todos puedan estar de acuerdo pacíficamente.

En otras palabras, el rawlsianismo sin el Dios rawlsiano es una receta casi perfecta para la fricción. No es de extrañar que en el siglo XX casi 100 millones de personas fueran asesinadas en diversos intentos de construir utopías igualitarias. No se puede culpar a Edward Bellamy por no haberlo sabido, pero sí a Rawls, y yo lo hago.

El diseño de sistemas jurídicos es un problema de ingeniería. Cuando subestimamos este problema, cuando lo sustituimos por un sucedáneo religioso o cuasi-religioso, o cuando buscamos niveles de perfección que sólo son alcanzables mediante la intervención de espíritus benévolos, invitamos al desastre ingenieril. El propio Rawls tuvo la suerte de vivir toda su vida en un país gobernado, aunque imperfectamente, por algo que todavía se parecía al imperio de la ley, en el que «justicia» todavía significaba justicia y no rectitud celestial. Pero no todos han sido tan afortunados.

(Publicado el 28 de junio de 2007)

 

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