lunes, 15 de junio de 2020

La excentricidad



Ignacio Ruiz Quintano

Vino a decirlo Sigourney Weaver, en San Sebastián: «Europa está mucho más abierta a la excentricidad que Estados Unidos.» Bueno, Europa fue la cuna de aquel liberalismo que enseñaba a disfrutar más con la discrepancia inteligente que con la conformidad pasiva, pues, si uno valora la inteligencia como debiera, aquella discrepancia significa un acuerdo más profundo que esta conformidad.

Collins, el amigo íntimo de Locke, llamó «librepensamiento» al uso del entendimiento en esforzarse para discutir el significado de cualquier proposición, en considerar la naturaleza de la evidencia a favor o en contra de ella, y en juzgarla en conformidad con la fuerza o la debilidad aparentes de la evidencia. Sin embargo, un siglo más tarde, entre los «errores modernos» eclesiásticamente condenados figuraban el liberalismo y, naturalmente, el librepensamiento, azote del fanatismo. Ya Lutero, que era un fanático, consideraba a Copérnico un pobre traficante de paradojas que deseaba ser conocido por su excentricidad. ¿Acaso todas las ideas que hoy son convencionales no fueron excéntricas cuando surgieron? Pues ahí tienen un argumento en favor del librepensamiento, esa excentricidad inglesa basada en la certidumbre de todas nuestras creencias. Se dice que el librepensador se caracteriza no tanto por sus creencias como por su manera de sostenerlas. Pero esta actitud excéntrica requiere de la educación, el sosiego y el optimismo del XVIII, que fue el siglo del librepensamiento real, frente al librepensamiento virtual que, vía Internet, nos promete el XXI. Por ejemplo, este comentario de anteayer en TVE: «El Numancia empleó menos pólvora en vencer al Deportivo que la que gastó Viriato en abatir las defensas del heroico pueblo castellano.»

La influencia de Internet en las mentalidades es comparable a la de la Revolución francesa. Luego, cuando la Revolución culminó en la guillotina, los librepensadores se volvieron religiosos. ¿Cuál será la culminación de Internet? Alain Finkielkraut, filósofo y francés, ve en Bill Gates al sumo sacerdote de la religión de conectar a todos los analfabetos con todos los libros del mundo, lo cual que los analfabetos de los que vive Bill Gates son como las esposas de las que vivían los librepensadores dieciochescos, que las preferían creyentes para que se mantuvieran castas. Según el malicioso aforismo de G. E. Moore, cuando un filósofo dice que algo es así y así, lo que realmente quiere decir es que no es tan así. Hombre, en nuestro tiempo los filósofos dicen poco. Dicen más los políticos, aunque sin otro interés que el de hacemos creer que sus intereses son idénticos a los nuestros. Pero, políticamente, no vamos hacia el librepensamiento, sino hacia el centrismo, que consiste en su negación, y cuya única utilidad es que hace innecesario castigar excentricidades, porque no hay ninguna excentricidad que castigar. ¿Sobra, entonces, la libertad de expresión? Desde una posición centrista, no sobra, pero tampoco falta: no porque se suponga que tenemos muchas cosas que expresar, sino, al contrario, porque se supone, y se supone bien, que no tenemos que expresar ninguna. Además, si uno quiere decir que puede decir todo lo que quiere decir, ¿qué duda cabe de que puede decirlo?

Caen como bolos los viejos valores, pero no las viejas realidades, y el librepensamiento, que es el arte de la impertinencia, sólo conduce a una soledad desolada. Seguimos siendo lo que hemos sido, pero ya sin creer en lo que somos. El escepticismo, que siempre fue un privilegio de los poderosos, se pone al alcance de los pobres, que siempre habían necesitado creen en algo para contentarse con su suerte. ¿Qué les queda? La música de Sabina, que sirve «para acompañar al desgraciado», o la disciplina del asceta, que consiste en concebir solamente los deseos que la situación le permite satisfacer a uno. Inducir al ignorante a enorgullecerse de su ignorancia es el mayor refinamiento de la propaganda moderna.

No vamos hacia el librepensamiento, sino hacia el centrismo, que consiste en su negación, y cuya única utilidad es que hace innecesario castigar excentricidades, porque no hay ninguna excentricidad que castigar

Sigourney Weaver

 ¿Sobra, entonces, la libertad de expresión? Desde una posición centrista, no sobra, pero tampoco falta: no porque se suponga que tenemos muchas cosas que expresar, sino, al contrario, porque se supone, y se supone bien, que no tenemos que expresar ninguna

Heces




Esta tarde llueve, como nunca; y no
tengo ganas de vivir, corazón.

Esta tarde es dulce.  Por qué no ha de ser?
Viste de gracia y pena; viste de mujer.

Esta tarde en Lima llueve. Y yo recuerdo
las cavernas crueles de mi ingratitud;
mi bloque de hielo sobre su amapola,
más fuerte que su "No seas así!"

Mis violentas flores negras; y la bárbara
y enorme pedrada; y el trecho glacial.
Y pondrá el silencio de su dignidad
con óleos quemantes el punto final.

Por eso esta tarde, como nunca, voy
con este búho, con este corazón.

Y otras pasan; y viéndome tan triste,
toman un poquito de ti
en la abrupta arruga de mi hondo dolor.

Esta tarde llueve, llueve mucho. ¡Y no
tengo ganas de vivir, corazón!

CÉSAR VALLEJO

Lunes, 15 de Junio

Valle de Esteban

Al ponerse el sol

domingo, 14 de junio de 2020

El privilegio

Abc

Parte de la izquierda trató ayer de convertir la detención de un señor negro en Lavapiés en un caso Floyd a la española. Errejón, Iglesias y compañía son como los Esteso y Pajares de la interseccionalidad y las identidades. No te los crees. Hay algo de “Yo hice a Roque III” imitando a Rocky. No sólo ellos, hay una teatralidad en la importación de estas cosas americanas. Es evidente que tendrán y tienen su importancia, pero aquí hay un importante elemento de picaresca y pillería.

Y se ve sobre todo en la actitud hacia una cosa muy americana que es el “privilegio”, que mueve allí a acciones de culpa y expiación. A pagar un precio. Por ejemplo, el marido de Serena Williams, fundador de Reddit, renunció hace unos días a su puesto para que lo ocupara una persona de color. Recuerdo a un profesor que escribió al NYT reconociendo “pensamientos sexistas”. Puede sonar ridículo, pero ahí está. Aquí esto no se ve. Aquí el privilegio siempre es el de los demás. Lo vio bien el señor Ndongo, conocido (por la izquierda) como “el negro de Vox”, cuando pidió quedar para que le hicieran el besapiés y nadie se ofreció voluntario.

Cuando surgió el MeToo aquí eran muy partidarias y partidarios, pero quedó reducido a los usos y costumbres de El Prenda y a la denuncia de que alguien del cine le había tocado una teta (sic) a Leticia Dolera.

No digo que esto no sea grave, pero ¿no había más abuso de poder y mitú en España? El componente de autoinmolación, expiación, martirio y sacrificio del feminismo político-periodístico ha sido escaso; más bien lo contrario: a todas las periodistas sobrevenidas activistas del feminismo les ha ido bastante bien. Todas las que (a veces de un día para otro) agarraron esa bandera han visto mejorada su posición (mi reconocimiento aquí a las que han seguido siendo ellas, sin imposturas). Quiero decir con esto que la “importación” de esta política identitaria a España es algo fingida y utilitaria y que le falta el componente histérico y autosacrificial que se observa allí. La renuncia. Y la forma de saber que la cosa va en serio es fácil: que expongan su privilegio y lo ofrezcan en al altar de la Nueva Sociedad. Que reconozcan su clase y posición, su ventaja histórica, lo que les viene de papi, mami y el abuelo (no olvidemos al abuelo). Que pongan el privilegio por delante. O en otros términos, que queden con Ndongo para el besapiés (en Lavapiés).

¿A quién defiende la Autoridad?*


Vaya foto
@hughes_hu
___________
*Grito de protesta en el Tendido 7 de Las Ventas en los años 80

Desnudo en barro





Como horribles batracios a la atmósfera,
suben visajes lúgubres al labio.
Por el Sahara azul de la Sustancia
camina un verso gris, un dromedario.

Fosforece un mohín de sueños crueles.
Y el ciego que murió lleno de voces
de nieve. Y madrugar, poeta, nómada,
al crudísimo día de ser hombre.

Las Horas van febriles, y en los ángulos
abortan rubios siglos de ventura.
¡Quién tira tanto el hilo: quién descuelga
sin piedad nuestros nervios,
cordeles ya gastados, a la tumba!

¡Amor! Y tú también. Pedradas negras
se engendran en tu máscara y la rompen.
¡La tumba es todavía
un sexo de mujer que atrae al hombre!

CÉSAR VALLEJO

Antípodas


Ignacio Ruiz Quintano

Según las últimas estadísticas, uno de cada tres españoles no se cree que la Tierra es redonda. Mi ensayista dice que esto es lo que los alemanes llaman «Gesundenes Volksempfiden», o «sana experiencia del pueblo», aunque no dice cuántos alemanes lo dicen ni qué quieren decir con eso. A uno, desde luego, le parece muy alemana y muy de pueblo la sana experiencia de una Tierra cuadrada, pero ahí está ese tercio de españoles recalcitrantes a quienes seguramente les hace reír la idea de los antípodas, que tienen que andar cabeza abajo. La causa hay que buscarla en la vanidad humana, que, aunque sólo es aplicable a lo cercano, como la política nacionalista o la geometría euclidiana, se empeña en proyectarse sobre el universo.

El narcisismo, individual o colectivo, es la primera fuente de nuestras creencias: creerse en el centro del universo proporciona una sensación de excelencia que se desvanece únicamente al contacto con los astrónomos, para quienes la Tierra no es sino un modesto planeta de una estrella secundaria en una galaxia regional. Freud, que se ocupó médica y literariamente del narcisismo, consideraba que Copénico y Darwin representan los dos mayores estacazos a la vanidad humana, y a lo mejor no es casualidad que hoy el Estado de Kansas persiga oficialmente las hipótesis de Darwin ni que uno de cada tres españoles rehúsen estadísticamente las teorías de Copémico. Cuando por razones más estéticas que científicas algunos griegos pensaron que la Tierra es redonda, los demás griegos se sintieron en el deber de acusarlos de impiedad, y los cristianos, más tarde, de herejía. «¿Puede alguien ser tan necio como para creer que hay hombres cuyos pies están más altos que sus cabezas?», se preguntaba Lactancio, el tutor del hijo de Constantino. Ahora, en cambio, lo herético, al menos culturalmente, es negar a los antípodas, aunque no seré yo quien se burle de esta herejía, puesto que quienes por simple comodidad mental vamos de copernicanos por la vida tampoco nos cansamos de aludir a la «salida» y a la «puesta» del sol como principio y final del día.

La cosa es que un tercio de españoles todavía imaginan plana la Tierra: unos lo razonarán deductivamente, a partir de lo que les parece evidente, y otros lo razonarán inductivamente, a partir de lo que han observado. En cualquier caso, nadie los ha persuadido a creer lo contrario, y, bien mirado, cuando nadie sabe nada, ¿qué sentido tiene cambiar de idea? En general, con las ideas sólo acaban los hechos, no otras ideas. En Inglaterra, donde todavía se manejan ideas, con las ideas de Margaret Thatcher han acabado los hechos de «Café Irlandés» o «Full Monty», no las memorias de John Major, que la recuerda «autócrata, esquizofrénica y maleducada», y me-nos aún la «third way» de Tony Blair, para quien el centro del universo ya no es ni la Tierra ni el Sol, sino su Gobierno, que ha proclamado el final de la lucha de clases, lo cual nos parece cierto si leemos a Anthony Giddens, que es como leer a Lactancio, pero no si leemos a Shakespeare, que es como leer a Copérnico.
¿Y los vehículos del movimiento dialéctico? Hegel pensó en las naciones; Marx, en las clases, y Franco, que sin duda imaginaba plana la Tierra, en las bicicletas. («Los obreros lo que necesitan son bicicletas», dijo a Ridruejo.) Blair, sin embargo, es un político antípoda, y todo el tiempo que le deja libre el adorno de su imagen lo dedica a descuidar sus deberes: las observaciones pacientes y las hipótesis audaces. Proclamar el final de la lucha de clases, es decir, de la oposición entre los intereses de los muchos y de los pocos, constituye una hipótesis audaz, pero revela una observación deficiente, lo que supone incurrir en la hostilidad de ambas partes, salvo que el mundo se haya vuelto del revés y los pobres ya no quieran ser ricos y los ricos quieran dejar de serlo, en cuyo caso asistimos al fin de la historia.


Dionisio Ridruejo
La cosa es que un tercio de españoles todavía imaginan plana la Tierra: unos lo razonarán deductivamente, a partir de lo que les parece evidente, y otros lo razonarán inductivamente, a partir de lo que han observado

Domingo, 14 de Junio

Valle de Esteban

La Bella y la Bestia

"El que coma de este pan vivirá para siempre"

DOMINGO, 14 DE JUNIO
 
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:

-Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.

Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Entonces Jesús les dijo: 
-Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.

 Juan 6,51-58

sábado, 13 de junio de 2020

Rodillazo

San Amaro, Burgos


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    En el glorioso 92, en plena “repartija”, como se llama al “consenso” en hispanoamericano, el liberalio Pedro Schwartz titulaba en el diario gubernamental su artículo más ruidoso: "¡De rodillas, infelices!" Se lo decía a los comunistas, que venían de perder el Muro de Berlín, su mayor contribución a la cultura occidental. Treinta años después, los que andan de rodillas, como toreros tremendistas, son los liberalios.

    –¿Progres, para cuándo el besapiés, dónde quedamos? –tuiteó ayer, coñón, el negro de Vox (“Tío Tom” para la progresía), Bertrand Ndongo.
 
La coña de Ndongo coincidió con la indignidad de Mark Milley, jefe del Ejército americano, disculpándose en la CNN, humillado como aquellos pilotos capturados en la guerra del Golfo, por participar en la caminata de Trump a la iglesia de San Juan en Washington, incendiada por los Antifa, y que es para los inquilinos de la Casa Blanca como la capilla de Las Ventas para los toreros.

    –No debí estar allí... Fue un error –gimoteó (sin dimitir) el general ante las cámaras.
 
–Milley quiere estar en el video de las actrices disculpándose por su privilegio blanco –contestó Ann Coulter.
 
Karl Popper creía que los coeficientes intelectuales eran una de las mayores insensateces de nuestra época, y que conducirían a los norteamericanos a perder la próxima guerra mundial, “pues sus generales son elegidos con arreglo a su CI”. Peor aún: son elegidos por su “disposición a arrodillarse”.
 
Estaba escrito (lo hizo Jean Cau, secretario de Sartre, en el 73): “Atontada, una sociedad asiste a su laminación. Petrificada, con los ojos abiertos por el terror, contempla el fenómeno colosal del fin del cristianismo, y se interroga, tartamudeando, sobre la imposibilidad de vivir la libertad del hombre cuando está desposeída de toda trascendencia. Entonces, sus artistas hacen gestos y se convulsionan, sus comediantes se desnudan, sus intelectuales se agrupan en racimos y se ponen en órbita alrededor del planeta Utopía…”

    –General, ordene “¡De rodillas!”


Lucas 18:9-14

Anticomunismo


 Hughes
Abc
 
Mientras hablaba de Supervivientes, lo que exige no poca creatividad, Alesandro Lecquio reveló algo escandaloso: “De la misma manera que unos odian a los fachas, yo odio a los comunistas”.

Lo primero que llama la atención es que para decir ciertas cosas en España hay que cumplir como mínimo dos de estos requisitos: ser millonario, ser extranjero, o estar de vuelta de todo. Schuster criticó el ultraje al himno en la final de Copa, Figo ha sido uno de los pocos famosos críticos con el gobierno y ahora habla Lecquio, que tiene la libertad del que ha perdido lo más importante (reciba mi pésame).

Inmediatamente llegó Ana Rosa con las sales. “Guerracivilismo no”, pero Lecquio no iba tan descaminado. No sólo por sus razones (“Han matado más”), también porque el anticomunismo puede ser una ideología necesaria.

La penúltima “revolución” conservadora, la de Reagan, en la que aún abrevan los neocons que sobreviven en su odio a Trump, estuvo cimentada en un fuerte anticomunismo que daba cohesión a elementos liberales y conservadores muy dispares.

El comunismo era entonces algo nítido. Era un enemigo claro, preciso. Ahora es mucho más complicado, parece un sarampión zombi y algunos le llaman “populismo”, pero en los debates sobre las formas de resistencia a las políticas de identidad, aquella determinación intelectual se echa de menos.

Más en España, donde el comunismo fue la pila bautismal en la que los franquistas se purificaban para entrar en la democracia-que-entre-todos; llegó luego el segundo “cuarentañismo”, PRISA como intelectual orgánico, y una forma de corrupción muy particular en la derecha: comprar legitimidad individual a la izquierda pagando el precio los demás.

Estos días vemos cómo el PSOE afirma su biologismo en la cuestión del “género”. Chica es la que tiene tesorito. Y eso, como bien indicó Javier “Derroiciones” Bilbao, es lo que decía Hazte Oír antes de ser convertidos en caravana apedreable. Tenían razón. O al menos eran una voz digna de participar en el debate público.

¿Es lo actual una forma de comunismo? ¿Es una degeneración del liberalismo? Excede las posibilidades de este espacio y de este plumilla, pero la actitud “anti” no parece superflua. Lecquio tiene más sustancia que el tertuliano liberalio.


Lecquio tiene más sustancia que el tertuliano liberalio

Educación, patito feo de lo público

Rothko de pato pasado por la escuela de Celáa


Hughes
Abc

Con el coronavirus, España ha conseguido estar a la cabeza mundial en muertes por habitante, profesionales infectados, lentitud de respuesta, rigor del confinamiento y estragos económicos, pero no podemos conformarnos con eso y luchamos para ser los que peor resuelvan el asunto educativo.

A los niños hay que devolverlos a las aulas, por los niños, pero también, no nos engañemos, por los padres, y esto, que es un problema acuciante, recibe en España menos atención que el turismo o el fútbol. Si se fijan, tampoco entre los entusiastas defensores de «lo público» la educación despierta el mismo interés que la sanidad, y cuando se habla de ella se hace más por lo que tiene de lugar para que la familia «concilie» que por su importancia profunda. El maestro y su circunstancia son la clave de un país, pero este virus nos ha mostrado también la realidad del sistema educativo. La estrechez de esa circunstancia. España está a la cola de gasto europeo en educación y se nota en las instalaciones, el tamaño y número de las mismas, en la plantillas de profesores, y en las posibilidades tecnológicas.
En este estado de cosas, y mientras Manuel Castells optaba por lo semipresencial para las universidades, la ministra Celaá presentó un acuerdo con las Comunidades Autónomas que ni siquiera recibió el apoyo de todas ellas. Madrid protesta por gestión, País Vasco por competencias y Cataluña lo suscribe mientras no signifique nada, pues es uno de esos acuerdos para transmitir la idea de que existe una voluntad para llegar a un acuerdo. Se parece más a un gubernamental ir quitándose la cuestión de encima para que sean las Comunidades las que, a ojos de la opinión pública, dejen a los centros más solos que acompañados.

El acuerdo presenta poca inversión y pocas medidas estructurales. Cómo será el nivel técnico que se redefinen las distancias a partir del metro y medio de Edmundo Bal, medida sobre la que se calcula todo lo demás. Los menores de diez años, que ya no sabemos si transmiten o tienen la inofensiva inmunidad del querubín, no llevarán mascarillas y se recurre a crear «agrupaciones de convivencia estable», que eso serán las clases. Una ampliación de la zona familiar de contagio. Es decir, más fraseología que cambios, poco dinero y poca resolución (no hay competencia, ni competencias) y que los profesores se laven mucho las manos. Es revelador que su voz ayer se oyera poco o nada. Los sanitarios se llevaron los aplausos y los docentes tendrán que apechugar con aprensión y gel, que en algún sitio hay que dejar al niño.

Avestruz





Melancolía, saca tu dulce pico ya;
no cebes tus ayunos en mis trigos de luz.
Melancolía, basta! Cuál beben tus puñales
la sangre que extrajera mi sanguijuela azul!

No acabes el maná de mujer que ha bajado;
yo quiero que de él nazca mañana alguna cruz,
mañana que no tenga yo a quién volver los ojos,
cuando abra su gran O de burla el ataúd.

Mi corazón es tiesto regado de amargura;
hay otros viejos pájaros que pastan dentro de él...
Melancolía, deja de secarme la vida,
y desnuda tu labio de mujer...!

CÉSAR VALLEJO

Sábado, 13 de Junio

Valle de Esteban

Luz de yeso

viernes, 12 de junio de 2020

¿El gran derbi?


 Joaquín, soledad en el banquillo

 Soledad en el ¿gran derbi?

 La soledad del capitán vencedor


Francisco Javier Gómez Izquierdo
        
 No tengo idea de la disposición de cada cual para volver al fútbol, pero en mi caso ha sido de temor ante la sospecha confirmada de asistir a un sucedáneo. Ésto no es, señores. Ésto es como decir misa en vaqueros y saltándose la consagración. Antier el Rayo-Albacete disimuló un poco la orfandad de unas criaturas amparadas sólo por criterios de negocio quizás porque un partido aplazado siempre parece jugarse a deshora y nadie se acuerda cuando se reanuda. Todo era raro. El Albacete con 10. Paco enmascarado y con guantes como para operar de urgencia en un avión. Lucas con esa tristeza amarga que tanto nos aburrió en El Arcángel. Fútbol impreciso como el de presos en régimen de aislamiento resuelto por la genialidad del de la celda 3 al que hay pagar dos cortados por su golazo por la escuadra... En Segunda División no resulta tan extraño el graderío vacío.... pero en un derby de Primera ese mismo vacío sospecho nos traerá efectos secundarios.
      
En febrero hice el propósito de venir a Sevilla a vivir el ambiente previo de este partido y el de  final de Copa. Entrada, seguro que no hubiera conseguido para ninguno de los dos, pero las dos fechas las tenía marcadas en el calendario. ¡Ah! ¡Cuánto hecho de menos y voy a seguir echando, el ambiente previo a un gran partido de fútbol! ¿Y ver un Sevilla-Betis en una bar bético o sevillista? No sé. Me parece que si dura mucho la exclusividad televisiva los yonquis lo vamos a ir dejando. Tienen razón los comentaristas cuando dicen que el nuevo fútbol parece un juego de play station con menos atractivo que el que tienen para nuestros chicos sus particulares ligas. ¡Con qué mala sensación me fui a la cama!
       
Lo más destacable ayer en el Sánchez Pizjuán corrió por la zona derecha del Sevilla y se llama Lucas Ocampos, para un servidor el mejor futbolista que ha llegado esta temporada a la Liga. Además de clase tiene casta competitiva y ¡cómo no! es cosa que sólo supo ver Monchi. Este diamante de 25 años lleva un quinquenio sin acabar de encajar en varios equipos de Francia e Italia y al final este verano el Olympique de Marsella atendió a la pretensión de Monchi y traspasó al zagal. Álex Moreno y Tello miraban impotentes el despliegue del argentino. ¡Con qué soltura  les ganaba todas las carreras y les robaba todos los balones!. A los diez minutos ya había estrellado un balón en la cruceta de Joel y los que acabábamos el vaso de vino de la cena dábamos el partido al Sevilla por mejor forma física y por mucha más calidad técnica a pesar de ese trío bético con Canales-Aleñá-Fekir que no acaba de cuajar. Aleñá tiene ramalazos de portento pero a la hora de la verdad yo creo que entorpece a sus compañeros que no entienden sus repentinas ocurrencias. Esperemos que encaje definitivamente pero está claro que Rubi no lo quiere sacando el balón entre los centrales. El partido fue del Sevilla de principio a fin y lo empezó a ganar a poco del descanso. Es cierto que Mateu Lahoz ayudó lo suyo a resolver el trámite con un penaltucho de los que en otro tiempo no se le pasaba por la cabeza pitar. Imagino que el VAR le diría que la jugada es interpretable y que hiciera lo que creyera conveniente. Mateu no revisó la jugada y mantuvo su primera impresión que por otra parte creo que es como debe ser. Lanzó el castigo Ocampos, no sé si por estar así programado o por ser el que más en vena estaba anoche. El 2-0 vino a los cinco minutos del penalty después de un saque que taconeó como al descuido el jugador del partido, delineando un pase perfecto a Fernando que como Advíncula con el golazo del Rayo en Segunda parece que quisiera revindicar la negritud como moda de temporada.
        
Tras el 2-0 definitivo llegó otra de las novedades venenosas para el fútbol: los cambios. Cinco por equipo. Como si fuera un partido de presentación de agosto pero que en competición va a servir para hacer insufribles las pérdidas de tiempo. Para que no hay lesiones, dicen. Supongo que lo de los cinco cambios no habrá venido para quedarse. Si así fuera, entre lesiones simuladas, Bilardos estudiando las “posibilidades sustitutivas” y la televisión explicando los fundamentos del “nuevo fútbol”, el negocio y el deporte-espectáculo que nos tiene abducidos, acabará por derrumbarse... o quizás se asiente para el espectador consumidor de series.Al final, lo más sensato será volver a las canchas de cadetes y juveniles donde podamos respirar de nuevo fútbol. Si ayer no hubo pizca de emoción, ¡ustedes me dirán la que va a haber en un Extremadura-Alcorcón!

El ministro

Colibrí de Fernández de Molina



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    El ministro de Justicia, por las cosas que dice en el Banco Azul, es un Arévalo sin lecturas. Ayer, no sé si como ministro de Justicia o como novio de la presidenta del Legislativo (en Europa, esto de legislativo y ejecutivo es una forma de hablar), dijo que “hay que abordar entre todos (¡consenso!) la salida a una crisis y un debate constituyente”.
    
Si mi ensayista no me engaña, “cuando un poder ya constituido en el Estado asume de hecho el poder constituyente, no se entra en un proceso constitucional propiamente dicho, sino en un ‘golpe de Estado’, como Bonaparte”, en cuya cabeza, se ha dicho, había una incoherencia, “rasgo distintivo de todos aquellos que no colocan sus pensamientos bajo la ley del deber”, tal que nuestro Sánchez, un oso con bozal que aún se oye rezongar, pero que sus domadores hacen bailar a su gusto.
    
–Ese golpe no tiene que ser violento. Puede ser formalista o representativo, si una Asamblea puramente Legislativa se autoproclama Asamblea Constituyente, como sucedió en la primera Asamblea francesa y en las primeras Cortes de la Transición española.
    
No parece que un Arévalo sin lecturas sepa establecer la diferencia entre “constituido”, “constituyente” y “constitucionario”, que son matices de abate, pero el caso es que andaba uno abismado en la lectura del colibrí como símbolo de la sexualidad masculina de los mexica, de Miriam López Hernández, cuando me llegó el aleteo constituyente y ministril, como de vicicilín, cuya pluma, dice Gómara, es menuda, linda y de muchos colores.

    –¡El 78! ¡De la ley a la ley! ¡La hora de Edmundo! (Bal, no Dantés).
    
Y todos rejuvenecimos cuarenta años, cuando nos enteramos por una primicia de “Cuadernos para el Diálogo” de que estábamos en período constituyente. Lo que se nos viene encima ya lo hemos vivido. No nos faltan legalistas y oportunistas (más burros, eso sí) dispuestos a atribuir ilegalmente la fuerza constituyente a un simple poder constituido. Y esta vez, sin libertades individuales.

Absoluta





Color de ropa antigua. Un julio a sombra,
y un agosto recién segado. Y una
mano de agua que injertó en el pino
resinoso de un tedio malas frutas.

Ahora que has anclado, oscura ropa,
tornas rociada de un suntuoso olor
a tiempo, a abreviación... Y he cantado
el proclive festín que se volcó.

Mas ¿no puedes, Señor, contra la muerte,
contra el límite, contra lo que acaba?
¡Ay, la llaga en color de ropa antigua,
cómo se entreabre y huele a miel quemada!

¡Oh unidad excelsa! ¡Oh lo que es uno
por todos!
¡Amor contra el espacio y contra el tiempo!
Un latido único de corazón;
un solo ritmo: ¡Dios!

Y al encogerse de hombros los linderos
en un bronco desdén irreductible,
hay un riego de sierpes
en la doncella plenitud del 1.
¡Una arruga, una sombra!

CÉSAR VALLEJO

Viernes, 12 de Junio

Valle de Esteban

Balano embravecido

jueves, 11 de junio de 2020

¿Qué harán con Darwin?

El joven Darwin

Hughes
Abc

En una conversación apareció ayer el nombre de Darwin. Darwin habla de especies, no de razas, decía alguien. Hum… sí bueno no, que diría Raúl González. Es innegable que habló de razas. Lo que me llevó a pensar en cómo la izquierda americana, la que se impone en campus y periódicos, no dice nada de Darwin. Caen las estatuas de Colón, de Churchill, de Lee, y se establece una muy estricta policía de pensamiento, pero… ¿qué hacen con Darwin? ¿Qué harán con Darwin? El hombre bueno actual es tan bueno que poca gente está a la altura. Es evidente que la izquierda no es darwiniana, y que en muchos aspectos les incomoda enormemente, absolutamente incluso, pero mientras no afecte a sus dogmas sobre el mercado o la naturaleza humana, Darwin construye parcialmente su explicación del mundo y sirve para que puedan ridiculizar la “superstición religiosa” con su inconfundible elevación de ceja. Darwin para la izquierda es “sí, bueno, no” y “no, pero sí”.

Darwin era “hijo de su tiempo”, cosa que hasta hace poco sabíamos entender, sabíamos contextualizar, pero hay pasajes en su obra que a la luz actual (luz de pureza cegadora) resultan inequívocos. A continuación transcribo dos de “El Origen del Hombre”. ¿Qué hacen los jóvenes woke y sus Pelosis cuando leen esto? ¿Qué harán con Darwin? ¿Respetarán su estatua? ¿Lo considerarán racista y romperán definitivamente con él o lo silenciarán, como silencian tantas cosas, para mantener uno de sus argumentos favoritos contra la religión?

“Frecuentemente se ha opuesto como un grave argumento a la idea de que el hombre descienda de una forma inferior, el notable vacío que, interrumpiendo la cadena orgánica, separa el hombre de sus más inmediatos vecinos, sin que le llene especie alguna intermediaria, extinguida o viviente. Pero esta objeción reviste poca importancia a los ojos de quien, fundando su convicción en leyes generales, admite el principio fundamental de la evolución. De uno a otro extremo de la serie zoológica, encontramos sin cesar vacíos, extensos unos, reducidos otros: obsérvanse, por ejemplo, entre el orangután y las especies vecinas, entre el elefante y, de una manera más sorprendente todavía, entre el ornitorinco y los demás mamíferos. Con todo, sólo la extinción de las formas intermediarias ha creado tales vacíos. Dentro de algunos siglos a buen seguro las razas civilizadas habrán eliminado y suplantado á las razas salvajes en el mundo entero. Casi está fuera de duda que en la misma época, según la observación del profesor Schaafhausen, habrán sido igualmente destruídos los monos antropomorfos. El vacío que se encuentra hoy entre el hombre y los monos, entonces habrá aumentado considerablemente, ya que se extenderá desde la raza humana (que entonces habrá sobrepujado a la Caucásica en civilización) a alguna de mono inferior, tal como el babuino, en lugar de estar comprendido, como en la actualidad, entre el negro o el australiano y el gorila”.

“En el anterior capítulo, y en el principio del presente, he considerado los progresos efectuados por el hombre, a partir de la condición primitiva semi humana, hasta su estado actual en los países en que todavía el hombre se encuentra en estado salvaje. Creo deber añadir aquí algunas observaciones relativas a la acción de la selección natural sobre las naciones civilizadas. Este asunto ha sido muy bien discutido por M. R. Greg, y anteriormente por Wallace y Galton. La mayor parte de mis observaciones están tomadas de estos autores. Entre los salvajes, los individuos de cuerpo ó espíritu débil son eliminados prontamente, y los que sobreviven se distinguen ordinariamente por su vigorosa salud. Los hombres civilizados nos esforzamos para detener la marcha de la eliminación; construimos asilos para los idiotas y los enfermos, legislamos la mendicidad, y despliegan nuestros médicos toda su sagacidad para conservar el mayor tiempo posible la vida de cada individuo. Abundan las razones para creer que la vacuna ha preservado á millares de personas que, á causa de la debilidad de su constitución, hubieran sucumbido á los ataques variolosos. Aprovechando tales medios los miembros débiles de las sociedades civilizadas propagan su especie. Todos los que se han ocupado en la reproducción de los animales domésticos, pueden calcular cuán perjudicial debe ser el último hecho á la raza humana. Sorprende el ver de qué modo la falta de cuidados, ó tan sólo los cuidados mal dirigidos, pueden arrastrar á una rápida degeneración a una raza doméstica; y, exceptuando en los casos relativos al hombre mismo, nadie es bastante ignorante para permitir que se reproduzcan sus animales más defectuosos. Los socorros que nos inclinamos á dar á los seres enfermizos, son principalmente un resultado accesorio del instinto simpático, adquirido originariamente como formando parte de los instintos sociales, y que sucesivamente ha ido siendo más compasivo y extendiéndose más. Aunque á ello nos obligasen razones perentorias, no podríamos reprimir nuestra simpatía, sin sentirnos acerbamente heridos en la parte más noble de nuestra naturaleza. Indiferente é insensible, practica el médico una operación quirúrgica, pero se muestra así porque sabe que se trata de la salud de un paciente; sólo por una ventaja fortuita no atenderíamos intencionalmente al socorro de los seres raquíticos y enfermizos, pero en cambio nos resultaría de ello un perjuicio moral, positivo y duradero. Por lo tanto, debemos admitir, sin protestar, los efectos malos á todas luces que resultan de la supervivencia y de la propagación de los individuos enfermizos, ya que están atenuados por el hecho de que los miembros demasiado débiles e inferiores de la sociedad se casan menos fácilmente que los sanos. Este freno podría llegar á tener una eficacia real, si los débiles de cuerpo y espíritu se abstuviesen del matrimonio, cosa más de desear que de esperar”.

Bosé

Los Gates


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Igual ahora que Bosé se ha coscado del lujo que supone la libertad empieza alguien a defenderla.
    
La libertad murió en Europa antes de nacer, exactamente con las revueltas de octubre de 1789, cuando la Revolución, dicho por la hija del ministro Necker, cambió de objeto y ya no fue la libertad sino la igualdad su objetivo. Desde entonces Europa sabe de libertad por lo que haya leído en los libros.

    Bosé ha pillado a nuestro Toni Manero (Pedro Sánchez) cantándole su “Linda” a Melinda Gates, esposa de Bill, a cuya Fundación ha contribuido con 125 millones nuestros para una vacuna con polvos mágicos “para controlarnos”.
    
–Yo digo no a la vacuna, no al 5G, no a la alianza España / Bill Gates. Yo Soy La Resistencia.
    
Los ricos (Bill, Soros y sus humildes pececillos de secano, como cantaban las Vainica) han concluido que los pobres siempre van a más, y ya no basta con huir, como Pablemos, de Vallecas a Galapagar (¡aporofobia!). ¿Qué hacer? Los chinos tienen la receta: elites (¡capitalistas de Estado!) viviendo como marajás y pobres sometidos como esclavos. La solución china aplicada al planeta es el globalismo.

    –Sólo hay una cosa que merezca hacerse en este mundo –fue la confidencia de Bonaparte al duque de Melzi–: adquirir cada día más riqueza y más poder.
    
Hoy la literatura política, bien untada, se torna tan reaccionaria como la que padecieron los Founding Fathers cuando dieron con la libertad política gracias al invento de Hamilton, la “democracia representativa”, una patada en el morro a todos los reaccionarios del mundo, que negaban esa posibilidad para todo territorio más grande que la calle Salsipuedes de Pamplona. Su mera posibilidad había sido reducida a utopía en “La República de Oceana” de Harrington, cumplida en la Constitución federal del 87 que ahora Occidente trata de derrumbar en nombre de la igualdad.

    –¿Queréis igualdad? ¡Haré algo mejor: os daré la desigualdad a favor vuestro! –resumió Bonaparte.
    
Es la consigna de los oligarcas y sus medios.

Mentira





Mentira. Si lo hacía de engaños,
y nada más. Ya está. De otro modo,
también tú vas a ver
cuánto va a dolerme el haber sido así.

Mentira. Calla.
Ya está bien.
Como otras veces tú me haces esto mismo,
pero yo también he sido así.

A mí, que había tanto atisbado si de veras
llorabas,
ya que otras veces sólo te quedaste
en tus dulces pucheros,
a mí, que ni soñé que los creyeses,
me ganaron tus lágrimas.
Ya está.

Mas ya lo sabes: todo fue mentira.
Y si sigues llorando, bueno, pues!
Otra vez ni he de verte cuando juegues
.

CÉSAR VALLJO

Jueves, 11 de Junio

Valle de Esteban

El gato de Cheshire

miércoles, 10 de junio de 2020

Paseos de un burgalés por Córdoba. El castillo de Maimón

 El Castillo de Maimón

 La piscina

 El frontón

El hermano Paulino en la capilla


Francisco Javier Gómez Izquierdo

 Al Barrio del Naranjo hay que ir. No se pasa por él. Se deja a izquierda o derecha conforme al sentido de la marcha, como dicen los códigos de circulación, pero si subes a él es porque vives allí, porque visitas a un amigo o porque los nenes tienen partido en el polideportivo. No subí hasta el año 2.000 y dejé de hacerlo hace cinco o seis años cuando el chico dejó de jugar al noble deporte del balonmano. ¿Qué será del balonmano y esa pequeña secta que nos juntábamos en los pabellones de pueblos y ciudades después de la peste? ¿Se prohibirá el pivote? ¿Desaparecerán los Aguinagaldes?
       
El polideportivo del Naranjo está al final de la subida al barrio y a unos diez metros había y aún hay una puerta no muy bien encajada de hierro por la que se accedía a un mostradorcillo donde un señor te vendía naranjas buenas y baratas en invierno. De ahí no se podía pasar al complejo del castillo de Maimón, un internado de maristas donde estudiaron varios serranos de la Demanda tres o cuatro quintas mayores que un servidor, porque ya no había maristas, ni colegio, ni vida al parecer.
       
El barrio ha crecido por la parte Este. Una tramo corto de carretera asfaltada que tendrá cinco años como mucho sube desde Chinales a unas casas unifimaliares, bordea parte de la hacienda del Castillo de Maimón y da la vuelta por el polideportivo para salir hacia la zona del Brillante, que es el barrio de la gente de dinero. En la parte Este del Castillo/colegio hay un nuevo acceso recién trazado de unos cien metros como de hotel que se empina en la curva que coge al llegar a la puerta de hierro que siempre he conocido y desde la que me llamaron la atención dos señores cuando ayer, atrevido, subía decidido hasta el Castillo de Maimón. Me paré, claro está. “Esto es una propiedad particular y no se puede acceder” me dijeron los dos señores, uno anciano y otro cuarentón.  “Miren ustedes, hace mucho tiempo que quiero ver la finca porque aquí estudió mucha gente de la Sierra de Burgos y todos los veranos, cuando los veo, me preguntan qué ha sido del castillo de Maimón. Como lo he visto abierto....” El mas mayor me dice que él es de Alicante y que si le puedo decir el nombre de mi pueblo. Se lo digo y le sitúo con Salas, Palacios, Quintanar... Me pregunta si conozco algún Ibáñez de la Sierra. Le digo que es apellido muy común y  que un tal Sinesio y el primer Fco. Javier de mi pueblo estuvieron aquí. El anciano sonríe y me confiesa que se llama Paulino, que tiene 83 años, que es de Santibáñez Zarzaguda y que los últimos maristas de aquel tiempo de los 60 y 70 han sido tres de Burgos. Él mismo, uno de Torrepadre y otro de Tordómar que murió hace poco. Le suena el nombre de Sinesio y cuando lo dice noto que le he caído bien. Al acompañante le dice que si no le parece mal “vamos a enseñarle el sitio al paisano”. Subimos despacio, el hermano Paulino apoyándose en el murete señalando a la derecha una gran alberca para el riego, a continuación la piscina de la que disfrutaban los chicos vascos, navarros sobre todo y castellanos que estudiaron aquí. Nos detenemos en una especie de terraza/mirador rodeada de flores en la que se debe estar en la gloria en las noches de verano. Unos operarios trabajan en una dependencia que parece nueva a la que se accede bajando cuatro peldaños desde la terraza. El hermano Paulino tiene interés porque de la vuelta al colegio y al comienzo a la derecha veo el frontón del que me había hablado algún cordobés que por Semana Santa había tenido que acudir allí siete días de Ejercicios Espirituales. “Queríamos ir porque nos podíamos bañar en la piscina”. El frontón está reformado de manera un poco extravagante para jugar al frontenis : “..aquí no hay pelotaris. Ahora está jugando el torero Finito con las raquetas”.   Ya dentro del edificio, el Hermano Paulino me lleva a una especie de claustrillo, un aula grande, la iglesia... El otro señor es el que lleva las llaves y abre las dependencias con la soltura y el dominio que sospecho da la encargaduría de todo el recinto. “Aquí ahora se hacen convenciones, cursos, reuniones y por eso se está rehabilitando como hotel, pero sin lujosas pretensiones.”  Cuando me despido de ellos, agradezco tanta amabilidad y me hago la promesa de traerles un par de botellas de vino y un poco de cecina cuando vuelva de la Demanda, si alguna vez me dejan ir.

Funciones


Octavio Paz

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Está visto que el español confunde el reparto de funciones con la división de poderes.

    El malentendido no es inocente (“todo es bueno para el convento, y llevaba una puta al hombro”), pero lo han hecho suyo todos los inocentes de la gran inocentada de España: porteros de finca, politólogos de TV (“telepollas” los llamaba Cela), profesores de universidad, abogados de la Corte e incluso guardias civiles.
    
–Nos estamos jugando la separación de poderes y el Estado de Derecho –dijo el otro día, hablando de lo suyo, el coronel Pérez de los Cobos.
    
“Unidad de poder y separación coordinada de funciones”, llamaba Franco al franquismo, y a los cuarenta años de muerto el Supremo autorizó profanar su tumba… “¡porque no separó los poderes!”, si bien la “unidad de poder…” sigue ahí, tan terne, seguramente porque nadie se ha leído el tocho de Tocqueville, al que un politólogo de TVE hizo “padre fundador” de los Estados Unidos con el visto bueno cabeceante de los contertulios, colosos todos del columnismo patrio.
    
Fue Tocqueville quien elevó a atributo esencial de la democracia representativa el principio divisorio del poder estatal, un descubrimiento revolucionario de los “Founding Fathers”, último bastión de la libertad en el mundo. Hamilton, Madison y Jay cogieron la soberanía, metafísicamente indivisible, e hicieron con ella lo que Octavio Paz invita a hacer con las palabras:
    
–Dale la vuelta, cógela del rabo (chille, puta)… Cápala, písala, gallo galante, tuércele el gaznate, cocinero…
    
La derrotada Alemania, constituida en prestamista de dinero y democracia, nos ha reemplazado la división real de poderes americana con la división social de partidos europea, y la voluntad particular del jefe del partido gobernante es la voluntad general de la nación. ¡La función crea el órgano!
  
 –Si la cordura –explica el clásico– se define, como normalidad, por la generalidad del hábito, no habrá locura si todos, dementes y sensatos, acuerdan vivir como locos y generalizan la locura.

El racismo sistémico policial americano, más “narrativa” que evidencias




Hughes
Abc

Escribí el sábado una columna que hacía referencia al tratamiento televisivo de las protestas raciales en Estados Unidos. Dije que el racismo sistémico policial es un “mito” desmontable con sólo mirar las estadísticas. Después, seguí escribiendo de otros asuntos hacia los que apuntaba la columna o columnita, y digo columnita porque es un texto de 2.000 caracteres en la sección de televisión del periódico, lo que hace muy difícil realizar reportajes estadísticos. Esto lo puede imaginar cualquier lector razonable, pero no fue comprendido por algunos empleados de Ferreras que afearon, con desigual estilo, que no refiriera los datos en la columna.
 
Bien, a continuación acompaño una serie de referencias que apoyan esas dos líneas que escribí. Si originalmente me animó la desahogada desfachatez de mis, digamos, colegas, ahora creo que puede resultarle interesante al improbable lector que se asome al blog.

Heather MacDonald dio en el WSJ unos datos elocuentes. Para empezar, el número de contactos entre la policía y ciudadanos es de 375 millones al año. Ése es el volumen de interrelaciones. En 2019, los policías mataron a 1004 personas, la mayoría armadas o peligrosas. La población negra asesinada (por cierto, aquí la variable del “género” de repente no importa en absoluto) es una cuarta parte, 235 personas, un porcentaje estable desde 2015.
 
Esto se suele relacionar con el porcentaje de población negra sobre el total, que es el 13%, y es la trampa habitual del razonamiento, porque con lo que se tiene que relacionar es con la proporción de interacciones entre la policía y los sospechosos. En 2018, los negros fueron responsables del 53% de los homicidios y del 60% de los robos. Con eso es con lo que hay que comparar el 25% de las muertes.

Hablábamos de personas armadas o peligrosas. En cuanto a las desarmadas, el dato ha circulado en forma de “meme” por la red. El último año del que hay cifras, los negros desarmados asesinados fueron 9, y 19 los blancos; en 2015, hubo 38 víctimas negras y 32 blancas, es decir, que con Trump descendió el número total y además su impacto en la gente de color. Las muertes de personas negras desarmadas a manos de policías supone el 0,1% del total de homicidios negros (7407 muertos). Ésa es la medida de la masacre policial. Además, la mayor parte de la violencia es intrarracial. Los hombres negros son mayoritariamente asesinados por otros hombres negros. MacDonald aporta más datos. Un oficial de policía tiene 18 veces y media más probabilidades de ser asesinado por un hombre negro de las que tiene un hombre desarmado negro de ser asesinado por un oficial de policía.

Un análisis de 2015 del Departamento de Justicia de Filadelfia encontró que los policías blancos eran menos propensos que los oficiales negros o hispanos a disparar a sospechosos negros desarmados, un sesgo de prudencia fácil de entender. El Washington Post publicó un estudio no basado en datos sino en simulaciones en las que los policías blancos fueron más lentos a la hora de disparar a los sospechosos negros.

El hombre negro tiene más problemas con la policía porque se involucra en actos criminales con mucha más frecuencia. No sería el racismo, o no sólo el racismo, sino unos números criminales desproporcionados. Otro autor, Sendhil Mullainathan, preocupado por esa mayor proporción de tiroteos de afromericanos respecto a su porcentaje de población, llegó también a una conclusión parecida. Según él, si existiera un sesgo racista, debería de haber una significativa diferencia entre las tasas de arresto y tiroteo a la población negra, pero no hay evidencia de ella, de lo que deduce la ausencia de sesgo racista en los asesinatos policiales. El problema, señala, es que los negros tienen un desproporcionado número de encuentros con la policía, contactos que no están tan determinados por decisiones de racismo individual como por decisiones administrativas sobre zonas que patrullar o perfiles de sospechosos suministrados por ciudadanos. De nuevo, el “racismo sistémico” es fácilmente invocable pero difícil de encontrar como evidencia.

Durante la administración Obama, la oficina federal proporcionó unas estadísticas criminales según las cuales los negros eran 7 veces más propensos al asesinato que los blancos. Esta es la cuestión de fondo y en ella no se excluye el racismo como explicación, pero aleja el centro del debate de la naturaleza racista de la policía, acercándolo a las razones que explican esa mayor propensión racial al crimen. Una cuestión apasionante de estudio: pobreza, racismo, cultura, costumbres… El llamado “racismo estructural” ni siquiera es una explicación que se asuma generalmente. Intelectuales negros como Glenn Loury la observan con muchas reservas. Y no sólo se trata de un escrúpulo científico, de la preocupación por la causalidad o la bondad de los datos. En el fondo del asunto está el bienestar de la población negra, la necesidad de dar con las causas de ciertos comportamientos y la sospecha de que explicarlo todo con esa noción de “racismo sistémico” deja al hombre de color en una posición pasiva, se niega la posibilidad de una agenda afroamericana, de una responsabilidad en su comportamiento y que pueda haber unas razones propias y específicas. Hablar de “racismo sistémico” es, de alguna forma, racista, y además puede ser inútil para la población negra. Se trataría siempre de una carencia, de algo ajeno que les falta, de algo negativo, de algo que otros tienen y a ellos se les ha de dar, y no tanto de algo propio a conseguir, a eliminar o a modificar. Además, no explica la mayor evidencia de todas: el crimen en América es mayoritariamente negro y de unos negros respecto de otros negros. El Black Lives Matter, tal cual lo conocemos, es una simplificación que no va al fondo del problema. Hay un dato asombroso. A principios de los 90, la tasa de homicidios por hombres negros de 20 años en Los Ángeles fue de 368 por cada 100.000 cada año, cien veces más que en cualquier sociedad occidental, una tasa de muerte por homicidio similar a la sufrida por los soldados americanos en Irak durante el apogeo de la guerra. Ésa es la terrible magnitud del problema, y viene de muy atrás. Convertirlo en algo “trumpiano” o exacerbarlo hasta el conflicto por los 9 negros asesinados en 2019 se parece demasiado a una “narrativa” improvisada para consumo electoral inmediato.

Uno de los estudios más celebrados sobre el racismo policial es el de Roland G. Fryer, un joven académico negro de Harvard. Sus resultados sorprendieron al mismo autor. Fryer sí encontró evidencia de un sesgo racial en la violencia policial no letal. En el uso de la violencia en las interacciones de la policia con la población negra, pero a un nivel de violencia no letal, en situaciones como un arresto. Por eso, el autor ha hablado de Black Dignity Matter, más que de Black Lives Matter. Habría una mayor probabilidad de sufrir un trato vejatorio o violento en el negro sospechoso que en el blanco sospechoso al tratar con la policía, pero el autor subraya, y es lo sorprendente de su estudio, que en absoluto se encuentra un sesgo racista en cuanto a la violencia letal. A la hora de disparar, no hay evidencia alguna de racismo. Las simulaciones, recordemos, hablan más bien de lo contrario: ante un sospechoso de color, el policía blanco reacciona más lentamente.

Hay muchos datos interesantes que no aparecen en la “narrativa” sobre este asunto. Del 2014 al 2016, los años de auge del Black Lives Matter alentado por Obama, los homicidios aumentaron un 24’6%. Si eso no lo explica el racismo policial, ¿quién o qué retórica es responsable de ese incremento en la violencia? Es difícil que la prensa seguidista del partido demócrata (allí y aquí) asuma la responsabilidad.


El 4% de los negros que mueren por homicidio son asesinados por la policía (el 0,1%, vimos, son los desarmados), ¿y el 96%? Ese 96% es fundamentalmente intrarracial. Pero es que el 12% de los blancos e hispanos asesinados son asesinados por la policía, por lo que su tasa es tres veces mayor. ¿Hablaríamos de racismo policial hacia blancos y latinos?

Es un pequeño acercamiento a la mucha bibliografía al respecto. Efectivamente, el racismo sistémico de la policía, asunto complejísimo, es más mito que evidencia, e incluso ese concepto, racismo sistémico, es rechazado o mirado con prevención por penetrantes intelectuales negros que dudan sea científicamente útil y, lo más importante, útil para la solución de los problemas afroamericanos. En lo que nos llega, en ese flujo de información sesgada, sospechamos que esos problemas negros no importan mucho. Políticos y periodistas empaquetan una lucrativa “narrativa” con fines y objetivos muy distintos. Su pereza y falta de cuidado, eso sí, resultan llamativas.