sábado, 4 de diciembre de 2010

Con Rafael Perea Boni en Guadalajara

Paisaje desde la batalla


José Ramón Márquez

Ayer, a Guadalajara. Nos convida Javier López, que es uno de los mejores aficionados que uno conoce, al cocido taurino. La estrella invitada a la celebración es Rafael Perea, Boni. La tertulia está formada por gentes diversas, aficionados de diversos encastes, como quien dice cada uno de su padre y de su madre.

A Boni me lo presentó en el bar de Leandro en 1985, cuando él era novillero, mi buen amigo Óscar, que en paz descanse. Óscar componía junto con Paco Antelo, también finado prematuramente, la más extraña pareja de aficionados que uno haya conocido jamás. La finura, la cultura, la inteligencia y las buenas lecturas del uno tenían el contrapunto más descacharrante y desproporcionado en la feroz desmesura del otro, que algún día habría que retomar este tema y dar noticia de las conversaciones a la vera de la ventanita del Braulio y de los lugares a los que Óscar nos llevaba después, auténticas bajadas a los infiernos madrileños, sitios a los que luego no hemos sabido volver, que a veces hemos llegado a pensar que, a lo mejor, ni existían, como si hubiésemos estado en la mismísima guarida de Sabatino, de la que Carrere da noticia.

En Boni se aúnan varias circunstancias gratas. La primera y principal es que es un gran aficionado a los toros, lo cual creo que no es una cosa tan común como se cree entre los coletas; la segunda es que tiene una inteligencia clara, una simpatía y un sentido del humor estimables; y la tercera es que es un torero de los pies a la cabeza, torero de dinastía, triunfador de San Isidro y torero de plata de ley, en la línea del Cuco, el Almendro, Blanquet, Camino, Michelín o Montoliú, por decir unos cuantos con los que Boni estarán siempre de tú a tú.

Esas circunstancias a las que se une, además, la sobrada conciencia de su dignidad de torero y de su independencia, le permiten hablar sin cortapisas y sin dobleces, reivindicando la figura enorme de Antoñete, el toreo que se hace hacia adelante -Pepe Alameda, de nuevo-, la relación de tú a tú con el matador, el orgullo de los suyos que le enseñaron todo lo que se puede enseñar del oficio, el honor de la coleta en suma.

Y la reflexión lúcida sobre su propia carrera de matador y la observación sobre las actuales circunstancias por las que atraviesa la Fiesta:

-En el diseño de España de los actuales gobernantes, no entran los toros.

Y más actualidad:

-Para nosotros, los subalternos, lo mismo que para los aficionados, el estar en Cultura no nos trae más que ruina. Eso sólo beneficia a las figuras y a las empresas.

Y luego confiesa su afición por la Ópera, como si de un torero del XIX se tratase, que a este Rafael Perea también soy capaz de imaginármele en aquel famoso almuerzo de El Negro y Julián Gayarre, porque con el capote sí que le he visto dar lances que no son de este siglo ni del pasado, que hubiesen merecido el aplauso del propio Salvador o de sus peones Pulguita o Regaterín, que a los dos los gana Boni.



En primer término, Javier López,
bastión del toreo de Chenel, Rincón y Cid
en la Andanada del 9, con el catedrático Boni al fondo