sábado, 22 de diciembre de 2018

Sábado, 22 de diciembre

Valle de Esteban

Edipo nacerá de una pupila

viernes, 21 de diciembre de 2018

La cuestión

The Comedy of Terrors
(Sánchez, entre Guirao y Marlasca, ante "la cuestión catalana")



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Pedro Sánchez echa de menos el voto popular como Proust el beso de buenas noches de su mamá, y esa carencia la compensa con palmadas en la espalda que recibe de quienes, al modo español, le van sacando cosas que, en cualquier caso, no son suyas.

A Sánchez le cantaron mucho el despliegue policial que hizo posible en Madrid un River-Boca sin que se oyera una mosca (“¡Que suelten la mosca!”, se oyó a Sánchez mandar en el palco del Bernabéu), y hoy, con el pretexto de un consejo de ministros, quiere repetir la gesta en Barcelona, donde Marlasca y su “Lenín” le han preparado un desembarco de Normandía (¡la normalidad!, que diría Eisenhower despidiendo la flota en el Canal) a imitación del que cada año, por septiembre, hace Carlos V en la playa de Tazones.
El de Sánchez en Barcelona representa el cuarto desembarco funesto para España (tras los de Tariq en Gibraltar, Colón en San Salvador y Carlos V en Villaviciosa que cita Albornoz). La Lonja de Mar sería a Sánchez lo que el Palacio de Ayete a Franco (¡los cuarenta de Ayete!), y su gótico parece lo más indicado para el “remake” de “The Comedy of Terrors” de Tourneur que es este gobierno que nadie ha votado, con dos ministros estrella, Marlasca, el Patton de la situación, y Guirao (“Guirado” para Carmen Cafranga), que viene de la industria del cine (el libro de los que no leen libros) de Pulpí y tiene mano para estas performances.

¡Perico Sánchez y la cuestión catalana!

En este folio tenemos dicho que el sanchismo es un pompeyismo pasado por los bares de Chueca.
–Nosotros preferimos decir “cuestión catalana” y no catalanismo –dice don Pompeyo Gener, el Ortega catalán, que nunca se repuso de la pena de que le cortaran la pierna a su ex amante Sarah Bernhardt (“yo, que en París fui el rey de la moda, he de resignarme a llevar este pardesú miserable”).
Para Pompeius, “Cuestión catalana” significa la cuestión de toda una raza, la suya, con otra, la nuestra, que “se va… acarnerando”.

¡Acarnerando!

Revolución, democracia y "chalecos amarillos" (2 de 2)


 Ingenioso pero apócrifo

Jean Juan Palette-Cazajus

Entre los eslóganes y las pancartas de los “chalecos amarillos” proliferan las citas y evocaciones de la “Gran Revolución”. (Recordaré que la formulación mayuscular, lo mismo que la de “Gran Nación” no se deben al ombliguismo galo sino a la pluma de Immanuel Kant). Baste recordar que el pobre Macron se ve comparado con Luis XVI y amenazado con verse parecidamente cercenado por la guillotina. Sólo hubo una revolución en la Historia y fue efectivamente la francesa. Porque operó el tránsito de una sociedad regida por el orden divino a una sociedad regida por el orden humano. Dicho de otra forma, llevó a cabo la metamorfosis de unas sociedades determinadas, desde la aparición de los primeros grupos humanos estructurados, por unas representaciones mentales heteronómicas, en unas sociedades determinadas por la autonomía de la razón crítica. Aquella revolución lo fue precisamente porque advino sin saber que lo era ni poder anticiparse a sí misma. La presunta respuesta del duque de la Rochefoucauld a Luis XVI “¿Es una revuelta?”, “¡No, Majestad , es una revolución!”, “è ben trovata”, que dirían los italianos,  “ma non è vera” en absoluto. La Revolución Francesa fue a la vez el barco y las olas que lo zarandeaban. Sus protagonistas se encontraron a bordo de una nave anónima cuyo nombre les cupo decidir al propio tiempo que se veían acorralados por un doble desafío: evitar que el navío naufragara y, a la vez, arrumbarlo hacia un puerto hipotético, que sólo podía existir en sus cabezas.

 Erotización y represión

Después del inaudito terremoto de la Revolución Francesa pudo configurarse el concepto de “revolución” y la consiguiente representación mental se instaló entonces en las cabezas. Nació así en el imaginario occidental un concepto salvífico fundamental, un equivalente terrenal de la escatología cristiana. Deriva bastante lógica a poco que recapacitemos y consideremos que la razón autónoma no funcionaba en el vacío interestelar sino asentada sobre el sedimento histórico y cultural de la historia y las mitologías judeocristianas. El concepto de revolución sería impensable sin la particular teleología de nuestra religión dominante. La revolución social se convierte pues en la versión moderna de la puerta del paraíso, en el “Santo Advenimiento” como la calificaba lúcidamente Salvador de Madariaga. El quid pro quo es trágico: detrás de la puerta del paraíso decíase que aguardaba la felicidad eterna; detrás de la revolución sólo aguardan la contingencia humana y los pedregales de la Historia. La Revolución Francesa fue un cataclismo porque operó el tránsito de un orden literalmente “prehumano” al orden humano. Si considerásemos que la existencia del orden heterónomo, el que nació con los primeros grupos humanos mínimamente organizados, corresponde a la duración de un día, el tiempo transcurrido desde la Revolución Francesa apenas si llegaría al último minuto de ese día. Un minuto, pues, llevamos viviendo, proporcionalmente, en la era moderna del individuo en tanto que sujeto responsable y autónomo. Hasta podemos entender por qué sigue habiendo cabezas incapaces todavía de acceder a la mayoría de edad. 

Quiero decir que si la Revolución Francesa fue una revolución ontológica, es decir vertical, las que siguieron fueron absurdas tentativas horizontales. Dicho de otra manera la Revolución Francesa arrancó el destino humano a las determinaciones metafísicas. Las revoluciones que siguieron fueron y siguen siendo una tentativa infantil de devolverle al Hombre un horizonte metafísico. Pero ya no existe manera de imponer horizontes metafísicos sin que medien la coerción y el terror. Todas las presuntas revoluciones posteriores a la francesa fueron horizontales porque ya no pretendían subvertir la verticalidad del viejo orden sobrenatural sino actuar sobre la naturaleza terrenal de las sociedades humanas. Su objetivo eran la justicia y la igualdad social. También la Revolución Francesa fue una revolución social y éste fue el sector donde más cojeó. Las revoluciones sociales fracasaron sistemáticamente porque trataron de imponer una terapia mágica a cuestiones que sólo pueden abordarse desde la racionalidad ética. La debilidad de los franceses es la propensión a anteponer la igualdad a la libertad. La debilidad de los americanos es la inversa. Seguimos sin saber cuál es el peso real en la sociedad de los “chalecos amarillos”. El número de los que salieron a las calles siempre fue minoritario. No creo no obstante que se trate de una pura creación mediática como proclaman algunos. Pero lo que ciertamente fortaleció el movimiento fueron las encuestas que le atribuían al principio un apoyo muy mayoritario de la opinión pública, apoyo que fue bajando al hilo de los desórdenes y los desbordamientos de los famosos “sábados insurreccionales”. Es evidente que los “chalecos” se miraron y se vieron muy guapos en el espejo de los medios, se mitificaron a sí mismos y se autoerigieron -tendencia muy francesa como muy bien explicaba Peter Sloterdijk- en la encarnación  del “pueblo soberano”. Hoy las democracias occidentales, más que una realidad, son efectivamente una representación posmoderna y teatral de sí mismas. 

 Hace cinco días

Puro teatro fueron aquellos sábados truculentos, durante los cuales poco les faltó a algunas agencias de viaje para organizar “tours” que permitieran observar, desde barrera de sombra, al auténtico pueblo francés practicando su actividad favorita: “la revolución”. Detrás de los antidisturbios -los llamados CRS, o sea “Compañías Republicanas de Seguridad”-, detrás de los manifestantes, o en medio de unos y otros, eran muchos cientos los fotógrafos, cámaras y reporteros de universal procedencia, conectando en directo entre las nubes de gases lacrimógenos y el resplandor de las hogueras. Como decía un corresponsal inglés: “Para un reportero, una manifestación en París es como una función en la Scala de Milán cuando se es aficionado a la ópera”.Y aquellos que manifestaban porque se consideraban los parias de los ghettos periurbanos, inflaban el pecho y pergeñaban, para los micros en directo, frases que sonasen a Saint-Just o Robespierre, o componían la figura y heroicizaban el gesto en el momento de atizarles un adoquinazo a los CRS. Mientras tanto, dos acendrados demócratas y humanistas, Vladimir Putin y Recep Erdogan, suplicaban a las autoridades francesas moderar el uso de la violencia contra el propio pueblo. Lo cantaba La Lupe (1936-1992), “tremenda” cantante cubana:  “¡Puro teatro!”.

O “carnavalización” de los momentos políticos como los llamaba Sloterdijk en la famosa entrevista. En la misma, reprochaba a un conocido polemista francés el que llamase “Jacquerie” a la revuelta de los “chalecos amarillos” cuando la participación de los labradores había sido inexistente. Fue un fallo en el dominio del francés por parte de Sloterdijk, que mostraba desconocer que si la palabra  “jacquerie” se refería originalmente a las antiguas y anárquicas revueltas campesinas, cosa que yo apuntaba en una nota, hoy se emplea en la general acepción de una revuelta errática y sin objetivos claros. De modo que a mí también me vino en mente, desde un principio, la palabra “jacquerie”, algo que me lleva a compartir lógicamente el criterio del pensador alemán cuando nos dice que «el movimiento de los “chalecos amarillos” expresa de manera clamorosa la gran crisis de la representación en que estamos inmersos». En este sentido el rechazo de la representación, la idea, tan extendida entre los “chalecos”, según la cual los parlamentarios y los cuerpos intermediarios sólo pueden ser parásitos, ladrones, inútiles o traidores de la voluntad popular, es característica de las culturas democráticas en estado de precariedad.

 Louis-Antoine de Saint-Just (1767-1794)

Para empezar, la democracia no es un tipo de régimen político. Solo puede ser una hipótesis filosófica. Los valores democráticos sólo actúan en tanto que categorías rectoras como decía Kant. Fundamentalmente, lo que se entiende por democracia sólo debería ser posible en una sociedad de humanos perfectos. Por algo decía precisamente el sabio de Koenigsberg que “nada recto se puede hacer con el árbol torcido de la humanidad”. Peor aún, la democracia, porque azuza la inteligencia humana, porque estimula el espíritu crítico, porque extiende y aleja la línea de los horizontes hasta el vértigo, tiende a provocar mayores frustraciones que satisfacciones. Creo que algo de esto contaba el gran Camus en “El Hombre Rebelde”. Lo comprobaré cuando tenga un rato. En una sociedad abierta, es decir abierta a los cuatro vientos, siempre existe el riesgo del resfriado. No nos engañemos, la mayoría de los soviéticos acataba el estalinismo que les garantizaba la supervivencia y tenía cerradas a cal y canto las paredes del inmenso establo contra toda corriente de aire fresco. Eran indiferentes al Gulag. Más casi que la ausencia de libertades, a mí me acongojaba la aquiescencia borreguil de la mayoría de la sociedad española a la cutrez existencial del franquismo. Las grandes apuestas de la democracia son también su talón de Aquiles: considerar que a nadie le gusta ser mediocre, olvidar que la obediencia es más confortable que la libertad.

Si las democracias, por definición, son muy imperfectas, es absolutamente legítimo el propósito de mejorarlas. El problema es que casi siempre los remedios propuestos tienden más bien a acabar con ellas. Lo mismo propuestos por los de “Podemos” como propuestos por los “chalecos amarillos”. Todos los curanderos de la democracia tienen problemas con la “representación”.  Todos quieren buscarle atajos, todos creen en una poción mágica, la de la “democracia directa”. En una sociedad moderna constituida por muchas decenas de millones de destinos individuales, socialmente segmentada en multitud de fracciones sociales, económicas, ideológicas, la simple idea de la “democracia directa”,  antes ya que impracticable, es inconcebible. Durante la gran acampada del “15M” en la Puerta del Sol,  las asambleas reunían algunas decenas de participantes ideológicamente miméticos, cuyos debates eran puramente retóricos, exentos de cualquier impacto concreto sobre el organismo societal. Con todo a favor, eran a menudo incapaces de llegar a decisión alguna. Atenienses del campo y de la ciudad, había, a la muerte de Pericles, unos 350 000 entre esclavos, metecos (griegos no atenienses) y bárbaros (extranjeros no griegos). Los ciudadanos, varones mayores de 20 años, hijos de padre y madre ateniense, no llegaban a los 50 000. A la “ekklesía”, la asamblea de los ciudadanos, no solían acudir más de 2000. Y para mayor inri, los escritores griegos se han hartado de contarnos los estragos de la demagogia, de las trampas y de la corrupción en aquella democracia originaria. Pero hoy, seguimos acordándonos de Atenas, no de Esparta.

 Impongamos el RICARD

Los sectores más reflexivos de los “chalecos amarillos”, o los asesores de buen consejo que les van saliendo de debajo de las piedras les vienen comiendo el coco con la nueva poción mágica de la democracia: el llamado RIC, o sea Referendum de Iniciativa Ciudadana. Los graciosos lo llaman RICARD, (Referendum de Iniciativa Ciudadana, Apolítico, Republicano y Democrático) como la tradicional bebida anisada. Es la supuesta solución, creen ellos,  para devolverle la iniciativa al pueblo. No niego las posibilidades del RIC. Pero no es ninguna panacea y los “chalecos”, tan críticos con los costos de la democracia, parecen no tener idea del inmenso esfuerzo financiero, logístico y administrativo que supone la organización de un referendum. Muchos “chalecos amarillos” confiesan ellos mismos no formar parte de quienes acuden con fiel prontitud a la llamada de las urnas. Dudo de que les dure mucho el entusiasmo inicial por la vía referendaria. Lo más grave es que lo que estimula a los  chalecos amarillos”, desde la perspectiva de su virginidad política, es la idea de que la organización de algún que otro referéndum sobre sus reivindicaciones inmediatas sólo podría terminar en una victoria cantada. Algo muy dudoso. Piensan, y no son los únicos, que la democracia sólo cobra sentido cuando ganan los suyos. Huelga decir que la genuina piedra de toque democrática se parecería más bien a la actitud contraria.

 El tiempo del Estado no es el de la calle

Para seguir con las metáforas náuticas, la nave macroniana ha quedado seriamente maltrecha por la marejada y no sé cómo podrá completar la travesía. El hombre tiene recursos y me gustaría  pensar que el resto de la sociedad también. El inesperado presidente paga una mirada y un corazón excesivamente tecnocráticos. No se puede hablar de “fin del mundo” a gente obsesionada por “el fin de mes”.  El fenómeno de los chalecos amarillos acaba de mostrar que también en Francia el funcionamiento de las instituciones democráticas padece entre desengaño y graves fisuras. Tal vez porque hace tiempo que ya no queda en Europa ningún totalitarismo a mano para actuar como repelente. Tal vez porque la cultura de las nuevas generaciones se la proporcionan los estimulantes centelleos de la pantalla del smartphone, no la serena actividad neuronal. Según una encuesta de  noviembre 2017, en muchos países europeos la frustración con las instituciones democráticas era mayoritaria en la opinión pública. Encabezaban la lista los países del este: Bulgaria (82% de insatisfechos), Hungría y Croacia (80%), Eslovaquia (74%), Rumanía (67%), Chequia (60%) y Polonia (59%). Entre los países occidentales, Italia tenía 79% de insatisfechos, Grecia (63%), España (60%) y Francia (53%). Una media europea del 33 % consideraba que existen sistemas alternativos tan buenos como la democracia. China va extendiendo inexorablemente su sombra sobre el mundo. Ni en la tradición cultural china ni en la lengua clásica existieron nuncan los conceptos de democracia ni de libertad individual.

Pd: Los países satisfechos con sus instituciones eran Noruega con un 83% de los encuestados, Suiza(79%), Dinamarca (75%), Finlandia (74%), Países Bajos (67%), Austria (64%), Alemania y Suecia (63%), Estonia (59%).

 Sin palabras

Viernes, 21 de Diciembre

Valle de Esteban

Quiero volver a la infancia
y de la infancia a la sombra

jueves, 20 de diciembre de 2018

Sepulcros blanqueados

Colores del diablo


Francisco Javier Gómez Izquierdo

En días como estos, días harto frecuentes por desgracia, en los que todo quisque opina tras consultar a sus apóstoles en vez de decir lo que ve y lo que en verdad piensa, si el pensar fuera posible con estas teles que envenenan.., no está de más recordar lo que pasó en 1995, cuando se modificó el Código Penal de la Dictadura y se hizo desaparecer el delito de violación por su “...anacrónica vinculación a la sexualidad reproductiva, y no a la nueva concepción de los delitos contra la libertad sexual”. (Así se puso y así permanece en las páginas de El País, el 29 de junio, día de los santos Pedro y Pablo de 1995, ante el asombro de los que conocíamos ya por aquel entonces a violadores con más de cien víctimas entre sus piernas).

Tan sesuda argumentación salió del Congreso de los Diputados propiciada y avalada por el biministro Belloch, de la misma parcialidad que la actual vicepresidenta doña Calvo, que sacó adelante el artículo 179 y el Código Penal entero a pesar del pataleo de los conservadores de la época, hoy simplificados en un fascistas genérico.

“Se aparta de la terminología tradicional en nuestro Derecho Penal al dejar de llamar a las cosas por su nombre, y así, la violación ya no se va a llamar violación, ni el estupro, estupro. A partir de ahora la violación se va a llamar algo así como agresión sexual con acceso carnal”... escribía uno de aquellos -para don Iglesias, fascistas- de 1995, indignado ante la eterna benevolencia que los legisladores socialistas repartían entre los más débiles, conforme reciente manifestación de don Marlaska.
    
Hoy, doña Calvo y aquellos y sobre todo aquéllas que acuden a su oráculo agitan como propio el pensamiento de los fascistas del 95 y en desvergonzado ejercicio de hipocresía culpan a machos franquistas de lo que legislaron sus amigos, allegados y seguidores en su misma fe socialista. 
   
Hoy, doña Calvo y sus ministros quieren de boquilla y sólo de boquilla, para parecer que sienten el dolor de las familias de las víctimas, que un violador se pudra en la cárcel, pero a los que matan y vuelven a matar y violan y vuelven a violar doña Calvo y sus ministros se esfuerzan por darles otra oportunidad en libertad. Lejos de sus viviendas, eso sí.

En la muerte de Juana Biarnés



La pasada madrugada ha dejado de existir Juana Biarnés, pionera del fotoperiodismo en España y cocinera en Ibiza. Se inició en la fotografía por influencia de su padre y en seguida se fijó como meta ser como Oriana Fallaci, pero en fotógrafo. A principios de los sesenta, Emilio Romero la llevó al diario Pueblo y Juana, viendo la pobreza de su equipo fotográfico, se fue al Monte de Piedad a empeñar algunas prendas que poseía para tener dinero con el que comprar una cámara a la altura de las circunstancias. Retrató a todo el mundo en las décadas de los sesenta y setenta, desde Ava Gardner hasta Palomo Linares, desde Tom Jones a Lucía Bosé, Raphael o Xavier Cugat. Mediante unas triquiñuelas dignas de un film  de Richard Lester hizo el reportaje de los Beatles en su visita a España, a Madrid y a Barcelona. En 1985 decidió colgar sus cámaras desengañada de la evolución que iba tomando el oficio y, junto con su marido Jean Michel, abrió en Ibiza, en una preciosa casa de payés en el Ayuntamiento de San José llamada Can Pujolet, el restaurante Cana Joana, donde dio rienda suelta a su vocación de cocinera y donde, entre ambos, crearon un ambiente irrepetible en las noches veraniegas de buenos guisos, mejores conversaciones y cigarros habanos. Fue Juana una mujer inteligente, entrañable, activa y valiente, que en todo momento supo transmitir su calidez humana y su inteligente sentido del humor. En Madrid, dentro del PhotoEspaña 2016 y comisariada por Chema Conesa, se presentó la exposición “Juana Biarnés. A contracorriente” en la que se mostraba con amplitud su sincero trabajo de fotógrafa, su visión de la España del desarrollo. Citaba alguna vez la frase de uno de sus directores, de cuando la prensa la hacían periodistas y había directores de verdad, "el periodismo conduce a todo.... sólo hay que saber retirarse a tiempo".

Que la tierra te sea leve, Juana.

José Ramón Márquez

Sexos

Ajuste socialdemócrata de códigos


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Nuestro patriotismo constitucional cuaja en Ozores (¡bastante más serio que Habermas!), y sale de esos diarios de sesiones que censura Ana Pastor en madreñas.
Estamos en abril del 83. Desmontaje del fascismo. Con Guerra repartiendo corbatas de Loewe nacionalizadas por Boyer (“¡Tó pal pueblo!”), del ajuste urgente del Código Penal a la Constitución “que con tanto trabajo nos dimos todos” se encarga el abogado Vizcaya (PNV), que propone la eliminación de la agravante franquista del “desprecio de sexo”:

–Mantenerla significaría que un sexo merece más respeto que otro.
–Y suprimirla sería coger el rábano por las hojas –replica el abogado (del Estado) Calero (PP): argumenta que la mujer es más débil que el hombre, que puede aprovechar su mayor vigor físico para agredirla.

Es el momento de Granados (PSOE), que va de fino jurista: la agravante, “no nos equivoquemos”, responde a un “principio de galantería” (franquista). Y tira de documentación: un flamante Convenio onusino contra la discriminación por razón de sexo, que invita a “acabar con el mito de la debilidad de la mujer frente al hombre y sus secuelas laborales, humanas, conyugales…” Por ejemplo:

–Hay por ahí actuando, en plena madurez y facultades, cierta artista de variedades cuyo número fuerte consiste en arrastrar con los dientes un tren entero. No he tenido la fortuna de verlo, pero lamentaría tenérmela que encontrar con actitudes discrepantes y agresivas.
Unas risas, y fuera la agravante. Como Groucho Marx arrancando cláusulas del contrato. Hasta el Día de Inocentes de 2004, fecha de la ley contra la Violencia de Género donde el mismo partido de las risas del 83 rescata la agravante franquista, pero pasada por la ingeniería nacionalsocialista del delito de autor.

Antes, la comprensión del Derecho exigía de una especial educación del pensamiento abstracto, hoy reducido por la socialdemocracia a aceptar la hipótesis de Irigaray según la cual “e=mc2” es una ecuación sexualizada.

Pan para bocadillos



Jueves, 20 de Diciembre

Valle de Esteban

En el aire blanco
siete largos pájaros

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Navidad municipal (comentada)


"La felicitación de la v...: el avión de Pedro volando sobre Madrid, unos molinillos, tres ovejas, un paralítico tirado en el suelo sin ayuda, tres palomas en un banco haciendo el castellers, los Reyes en bicicleta y lo mejor es que abajo a la derecha hay un ataúd con ruedas, que debe ser que ya han sacado a Franco."

Cucho (Andanada del 9)

Tripudium



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Circula por la Red un video de Gil Robles (el clásico, el que mereció de Miguel Hernández el mote de “mariconazo”) avisando en el 78 de que los “mecanismos de relación entre los poderes del Estado” establecidos en la Constitución consagran una partidocracia.
Hoy, millones de españoles adultos fingen hacerse cruces ante el obsceno espectáculo coral del Estado de Partidos en Andalucía, mientras en Madrid un caridelantero miembro del gobierno que nadie ha votado, maestro de escuela, hace la declaración más fascistoide que se haya oído en estas cuatro décadas:

–No daremos el gusto a la derecha de convocar elecciones, porque tenemos aún mucho daño que reparar y mucha justicia que hacer.
Desde luego, no es Ábalos aquel maestro que enardeció a Tom Paine para que saliera de Inglaterra, lejos de la cual “contribuí a elevar un nuevo imperio en el mundo, fundado en un nuevo sistema de gobierno”: ¡la democracia representativa!
En la partidocracia española, como en la guerra romana, se emplea como signo el “tripudium”, o manera de comer de los pollos sagrados: si el político desea encuestas favorables, emplea pollos en ayunas, y en el caso contrario, pollos ahítos.

–Cuando el emperador asumía la púrpura se le hacía miembro del colegio de los augures, pero nadie esperaba que fuera a alimentar a los pollos sagrados.
Para eso Sánchez tiene a Ábalos, que tiene a Tezanos para determinar la voluntad del pueblo, que en España, como en Roma, se subordina a la voluntad divina manifestada no en las urnas, sino en los auspicios, y menudos pájaros, los socialistas.

Toda la vida yendo como los patos de Zola, “lentos y vagos”, detrás del ganso sociata. En el 83, ese ganso eliminó en el Código por vía de urgencia la agravante de “desprecio de sexo” (¡galantería fascista!, gritaban). En el 18, el mismo ganso se carga el Derecho (“mucho daño que reparar y mucha justicia que hacer”) para legislar que de lo que haga un hombre pagarán el pato todos los hombres.

¡El “tripudium”!

Miércoles, 19 de Diciembre

Valle de Esteban

Esas nubes que pasan

martes, 18 de diciembre de 2018

La manta

Tarancón


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

El filósofo alemán Peter Sloterdijk ha dicho en “Le Point” que el movimiento francés de los chalecos amarillos “expresa de manera clamorosa la gran crisis de la representación en que estamos inmersos”.

La representación no puede estar en crisis por la sencilla razón de que en Europa nunca ha existido, aunque cómo estará la cosa para que un socialdemócrata como Sloterdijk apunte a la ruina europea del principio representativo.
Por decir eso, aquí los flabelíferos del consenso todavía te llaman fascista. Europa, como sabemos por Zapatero, es el consenso, ese concepto (negador, por definición, de la representación, que es decir de la democracia) que Fernández de la Mora pusiera en circulación en los 60.
Si el “fair play” era la cándida ilusión inglesa que creía haber descubierto una manera caballeresca de pescar truchas y cazar zorras, el consenso es la cándida ilusión española que cree haber descubierto una manera caballeresca de tirar de la manta (¡en Andalucía!), sin percatarse de que el Estado de Partidos, si tira de la manta, es para repartírsela.
En los 70 hubo un pleito ruidoso entre el abogado García Trevijano, apoderado del diario “Madrid”, y el director de “Pueblo”, Emilio Romero, que le atacó con un “Tirando de la manta” en su periódico; el abogado respondió que si el periodista tiraba de la manta, sería para llevársela; y el periodista se querelló por injurias. El abogado reveló luego que Tarancón, cardenal, pero enredador, le llamó entonces para contarle que de su época de párroco en Burriana recordaba un caso judicial por desaparición de unas mantas en un sanatorio dirigido por Romero en los 40. El abogado negó que injuriara al periodista con el argumento del debate Lincoln-Douglas: Douglas llamó indeciso a Lincoln comparándolo con el asno de Buridán; Lincoln respondió que, en tal tesitura, Douglas se comería los dos haces de heno a la vez.
–¡Y con eso Lincoln no está llamando comedor de paja a Douglas!
Nadie en Andalucía va a tirar de la manta.

La rebelión de la France "moche" (Parte 1 de 2)

 La France "moche"


Jean Juan Palette-Cazajus

Feo se dice en francés “laid”. Si bien todo el mundo dice “moche”, más familiar pero más rotundo y definitivo. La rebelión de los “chalecos amarillos” se manifestó desde un principio y de forma muy reveladora a través de la ocupación de los llamados en Francia “ronds-points”, en España, rotondas. Rotondas las hay en muchos países pero creo que en ningún país europeo proliferaron tanto y con tanto protagonismo, viario, estético y sociológico, como en Francia donde se cuentan por muchas decenas de miles. Las razones hay que buscarlas tanto en la geografía como en la peculiar configuración demográfica. En Francia hay  36 000 municipios por poco más de 11000 en Alemania, más poblada, y solamente 8000 y pico en España como en Italia. En Francia abundan los pueblecitos y las ciudades de pequeño tamaño entre 5000 y 20 000 habitantes. Desde los años 50 del pasado siglo, la civilización del automóvil traducida en el éxodo rural y el crecimiento económico, necesitó la construcción de una tupida red de infraestructuras viarias que fueron la causa de una periurbanización progresiva del país. El abismo socioeconómico que separaba la fuerte identidad de una cultura todavía rural, tradicional, pero económicamente rezagada, de la Francia urbana se fue difuminando paulatinamente.

 Rotonda bucólica

Esta tendencia inexorable a la periurbanización conoció además una fase aguda de aceleración en los últimos 20/30 años. Por un lado, muchos hijos y nietos de aquellos que habían huido del campo ingrato sin volver la vista atrás, en busca del bienestar urbano, fueron presa del deseo irresistible de volver  a una soñada campiña y a unas aldeas de nuevo fantaseadas como bucólicas y apacibles. Por otro, el precio cada vez más prohibitivo de la vivienda urbana fue también la causa que empuja y sigue empujando inexorablemente los numerosos candidatos a alejarse de los centros urbanos en busca de un precio de la vivienda más asequible. Eso sí, todos tienen en común la obsesión francesa por la casa individual que cualquier visitante que se asome a sus contornos comprueba de modo inmediato. Así que los intersticios de territorio aprovechable, que sobrevivían entre los tentáculos de una red viaria que va mutilando y segmentando los paisajes, se fueron rellenando de “lotissements” (productos del “loteo” de terrenos), o sea urbanizaciones de casas individuales, a cual más uniformes y monótonas. También de hipermercados y zonas comerciales varias, salpicadas de inmensos y desoladores aparcamientos, probablemente los únicos espacios comunes que todavía comparten urbanos y “neorrurales”. Pero este proceso imparable de densificación  periurbana viene siempre acompañado de la progresiva amenaza de atasco en la fluidez y la velocidad de la circulación sanguínea indispensable para la supervivencia del organismo laboral y económico. Por lo cual la densificación urbana ha de venir acompañada por la correspondiente densificación y multiplicación de los vasos circulatorios y todas a una, como en Fuenteovejuna, acaban de transformar el sueño bucólico en pesadilla de asfalto y hormigón

En cuanto las multitudes urbanas o periurbanas empezaron a migrar hacia el campo se inició la reacción orgánica que en pocos años transformaría sotos agrestes y pajaritos cantores  en las versiones más torvas y desangeladas del urbanismo periférico. Hablar, como suele hacerse, de población “neorrural”, aparte de un timo léxico y semántico, suena cada vez más a broma de mal gusto.  La neorruralidad es la negación de la ruralidad. También se califica a esta población de “rurbana”,  adjetivo que tiene al menos  el mérito de reflejar correctamente la proporción real de los ingredientes de este tipo de vida, en que la “ruralidad” cabe en la “R” inicial, y es lastrada a continuación por las seis letras de la condición “urbana”. Esta Francia periurbana de las urbanizaciones, de los centros comerciales, de los paneles publicitarios, de los aparcamientos interminables, de los intercambiadores, la del hormigón y del asfalto, es la que muchos llaman ya, creo que con sobrada propiedad: “la France moche”, la Francia fea.

 Rotonda geográfica

La mayoría de su población la constituyen, aparte de los jubilados, gente que diariamente  va a trabajar a 20, 30, 40 km... ¡hasta 200 en algunos casos! Regresan por la tarde o la noche a barrios silenciosos -su única ventaja- sin vida ni animación alguna, ven la tele, se acuestan y vuelta a empezar. Una encuesta reciente cuyo resultado mediano oculta la disparidad de los casos individuales, dice que gastan una media del 13,5% de sus ingresos en el capítulo transporte por el 12,5% en alimentación. Estas cifras equivalen realmente a ordeñar una pulga con guantes de boxeo, pero dan una leve idea de las prioridades. No todos los “chalecos amarillos” son periurbanos -hay buena parte de urbanos entre ellos- ni mucho menos todos los periurbanos se han movilizado con los “chalecos amarillos”. Además la procedencia social es seguramente la más variada que haya conocido jamás en Francia ningún movimiento de protesta. Las facultades de sociología y economía se han apresurado a mandar a sus becarios y encuestadores para que tostasen a preguntas los “chalecos amarillos” en sus feudos de las rotondas. La mayoría de ellos estaban encantados de contar sus cuitas al darse cuenta de que, por primera vez en su vida, existían para los medios y los intelectuales.

Una buena tercera parte de los “chalecos”, la minoría más importante, son empleados en el sector de servicios, luego hay jubilados, obreros, artesanos, comerciantes, parados, pequeños empresarios. ¡Ah! Y entre ellos muchas mujeres, del orden del 45%. Los hay que lo pasan mal o muy mal, los hay que no lo pasan tan mal, los hay que viven correctamente y algunos incluso muy correctamente. Muchos sienten el temor a verse desclasados. Todos manifiestan sentirse despreciados, por las élites y por los políticos. Los más vulnerables no ocultan sus sentimientos de odio y humillación. Para muchos el sueño de la casita periurbana con sus rosales, tulipanes o madreselvas, su pedacito de césped o de huertecito, se les ha ido poniendo cuesta arriba, endeudados, asomados al precipicio económico cuando no sumergidos en él. Detrás de una forma de vida digna, a veces para fardar ante los vecinos, se oculta a menudo mucha zozobra e incertidumbre. Han querido cumplir con el modelo de clase media que les han proporcionado, el que les muestran las series de la tele. Ellos consideran (razonablemente) que también tienen derecho a él. Clase media “baja” -¡qué despiadada es la cuchilla de la guillotina adjetivadora!- en vías de proletarización como bien explicó el geógrafo Christophe Guilluy al que ya aludimos el fin de semana pasado.


 Rotonda ufológica

Si han leído la lúcida entrevista con Peter Sloterdijk que traduje hace dos días, algunos se acordarán de que el filósofo germano mostraba su buen conocimiento de la realidad que acabo de bosquejar: “Ellos expresan la casi precariedad de sus modos de vida entre falsa urbanidad y falsa ruralidad”.

Los famosos “ronds-points”, las famosas rotondas son de todo tipo. Las hay bucólicas, ajardinadas y casi acogedoras. Las hay imaginativas, artísticas, temáticas o que hacen la promoción turística local. Las hay pretenciosas y horteras y las hay gloriosamente kitsch. En los ejes más transitados o en las zonas industriales y comerciales están las más extensas inhóspitas y despejadas y son las que han elegido preferentemente los “chalecos amarillos” para montar sus chiringuitos reivindicativos, a veces verdaderos campamentos,  sustentados con ingentes cantidades de provisiones de boca como para enfrentar la perspectiva del Sitio de Zaragoza. Ello por cierto en abierta contradicción con el leitmotiv de muchos “chalecos amarillos” cuando ven acercarse una cámara: “Vengan a mi casa y les enseñaré el frigorífico vacío”.

De las incontables entrevistas en los medios hablados o escritos se desprende una constante: el entusiasmo con que muchos de los participantes relatan el descubrimiento de una nueva dinámica relacional, de una sociabilidad intensa y cálida que no creían posible. En la “revuelta de los “ronds-points” se establecen, por lo visto, vínculos de todo tipo, incluso amorosos. Han aprendido a convivir, a escucharse y a respetarse gente de opiniones contrastadas cuando no radicalmente opuestas. Los okupas de las rotondas son generalmente moderados y pacíficos, por más que se muestren a menudo muy vehementes. El panorama cambia cuando nos asomamos al elenco de los cabecillas salidos de la nada como ocurre en todos los procesos de efervescencia popular. Surgen por doquier, como moscas a la miel, atraídos por los micros y las cámaras del mundo mundial. Los hay interesantes, juiciosos y avispados, son los menos, y los hay insufribles, descerebrados e inquietantes, los más. Pero la angustia surge cuando nos sumergimos en el abismo de las redes sociales, fundamental en el nacimiento, el auge y la continuidad del movimiento.

 Rotonda política

Pierre Bourdieu (1930-2002), el gran gurú de la sociología entre los años 1980-2000 -por cierto, ex alumno del mismo liceo que yo- creó la importante noción de “capital cultural”, casi más importante que el económico para la reproducción del orden social. Por “capital cultural” se entiende la fundamental diferencia entre la herencia recibida por un niño que nace en una familia con estudios universitarios, con tradición cultural, con suscitada afición a la lectura o biblioteca familiar y la herencia del que nace en una familia donde son ausentes todos estos criterios. En el caso de los “chalecos  amarillos” cabe considerar que su carencia de capital cultural es superior a la de capital económico. La mayoría no saben expresarse, les cuesta enhebrar frases, carecen de vocabulario, tienden a repetir lo que les oyen en los medios a sus compañeros más mediatizados. Desde su origen, el movimiento aparece como la absoluta emanación de los grupos de Facebook, algunos con cientos de miles de seguidores.

Leí hace poco un texto de Brice Couturier, politólogo al que aprecio mucho, sobre la relación entre populismo y redes sociales. Apoyaba su opinión en los artículos recientes de dos especialistas y analistas del mundo de la información, el británico Jamie Bartlett y el español Enrique Dans. De todo ello cabía inferir que el populismo se caracteriza por proponer respuestas inmediatas y simples a problemas complicados y por designar, generalmente, chivos expiatorios. También pretende hablar en nombre de “la gente sencilla y oprimida” contra una “élite distante y corrompida”. De allí que las redes sociales proporcionen la plataforma ideal para estos dos ángulos de ataque. A través de Internet o de las redes sociales todo aparece ultra sencillo, personalizado, asequible, inmediato. ¡Cuán frustrante se muestra, en comparación, el mundo de la política! Necesita conocimientos, expertos, largos debates, compromisos. Esto choca con nuestros hábitos de consumo mediático: lo queremos todo y lo queremos ahora mismo. En las redes sociales -dice Enrique Dans  «estamos rodeados de "amigos" cuyas opiniones compartimos, que nos hacen sentir bien con nosotros mismos, identificados, comprendidos y protegidos. Ellos reafirman  nuestras creencias y se convierten en una cámara de eco, una burbuja que filtra lo que leemos, moldea nuestra visión del mundo y simplifica una realidad que encontramos increíblemente compleja. Dame mensajes que quepan en un tweet. Mejor soluciones sencillas, mensajes claros y concisos que las áreas grises de la incertidumbre frente a problemas complejos que no quiero molestarme en comprender».

 Rurbanos

Y así los “chalecos amarillos” desconfían de toda fuente de información que no sean sus grupos de Facebook. Entre ellos hay honrosas excepciones. Pero ahí tiende a reinar la diarrea imprecatoria, el complotismo, las “fake news” más delirantes. Fue muy compartido y enriquecido cada vez con más detalles el bulo según el cual Macron había organizado el atentado de Estrasburgo para desviar la opinión pública del problema de los “chalecos”.

Solo a través del autismo paranoico generado por los grupos de Facebook se entiende el odio que tantos “chalecos amarillos” profesan hacia Emmanuel Macron. Confieso que me sentí “catastrofado” como se dice en Francia, o sea todavía más que consternado, al comprobarlo. Confieso que, de inmediato, no pensé en la teoría del chivo expiatorio sugerida lo mismo por Sloterdijk que por nuestros especialistas en redes. ¡Y eso que siempre sentí fascinación por las tesis y la obra de René Girard! Confieso que olvidé hasta qué punto la designación de una cabeza de turco nos da el sentimiento de tener masivamente razón,  nos regocija y desahoga hasta extremos difícilmente imaginables.

Confieso que a mí también me ha irritado a veces la forma en que Macron “se pasaba” de pijo y de primero de la clase. Siempre pensé que lo hacía para mostrar hasta qué punto él era otra cosa, iba “con la verdad por delante”, sin la demagogia ni la caspa de sus predecesores. Y aquí se me olvidó la vigencia y la utilidad de la tesis del “capital cultural”. Odian a Macron precisamente por ser el primero de la clase, por ser demasiado brillante, por mostrarles que él era algo con cuya perspectiva ellos no podrían haber soñado jamás. Le odian por tener razón despreciándolos. Al menos así lo creen ellos, o quieren creerlo.

La siguiente pregunta es saber a dónde irá a parar todo esto. Advierto de antemano que no tengo ni idea y solo sé que nos obliga a ir ampliando horizontes…

Seguirá.

Corral periurbano

Martes, 18 de Diciembre

Valle de Esteban

Mástil de soledad, prodigio isleño, 
flecha de fe...

lunes, 17 de diciembre de 2018

El Bernabéu en familia

Cabut, creador del cuñadismo


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

El primero en dar el queo fue Cristiano Ronaldo en Turín:
–En Madrid son humildes, pero aquí siento que lo son más. Es muy diferente de Madrid, esto es una familia.
Si en la Juve son una familia, entonces en el Real Madrid no lo eran. O no lo son, aunque lo más triste del sábado en el Bernabéu fue constatar que los madridistas volvían a estar… en familia.
En familia en la grada (faltaba la mitad del estadio) y en familia en el campo, pues Lucas Vázquez aporta a este Madrid el cuñadismo, y Valdano, luego de una hora de hablar sin tener nada que contar, se puso a glosar la función de Lucas Vázquez, tameme del solarismo, que es correr con todo el Madrid a cuestas. Lo que hacía Cristiano Ronaldo lo hace ahora Lucas Vázquez, o sea, el cuñado, y vale la pena de ir al Bernabéu (resumía, sin cinismo, el filósofo de Roures) sólo por ver correr a Lucas Vázquez.

“¿Quién es ése?”, preguntó Cánovas un día que hablaba Maura en la tribuna del Congreso. “Maura, el cuñado de Gamazo”, le dijo un compañero de banco. “Pronto –replicó Cánovas– será Gamazo el cuñado de Maura”.

–Pronto será Cristiano Ronaldo el cuñado de Lucas Vázquez –podrá decir Florentino Pérez en el palco cuando le pregunten los invitados por las carreras de Lucas Vázquez en la banda natural de Amancio, Juan Gómez y Cristiano Ronaldo.
Mas Lucas Vázquez no es el Mon Beauf (cuñado de cuñados) que Jean Cabut, o Cabu, puso de moda en Francia para regocijo de los señoritos que detestan la democracia (populismo, dicen las “elites”) en París como en Madrid con melancolía de Embassy, elevando su desprecio a rango de virtud. Lo que tiene de malo Lucas Vázquez es que nos transporta a aquellos días en que Juanito “chupaba”, levantaba la cabeza, veía a Pineda y a Isidro, y seguía “chupando”, sólo que en el Madrid de Solari no hay ningún Juanito. Podría serlo, salvando las distancias, Isco, pero Isco ni está ni se le espera en esta familia que no es una familia, al decir de Cristiano Ronaldo, que no ha leído a Céline y no sabe que está hecha para todo, menos para ser contemplada, la familia.
–Ante todo, la fuerza del padre, su felicidad, consiste en besar a su familia sin mirarla nunca, su poesía.
Contaba don Eugenio d’Ors cómo una vez, al bajar del tren en Zaragoza, le esperaba al pie del vagón el amigo castizo y maño:

–Vendrá a mi casa... Le convido a un cocido de familia...
Y murmuraba el grande glosador de esta Casa:
–Las dos cosas que más molestan: la familia y el cocido.
Hughes, cronista de fineza d’orsiana (en lucha “contra esta cosa vulgar, campechana, de los españoles”), lleva cuatro meses ligueros aplicando al fútbol madridista la regla d’orsiana (la observación, que quiere captar los fenómenos; la razón, que quiere captar las esencias; y la inteligencia, que quiere captar las figuras), llegando a la conclusión de que la singularidad del campeón de Europa, que esta semana recibió de unos hackers rusos su peor resultado europeo en casa, se reduce a “la verticalidad monda y lironda de Lucas”.
–Se ve lo que es el Madrid yendo a la tienda a comprar una camiseta para los sobrinos en Navidad. ¿De quién se le compra? ¿Lucas?
¡Anda que en Navidad no da juego, la familia!
Cuenta Pemán que, al estrenar su “Edipo” en el Español, invitó al palco en la segunda o tercera representación al terrible ministro de la gobernación don Camilo Alonso Vega, el Grande Marlasca del franquismo. Como el autor le había dado a la obra “cierto ritmo policial que no se aclaraba hasta las últimas escenas”, don Camilo (“Don Camulo”, llamaban en la oposición a aquel “hombre enérgico con una pronunciación dulcísima”) entró de lleno en el suspense que de todo ello resultaba. Escuchaba absorto. Y cuando ya se iniciaron esos últimos cinco minutos de la tragedia donde se aclaraba todo a trallazos verbales, el general tomó la mano, casi tembloroso, del autor, y dijo:

–Pero Pemán, ¡este hombre está casado con su madre!
–Sí, don Camilo: desde hace veinticuatro siglos.
Al Madrid sólo le queda la Nochebuena para intentar arreglar todos sus problemas de familia.


Alonso Vega

PREGUNTAS Y RESPUESTAS

Mourinho se negó en Valencia a responder una pregunta que no le gustaba y el periodismo le atizó con el canto de un código ético que los periodistas tienen para estos casos. Mourinho, como buen portugués, piensa en España como si estuviera en Inglaterra, donde Whitehead, apoyándose en la repisa de la chimenea, dijo una vez: “Hay preguntas que pueden contestarse, pero carecen de importancia; otras son importantes, pero no pueden contestarse”. En Madrid, mientras, el periodismo preguntó a Solari por Isco y Asensio, y Solari contestó: “No leen la prensa, si leyeran la prensa ya sabrían que a esa pregunta ya la respondí. Léanse entre ustedes”. ¡Leerse entre periodistas! Eso, tal como están las cosas, casi es tan duro como pedirles que se sienten a ver jugar a su Madrid.

Alfred North Whitehead

El retrato de Camba al ministro Ábalos


Pues pasó que los españoles estábamos
 de vacaciones y habíamos dejado la casa
 en poder de los criados. Esto fue lo que pasó.
 Habíamos dejado la casa en poder de los criados,
 y los criados quisieron hacerse los amos.
 ¿Le parece a usted poco?


Lo que pasó



Julio Camba
Sevilla, 22 de Febrero (1938)

    Hay un extranjero amigo mío que no se explica todavía lo ocurrido en España.

    –¿Qué pasó –me pregunta– para que llegasen ustedes a la situación actual?
    
–Pues pasó –le contesto– que los españoles estábamos de vacaciones y habíamos dejado la casa en poder de los criados. Esto fue lo que pasó. Habíamos dejado la casa en poder de los criados, y los criados quisieron hacerse los amos. ¿Le parece a usted poco?
    
Porque aquella casa era la nuestra –sigo contestando–. Muy vieja y bastante destartalada, con muchas grietas y muchos desconchados, pero era la casa que habíamos heredado de nuestros padres y que debíamos transmitir a nuestros hijos. Entre sus paredes venerables se encerraba toda la historia de la familia, generación por generación, y nosotros no íbamos a permitir que nadie se hiciese allí el amo sin más ni más, de la noche a la mañana.

    No sé si mi amigo el extranjero conoce esta expresión tan española de “hacerse el amo”. Hacerse el amo es todo lo contrario de serlo. El amo de una cosa la cuida o la descuida, allá él, pero no hay temor alguno de que, para demostrar sus derechos de propiedad o dominio, coja la cosa en cuestión y la destruya, que es, precisamente, como procede aquel que quiere hacerse el amo.

    –Yo soy el amo de este baile dice un día un matón, apagando la luz del local donde se baila y lanzando al aire un par de tiros.
    
Y, no bien ha acabado de hacerle su presentación al público, cuando ya el baile dejó de existir como tal baile para convertirse, a lo sumo, en una pista de boxeo o de catch as catch can.

    –Aquí no hay más amo que yo –grita otro día un borracho, entrando a saco en una cacharrería donde no deja títere con cabeza.

    Y, aunque rompa sin previo anuncio los títeres o los cacharros, la consecuencia será la misma. Al comentar su hazaña, el público no dejará de exclamar con cierto dejo de admiración:

    –¡Se ha hecho el amo!...
    
Nuestros criados –aquellos criados perfectamente desconocidos de la familia y de la vecindad, que habíamos encontrado a última hora, sin exigirles certificado alguno de referencia– quisieron hacerse los amos de nuestra casa por el mismo procedimiento que utiliza el borracho para hacerse amo de la cacharrería, o el matón para hacerse amo del baile. No les bastó con beberse nuestro vino, sino que desfondaron los toneles y rompieron las botellas que lo contenían. No se limitaron, en fin, a la contemplación de nuestros cuadros o nuestros tapices, cosa que estaba muy lejos de satisfacer sus deseos de posesión, sino que fueron y los hicieron añicos...

    Cuando empezamos a barruntar lo que ocurría, la casa estaba ardiendo ya por los cuatro costados, y, naturalmente, tuvimos que acudir de prisa y corriendo con cubos y baldes de agua.Ya sé lo que dicen ahora los criados. Dicen que, primero, nosotros echamos el agua y que ellos sólo recurrieron al fuego en último extremo y para contener la inundación... Esto dicen los criados, y mi amigo el extranjero puede escoger entre ambas versiones. Para mayor facilidad yo le presento la una junto a la otra.
HACIENDO DE REPÚBLICA
EDICIONES LUCA DE TENA, 2006


Hacerse el amo es todo lo contrario de serlo.
El amo de una cosa la cuida o la descuida,
 allá él, pero no hay temor alguno de que,
 para demostrar sus derechos de propiedad
 o dominio, coja la cosa en cuestión
 y la destruya, que es, precisamente,
 como procede aquel que quiere
 hacerse el amo

Lunes, 17 de Diciembre

Valle de Esteban

La brisa es ondulada

domingo, 16 de diciembre de 2018

Los chalecos amarillos y Peter Sloterdijk

 Peter Sloterdijk


Jean Juan Palette-Cazajus

Me disponía a procurar satisfacer la curiosidad de algunos amigos desarrollando un poco lo apuntado hace unos días sobre el movimiento de los “chalecos amarillos”, cuando di con la larga entrevista que el semanario francés “Le Point” le hacía esta semana a Peter Sloterdijk, el filósofo alemán menos aburrido de los últimos 20 años. Comparto prácticamente todas sus consideraciones. Me tomé la molestia de traducirla (¡de nada!). Luego comentaremos y puntualizaremos.

LE POINT: ¿Qué le inspiran, desde su retiro de Karlsruhe, el movimiento de los “chalecos amarillos” y las imágenes de las revueltas en las calles de París?

PETER SLOTERDIJK: Me recuerdan la pregunta de un Hitler encolerizado al general Von Choltitz a finales del mes de agosto de 1944: ¿Arde París? Me pregunto si tal pregunta no sigue siendo válida y no permite entender la totalidad de la posguerra francesa. Esto es lo que dicen las imágenes que hemos visto: era evidente que París iba a arder una vez más.

 La erotización de llamarse pueblo

LP. ¿Por qué dice estas cosas, usted tan entusiasmado con la elección de Macron porque hacía entrar a Francia -eran sus palabras- “en la edad de razón” y que, también, siempre según usted, había sido elegido por los franceses “para renovarse ellos mismos”?

PS. Ciertamente. Pero el silencio colectivo que siguió rápidamente a su instalación en el Elíseo me resultó sospechoso. Me pareció un mal presagio porque traducía un malestar profundo. Aquello que llamamos “populismo” es la manifestación contemporánea y politizada del “malestar en la civilización”  de que hablaba Freud en 1930. Efectivamente, yo estaba casi seguro de que las llamas prenderían antes de fin de año. Esto se podía inferir después del errático conflicto en la SNCF (1), aquella huelga extraña que interpretó la conocida melodía de las luchas sociales en Francia: la voluntad de defender encarnizadamente unos privilegios. En el caso de los ferroviarios, eran unos privilegios extraordinarios, lo nunca visto  a escala mundial desde la época de las aristocracias.

LP. ¿Y esto es lo que hacen hoy los “chalecos amarillos”, cuando dicen que hay demasiadas tasas y negándose a pagar impuestos: defender privilegios?

PS. No, ciertamente. Ellos expresan la casi precariedad de sus modos de vida entre falsa urbanidad y falsa ruralidad. Para ellos, el aumento del precio de los carburantes bajo un pretexto ecológico les pareció una recaída en la época de los pechos y de los diezmos. La Francia profunda nunca deja de desconfiar de lo que se decide en la capital.

LP. ¿De modo que, para usted, se trataría, como en el siglo XVIII, de la rebelión de los suburbios o de la gente humilde contra la Corte y contra aquellos de quienes se piensa que tienen la vida fácil?

PS. Hay que prestar atención a la tonalidad específica del populismo francés. En vuestro país existe la costumbre de erotizarse autodenominándose “el pueblo”. Cualquier asociación local puede reivindicar el derecho a autoproclamarse “el pueblo”. Cualquier grupúsculo teorizante pretende ser un comité de salvación pública. Y como Francia, además, pretende ser el pueblo entre los pueblos, el riesgo de una crisis histérica colectiva siempre es bastante elevado. Ustedes son los superdotados de la rebeldía. Observo el orgullo con que aquellos que marchaban sobre París reivindicaban sus provincias, exhibiendo banderas bretonas u otras. La cuestión era proclamar que no se es de París. La contribución parisina, por otra parte, sólo ha consistido en la presencia de los vándalos y de algunos nihilistas profesionales.


 François Rabelais
1493-1553

LP. ¿Y la contribución de un observador francófilo de la orilla derecha del Rín, en qué podría consistir?

PS. Para un intelectual confrontado a este tipo de situaciones, quedan dos opciones. O baja a la calle con la multitud para convertirse en observador directo o en informador subido a las barricadas, o se retira en su biblioteca y vuelve a abrir los libros que le parecen mantener una relación con lo que está ocurriendo.

LP. ¿Y qué libros a vuelto a abrir usted?

PS. El primero fue el célebre estudio de Mijail Bajtin La Cultura Popular en La Edad Media y en El Renacimiento. El Contexto de Francois Rabelais, en la cual describe la función del carnaval en una sociedad estratificada como lo son la mayoría de ellas: es decir una función catártica que permite, puntualmente,  un vuelco de los valores, particularmente una negación del poder establecido. Cuando unos manifestantes dicen “Macron, vamos a por tí”, estamos dentro de este esquema. Ya no se respeta el poder. Es un momento “rabelaisiano”, acompañado de alusiones sexuales hacia el jefe y su esposa, situadas por debajo de la cintura, de esas que tanto le gustaban a Rabelais. Durante el carnaval la gente lleva trajes, a veces muy modestos (como lo es el chaleco amarillo) y que colocan a todos los ciudadanos en un pie de igualdad. La propia Revolución Francesa tuvo también un aspecto carnavalesco, por más que a ella la encantaban las referencias a la Antigüedad, los fasces romanos o el gorro frigio, que se inspiraba en el que solían llevar en el Imperio romano los esclavos libertos...En nuestro caso la gente lleva la prenda de quien acaba de tener un problema en la carretera o de aquél que recoge la basura urbana, pero el mensaje es el mismo: el que lleva el chaleco le manda una señal al poder: “¡Ojo, hay un accidente!”. El chaleco amarillo es el traje del accidente generalizado. 


 El Mal Francés

LP.  ¿De modo que se trata ante todo de lanzar una señal?

PS. No solamente. El otro aspecto “rabelaisiano” del asunto es que estamos padeciendo un  aluvión muy pintoresco de payasos y de intérpretes de la revuelta que hacen como si entendiesen lo que ocurre. Como esta extraña clase de intelectual llamada Eric Zemmour, que pretende ver en ese movimiento popular una nueva “jacquerie” (2) cuando, a estas alturas, todavía no se ha visto a un solo campesino en la calle. Lo que demuestra que este “Diciembre” francés es también el momento de los payasos, impulsados por las redes sociales que aceleran toda vía más la “carnavalización” del asunto. La espléndida y trágica promesa de Internet es que ya no volvería a haber ni jefes, ni jerarquías ni autores, ni tampoco ningún representante de lo que fuese. El resultado es desolador: no hay nadie con quien el Elíseo o Matignon (3) puedan negociar. El movimiento de los chalecos amarillos  expresa de manera clamorosa la gran crisis de la representación en que estamos inmersos. Cuando todo el mundo piensa ser jefe o escritor, en realidad nadie es ya ni lo uno ni lo otro. Sólo durante el carnaval puede todo el mundo llegar a ser rey,  por un día o durante cinco minutos en un canal informativo. Aquello embriaga, crea una satisfacción ficticia. La carnavalización de la sociedad por el sistema mediático no cejará. ¿Cuál es el único resultado de una fiesta? El haber estado festejando: “lo importante es participar”.

LP. ¿Y después de Rabelais?

PS. Cogería en las estanterías el libro de Alain Peyrefitte “El mal francés”. Ya en 1976 el autor describía la estructura de la sociedad francesa con suma perspicacia. Su diagnóstico primario se volvió proverbial:  “el inmovilismo convulsionario”. Es lo que define la mentalidad francesa desde el fracaso del asalto a la Bastilla. Según Peyrefitte los males de vuestro país vienen del hecho de que Francia no ha conseguido librarse jamás de su herencia absolutista que se remonta a Colbert y a los grandes cardenales como Richelieu y Mazarino. Un centralismo gargantuesco que hace que todo vaya en el sentido de un cesarismo tecnocrático. Frente a este Estado omnipresente se construye una sociedad “de irresponsabilidad ilimitada” parodiando la denominación del modelo de empresa más común en Francia, el conocido como SARL,  “Société A Responsabilité Limitée”…


 Enrique IV en 1602
Por F. Quesnel

LP. ¿No es acaso Emmanuel Macron la perfecta emanación de este cesarismo tecnocrático?

PS. Completamente. Ésta es la insondable ironía de su posición. Él es el perfecto producto del cesarismo francés. No obstante, había prometido durante su campaña librar la nación del azote de una política que se confundiera con la gestión administrativa. Fue aquella promesa la que motivó su victoria. Acuérdense, quería volver a moralizar la política, volver a politizar el espacio público, volver a hacer del país la tierra de emprendedores que fuisteis antes de la expulsión de los protestantes a consecuencia de la revocación del Edicto de Nantes. Hasta ahora nadie ha entendido la envergadura de la política nacional y europea de E. Macron. Sólo puede resultar paradójica y dialécticamente contradictoria ya que se dirige a un electorado que estuviera dispuesto a acompañar una maniobra complicada y a largo plazo. Vean por ejemplo la supresión del ISF, el “Impuesto Sobre la Fortuna” (4). No fue en absoluto una decisión tomada desde una soledad arrogante y “jupiteriana” ni un subrepticio golpe de estado a favor de los ricos. Era el resultado de una reflexión democrática y fundada sobre un cálculo sólido. Aquel impuesto había demostrado ser estéril y expresaba ante todo una voluntad de castración simbólica de los “ricos”. Era pues un impuesto destructor que había perjudicado en alto grado la hacienda francesa al suscitar la evasión de capitales.

LP. Suprimió el ISF  pero decretó una tasa sobre el gasóleo. ¿Esto también es simbólico?

PS. ¡Aquello habría podido y debido ser un simbolismo progresivo! Si este proceso no han sabido entenderlo tantos habitantes de la Francia profunda, la culpa es del Sr Hulot, el dimitido ministro de Ecología. Él es quien habría tenido que explicar a los franceses el sentido de estas medidas. Hulot ha preferido escuchar la llamada de su vanidad y de su infantilismo voluntarista. Seamos serios, el giro ecológico del sistema económico mundial tardará un siglo entero. No se dimite después de unos pocos meses porque las cosas no vayan tan rápidamente como se esperaba.

LP. ¿Quiere usted decir que hay demasiados desertores y  egómanos en el equipo del Presidente?

PS. Me bastará constatar que la traición es un tema inagotable en la historia política de Francia. Pero no se puede decir que el “pueblo” de los chalecos amarillos traicione a su Presidente. No hace falta que lo traicione. Basta con que lo vuelva loco con mensajes contradictorios: “¡Danos por fin las reformas indispensables!” por un lado; “¡Ay de aquél que se atreva a reformarnos!”, por otro.

LP. Pues efectivamente, en las manifestaciones se han visto pancartas que decían “Macron = Luis XVI”. ¿Acaso uno de los presidentes anteriores no decía que para los franceses elegir un presidente era elegir un rey al que se le puede cortar la cabeza todos los días?”

PS. No. es un reflejo estúpido comparar a Macron con Luis XVI. Sólo me he encontrado dos veces con Macron y su mujer. La primera vez fue en Aquisgrán, en mayo, en la entrega del premio Carlomagno. La segunda fue en París, este otoño, en el taller de un artista. De modo que puedo decir que vuestro Presidente no se parece en nada a Luis XVI. Si hubiese que buscarle una referencia histórica, esta sería más bien Enrique IV: un rey con un carisma perceptible hasta por sus adversarios más irreductibles, inteligente, flexible, erudito, dotado de una visión global del porvenir, entregado a una actividad monstruosa que agotaba a sus colaboradores pero hacía que floreciera el país. Lo único en que no coinciden es en la disponibilidad erótica. En este campo Mitterand era más próximo al “Verde galante” (5) que Macron.[…] Enrique IV sobrevivió a 17 atentados y murió con el de Ravaillac, en 1610, el que hacía 18. Macron ha sobrevivido a bastantes “atentados/dimisiones” por parte de sus falsos amigos.


 Funerales por Victor Hugo
1 de junio de 1885

LP. Veo que usted vive realmente dentro de una biblioteca.

PS.  Abro un tercer libro el de René Girard “El chivo expiatorio”. Su teoría es que una sociedad en crisis siempre decide aislar a un presunto culpable y practica una matanza sacrificial para recuperar la paz interna a sabiendas -inconscientemente- de que la víctima es inocente. Todo el mundo sabe que no es Macron el que ha inventado las desigualdades. Todo el mundo ha escuchado su promesa de laborar por el bien de todos sus  compatriotas y el de todos los europeos. Sin embargo se le acusa de ser el “presidente de los ricos” ¿Por qué? ¿Porque ha pasado algunos años estudiando los sistemas bancarios? […] ¿Porque es culpable de conocer los mecanismos de la creación de la riqueza?

LP. Lo que se le reprocha es que esta riqueza esté mal redistribuida. ¿Macron como chivo expiatorio? ¿Por qué no? Pero el caso es que él es quien ha elegido la política que lleva a cabo, él es quien habla de la necesidad de presidir de un manera “jupiteriana”.

PS. Confieso que entiendo mal esta metáfora. Me gustaría volver a oír la versión original. De momento me digo que Júpiter, en el siglo XXI está rodeado por dioses desertores. El Olimpo ya no es lo que era.

LP. Volviendo a esta imagen del carnaval ¿quien será al final el rey de este carnaval?

PS. La cuestión no es tanto de saber quién será el rey sino de oponerse a que algunos usurpadores accedan al trono. En Francia demasiado bien se conoce el nombre de los pretendientes. Son ellos los que alimentan la tendencia hacia el caos, por no hablar de la intervención de los troles rusos. 

LP. ¿Qué se puede hacer?

PS. Yo propondría que abriésemos un cuarto libro, la obra maestra de Elías Canetti, Masa y poder, publicada en 1960. Ahí describe el funcionamiento de la muchedumbre, el hecho de que la única voluntad de la masa es su propio crecimiento. La masa es masa mientras crezca. Es preciso pues esperar el momento en que se vaya estancando. Según las leyes de la psicología de las masas, llegará un momento en que todo se venga desinflando. Diciembre es mala temporada para las revueltas, incluso en Francia donde la dinámica mimética heredada de la Gran Revolución tardará todavía tiempo en interrumpirse. En invierno, la contrarrevolución es la meteorología. El frío mueve a la reflexión. Quisiera recordar una confrontación imaginaria entre Karl Marx y Víctor Hugo. Acuérdese, vuestro escritor faro no oponía la “burguesía” al “proletariado” sino la clase “contenta” a los “miserables”. Nunca se ha entendido que el marxismo a la francesa era en realidad el “hugoísmo”. Las verdaderas luchas de clase conciernen las condiciones de la satisfacción, de la resignación y de la rebeldía. No es la economía política la que decide sino la psicopolítica. Hoy, en ese país al que adoro más que el mío propio, fuente de inspiración para el mundo moderno, patria de los literatos, del cine y de la canción comprometida, mucha gente ha aprendido a asumir una actitud de “miserables”, incluso cuando, a escala mundial, gracias a los esfuerzos extremados del Estado francés,  incluida la tasa de algunos céntimos sobre el carburante, forman parte de los desfavorecidos más favorecidos de la Tierra.

LP. ¿De modo que usted rechaza las reivindicaciones de los contestatarios?

PS. En absoluto, yo las apruebo en sus aspectos razonables. Pero hace falta admitir que vuestro presidente no puede -como hacía Jesús- andar sobre el agua. 

N del T:

1. La RENFE francesa.
2. Los “Jacques”, o sea los “Jaimes”, eran los labradores pobres. Llamábanse “jacqueries” las puntuales y anárquicas revueltas que protagonizaron durante siglos.
3. Matignon es la residencia del Primer Ministro.
4. Los chalecos amarillos están obsesionados con su restablecimiento.
5. “Verde Galante” es el apodo con que pasó a la historia Enrique IV (1553-1610), primer Borbón y  tatarabuelo del actual monarca español, por su, llamémosla, hiperactividad amorosa.

Navidades, termómetro y contrarrevolución