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jueves, 23 de septiembre de 2010

Los toreros "importantes" que van al roce con la pobre ministra de Cultura


José Ramón Márquez

Los grandes, dice la prensa, los grandes se reúnen con la Ministra de Cultura para hablar de los toros.

-Nuzotro zemos los toreros, Menistra -habría dicho el Rafael El Gallo.

Los toreros van a ver a la Ministra. Los toreros van al Circo Price a dejarse ver con la señorita Sinde, como si ella estuviese en la Plaza del Rey para ver a toreros que, total, a ella qué más le dan. Entran y ella les tiende la mano uno a uno:

- Señora Ministra -dice July.

- Hombre, July, ahora que le veo más de cerca, ya entiendo la razón por la que arrastra tanto la muleta. Eso es algo realmente importante.

- Señora Ministra -dice Ponce.

- Mi querido Enrique, ya me gustaría a mi poder ver a Ray Loriga trayendo una bandejita de bombones Ferrero Rocher como esos que usted se zampa.

- Señora Ministra -dice Manzanares.

- Manzanares, amigo mío, debe estar usted apenadísimo por no poder practicar su amado golf a causa de ese desagradable tendón.

- Señora Ministra -dice Cayetano.

- Cayetano, cómo me gusta verle en los carteles de Loewe de Serrano.

-Señora Ministra -dice Morante.

- Amigo Morante, venga aquí sin cuidado que hoy, sabiendo que usted venía, me he dejado el reloj en casa, no tema estropearlo.

-Señora Ministra -dice Perera.

- Perera, por Dios, no haga esfuerzos.

- Señora Ministra -dice Tomás.

- Tomás, Tomás, por lo que más quiera, no me haga más locuras ahora que lleva también mi sangre en sus venas, que yo también fui donante espontánea cuando su herida en México.

Todos ellos llegan, con sus trajes de buen corte, a la Plaza del Rey, donde el Circo de Price, al mismo sitio donde vienen los pelmazos de los cineros a ronear sus cuartos para las peliculillas que nadie verá, donde vienen los libreros a por las pelas para los libros que nadie leerá, donde vienen los media-artists y sus curators a por la lana para pagar sus performances tan contemporáneas como ignotas. Allí aparecen los toreros, los pobres toreros con sus chismes a cuestas, sin los mozos de espadas ni los picaores, con su bagaje mal hilvanado de Picassos y Federicos, como si eso importase algo, a rendir pleitesía al que lleva la gorra, que en España se respeta muchísimo lo de la gorra, y a explicarse. ¿De qué? Si la Ministra no sabe nada de todo esto, si no sabe lo que es estar arañando encinas sin expectativas de contratos, si ignora lo que es la gloria de una plaza en pie aplaudiendo. ¿De qué pueden hablar? Si la Ministra fue al colegio que la llevaron sus papás y luego se dejó llevar; si ella es tan sólo otro absurdo producto de la ciudad, puesta ahí para vaya usted a saber qué. ¿De qué pueden hablar? ¿A qué van ahí los toreros?

-Al roce -diría el gran Rafael el Gallo.