Pluto
Ignacio Ruiz Quintano
Abc
Que la justicia americana pida para un ciudadano americano diez años de cárcel (¡de cárcel americana!) por un meme tuitero nos lleva al aviso de Wolin
sobre la censura de la protesta popular contra Superpoder, destinada a
aislar la resistencia democrática, separar de la sociedad a las voces
disonantes y acelerar el proceso de despolitización (resumido, aquí, en
el consejo gallego de Franco: “Haga como yo, no se meta en política”). Es el modo de mantener vivo el temor hobbesiano.
–A
diferencia del terror nazi, el miedo hobbesiano afecta a una sociedad
machacada con la protección y la seguridad. Nada ilustra mejor la
manipulación del miedo que las invasiones de la privacidad autorizadas
por la ley Patriótica, con el presidente en pose de “rey patriota”, que
está “por encima de la política”, en lucha a muerte con terroristas.
Volvemos a Romain Rolland,
que en el fatídico 14 de la Gran Guerra acertó a ver que en “el guiso
sin nombre que es hoy la política europea, el dinero es el trozo más
grande”.
–El puño que sostiene la cadena que apresa al cuerpo social es el de Pluto. Pluto y su pandilla.
Tampoco dice que los que en el 14 se lucran sin pudor gracias a la
guerra la quisieran: lo único que quieren (aquí o allá, poco importa) es
enriquecerse, y se acomodan con igual facilidad a la guerra como a la
paz, todo les viene bien. “No les atribuyamos vastos y tenebrosos
planes! ¡No ven tan lejos! Sólo quieren enriquecerse. Los intelectuales,
la prensa, los políticos son sus instrumentos”.
–Los
pueblos que se sacrifican mueren por ideas. Pero los que los sacrifican
viven por intereses. Y, por consiguiente, los intereses sobreviven a
las ideas. Toda guerra prolongada, por muy idealista que fuera en su
origen, se convierte en una guerra de negocios.
Así se explica el contraste entre la confraternización de los soldados
en las trincheras y el odio de los intelectuales en los periódicos que
saca de quicio a Rolland: “La guerra me parece odiosa, pero más odiosos
son los que la cantan sin participar en ella”. Y exhibe una carta de 17
de diciembre de un soldado en la trinchera: “Los deseos de paz son
intensos entre nosotros… Los periódicos dicen que es difícil moderar el
ardor guerrero de los combatientes. De forma consciente o inconsciente,
mienten. No os imagináis cuánto nos indigna esa charlatanería. Hablan de
una guerra sagrada, pero no conozco más que una guerra, y es la suma de
todo lo inhumano, impío y bestial que hay en el hombre; es un castigo
de Dios y una llamada a la contrición para el pueblo que se entrega a
ella. Dios envía a los hombres a este infierno para que aprendan a amar
el cielo. Pero los entusiastas de la guerra, ¡que vengan! Puede que así
aprendan a callarse…”
La inteligencia, concluye Rolland, no es nada sin el espíritu, el
espíritu que es el juez de la razón alucinada, el soldado que, en el
Capitolio, recuerda al César triunfante que está calvo.
[Martes, 11 de Abril]

