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viernes, 25 de junio de 2010

Antitaurinos: mejorad vosotros a los cantores de Morante

Catoblepas, el juanpedro de Morante en Badajoz, de creer
a los poetas que allí estuvieron merendando


José Ramón Márquez


Lo malo que traen todos estos nuevos modos de escritura que se han montado alrededor del toreo es lo extrañas que suenan las cosas que se dicen en alabanza del torero y los cerros de Úbeda que hay que mover para llenar el folio. La verdad, no me imagino a Carmena y Millán, a Sobaquillo o a F. Bleu, personas cultas, bien formadas y de sólidas opiniones taurómacas escribiendo las cosas que se usan actualmente para hablar de los toreros y de su arte inmarcesible. Siempre fantaseo imaginando cuál sería su opinión sobre lo que ahora llamamos Los Toros.

A cuenta de la faena (?) de Morante del otro día en Badajoz, he encontrado las palabras de un testigo presencial, que se llama Antonio Girol, que seguro que se queda corto, pero que hay que ver las cosas alambicadas que el buenazo de José Antonio le sugiere. Nuestro cronista pacense favorito desde hoy mismo estima que sólo hay una forma de torear que “provoque jipíos, que levante pasiones encendidas, que esculpa estatuas en las memorias o que convoque a las musas de la poesía en torno a una imagen”.

Se refiere, como es natural, a José Antonio Morante de la Puebla. Y por si alguien no se había dado cuenta, da una pista aclarando en seguida que ”es esa forma en la que el hombre entierra la barbilla en el pecho”, con lo que despeja cualquier duda, pues es sabido que la de Morante es la del rey del toreo barbillero.

Después del barbillazo, nos dice el buen Antonio, “echa la 'pata p’alante', carga la suerte, echa los vuelos en el cite para embarcar la embestida del toro y mecerle lentamente, como se mecen a las vírgenes en sus palios o a los bebés en sus arrullos”, o sea que mece al toro bebé y adormecido a ver si se cuaja; de esta forma el artista torea “para que el embrujo dure eternamente prendido en la tela, donde dibuja elipses imaginarias que brincan en las retinas como figuras fugaces, que aparecen y desaparecen, con guiños cómplices”, y así el torero alcanza la revelación que tuvo ”aquel niño que soñase en ser torero al ver fluir a un río cuando pasaba por su pueblo”.

Se refiere, como es natural, al río Guadalquivir.
A renglón seguido explica nuestro amigo, por si acaso hiciese falta, que “Morante es el duende del toreo hecho persona. Es embrujo y pasión. Pero ante todo es tradición en primera persona del presente”. Reconozco que es complicado este párrafo y hay que rumiar lo del duende junto con eso de la tradición y el presente. Rápidamente aclara que “ahora que estamos con la historia de la recuperación de la Memoria, ha venido José Antonio a curarnos de amnesia con su toreo añejo, acrisolado de respeto por lo antiguo y verdadero”. Esto se explica en.seguida, ya que “Morante cada tarde homenajea, con su arte, a una profesión a la que honra como nadie a través de sus muñecas, de las que florece el arte en décimas de segundo deteniendo el tiempo en cada lance para que el buril de su talento nos grabe, para siempre en la memoria, cada instante vivido”. ¿O es que alguien dudaba de que a estas alturas nuestro dilecto cronista no iba a sacar a pasear el asunto este del escaccharre de los relojes y la consiguiente fortuna de los relojeros que lleva Morante a los sitios donde torea? Luego, en plan ya más clásico trae nuestro amigo a las Moiras, señoras del destino cuya etimología quizás sugiera que puede derivarse el propio nombre del héroe, Morante.

Termina nuestro buen pacense su historia desparramando la vista por el tendido para constatar que mientras Morante mecía sus brazos, vio “aflorar lágrimas contenidas por la emoción. Lágrimas sinceras. Lágrimas que brotaban de lo más profundo para también poder admirar lo que ocurría en la plaza” y, finalmente desvela en el último párrafo que la clave de tan arreboladas experiencias casi místicas está en “sus muñecas. Las muñecas de un artista con mayúsculas. ¡Las muñecas de Morante!”

***

Igual hay alguien que se extrañe, pero a mí esto no me parece tan distinto de lo que escriben por ahí, en medios de comunicación de ámbito nacional, algunos. Si nos fijamos bien tenemos los barbillazos, lo del escacharre de relojes y lo de las muñecas, que es el trípode en el que el morantismo apoya su discurso. Nuestro amigo pacense, además, para que se vea que es hombre anterior a la Logse, ha traído a Croto, Láquesis y Crotos, las Moiras, en una fina puntada que no está al alcance de casi ningún crítico profesional y además aporta al relato la nota emotiva de las lágrimas.

En resumen, es una gran crónica contemporánea que habrá sido muy celebrada en Badajoz, especialmente entre los que asistieron a la catarsis, pero que deja de lado dos asuntos cruciales. El primero es el toro, cosa quizás algo importante en un espectáculo que se llama, precisamente, ‘Los toros’. Por hacer un chiste fácil, digamos que nuestro dilecto amigo de este tema no dice ni ‘mu’. El segundo es una duda que yo tengo sobre la faena y es lo de las doce tandas, que yo creo que si el toro es como para no decir ni ‘mu’ de él, ni de las veces que fue al caballo ni de la fortuna e intensidad de esa o esas varas, me resulta realmente difícil encajar en el dibujo doce tandas de toreo de verdad, pues la experiencia me dice que si se torea de verdad se rompe bastante al toro.

Yo creo, y en eso saludo la inteligencia de nuestro buen amigo de Badajoz, que se da cuenta perfectamente de por dónde van los derroteros, que estamos asistiendo a un radical cambio de actitud en los públicos y a una deriva -o evolución, ¿por qué no?- del propio espectáculo que, en las tardes buenas, y no dudo de que la de Badajoz lo fuese para los que la vivieron, lo lleva hacia las formas de una especie de ‘ballet’ con un animalillo semidoméstico y colaborador, y en las malas, hacia dos horas de tedio absoluto contemplando a un bicho que da más pena que asco y a un hortera vestido de mamarracho que le pretende hacer monerías y deplantes.
¡Qué lejos estamos de Pascual Carmena y Millán, de Sobaquillo, de Bleu! Al menos nos queda su escritura para saber que esto no siempre fue como ahora, que hubo un tiempo en que este espectáculo no precisó de barbillas, ni de muñecas, ni de relojes, ni de mecimientos, ni de elipses, ni de embrujos, durante los muchísimos años que esto fue una cosa de machos.