miércoles, 1 de junio de 2022

San Isidro'22. Corridón de Escolar para Chacón, Lamelas y un Gómez del Pilar con oreja al mando, el riesgo y la firmeza que deja en chiste malo la cantada faena del pobre Julián al 47 de La Quinta. Márquez & Moore

 


 Gómez del Pilar y Vinatero


JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ

 
En la parte de arriba de la Puerta Grande o gatera grande de Las Ventas hay un cartel hecho con azulejos en el que puede leerse: “PLAZA DE TOROS”.  Podría poner “Plaza de cabras” o “Plaza de material artístico para espíritus sensibles” o “Plaza de bóvidos colaboracionistas”, pero no pone eso, porque esos nombres a nadie le incitarían a ingresar por esa puerta, sino más bien a salir huyendo de allí. Bien es verdad que la mayoría de los días lo que sale por las puertas de chiqueros se adecúa bastante más a esas categorías que a lo que alude el referido cartel de azulejos, pero eso no quita que un buen día, como cosa extraordinaria, ese cartel cobre plena vigencia y tengamos ante nosotros, en la Plaza de Toros, una auténtica corrida de toros. Y cuando decimos auténtica corrida de toros eso quiere significar una corrida que, vista desde la localidad, te lleva a pensar que no hay dinero ni oro en el mundo que te pueda hacer abandonar la seguridad de la localidad y estar ahí abajo. La clave está, justamente, en la casta. Ella es la que hace intratables a los toros, la que les confiere una imprevisibilidad que te obliga a estar fijándote en todos los acontecimientos que van pasando y a no apartar la vista de lo que ocurre en el ruedo en cada momento.

 
Hoy en Las Ventas no hubo “Vivespañas” porque no había lugar al aburrimiento de cada tarde que es el que dicta esos exabruptos, hoy no hubo borrachuzos vocingleros, hoy no hubo el tedio de tantas tardes porque el ruedo estaba poblado por el Toro, con mayúsculas, el dios primigenio y genésico, el tótem de la cultura del Mediterráneo, el jabonero Zeus que se llevó de picos pardos a Europa, el guardián fabuloso de las puertas de Khorsabad, la corniveleta deidad de Costich. Anacronismo de los toros que demandan toreros machos en vez de posturas, con la promesa firme de la cornada en cada una de las embestidas, con constantes miradas petrificadoras, con el libre albedrío de hacer lo que les da la gana, sin someterse al dictado del hombre salvo cuando el hombre se juega las femorales y les vence a base de arrojo. Emoción a raudales protagonizada por el toro en cada momento, en cada turno de esta exposición de motivos apabullante, de los motivos de la casta y de la raza, pero también de la irrenunciable opción ganadera por la independencia, por mandar en su propia casa sin amoldarse a modas ni a dictados, y el que tenga redaños y se atreva, que venga a medirse con ellos.

Desde que salieron los carteles de la Feria, la de Pepe Escolar es la única corrida que de verdad nos ilusionó y, desde luego, no ha defraudado las expectativas, y eso que al salir el primero, Camisero, número 60, comenzó la mosca a rondar detrás de la oreja por la cosa de que no andaba sobrado de energías y de que presentó cierto aire humanitario en su trato con los toreros. Bien mirado este toro se seleccionó muy bien para abrir Plaza, porque hizo como si dijéramos de transición entre lo de todos los días y lo que estaba por venir.

 Verdaderamente las hechuras impecables del Escolar y su seria cabeza, mandaban la señal de “peligro indefinido”, aunque sus modos ante capote y muleta fueron menos desabridos que lo que se podía esperar. También es verdad que éste es el único del encierro que no era de capa cárdena, que ya estamos hartos de repetir que estos negros proceden de lo ibarreño, y que qué pocos negros hemos visto en Victorino, en Adolfo o en Escolar que nos hayan dejado huella imborrable. Muy solvente estuvo Octavio Chacón con el capote y dejó perfectamente fijado al toro frente al rocoso penco desde cuya altura imperaba Santiago Pérez. En banderillas le puso los pitones en el pecho a Juan Rojas y en el último tercio presentó una cara más afable que la que traerían los que vendrían detrás de él. Chacón trasteó por la derecha y por la izquierda una y otra vez sin decir gran cosa hasta que decidió acabar con aquello y sus fatiguitas le costó, que lo del acero se ve que le cuesta.
 

La cosa cobró ya otro nivel cuando salió Arbolario, número 39, y empezó a dictar su ley en banderillas y a poner obstáculos a Alberto Lamelas, que era su matador y que opuso estupendamente su toreo de capa a los ímpetus del toro. Tras un quinario de los banderilleros, tocaron a muerte y ahí que se fue Lamelas con su muletilla a vérselas con Arbolario que no estaba dispuesto a regalarle nada. Comienza por la derecha metiendo al toro en su discurso con las naturales prevenciones y luego se cambia la mano a la zurda, pero el toro había cantado en banderillas que por ese lado no quería fiesta y le pega una colada de las de curar la alopecia que no arredra al matador, porque continúa su labor insistiendo sobre esa mano, a despecho de que el toro siempre remata el muletazo a la media altura y enterándose. Vuelve a la derecha y, a base de coraje, va metiendo al toro en su plan basado en la firmeza. Bien Lamelas con este toro.


Gómez del Pilar se cruza la Plaza y se planta frente a chiqueros, se pone de rodillas, hace unos gestos cabalísticos y se apresta a que salga Milagroso, número 55 y ocurra el milagro de que no le pegue una cornada. Gómez del Pilar se tira al suelo, el toro pasa y de pronto contamos en el ruedo a 11 personas vestidas de oro, plata o azabache de las 12 que había de servicio. Lo siguiente que recibe el torero, una vez repuesto del susto, es una espeluznante colada que indica a las claras que el toro se ha orientado y ya sabe cómo funciona el lío ese de las telas y la persona que hay detrás. Milagroso tiene la seriedad de un fraile dominico O.P. y unas intenciones de muy mal grado. Pasemos de puntillas por la cosa de las varas, que hoy es el día que tenían que haber estado picando Bernal e Iturralde en vez de lo que trajeron. Lo mismo que sus hermanos, creó problemas a los de las banderillas. El toro mete un miedo descomunal por su manera de mirar al torero y por su embestida descompuesta y calculada, pero Gómez del Pilar no tiene prisa y comienza a labrar al toro con gran claridad de ideas y mucha firmeza, primero con la derecha y en seguida con la izquierda, poco a poco va armando su tinglado. El toro sólo admite dos muletazos y en el tercero siempre avisa. Dos naturales de muchísimo cuajo son el preludio de la casi esperada cogida, en la que el toro lanza por los aires al matador como una pluma. Vuelve Gómez del Pilar a la tarea con la derecha y de pronto el toro vuelve grupas para huir, dándose por vencido. Es una gran faena de Gómez del Pilar basada en el mando, en el riesgo y en la firmeza que le vale una oreja de las de verdad, de las que se recuerdan cuando pase el tiempo.
 

Vuelve Chacón a demostrar su solvencia capotera sacándose de manera limpísima a Castellano I, número 37, hasta los medios sin recibir un solo trompicón en su capa. Otro olvidable tercio de varas y otro examen de todo el temario en banderillas dan paso a la cosa de la muleta. El toro no tiene la violencia del anterior pero tampoco regala nada porque ignora el significado del verbo “humillar”. Es un toro de una gran dificultad para estar frente a él y, visto lo visto en el primero, no está Octavio Chacón como para darle la fiesta que el bicho demanda.
 

El segundo de Lamelas atiende por Palomito, número 70, es un toro muy serio, puro trapío. Lo único bueno en varas de toda la tarde lo vimos en este toro, la eficaz labor de Antonio Prieto no pasó desapercibida del respetable, que no le cicateó aplausos al piquero. El primero de Lamelas tuvo su miga, pero éste auguraba en sus modos una incertidumbre tal que ponía muy cuesta arriba estar frente a él. La impresión que dio, sinceramente, es la de que Lamelas consideró que el esfuerzo que hizo en el primero le justificaba la tarde y que no estaba dispuesto a pasar más padecimientos, por lo que anduvo rondando al toro sin meterse verdaderamente en ese jardín prohibido y, cuando estimó que el tiempo se había cumplido, se puso a ver cómo le mataba, que le costó lo suyo.
 

Por segunda vez y ante la estupefacción de todos, Gómez del Pilar se vuelve a cruzar la Plaza para plantarse de rodillas frente a la puerta del chiquero por la que va a salir Vinatero, número 62. Esta vez el cántaro se rompió en forma de cornada que lleva al torero a las manos de Padrós y ofrece a Octavio Chacón la oportunidad de lidiar un tercer Escolar con el que no contaba, aunque no pareció que el regalo le hiciera mucha ilusión. De nuevo Chacón vuelve a mover la tela del capote de manera perfecta. Vestido de manera indescriptible, gris plomo y azabache con unas hombreras descomunales, Ángel Otero se apresta a banderillear a la prenda de Vinatero en la que es su primera intervención en la Feria y deja dos pares que si el primero fue de pura exposición, el segundo fue un milagro que se puedan clavar unas banderillas en un toro que se te echa encima con esa violencia, totalmente a favor de la querencia del toro hacia tablas. Impresionante. Pura torería de un Ángel Otero, que podría haber ido de banderillero en la cuadrilla de Lagartijo si hubiese vivido en esa época, en los mejores pares de banderillas que se han visto en la Feria, con el público ovacionándole largamente y puesto en pie. Después de esos intensos momentos Chacón aprovechó que el toro no pasaba, esperando su ocasión arteramente para ver si le echaba mano al torero para justificar la nada que hizo frente al de Escolar. El toro demandaba lidia en los pies, quebrantarle por bajo y hacerle sufrir, algo que acaso hoy ya nadie sepa hacer. Toro para Domingo Ortega, aventura el aficionado R., pero el de Borox lleva apartado de los ruedos 68 años. En tardes como ésta se echa siempre de menos a esos toreros “poderosos” que demuestran su poder invariablemente con toros a los que no hay que poder. Tardes como ésta, con la faena a sangre y fuego de Gómez del Pilar al tercero, dejan en chiste malo la cantada faena –incluso por quien esto firma  del pobre Julián al Gañafote, número 47, de La Quinta.
 

Con los del Tío Pichorrongo quiero verte, Julián. ¡Gracias, ganadero!

 


ANDREW MOORE

 

Pura torería de un Ángel Otero, que podría haber ido de banderillero en la cuadrilla de Lagartijo si hubiese vivido en esa época, en los mejores pares de banderillas que se han visto en la Feria, con el público ovacionándole largamente y puesto en pie



LO DE CHACÓN

 



LO DE LAMELAS

 


LO DE GÓMEZ DEL PILAR

 

 


FIN