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viernes, 12 de septiembre de 2014

Los últimos versos del doctor Jiménez



Lina Tono
 Lecciones de Pataleta

Esa noche, después de 4 años, lo volvimos a llorar.

Nunca he querido recordar a mi abuelo como el cadáver frío y de tez verdosa que vi esa noche, ni como el cubo de madera lleno de cenizas que el personal del cementerio Jardines de Paz le entregó a mi abuela unos días después.

Siempre he preferido guardar otras imágenes de él en mi cabeza.

El doctor Jiménez metido entre su pesada ruana boyacense, sentado a la cabeza del comedor de su caserón en Villa de Leyva, metiéndole la cuchara a una sopa de pata.

Don Tulio vestido de blanco en Cartagena. Inmaculado. Era boyacense pero sabía cómo ser un costeño elegante, desde los zapatos blancos perfectamente embetunados, hasta los pantalones con la línea de la plancha bien marcada y la guayabera de olán florecida y perfumada. Durante casi 60 años de matrimonio y gracias a todo el tiempo que pasó junto a mi abuela viajando entre Cereté, Coveñas y Cartagena, él aprendió y practicó con disciplina aquella ciencia de ser costeño.

Tulio César, sentado al lado de su enfermera escuchando atentamente cada palabra que ella leía del periódico en voz alta.

Mi abuelo, recitando un poema de Luis Bernárdez el día que cumplió 90 años. El mismo que hicimos grabar en la placa que vigila el círculo de césped podado y sembrado de árboles en un lote a las afueras de Villa de Leyva, donde enterramos sus cenizas:
 
Si para recobrar lo recobrado...

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