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viernes, 27 de noviembre de 2009

LA GRAN DECEPCIÓN SEVILLANA DE VICTORINO

Ferdinando hace el avión


José Ramón Márquez


Desde el otro día llevo dándole vueltas a lo de la encuesta ésa de la decepción, la que proponía la pregunta de que cuál había sido la mayor decepción de la temporada pasada. Pues yo, venga a darle vueltas, y voy a decir que la mayor decepción de la temporada pasada y de muchas otras temporadas fue la corrida de Victorino Martín en Sevilla, la que mataron Cid y Morante, y de toreros hablaremos otro día, que hoy la cosa va de la ganadería.

Del resultado de la encuesta me llama mucho la atención que los usuarios esos del facebook digan que les decepciona este año la ganadería de Juan Pedro, a quien hace lustros que mi amigo Juan Galacho bautizó como ‘juampedritis’, como si fuera una enfermedad. ¿Este año? ¿Y el pasado, y el antepasado, y hace diez, qué? No lo entiendo. ¿A quién ha podido desilusionar en 2009 esa birria que afrenta al hierro de Veragua?

Y es que la desilusión nace de la ilusión. Primero te ilusionas, y luego llega la desilusión. La gran ilusión del pasado invierno fue esa corrida de la que hablábamos más arriba. Ya desde que se anunció el cartel me imaginaba yo, por una parte, a los albaserrada saliendo orgullosos al albero, para espanto de Sevilla, cárdenos, serios, alguno asaltillado, con esa mirada hueca que te perfora; y por otra, a los dos toreros, el del toreo eterno y el del arte, y a ver quién puede con las fieras. Así se pasó el tiempo, contando los días. Luego llegó abril y ni albaserrada, ni mirada hueca, ni cárdeno que valga, porque salieron los malditos bueyes de todas las tardes, a saber: el que no arranca, el que se cae, el que babea, el que mira sin mirar, el que tropieza, el que huye, el que se escapa. Salieron los malditos torillos de todas las tardes con la A y la corona puestas a fuego en sus cueros, y de pronto, en aquella cálida tarde sevillana, uno se dio cuenta de que otra vez le estaban quitando la cartera y de que todos los que estábamos en la plaza estábamos haciendo el comparsa y el ridículo: los unos por vestirse de toreros, los otros por pagar la entrada para aquello, los maestrantes por maestrantes. Eso sí es decepción, y de las importantes. Pretendíamos ver lo grande, y lo que teníamos delante, de nuevo, era la ínfima miseria cotidiana de todas las tardes, de todas las plazas.

Dicen las leyendas urbanas que Victorino se conoce sus toros al dedillo, que lo mismo es verdad y la porquería aquélla la mandó a conciencia. Puede ser. Yo esa tarde le perdí el respeto al viejo. Hervás tituló de lujo. Puso “Victorino tratante”, y desde ese titular me apunté a su definición y me hice devoto de su bitácora. Victorino, tratante. Tratante del charolés, del azul belga, de la tudanca –cárdena y veleta-, de la pardo alpina –más redonda, en tipo Juan Pedro-, del limosín.

Victorino tratante de ilusiones desbaratadas, con su diente de oro que alumbra todo el tendido. Simpatía impostada de tratante y de feriante, con el chiquillo a la vera para que se vaya aprendiendo bien que el negocio de ellos no es criar toros, sino venderlos, porque estos no han leído a Fernández Salcedo y no saben lo que es el honor de la divisa. Resulta que este hombre ha llegado a su ocaso y no se ha dado cuenta -como me apuntó un gran torero- que lo excepcional que él tiene para ofrecer al orbe es el terror, el que se tiene antes, en el hotel, el que se tiene durante, en la arena, y el que llega al tendido. Ha sacado a pasear no sé que tonterías de que si el toro que hace el avión y acaba roneando las mismas zarandajas de todos, factoría de producción y a llenar la caja hasta que llegue un Madoff a quitárselo. Así nos va.