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lunes, 28 de mayo de 2018

El único imprescindible

Cagancho, el torero gitano
 Sí, sí, existen los toros de cinco patas,
 pero para verlos no hay que ser supersticioso

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    En este Real Madrid no hay más imprescindibles que Zidane, el verdadero Elefante Blanco (con su médium, Benzemá). Sólo con un hombre así un club tan supersticioso como el Madrid podía acometer la proeza de apurar su Copa número 13. ¡Que ningún pipero conseguía quitarse de la cabeza el Apolo XIII!
    
Sí, sí, existen los toros de cinco patas –decía Cagancho, pero para verlos no hay que ser supersticioso.
    
A los diez minutos, en efecto, los piperos ya estaban llamando a Houston:

    –¡Houston, tenemos un problema!
    
El problema se llamaba Salah.

    Con Salah, el Liverpool daba miedo, porque con Salah corrían Firmino y Sadio Mané (nada que ver con Esnal Mané, aquel entrenador vizcaíno del Alavés).
    
Cristiano contra Salah, teníamos dicho aquí, dos máquinas de la caridad dispuestas a propagar en Ucrania los valores del fútbol. Pero avisamos: “Salah es un jugador de racha, y una racha como la de Salah sólo se corta con una flor como la de Zidane. Nunca olvidemos la flor de Zidane: Salah aún no está en la final. Tic tac, tic tac.”

    Al final, Salah estuvo en la Final, cuya suerte estaba echada (el Liverpool perdió hasta el sorteo de campo), pero a la media hora, cuando más acogotado tenía su equipo al Madrid, Sergio Ramos sacó a Salah del partido con un “Ushiro-nage” como el histórico de Marchena a Raúl que el árbitro Tristán Oliva sancionó con penalti.
    
Se aprecia perfectamente: bloqueo, desequilibrio y caída –explicó cuando lo de Raúl el presidente español del Judo–. Ante una acción como ésa, no tienes nada que hacer: caes derribado seguro. Penalti justo.
    
En Kiev empezó entonces otro partido: el partido de Zidane. Se notaba en su sonrisa de Giocondo, esa sonrisa de la Gioconda (“la Joconde”!), que es propia de quien no tiene pensado pagar a Leonardo, dale que dale al “sfumato” en la boca de Lisa Gherardini. Son los poderes de Zidane, que hacen que empiecen a pasar cosas, sobre todo a los porteros cuando los toca Benzemá, el médium zidanesco en el terreno de juego. Lo vimos con Ulreich, en la semifinal con el Bayern en el Bernabéu, y volvimos a verlo en Kiev con Loris Karius (nada que ver con Marius Carol, ese barón de Charlus de “La Vanguardia”), cuya actuación nos trajo otra vez el recuerdo del reportaje de Alberto Salcedo Ramos con La Ñaña, fundador de Las Regias, equipo colombiano de travestidos creado en el 92 para recaudar fondos de ayuda a la causa gay en Cali, diciendo a su portero:

    –Usted no tapa nada, mijito, usted no es muralla, sino Mireya.
    
Y el resumen de la Final en boca del propio Karius: “¡No sé qué pasó!”
    ¿Que qué pasó? Es la misma pregunta que se hacen todos cuantos se enfrentan a Zidane. ¡A los poderes de Zidane!

    Ante los poderes de Zidane, todo lo que queda es llorar. Llorar como Karius. Llorar como Salah (al que luego imitó Carvajal, que en lo sensible es nuestro Jordi Alba con barba de San Isidro). Llorar como lúseres lo que no pueden alcanzar como futbolistas. El miedo a lo sobrenatural (los poderes de Zidane) los paraliza como al ratón ante el gato. ¿Gato? Gato es Benzemá. ¡Anda que no llevaba razón Mourinho! Sus goles son de gato que se lleva la cola de merluza al primer descuido. Los porteros lo saben, mas no pueden evitar volverse gilipollas en su presencia. Los entiendo: algo así me pasó a mí una vez que fui a entrevistar a Kathleen Turner que había venido a Madrid a promocionar “Fuego en el cuerpo”.

    Zidane es el Único y su propiedad, la baraka, una cosa que da Dios y que no se puede comprar. A Salah lo destrozó el antideportivo “Ushiro-nage” de Ramos, e insinuó tras el partido que sólo por esa jugada ya no vendría al Madrid, pero Salah debe saber que, para ganar algo (¡y sin necesidad de correr tanto!), hay que jugar del lado de Zidane, que en el Madrid ha terminado incluso con el brujo Pepe, aquel friki que presumía en los medios de haber sido contratado “para que Cristiano Ronaldo sufra una grave lesión”.

    La baraka es una bendición de Dios.

Karhleen Turner

LA MARGARITA DE CRISTIANO

    Cristiano se jugaba el Balón de Oro con Salah, pero no aprovechó en Kiev la oportunidad. Cristiano no fue jugador MVP de la Final, y entonces hizo lo que Victoriano de la Serna en Valencia cuando iba perdiendo su mano a mano con Domingo Ortega: “Mira, paleto, tú saldrás por la puerta grande, pero mañana de quien van hablar los periódicos es de mí”. Y se dejó ir el toro vivo al corral. A Cristiano los corderos no le nacen asados, como a Benzemá: todo lo suyo es a base de trabajo. Y no se siente recompensado. Por lo tanto, saca su margarita, sí, no, sí, no, y deja caer que se va. Total, hasta las chilenas se las tapa Bale, el pato feo del grupo para el “establishment”. Y amenaza con ser actor, que es una cosa al alcance incluso de Pepe Sacristán, el Señor de los Registros. “Tengo práctica porque he hecho varios anuncios. Tengo ese rollo para ser actor”. En fin, que había que hablar de Cristiano y él sabe cómo conseguirlo.