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viernes, 28 de noviembre de 2014

75 años de ciencia (y paciencia) en España. Todo lo que usted creía saber (y no sabe) del CSIC



José Ramón Márquez

Decían el otro día, el 24 de noviembre, que ése día se cumplían los setenta y cinco años de la fundación del Consejo, del CSIC. La verdad es que nunca los del CSIC han sentido un gran aprecio por el Procedimiento Administrativo Común, que a fin de cuentas muchos de los que lo pueblan son científicos, como aquel que dice rock-stars de la investigación, y ante la potencia de sus pensamientos la minucia ésa de la Administración Pública no es más que un estorbo latoso que no cesa de interferir para que apenas se llegue a la obtención de esos fecundos resultados que, de no ser por tanto obstáculo, tendrían a España situada en el primer lugar de la investigación mundial.

Viene eso a cuento de que la Ley que crea el organismo se publicó tal día como hoy, 28 de noviembre de 1939, «Año de la Victoria». Franco creó el CSIC con fecha 24 de noviembre de 1939, pero la Ley de creación fue publicada el 28 del mismo mes y año, y ésa debería ser administrativamente la fecha de su creación. En dicha Ley se puede leer lo siguiente:

«El Consejo Superior de Investigaciones Científicas estará bajo el alto Patronato del Jefe del Estado y Caudillo de España […] », aunque años más tarde,  para sacudirse esas molestas pulgas decidieron quitar la inscripción del edificio principal en el campus de Serrano, que igual la podían haber dejado ya que nadie sabía lo que ahí ponía, aunque es verdad que a un montón de demócratas de toda la vida la palabra “Franco” les molestaba una barbaridad. El texto, que quedó oculto bajo una tapadera, reza así, por si alguien quiere intentar su traducción:

PERVEST • SCIENTIIS  DICASTERII • AC • BIBL •
SUPR • CONS • VICTOR AEDES • FRANCO • ITEM •
FRANCISCUS • FRANCO INSTIGANTE • ANNO • V •
INSTAUR • CURAVIT FELICITER • ERECTAE
M • DEC • MCMXXXIX  M • DEC •MCMXLIIII

También se podían leer en aquel rancio Boletín Oficial del Estado, en el que se refunden en el CSIC todos los centros dependientes de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, los de la Fundación de Investigaciones Científicas y Ensayos de Reformas así como los creados por el Instituto de España y los Centros Investigadores del Ministerio de Instrucción Pública no vinculados a la Universidad, otras cosas que suenan bastante contemporáneas, tales como que el Consejo nace para «crear un contrapeso frente al especialismo exagerado y solitario de nuestra época, devolviendo a las ciencias su aire de sociabilidad», sin renunciar al concurso de las Reales Academias y de la Universidad, la cual «ha de considerar a la investigación como una de sus funciones capitales», ya que el órgano fundamental del apoyo e impulso a la tarea de la producción científica «debe ser el Estado». Nada nuevo hay, burla burlando, entre lo que se decía en aquel remoto «año de la Victoria» y lo que hoy día pueda proclamar a los cuatro vientos cualquier dirigente autonómico o nacional en un mitin dominguero. Claro es que no faltará quien diga que el CSIC vino a cercenar el potencial investigador hispánico, cuyo ilusorio país de Pin y Pon sería la Junta de Ampliación de Estudios (JAE), y de manera ucrónica nos darán la monserga de que si no hubiese sido por la desaparición de la JAE, en la hora presente España dispondría de un potentísimo sistema de ciencia, tal y como lo tienen en Alemania o en el Reino Unido, como si no nos conociésemos.

Y ¿qué nos ha dado el CSIC en estos sus primeros setenta y cinco años de vida, día más, día menos? Pues en primer lugar una imponente arquitectura, que fue la que hicieron Fisac  o Fisac y Vallespín en el momento inicial, arquitectura «aferrada a lo clásico» en palabras del propio arquitecto y que va evolucionando con él a lo largo del Campus de Serrano, los edificios de Edafología y Ecología, el Instituto de Óptica,  con su bar de estilo informalista,  el imponente tambor de ladrillo de la Iglesia del Espíritu Santo… todas esas obras que junto al Instituto Rockefeller y el Archivo Histórico Nacional conforman uno de los más hermosos y sosegados paisajes de la ciudad de Madrid. Eso por la parte del arte, y por la parte humana, desde luego, la ingente cantidad de personas que se han ganado honradamente sus jornales gracias al Consejo. Sagas familiares enteras, primos, abuelos, padres ocupando los puestos más diversos y acuñando esa expresión de tan rancia raigambre hispánica que internamente distingue en la casa entre «los del Consejo» (como quien dice «los del pueblo») y los forasteros, aves de paso.

Aparte de esas dos cosas importantes, no cabe duda de que también habrá por aquí o por allá sus investigadores señeros, y afirmamos rotundamente que los hay, pero junto a ellos -y de estos hay muchísimos más- están aquellos que con un proyectito más sobado que la Visa Black de Rodrigo de Rato van acumulando sexenios en la paz interior de a quien nada se exige y cuyo valor científico se da por supuesto, como en la Mili. Investigadores funcionarios que detestan el procedimiento administrativo es una mezcla intrigantemente hermosa, que da lugar a situaciones más propias de la revista La Codorniz que del Max Planck Gesellschaft, por no salir de Europa.

Y luego no podemos hablar del CSIC sin hablar del bacteriófago. Ese delicado Jeremiah que Margarita Salas ha legado al mundo como su obra capital y que goza de igual salud que su creadora. Cuando Franco inventó el Consejo, Margarita  tenía un añito y hay quien dice que, al igual que los monos de Gibraltar, ligados a la soberanía británica sobre la Roca, Margarita Salas y su alter ego Jeremiah son los manes protectores del Consejo y que mientras ella tenga fuerza para ponerse su batita blanca y seguir mandando en su laboratorio, nada malo le puede ocurrir a este Consejo Superior de Investigaciones Científicas que inicia su andadura hacia su año setenta y seis devolviendo ciento por uno a la sociedad, en este caso a la rutilante estrella que es el brillante Científico Titular  y europarlamentario don Pablo Echenique Robba.