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jueves, 30 de septiembre de 2010

La experiencia de Juan Muñoz



José Ramón Márquez


No hay quién se aclare con esto de la importancia, que le dieron el encargo al importante de convencer al pasmo de Galapagar para ir a la cuchipanda con la Ministra y ahora resulta que, después de darle al bombo con que July había convencido a Tomás para ir a ver la La Pequeña Sinde, resulta que Tomás ahora dice que nanay, que él pasa de eso, o sea, que no va. A estas horas, una multitud de funcionarios se agolpan en las ventanales del Ministerio de Cultura para contemplar la entrada en el mismo de July y de Morante, sin Tomás. Mi amigo H., coleccionista de relojes, ha abandonado la sede ministerial a toda pastilla por temor a que el taumaturgo de La Puebla le escacharre el Vacheron-Constantin que hoy lleva en la muñeca.
La verdad es que hay algo que siempre me ha gustado de Tomás, y es que pasa del circuito a mil por hora, que por no darle ni siquiera le daba entrevistas a sus propios Manolos del Bombo. A lo mejor ésa es la gran enseñanza que recibió del abuelo Celestino, que se había comido un montón de roscas a lo largo de su vida de chofer de toreros y tendría unos feos mininos en la barriga sobre el ambientillo que, sin duda, transmitió con nitidez a su nieto.
A veces es bueno que una persona inteligente tenga la fortuna de poder ser asesorada por otra que ha comprendido bien los mecanismos de la vida. Es lo que le pasó al desventurado Juan Muñoz, muerto tan prematuramente, con Santiago Amón, que le había contado tan pormenorizadamente el negocio del arte en España como para que supiese que si quería ser grande tenía que huir del pazguato panaorama de artistas, galeristas, críticos, coleccionistas y curators que había alrededor. Valdría la experiencia del gran escultor, muerto en la flor de la edad, para que se la aplicasen los toreros. Creo que tan sólo hay dos que siguen ese difícil camino, sólo apto para inteligentes, uno ya está dicho y el otro torea mañana.