lunes, 5 de septiembre de 2022

Volks Bar Brighton. Get The Water

 

 
 









 

 
 

 



La suerte del Campeón

 

La lágrima de Ancelotti por Casemiro


Ignacio Ruiz Quintano

Abc


    Los tontos útiles del Relato han recibido el sorteo de Champions al grito de “¡Qué suerte tiene el Madrid!” y acompañan en el sentimiento a Xavi, que no ha dudado al proclamar que su grupo es “el más duro de la historia”, porque el Barça de Pedri está emparedado entre el Bayern, eliminado hace unos meses por el Villareal sin despeinarse, y el Inter, al que el Madrid despachó como un trámite en la oficina del Catastro en Milán y en Madrid.
    

El sorteo podría repetirse, como hicieron el año pasado para trolear al Madrid, pero la Uefa de Ceferino, el cursi que da la mano levantando el codo como los perros la pata para el meo, en vista de cómo salió la jugada, no querrá tentar otra vez a la suerte.
   

 El Campeón tiene la suerte del campeón, que, precisamente porque se trata del Campeón, consiste en enfrentarse siempre a un equipo inferior a él. Palabra de Pero Grullo. Para el Madrid, como para los antiguos griegos, la suerte no es el azar: la suerte es la revelación de la voluntad divina, el lado bueno de la historia, que con toda la razón del mundo decía Courtois: el hombre que la suerte ha designado, enseña Platón, es caro a la divinidad. Almeida, ese alcalde dedicado, según confesión propia, a “hacer sufrir a los bastardos rusos” (yo creo que quería decir “boyardos”), se tomó por lo personal la franqueza de Courtois, y aprovechó la Fiesta de la 14 para reñir al portero belga, que ya son ganas de reñir.
    

Hay siempre una suerte que favorece “y gente que tiene suerte”. En el fútbol, que es de lo que hablaba Courtois, esa gente es el Madrid. Su contrapunto sería el Atleti, “el Pupas” de Calderón. Ruano lo explica de una manera bellísima: la tragedia requiere, por lo general, un ambiente trágico, una ridícula lucha de los últimos y débiles elementos de la felicidad contra la desgracia que llega.
    

Si de un salto se coloca uno más allá de la desgracia y se echa a dormir, la desgracia no suele clavarnos el diente, pues lo de cerrar los ojos para que no nos vean no es ninguna tontería. Posiblemente no nos puede ver sino aquél a quien vemos.
    

Es una forma literaria de decirlo, pero si Reina y Courtois hubieran cerrado los ojos, Schwarzenbeck en Bruselas y Sergio Ramos en Lisboa no les hubieran clavado los dientes. ¿Hay acaso menos literatura en la consigna idiota según la cual el Madrid ha tenido suerte en el sorteo, viniendo, como viene, de ganar la mejor Champions nunca vista?


    Lo que la culerada de Xavi llama suerte, la Uefa de Ceferino llámalo “fuerza oculta”, como si el triángulo Modric-Casemiro-Kroos (“el triángulo de las Bermudas” de Ancelotti) fuera en realidad una movida masónica, con Modric llevando el compás, Casemiro el mandil y Kroos el cartabón. A Kroos ese cartabón le ha valido el señalamiento con el dedo de Hoeness, presidente de honor del Bayern, que ve “horizontalidad” en su fútbol de limpiaparabrisas (Hoeness no vio a Netzer). Al leer la pulla de Hoeness, me ha venido a la memoria la imagen de Lionel Johnson, poeta inglés muy amigo de Santayana y los Russell, que un día, señalando al distante horizonte, dijo con tristeza:
    

Todo lo que está encima de esa línea está bien, todo lo que está debajo está mal.
    

Kroos, en efecto, ha marcado con su cartabón el bien y el mal del fútbol madridista durante todos estos años, y por eso a estas alturas apetece tanto la alegría de jugar al fútbol que trae Camavinga. ¿Suerte, el Madrid? Si el Madrid tuviera suerte, ahora de “suplente” de Benzemá, en vez de a Mariano, tendríamos a Halaand, cuyos goles en el City los del Relato no se los apuntan a la habilidad de Halaand, sino al futbolín de Guardiola, que no es obra de Guardiola, sino de Harold Searler Thorton, aparejo que este año cumple un siglo.


    Para el Relato, sin embargo, Guardiola inventó el futbolín, y Xavi, el “fúpbol”, circunstancia que haría de él un Napoleón del balompié. Por cierto, que, a lo largo de su carrera, el pequeño cabo corso, antes de decidir si elevaba a general a uno de sus oficiales, preguntaba a sus amigos y compañeros si era hombre “con suerte”. Y la mujer más extraordinaria que Stendhal viera nunca sostenía que Napoleón mantenía una fe supersticiosa en la fortuna hasta el punto de no permitirse avanzar sin ella:


    –El día que sintió que el infortunio se apoderaba de él, dejó de luchar y desde el momento mismo en que su destino se torció, se desentendió del de Francia.
    

A lo mejor es verdad que Xavi es Napoleón, y al verse en el sorteo (¡señal de infortunio!) entre el Bayern y el Inter se prepara mentalmente para desentenderse de Culerlandia.
 


Cogitación
SergioRamos


 MÁS FEO QUE EL HAMBRE

    ¿Por qué Chiellini, siendo “tan feo”, ha podido ligar tanto? Responde el propio Chiellini (no olvidamos su pirula en los penaltis al pobre Jordi Alba) en el diario alemán Bild: “Por ser futbolista”. El periodismo hunteriano, que pasó silbando sobre el portátil de Hunter, fingió escandalizarse como una beata con rosario de cuentas de lapislázuli cuando salió una conversación privada robada a Trump (“conversación de vestuario”) en la que el futuro presidente le contaba a Billy Bush que, “cuando eres una estrella, te dejan hacerlo”. Chiellini: “Soy más feo que el hambre, pero el ser futbolista exitoso me ha ayudado a conquistar más mujeres”. ¡Chiellini ha dicho Jehová!
 
[Lunes, 29 de Agosto]

Guía de alcorques madrileños (en el mismo día y sin salir del barrio)

 

Clásico

Con palomas


 
Ecológico
 
Con lechugas
 


 
Divertido
 
Con cerves
 

 
Narcisista
 
Con espejo


 
Tranquilo
 
Con silla
 
 

Marsupial
 
Con bolsas de comida para los manes
 
 

 
Futurista

Con jardín zen y buenas vistas
 
 

 Transición
 
Con señal de moderación... y saco para las perras
 
 

 Sintoísta
 
Con salsa japonesa
 
 

Imperio
 
Con sillón Robespierre
 



Luxury
 
Con flores y jardín

Exclusivo para cánidos alto standing
 

Lunes, 5 de Septiembre

 


Melville

domingo, 4 de septiembre de 2022

Camino Portslade

 





 






Remembranzas trevijanistas XIX


Brindis de Morante a Trevijano en Las Ventas

 

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica


Pasiones de Servidumbre, en fin, fueron la descripción fisiológica de la glándula pineal del actual régimen español. Sus páginas nos ponen en contacto con los espíritus (humores) partidistas que llegan al poder político; son el centro de una clara “dependentiainhaesiva”, por seguir con la alegoría cartesiana. Trevijano ha sabido encapsular el “géniemalin” de la Transición, causante de tantos actos criminales y desolación moral. Si bien ya desde Montesquieu la filosofía política había vinculado las pasiones a las naturalezas de los distintos sistemas de gobierno –y nadie como Platón
, se había hecho necesario fijar los contenidos conceptuales de aquellas pasiones ya estudiadas y otras nuevas que la evolución social y el desarrollo de las fuerzas de producción han hecho aflorar. Pues si el contenido conceptual de las pasiones de la época de Descartes y de Montesquieu era prácticamente monosémico e indiscutido, el vocabulario pasional del mundo actual, en virtud de las interesadas connotaciones epocales, históricas y políticas, estaba extremadamente borroso, y se hacía inevitable una redefinición de las pasiones que las volviera a vincular con su sistema de gobierno propio.

Muy pocos hombres he conocido con el amor (o pasión) a la libertad que tenía Antonio García-Trevijano, a quien su causa lo dominaba por completo. No más de cinco o seis. Son hombres que a su vez apasionan a los amigos de la libertad haciéndose cristalinos. En realidad, es la propia libertad quien hace reconocerse a sus amigos en una misteriosa anagnórisis. Y también es la propia libertad quien hace a sus devotos absolutamente incomprensibles a las almas ápteras y tullidas de los esclavos y servidores por naturaleza del poder. El gen de la libertad no está ínsito en todos los hombres. Como diría el propio Trevijano: “¿Qué pintor dialogaría sobre colores con un ciego? ¿Qué ave del paraíso sería más atraída por el canto lejano de la libertad que por el aleteo de su corto vuelo sobre el parvo jardín donde su plumaje deslumbra?” (pág. 271). No hay nada más hermoso ni más humano que ser libre. Sólo el hombre libre puede despreciar la dureza de la vida a la que le someten los bellacos esbirros del poder. Cuando me encontraba con Trevijano (o con García Calvo, o con Joaquín Navarro, o con Agustín Andreu) recordaba siempre aquellas palabras de Cicerón: “¿Qué es pues la libertad? La facultad de vivir como se quiera. ¿Y quién es el que vive como quiere sino el que vive bien? El que se complace en su obligación, el que ha estimado y resuelto una forma de vivir, el que sólo obedece a las leyes, no por miedo, sino porque las acata voluntariamente, aquél que nada dice, nada hace y, finalmente, nada piensa, a no ser por gusto y libremente; todos los consejos del cual y todos los asuntos que lleva a cabo salen de él mismo y a él se refieren, y tampoco existe ninguna cosa que pueda más para él que su propia voluntad y su propio juicio. Aquél a quien la misma Fortuna, que tanta fuerza se dice que tiene, cede; como dijo el sabio poeta: “Cada uno se hace su fortuna por sus costumbres”. Pues sólo al hombre libre sucede el no hacer cosa alguna contra su voluntad, nada por dolor, nada por fuerza.” (Paradojas, 5, 33-34).

Si un día las Musas que se solazan a las faldas del Monte Piero quisiesen prohijar amorosamente un Stendhal español que reflejase en otro Rojo y Negro los caracteres principales que han circulado por la Transición española, este gran escritor debería sin duda penetrar en el interior de las páginas de Pasiones de Servidumbre para sacar el barro con el que modelar con verosimilitud psicológica y rigor histórico las figuras de la Transición que vayan a transitar por sus narraciones. Ya decía Boileau: “Estudiad las costumbres tanto de los siglos como de los países: los ambientes hacen con frecuencia los distintos humores”. En ese sentido, Pasiones de Servidumbre se puede también estudiar como una manual de retórica.

Pero Antonio no sólo estudió y expuso el contexto sentimental de la Transición a la luz de las pasiones, sino que también reconstruyó en sus libros y, sobre todo, en sus artículos, el contexto de la mentalidad colectiva donde triunfó la Reforma y fracasó la Ruptura. El 10 de febrero de 2001, en su columna de Otras Razones, escribió lo siguiente: “Martín-Miguel Rubio, en su acertado artículo sobre “La Transición de Polibio” (La Razón, 4/11/2000), ha definido bien cuál es mi actual propósito. Pues lo que trato de hacer aquí es, precisamente, la historia pragmática de la Transición, revelando hechos silenciados y valores inconfesados, contra las historias legendarias y apologéticas que pretenden justificarla como mitos ilusos y falsos argumentos morales.”

Se estuviese de acuerdo o no con las afirmaciones que sostenía el bueno de Joaquín Navarro, con lo que siempre estaba de acuerdo era con su inquebrantable actitud ética de decir sólo lo que su corazón sentía y su cabeza verdaderamente pensaba. Y esta actitud es tan inusual y extraña en esta oligarquía mafiosa de intereses tangibíllimos –v. gr. protervos Ferreras/Inda– que la especie cívica a la que pertenecía el juez Navarro debería ser la más protegida en toda aquella sociedad que quiera asentarse en la libertad. Cosa ésta tan difícil que ya Tácito la veía lleno de pesimismo: “Rara temporumfelicitate, ubisentirequae velis et quaesentiasdicerelicet”.

Aznar no sólo no debió dejar que se persiguiera a ciudadanos como Joaquín, sino que fiel al If de Kipling, sentirse orgulloso del país que gobernaba, porque milagrosamente en él todavía había ciudadanos tan incoerciblemente libres que le decían siempre cuando “había metido la pata”, que los gobernantes también meten la pata, y sin ningún tipo de interés político o personal, sólo movidos por el interés moral de su propia conciencia. Pocos jueces han escrito tan bien y con tanto humanismo sobre el tratamiento de los delincuentes menores como Joaquín Navarro. Las contestaciones con las que en aquel programa de “Negro sobre blanco” Aznar respondía a Fernando Sánchez Dragó nos revelaron el enorme aprecio que el presidente Aznar sentía por la cultura y las humanidades, sin duda alguna heredado de la atmósfera de la casa paterna, y las inclinaciones liberales de las que su espíritu parecía estar imbuido, que hunden sus raíces también en el entorno doméstico. Por eso no entendíamos que Joaquín Navarro fuera perseguido precisamente por la fiscalía de la Audiencia Nacional, a consecuencia de sus opiniones políticas, tan legítimas como las de cualquier otro ciudadano, a no ser que el denso entorno de cobistas flabelíferos que oleaginosamente circundaron a Aznar no dejó distinguir al Presidente lo blanco de lo negro. Recuerdo que en una comida de los Cursos de Verano de la Universidad de Santander se encontraba en el comedor Aznar, y en cierto momento todo el mundo guardó silencio porque el presidente iba a contar un chiste. El chiste era malísimo y el que lo contaba no tenía nada de gracia, pero todo el mundo rió con tal pleitesía que al final yo mismo reí sinceramente por la situación. De todas formas, un gobernante liberal y honrado, como lo era Aznar, debía saber que mientras los críticos le obligan a mantener siempre alerta su inteligencia y en formas los músculos del espíritu –“la crítica es la piedra que aguza el espíritu”, que decía Horacio
, los corvinos aduladores –kórax/kólax– le hacían siempre persistir en el error y le llenaban de grasa pesada el cerebro, al llamar a veces genialidad política lo que sólo era una metedura de pata. Era preferible la rotundidad crítica del inolvidable Joaquín Navarro, por destemplada que nos pudo parecer a veces, que el canto aleluyáticojabonoso de las ranas y los cuervos. Estoy convencido de que Aznar ha sido el presidente español más honesto. Lo decía su mirada tímida y el recelo ruboroso de una honestidad que desconfiaba de “las tablas”.

[El Imparcial

Domingo, 4 de Septiembre

 

 

Félidos

"Todo aquél de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío"

DOMINGO, 4 DE SEPTIEMBRE

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo:

-Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no pudo acabar”. ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que lo ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Así pues, todo aquél de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.


 Lucas 14,25-33

sábado, 3 de septiembre de 2022

Get The Water. Live At The Blue Anchor

 


El Origen del Mundo

 

Courbert

Calle de Santiago Bernabéu

Vida del pintor Bonifacio. Cubismo desamparado I

  


BONIFACIO

Turner, 1992

Ignacio Ruiz Quintano

 

CINCO
 

Cubismo desamparado I


Con molestia de referirlos, Bonifacio ha recordado los incidentes de su vida de buscón en la posguerra, aquella época de egoísmo en que las hazañas eran la tarea de un hombre solo, cuando un hombre solo ¿qué podía hacer?

Su historia, hasta aquí, parece sacada de alguno de aquellos cuentos vascos de la tradición oral recogida por un capellán anglicano y cuyas historias tenían todas el mismo comienzo: “Había una vez una madre que tenía un hijo, como tantas otras en el mundo. Eran muy pobres, y cuando el chico se hizo un poco mayor, dijo que quería abandonar su casa para hacer fortuna. Así que un día se marchó, y viajó durante días y días, hasta llegar a un bosque…” (Luego, en los bosques, estos héroes se encontraban con viejas que les revelaban extraños enigmas o con princesas que los conquistaban mediante el señuelo de un castillo encantado, y como vivieron bien, murieron también bien. Pero, entre medias, todos estaban condenados a trabajar tesoneramente de sirvientes para amos inescrupulosos u ogros ciclópeos.)

Ayuno de gloria, aunque ahíto de toros, de juerga y de flamenco, Bonifacio abandona Sevilla y regresa a San Sebastián, a la portería familiar, un chiscón muy pedido porque permite vivir en el centro sin necesidad de pagar alquiler, y aquí vive con su hermana, con su madre y con su abuelo, el guardia de asalto retirado, que es de Ávila y poco amigo de juramentos, quitando un pésete con que daba a entender que algo lo importunaba, en contraste con la boca de hacha de Bonifacio, que sólo concibe la blasfemia como signo de puntuación, no como acto de fe.

Bonifacio pinta en la cocina. Una vez se puso a pintar un Cristo cubista, y toda la familia se tropezaba en el cuadro. De aquellos días, Bonifacio se ha quedado con la cara del abuelo, que lo miraba de reojo, mientras pintaba y se preguntaba qué estaría pensando el abuelo, que había sido guardia de asalto, de un nieto que hacía cubismo con los Cristos.

Si para Cézanne toda la pintura era ceder al aire o resistirlo, ceder a la mirada del abuelo o resistirla es en este tiempo toda pintura para Bonifacio, forzado a resolver el problema de su Cristo cubista –animación de una superficie plana– en el chiribitil de una portería donde sólo se puede entrar vacío de geometría.

Por su forma de mirar al cuadro, el abuelo abulense de Bonifacio era de los que creen, como Baroja, el gran fisgón de las porterías, que la obra hecha con manchas, con puntos o con rayas no tiene una gran influencia en la vida, con lo que la estancia del Cristo cubista en el hogar familiar termina por hacerse tan llevadera como la de cualquier huésped excéntrico, pero reservado, y el Cristo permanecerá acogido a la caridad de este benéfico pupilaje hasta que Bonifacio decida presentarlo a algún concurso de pintura como quien se presenta a unas oposiciones a notarías.

Quién sabe si por la emoción o por la fe, el caso es que este Cristo de los desamparos cubistas obra al final el gran milagro en la incipiente vida artística de Bonifacio, que en 1955 obtiene con el cuadro el primer premio de pintura de San Sebastián, y con pasmo del abuelo, que siempre había tenido a su nieto por un chiflado, si bien un chiflado de los modernos, que hacía cuadros que eran un puro disparate.

Es el año, también, de su mayor éxito taurino, el de las cuatro orejas y un rabo. Bonifacio traba cierta amistad con Antoñete y con Chillida, que vivía en el Hotel Biarritz, el de los relojes, e ingresa en la Escuela de Artes y Oficios.

Lo que pasa es que Bonifacio es un anarquista de la pintura, y en la Escuela de Artes y Oficios, donde pretenden instruirlo en las reglas del paisaje, no admiten que Bonifacio defienda que el mar y el sol son más importantes para los niños raquíticos que para el arte. En la Escuela, los ejercicios siempre son los mismos, y un día que los alumnos deben copiar el Moisés de Miguel Ángel viene el director y expulsa del centro a Bonifacio, porque el Moisés hay que dibujarlo completo y Bonifacio ha hecho un Moisés “a cachos”.

Bonifacio es feliz en esta tregua de su infortunio, y para sostener el estómago, centro primario de todas las emociones, Bonifacio, que nunca ha tenido ese aire francachelista de los artistas modernos, se hace pintor de brocha gorda, aunque para su entretenimiento lleve consigo un cuaderno en que dibujar las estatuas de escayola, y entonces aprende a hacer letreros que imitan al mármol y al roble, con lo cual se le amontonan las ofertas de empleo en el prometedor negocio de la publicidad, que se ha puesto de moda.

 

 
 

Nadie venga a Madrid vacío de geometría

 

 



Calles Padilla / Velázquez

Sábado, 3 de Septiembre

 

Misterios madrileños

viernes, 2 de septiembre de 2022

Pupila y muñeca

 


Ignacio Ruiz Quintano

Abc


    Pupila y muñeca: el periodismo, según Ruano ("¡Silencio, gitanas!")
    

La única inteligencia brillante (“divina”, diría el Aretino) que uno haya visto en el periodismo fue José-Miguel Ullán (“¡un chinche!, ¡un chinche!”, me gritaba Elena Soriano en su casa del Viso al sacar su nombre a relucir), cuyos artículos “dieciochescos” (¡18 años!) salen ahora reunidos en “Vivir a manos llenas. Periodismo de juventud”, más otro libro de lecturas ullanianas de Miguel Casado.
    

Sin pupila (Arte) y sin muñeca (Poesía), no hay periodismo que valga, hoy inexistente. A la pregunta “a dónde va el arte” respondía Ullán ya en el 94: “Más que ir, vuelve. Vuelve a lo suyo; al no saber adónde va”. El escribir sólo consiste en escuchar: “Cuando todos opinan de todo, alguien debe reservarse para escuchar”.
    

En agosto del 79, uno, becario al fin, reparó en el nombre de Ullán con su réplica “El periodista y la condesa” a Rosa Chacel (la novelista lucía de condesa en un rodaje), que publicó en “El País” una protesta de cinco folios por la entrevista que él le hiciera y en la que ella se fue de la boca con Alberti. Cita exacta: “Más vale olvidarlo [a Alberti]. Era una belleza; y ya ve lo que es hoy. Intelectualmente, algo semejante ha debido ocurrirle.”
    

Me acuerdo –replica Ullán– de su ancha sonrisa maliciosa cuando me habló de Alberti. Me acuerdo que también me habló de Lorca (parcialmente salvado) y de Aleixandre (puesto a caldo), de Marguerite Duras (desdibujada) y de Buñuel (“de vez en cuando”)... Recuerdo todavía que el elogio que hiciera de María Zambrano me costó Dios y ayuda. Que dijo no leer casi nada ni seguir el actual proceso de las artes plásticas
    

Fue un deslumbramiento. El oficio me privilegió con el alterne/trasnoche ullanesco en el Madrid gongorino de infame turba de nocturnas aves, y todo, para mí, era escuchar al ser a la vez más “malo” (¡inteligente!) y más tierno que haya conocido.
    

Se atreve usted, en cambio, a ver al periodista como ladrón de ceniceros –remata Ullán su réplica–. Cuando no se hace honor a la palabra osada, cabe, sí, recurrir a la ceniza. Mis excusas, condesa. Los ladrones no llaman dos veces.
    

Ahora, al mirar lo que se viene (España vive la época culturalmente más tirada desde Atapuerca), aún se hace más grande lo que se fue: ese Ullán, pura finura (y afiladura), apropiándose (pupila y muñeca) con 18 años de la cultura madrileña (del 62 al 66) para un diario de provincias: Ruano, Ramón, Berlanga, Updike, lo “beatnik”, Rocío Dúrcal, García Nieto, Rulfo, Borges, Aleixandre, Claudio Rodríguez, Valente, y entrevistos, Buero (“todo mi teatro trata de cegueras”), Gerardo Diego (“el periodismo, a la postre, lo ‘arregla’ todo”) o Vargas Llosa y el “realismo arrollador, sugestivo y palpitante” de “La casa verde”, con “raids” ideológicos propios de la edad sobre Lukàcs, Brecht o Gramsci.
    

Recordar es subir una cuesta, es revivir, remontarse.
    

¡Silencio, pelanas!

[Viernes, 26 de Agosto]

Lecturas del día

 



Morata de Tajuña

Viernes, 2 de Septiembre

 

Trepas

Felicidades a Márquez

 


CLICK

jueves, 1 de septiembre de 2022

Primero de Septiembre Madrileño

 

Arrojar la cara importa...

 

...que el espejo no hay por qué

 

 

Liga


Paz



Libertad



Más que la luna, bella, postrados a tus pies

Vida del pintor Bonifacio. Cuatro orejas y rabo

 


BONIFACIO

Turner, 1992

 Ignacio Ruiz Quintano


CUATRO
Cuatro orejas y rabo



Bonifacio siempre dice: no hay nadie como Dios. Y en los toros sus sueños son torear como Ordóñez y enriquecerse como Manolete, el torero de los pases engañabobos –aquellos que terminan en ina o illa–, pero que ha llevado el toreo a uno de sus momentos de mayor decadencia artística y de mayor rendimiento económico.

Es la época en que los toreros imponen la costumbre de pasar cerca del toro, y Bonifacio, que es partidario de dejar que sea el toro el que pase cerca del torero, tiene tiempo de aprenderse de memoria el catecismo del paseíllo: se torea y se baila con la cintura, y para eso hace falta el garbo que sólo es propio de algunas razas ágiles y flexibles, como los gitanos, que son los que mejor saben que torear es estar con, y que estar contra no es torear.

Ocurre, sin embargo, que los toros, y esto lo ha dicho Rafael de Paula, son como los hombres: “Unos te dejan que hables de ti, y otros no”. Algo de sangre gitana que le dio una abuela gaditana corre por las venas de Bonifacio, y los toros sólo lo han dejado hablar una vez en su vida: sucedió una tarde de 1955 en la plaza de San Sebastián, cuando Bonifacio, que antes había sido monosabio, cortó como matador cuatro orejas y un rabo.

Bonifacio se anunció en el cartel con Manuel Calero Calerito y con Rafael Sánchez El Saco, sobrino de Manolete. Era una novillada asesina, con picadores y muy gorda. Bonifacio recuerda que en el callejón, mientras Calerito y El Saco despachaban sus lotes, él no paraba de beber agua para quitarse el miedo, un miedo que le secaba la lengua y que no había sentido ni cuando actuaba de monosabio y Antonio Bienvenida le hizo un quite que le salvó la vida.

Los novillos no valían mucho, aunque Bonifacio dice que embestían como chavales. Titubearon en los caballos, y no recibieron castigo. Al citarlos de frente, con la muleta alta en la mano izquierda, los novillos pasaron alrededor de Bonifacio una y otra vez, hasta que con un buen remate de espaldas los dejó listos para la muerte.

No es fácil educar a un toro para la muerte. Si la educación no ha sido la adecuada, el torero corre el peligro de echar a perder en esa suerte, la suerte suprema, todos los logros de su faena. Bonifacio había soñado con un lote de embestida recta y sin desvíos para poder ejecutar esos lances simples y preciosos que se ejecutan aprovechando el viaje del animal, pero sus novillos, broncos, no tenían otro arreglo que no fuera alentarlos dejándolos pasar cada vez más cerca. Este toreo no suele ser atractivo, pero siempre conmueve, y el público estaba tan apasionado que Bonifacio, al entrar a matar, ni siquiera quiso ver los pitones: “Yo lo que quería –dice– era meterle un bajonazo y cazarlo, claro”.

La primera vez, Bonifacio entró a matar con los ojos cerrados, y supo que el novillo estaba muerto cuando se vio los dedos de la mano llenos de sangre, porque el estoque había penetrado hasta el pomo, y en el rincón de Ordóñez. Le dieron las dos orejas y el rabo.

La segunda vez, Bonifacio bajó lo más que pudo la muleta, apuntó hacia el rincón mortal, y, sin mirar los cuernos, salió entre ellos con violencia y sin espada, mientras el novillo exhalaba su último y espeso aliento. Le dieron las dos orejas, y salió de la plaza a hombros.

Bonifacio cree que lo que el público aplaudió aquella tarde con tanto entusiasmo fue el valor: “Bueno, el haberme quedado quieto –dice– ante aquellos dos bicharracos. Eso aplaudieron”. Con cuatro orejas y un rabo.

Cuatro orejas y rabo es el título del libro –el único libro– en que Bonifacio ha recogido todas sus impresiones taurinas, la grotesca verdad de la tauromaquia. Es un cuaderno de dibujos macrabizados que Bonifacio dedica a los autores de las palabras que le han inspirado sus dibujos de tauromaquia a lo largo del tiempo: Eugenio Noel, Gregorio Corrochano, Rafael Alberti, José María de Cossío

Bonifacio se asoma en ese libro a los ojos de los toros, y en cada visión lee como en silabario una jaculatoria. Es un cuaderno de emociones estéticas que ve la luz en Cuenca, editado por el Museo de Arte Abstracto Español, en 1973. Fernando Zóbel, su mecenas, anotó: “No me acuerdo muy bien de cómo surgió la idea del libro. Lo que sé es que desde el primer momento nos pareció extraordinariamente interesante la expresión gráfica del arte taurino por un pintor de categoría que antes había sido un torero de verdad”.

Hoy, a sus cincuenta y ocho años, Bonifacio ha estado a punto de volver por sus fueros, porque en San Sebastián se ha visto con Santiago Mayor El Barberillo, antiguo compañero suyo de cartel, que, con el pretexto de un homenaje, quería torear otra vez en Azpeitia. Dándole al chacolí, El Barberillo le ha dicho a Bonifacio que a la fiesta va a venir Antoñete, y, con el chacolí, Bonifacio ha pensado en vestirse un traje de corto que puede alquilar en Madrid, en la plaza de Tirso de Molina, con botos camperos y pañuelo gitano, para la fotografía y esas cosas, pero al día siguiente se despierta sin valor, considera que todo ha sido una bravata debida al pan con pimientos y al chacolí, y decide no hacerlo, “porque va a servir de choteo”, dice, “y una cogida, a estas alturas, aunque sea de un becerro, no es ninguna guasa”.

Bonifacio sabe que en los toros las epifanías son raras.

 

Jueves, 1 de Septiembre

 


La resaca