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domingo, 22 de noviembre de 2009

TOROS Y GOLF CON LIMA AL FONDO

Lima, Perú


A Manuel Jesús El Cid, que hoy torea en Lima

CAPOTES DE GOLF

Agustín de Foxá
Abc, 7 de Enero de 1950

En la esmeralda, regada, del campo de golf de Lima, el mozo de espadas de Pepe Luis Vázquez ha extendido, sobre una mesa blanca para el té, los rojos capotes de brega.

Le veo trajinar, cepillarlos y frotarlos con agua desde mis ventanas del Country Club. ¡Y cómo resaltan!, sobre el verde plácido, deportivo, la seda colorada o morada, con el forro amarillo manchado de sangre seca. Habrá que cambiar el viejo título. Ya no es Sangre y Arena, sino Sangre y Césped. Es éste un abrazo de Vergara, entre el mundo español y los anglosajones; una tregua en la Leyenda Negra.

Ahí están, como alas de insectos, las sedas inertes, que el finísimo espada sevillano hace florecer en pétalos de verónicas, que se deshojan unas a otras, hasta el lánguido otoño de la media ceñida; o en falso muro de apariciones en la graciosa chicuelina; en rosa, ala, mariposa o abanico.

Y al fondo pasan los rubios secretarios de la Embajada británica con sus caddies, con la aljaba flechadora, mientras flamean (como pidiendo la oreja) las banderitas de los dieciocho agujeros sobre el green, suave como una nuca femenina.

Varias veces han estado a punto de desaparecer nuestras corridas de toros ante la sanción internacional desencadenada, tenazmente, por los anglosajones y entre los gritos lacrimosos de las Sociedades Protectoras de Animales.

Los países que dominan imponen sus costumbres y sus juegos. Tomamos el té a las cinco y jugamos al golf y al bridge, a causa del poderío de la flota británica. La atómica en manos de los norteamericanos ha extendido la Coca-Cola y ha puesto de moda el Cadillac. La derrota de Alemania ha quitado sabor a la Chucrut y velocidad a su Mercedes.

Cuando dominábamos los españoles, hubo toros en toda América, desde el norte de Méjico hasta Buenos Aires y Montevideo. Porque desembarcamos en Alhucemas, se dan todavía verónicas en Melilla. Si la Invencible hubiera llegado a Inglaterra, habría cinco grandes corridas de feria en la season de Londres.

Pizarro, Cortés y los demás conquistadores españoles (que se mezclaron con los vencidos y dejaron intacta a la América aborigen), han sido considerados como símbolos de crueldad y de codicia durante estos últimos siglos, de rapaces guerras coloniales, cipayos atados a la boca de los cañones, exterminio de pieles rojas y, finalmente, guerras por el petróleo, gases lacrimógenos y asfixiantes, campos de concentración, cámaras de gases y bombardeos atómicos o de fósforo líquido.

Porque uno de los más codiciables privilegios del vencedor es el de escribir a su modo la Historia.

Los toros fueron unidos a los conquistadores y a la Inquisición (contemporánea del inicuo proceso contra Servet y de la quema de brujas en toda Europa) en el tríptico de la España tenebrosa de El Escorial, tenebrosa, únicamente, por haber sido vencida.

En América pueden pactar los pueblos enemigos de la vieja Europa. Porque aquí están y viven los europeos, pero sin sus muertos y sin sus terribles mandatos; los ingleses no llevan encima, como un caracol, a Austerliz, o a la amenaza de la Invencible. Los franceses se han desintoxicado de Robespierre. Los españoles se han olvidado de Trafalgar y de la victoria de Mühlberg.

Algo parecido acontece con las religiones. Sin abdicar del dogma, los católicos conviven con los protestantes. Se hacen mutuas concesiones formales, con una amnesia, querida, de la Guerra de los Treinta Años.

Entre las "santarrositas" o picaflores, y esa planta de tiras rojas llamada "tripa de ganso" del golf, he visto ayer a un joven y rubio deportista, despechugado, con las mangas remangadas, terminar, sudoroso, su noveno agujero, beberse un Ginger Ale y luego darse una ducha. Era un fraile franciscano de origen canadiense.

Todos, en lo externo, han cedido un poco. Los toros han renunciado a los caballos desventrados y han aceptado el peto, a cambio de salir en tecnicolor en todos los cines del mundo.

Y la monja de Las campanas de Santa María, para hacer oír los salmos en Hollywood, ha tenido que aprender algunas fintas de boxeo.

En un mundo agrietado por el odio puede ser una esperanza ese saludo que bajo el azul cielo limeño se hacen el caddy de los ingleses y el mozo de espadas de Pepe Luis Vázquez.