jueves, 5 de octubre de 2023

SOS


 
Ignacio Ruiz Quintano
Abc Cultural
 
    Que dice Almodóvar, de quien, por cierto, nadie recuerda sus notas en la Dictadura, que asistimos al peor momento de la cultura en la Democracia, entendiendo por cultura lo mismo que Madoff, es decir, el IVA.

    Te suben el IVA y no te dejan más remedio que tirar el Cicerón que tienes en las manos.
    
Se están cargando el futuro de una generación –dice Javi Bardem, de quien no se recuerdan sus notas en la Democracia, pero que cree que las generaciones son como la de Azorín, que nació siendo de la del 98.

    La musa de Rubalcaba, Ana Belén, de quien no se recuerdan sus notas ni en la Dictadura ni en la Democracia, pone, sin embargo, la nota epigramática a esta hora de España:

    –La gente está muy jodida.

    Si estará jodida la cosa que ella (Ana, no la cosa) dice que pagaría por actuar en Mérida, dándose la circunstancia de que ya actúa en Mérida, pero cobrando, que una cosa es el dinero, y otra, lo jodida que esté la gente… por el IVA.

    Por el IVA, precisamente, el consejero andaluz del ramo cultural, Luciano Alonso, hijo de Minerva y de uno de los gigantes que quisieron escalar el cielo, ha firmado una carta (escrita por algún peón del PER) al ministro Wert, cuyo arranque es el siguiente:

    –Como usted sabe, desde la construcción y posterior aprobación de nuestra Constitución, la cultura es un derecho. Un derecho de los ciudadanos y ciudadanas que, además
    
Ese “además” incluye el estoposo saldo de tropos, increpaciones y tópicos progresistas con que don Luciano intenta taladrar la indiferencia del pobre Wert, víctima de todas esas frases sin sentido que viven aún, como en un museo de vulgaridades, en la cabeza del señor Alonso, don Luciano Alonso, consejero andaluz del socialismo cultero, que dice:

    –Andalucía hoy es una gran marca dentro del cine español.
    
Y después de echar en Sevilla la carta a Wert, fue don Luciano a Málaga para renovar su abono del fútbol, “que no es un abono cualquiera, sino de Champions”.
 
[Publicado en Julio de 2012]

El "constitucionalismo", enemigo de la Nación


C. Schmitt

 

Jerónimo Molina

 

Cuando Schmitt escribe en 1922 «que nada goza hoy de mayor actualidad que la lucha contra lo político» (Teología política), alude al constitucionalismo y al parlamentarismo liberal. Instrumento privilegiado de esa «lucha contra lo político» ha sido el «constitucionalismo», una ideología jurídica típica del siglo XIX (como las que postulaban, coetáneamente, la «codificación» y la «socialización» del derecho privado, de efectos tan perturbadores como la Revolución francesa, de la que en realidad son hijas póstumas). Agotadas otras representaciones ideológicas, por su disfuncionalidad (derecha-izquierda) o por su pasadismo (liberalismo-socialismo), la partidocracia española explota desde hace unos años el «duelo lógico» (Gabriel Tarde) constitucionalismo-anticonstitucionalismo. El bipartido único, sin más idea política que obtener y disfrutar el poder, decora y vela su maquiavelismo con la «fórmula política» (Gaetano Mosca) del «constitucionalismo». Como concepto político, el constitucionalismo, un ardid, carece hoy de contenido. Se trata de una pseudomorfosis (Oswald Spengler): la cristalización del complejo antifranquista («España, país sin constitución») en el molde del «patriotismo constitucional», la primera lección del Palau de la reeducación alemana, exportada en los años 90 por el Partido Popular para darle contenido al «centrismo».

La lucha por imponer una constitución escrita a España, desamortizadora en Cádiz de la tradición de las Españas, y las desavenencias en la Casa de Borbón, primero entre el Rey y el Príncipe de Asturias y más tarde entre las líneas reinante y pretendiente, el llamado «pleito dinástico», no sólo tiene como efecto inmediato la separación de los virreinatos americanos, sino también el eclipse de la conciencia del Estado en España a lo largo del siglo XIX. No debe sorprender, por cierto, que la «mediación» de Napoleón entre Carlos IV y Fernando VII tenga en el siglo XX su hecho homólogo en la operada por Franco entre Don Juan y su hijo. La diferencia entre el emperador y el dictador es que el general Franco no se aprovecha la ambición del Infante de Estoril ni de la falta de escrúpulos filiales del Príncipe de España para instituir rey a un pariente (Alfonso de Borbón), cosa que sí hace Napoleón (José Bonaparte).

Pudo influir también en la confusión en torno al Estado constitucional y su utilidad para la nación, la «mitificación de la Monarquía hispánica». Mito acrecido según Dalmacio Negro por las tres guerras carlistas. Ese mito justificará en 1978 el salto en el vacío del Estado de las autonomías, mecanismo «austrohúngaro» instaurado, a su vez, para santificar y dar por buena la descomposición o «diairesis de España». El «mito de la República», constitucionalizado por la disposición transitoria primera de la carta otorgada del 78 sirve los mismos fines aceleradores de la desnacionalización de España. Pues se prima en ella a «los territorios que en el pasado hubiesen plebiscitado afirmativamente proyectos de Estatuto de autonomía».

Sea como fuere, la descomposición del organismo político de la monarquía se agrava entre el pronunciamiento del alcalde de Móstoles (1808) y los sucesivos encuentros entre realistas criollos e insurrectos republicanos que conducen al desastre de Ayacucho (1824). El remedio para esos males se buscará casi obsesivamente en las fuentes del constitucionalismo, la misma ideología que ha sido gasolina para la expulsión de España del hemisferio occidental.

El ocasionalismo romántico liberal tiene en el constitucionalismo hispano uno de sus modelos mejor terminados. La creencia en la virtud regeneradora de una Ley fundamental escrita llega a extenderse como epidemia por España: la constitución por delante de la nación. Por eso a una constitución le sigue siempre otra, generalmente con un designio político adverso al de la norma caducada. Reviven también a veces, con sorprendente facilidad, constituciones muertas, aunque su vigencia es entonces efímera. No le faltan razones a un viajero francés del siglo XIX, Théophile Gautier, que comparaba las constituciones españolas con pelladas de yeso sobre el granito. Tampoco a Johannes Vincke, redactor del artículo «Spanien» de una enciclopedia política alemana de los años 50. Decía Vincke que los españoles del siglo XIX han practicado compulsivamente el deporte de cambiar constituciones («Spanien hat im 19. Jarhrhundert die Verfassungsänderung wie einen Sport betrieben»). La «manía constitutoria» es el certero diagnóstico de Gonzalo Fernández de la Mora para esa «psicosis colectiva que consiste en imaginar que la mayoría de problemas de una sociedad se resuelven reformando la constitución del Estado»: sólo hasta 1936 y sin contar los proyectos y constituciones nonatas «España ha conocido veintiocho situaciones constitucionales». Desde entonces han sobrevenido al menos otras tres: la de las Leyes fundamentales, la de la constitución puente de 1977 (octava de las Leyes fundamentales), y la de la Constitución de 1978 (novena de las Leyes fundamentales según el cómputo de Pablo Lucas Verdú).

Como fenómeno tal vez compensatorio del desequilibrio que introduce el constitucionalismo en España, al que su supedita todo, desde la continuidad del imperio y la concordia nacional a la subsistencia de la nación, se desarrollarán instituciones sucedáneas del nunca bien trabado juego de los resortes políticos. Una de ellas será el «pronunciamiento», al que todavía se ha de recurrir en el siglo XX, y que durante el reinado de Isabel II se convierte en una forma extraordinaria, pero hasta cierto punto normalizada, de formar gobierno. Su raíz, como la del constitucionalismo, está en el romanticismo liberal y en la fe depositada por este doctrinarismo en el gesto exaltado que presuntamente ha de solventar, en unos pocos días, las papeletas de la patria.

De los pronunciamientos se tiene una idea prejuiciosa, sumamente negativa: símbolo para no pocos historiadores del militarismo, mentalidad con la que en realidad no tiene mucho que ver, se sambenita con ellos al ejército derrotado de las guerras hispanoamericanas, reo desde entonces de una fantástica obsesión por injerirse en la política nacional. Una interpretación del mismo sesgo ofrece la historiografía que agrava la responsabilidad de los mandos africanistas en la inestabilidad política de España durante el primer tercio del siglo XX. La realidad es muy distinta. Miguel Alonso Baquer ha mostrado que la treintena larga de los pronunciamientos acontecidos en el ochocientos tiene esencialmente una función moderadora del conflicto, característica privativa del modelo español de pronunciamiento. En todo caso, Fernández de la Mora ha resaltado que «el pronunciamiento militar fue la táctica favorita del liberalismo y del progresismo […] recurso habitual de los que se llamaban demócratas». El «golpismo» es, pues, raro en la historia política de las derechas españolas, salvo que se considere que el Partido Socialista Obrero Español es un partido de derechas.

El caciquismo será el otro remedio político para los desajustes que acompañan la imposición oligárquica de una larga serie de constituciones galiparlas. De alguna forma debe salvar un país la distancia entre la constitución real (die wirkliche Verfassung) y la mera constitución escrita (die geschriebene Verfassung), el trozo de papel (Blatt Papier) al que tan poca importancia le daba Ferdinand Lassalle en su conferencia berlinesa de abril de 1862. Lassalle, rejuvenecido por algunos constitucionalistas socialistas en las vísperas de la revolución legal española de los años 70, no pudo corregir en ellos ciertos tropismos. Lassalle afirma con gran realismo que nunca han existido países sin una constitución («eine wirkliche Verfassung oder Konstitution also hat jedes Land und zu jeder Zeit gehabt»). Sin embargo, entre los juristas politiqueros de los años 50 se generaliza el acuerdo (el primer y más letal de los consensos) sobre la excepcionalidad, también en punto a la constitución, de la España de Franco. Entre las razones de este negacionismo jurídico político, ridiculizado ya por Jovellanos, se ha de contar la subordinación de la «constitución-hoja-de-papel», en España y en otros países, a la estrategia de una «transición al socialismo». Triturar la verdadera constitución del país, su constitución histórica o prescriptiva (the prescriptive constitution de Edmund Burke), tiene que ver con la «constitución como golpe de Estado», evolución natural del golpismo parlamentario, modo 18 brumario. Con expresión gaucha había advertido también del peligro el caudillo argentino Juan Manuel de Rosas, en cuyo concepto las constituciones escritas no pasaban de «cuadernillos».

El caciquismo, perturbador del ethos de la nación con el trasfondo de unas prácticas corruptoras, al menos desde la perspectiva de la necesaria circulación de las elites, opera como una institución, «racional» secundum propositum (Zweckrationalität, dicho a lo Max Weber), articuladora del proceso de selección de las «oligarquías arbitradas» (Fernández de la Mora) que bajo la monarquía alfonsina concurrirán en la formación de gobiernos.

Los burgos podridos del caciquismo, que no puede sanar la reforma electoral de 1907, la debilidad de los partidos políticos y el fulanismo en el liderazgo, singular devotio ibérica, las interferencias políticas de Alfonso XIII en la erección y derribo de sus ministerios –prerrogativa irrestricta que, sin embargo, le atribuía el artículo 54.9 de la constitución de 1876–, laminan los títulos de legitimidad de la monarquía. Se podrá acusar al rey de maniobrerismo político, de excesiva facundia y de falta de prudencia, pero no, con la constitución abierta, de contraventor de su fuero o golpista. El pronunciamiento del general Primo de Rivera, alternativa al caciquismo, será para el rey el último recurso para «moderar» el país.

Después del Gobierno largo de Maura los oportunistas y los agraviados de la vieja política: antiguos adictos al turno de gobierno que se harán llamar, ya entonces, en el ocaso de la monarquía, «constitucionalistas», especímenes republicanos de lo más dispar, nacionalistas, socialistas y anarquistas en general, quieren anticipar la apertura de un «periodo constituyente», pendant en el nuevo siglo de los pronunciamientos ocasionalistas del XIX. 1909, 1913 o tal vez 1917, con la coincidencia de las Juntas de Defensa, la huelga general y la Asamblea de parlamentarios, marcan en muchas conciencias el agotamiento no ya de un ciclo político, sino del poder constituyente con el que trapichean todos en España, desde Antonio Cánovas a Adolfo Suárez.

Suprimidos los partidos por Primo de Rivera, incapaz de hacer grande el suyo, la Unión Patriótica, y por Franco, enemigo de todos los partidos, incluido el Movimiento Nacional, cuyas posibilidades políticas quedan sofocadas, con la connivencia de su Jefe Nacional, él mismo, mediados los años 50, tiene su lógica que la reacción contra las dos dictaduras militares enarbole la bandera de los partidos políticos. Serán estos, sobre todo para sus inmediatos beneficiarios, como la promesa de una regeneración política. Los partidos se dicen garantes de la libertad política, de modo que un régimen que niega los partidos no puede conocer, por definición, las libertades políticas. Con estos argumentos estupefacientes, la partidocracia como reduccionismo democrático llega a cotas insospechadas en el último cuarto del siglo pasado. De entrada, la Constitución del 78 hace de ellos órganos del Estado, «instrumento fundamental para la participación política» (artículo 6). La Transición, por otro lado, no se puede entender sin la prima política concedida por el Rey, el «motor del cambio», a los partidos, incluso a los abiertamente enemigos de la nación. En cierto modo, el pacto o consenso de 1978 entre la corona y los partidos políticos es el hecho homólogo de la ficción del pacto canovista entre la corona y las Cortes.

Una decisión soberana de Franco, cuyo poder constituyente se autolimita paulatinamente y que raramente ha ejercido de jure la potestad legislativa, crea rey a Juan Carlos I. El «sucesor de Franco a título de rey», a pesar de la merma de su poder constituyente, que nunca sería ya el dimanante del hecho político del 18 de julio, sino el del poder constituyente constituido o de reforma regulado por la Ley Orgánica del Estado, acuerda con los partidos el otorgamiento de una constitución que, si bien garantiza la continuidad monárquica en la Jefatura del Estado, entrega a aquellos un poder constituyente de reforma no sometido en la práctica a fiscalización alguna. La interesada confusión entre reforma parcial y total de la constitución facilita precisamente la aprobación de la Ley para la Reforma política. La intangibilidad de la forma monárquica del Estado, nunca discutida seriamente en las pseudoconstituyentes de 1977, y la sanción real de la constitución según un procedimiento no muy diferente al utilizado por Franco para promulgar la Ley Orgánica del Estado, también sometida a referéndum nacional, como la Constitución del 78, denuncia la subsistencia de un poder constituyente residual que se extingue con el reinado de Juan Carlos I.

(...)

Leer en La Gaceta de la Iberosfera

Jueves, 5 de Octubre

 

Lectura de otoño

miércoles, 4 de octubre de 2023

Lovelock


Ignacio Ruiz Quintano
Abc Cultural

    Entre James Lovelock y Linda Lovelace me quedo con Linda Lovelace.
    
Ésta es una reflexión de puente de los trabajadores en el país de los parados, donde el periódico de la hegemonía cultural llama a Ullán “Luis Miguel” y “pintor”, entre nublo y nublo de primavera invernal, cuando todos los cálculos indicaban que España sería una sartén del calentamiento global.
    
En un ataque de platonismo hormonado, Lovelock postulaba en 2009 la supresión de las democracias en pro de unos gobiernos de sabios tan competentes como él para hacer frente a la catástrofe.
    
Antes de que termine este siglo, miles de millones de personas morirán –escribió Lovelock.
    
Decir que miles de millones de personas moriremos antes de que termine este siglo está al alcance de un ciclista, sólo que el ciclista, sometido a un control antidopaje, no lo puede decir.
    
Como Lovelock no es ciclista, puede decir esa bobada y hacerse rico y famoso con ello.
    
Doce años después de las amenazas de Lovelock, los parados no pueden irse de puente de los trabajadores por culpa del agua y el frío, y los únicos prodigios que vendrían a anunciarnos una catástrofe se han producido en Chicago: la postal recibida por un hombre en un buzón equivocado después de 54 años (se la envió su madre en 1958) y la deslocalización de “Playboy”, la revista de Hugh Hefner, que deja la ciudad del viento para irse con su batín a Los Ángeles.

    Con ese par de datos, más la cita de autoridades de Al Gore, un periodista verde te monta una guerra de los mundos en menos de lo que tardaba en persignarse un cura loco.

    Y, sin embargo, no hay nada.

    –No sabemos lo que hace el clima. Hace 20 años creíamos que sabíamos. Eso llevó a escribir algunos libros alarmistas, como el mío. Se supone que teníamos que estar ahora a medio camino hacia un mundo frito, pero han pasado 12 años, un tiempo razonable, y la temperatura ha permanecido casi constante.
    
Palabra de Lovelock.
 
[Publicado en Mayo de 2012]

 

Los medios contra Russell Brad (y viceversa)


  

Javier Bilbao


El sistema, aquí y allá, ha encontrado en el feminismo algo parecido al bolsillo de Doraemón, la navaja de MacGyver o el bolso de Mary Poppins, según las referencias que maneje cada uno. Moviliza a la población cuando anda remolona y acalla a los críticos independientemente del asunto que aborden; copa las portadas oportunamente cuando noticias incómodas intentan abrirse paso; permite justificar enormes desvíos de fondos públicos a bolsillos privados y cambios legales que atañen a los derechos fundamentales; incluso lo hemos visto enarbolado como casus belli en la política internacional; es, en definitiva, el equivalente al Mandato del Cielo de la Antigua China, cuando hasta el mismo intento de romper la nación se pretende justificar en el anhelo de una «República catalana feminista».

Ejerce de ideología política y de brújula moral, es un movimiento, uno que nos urge a ir más deprisa («¡queda mucho camino por recorrer!» es su frase predilecta), pero siempre dando vueltas en círculo, y a modo de la Kaaba en el centro el statu quo​ político y económico, que así puede permanecer inmóvil mientras los demás nos ocupamos en deconstruirnos. Es, en fin, un fenómeno tan poliédrico, omnipresente y, sobre todo, pelmazo, que no podríamos capturarlo en unas pocas líneas, así que nos centraremos en una de sus vertientes: su capacidad —en alianza con la maquinaria mediática— para quitarse de en medio a cualquier figura pública que por un motivo u otro resulte molesta a quien ostenta el poder. Abruma la cantidad de casos en los últimos años en los que una condena mediática, sin proceso legal mediante, ha logrado eliminar de la vida pública o erosionar la reputación de alguien por algún comentario, gesto, broma o acusación de violación o acoso sexual dado que el «Believe Women/Yo sí te creo, hermana» pasa a ser un principio epistemológico.

Así que, a estas alturas, cuando nos llegan ahora noticias en torno a Russell Brand es inevitable tomarlas con cautela si tenemos en cuenta el contexto y al personaje protagonista. Para quien no conozca el caso, se trata de un actor y humorista británico que, desde hace unos años, presenta un podcast de enorme éxito en varias plataformas —sólo en YouTube tiene más de 6 millones de seguidores— sobre el que una reciente publicación periodística conjunta (¿?) entre Times, Sunday Times y Channel 4 cuenta que entre 2006 y 2013 supuestamente habría agredido sexualmente a cuatro mujeres, que en el momento de escribir estas líneas no han presentado denuncia alguna ante las autoridades. A continuación, ha aparecido una quinta acusación por parte de alguien que sí ha acudido a la policía para denunciar una agresión que habría acontecido en 2003.

En primer lugar, desde este humilde rincón cabe sugerir a cualquier víctima que no espere 20 años para denunciar a su agresor, pues esa impunidad que percibirá le animará a perseverar dañando a otras personas y, además, al menos en la legislación española, el delito en muchos casos ya habrá prescrito. En segundo, dado que no estábamos presentes el día que pasó o no lo que fuera, solo cabe apelar entonces a la presunción de inocencia hasta que llegue una condena… Y esto es lo más asombroso de todo este asunto: ya ha sido declarado culpable por los medios.

Pero hay precedentes que nos invitan a la prudencia. Este caso inevitablemente nos remite a la nominación del juez Kavanaugh para el Tribunal Supremo de EE.UU. en 2018, cuando fue acusado por una mujer de haberla violado 36 años antes, a la que luego se sumaron otras. No hubo ningún proceso judicial, claro, solo escarnio público de alguien al que se vinculaba a un delito gravísimo y un cuestionamiento de su candidatura que cerca estuvo de lograr su objetivo. Él fue, sin duda, el peor parado de un proceso que nos remitía a siglos pasados de la Europa luterana, pero tampoco resultó un buen trago para el resto del mundo la vergüenza ajena de contemplar manifestaciones de mujeres disfrazadas como en la serie El cuento de la criada. Luego una de las supuestas víctimas reconoció que se lo había inventado todo por motivaciones políticas. ¿Y si ahora estuviera repitiéndose la misma historia con Russell Brand? ¿Cómo resarcirle entonces del daño a su reputación y a su fuente de ingresos?

Porque YouTube ya ha desmonetizado su canal, mientras que Paramount+ ha borrado sus monólogos, y la BBC por su parte  acaba de eliminar de sus plataformas los contenidos en los que él aparece por considerar que «está por debajo de las expectativas de los espectadores». La prensa española, siempre obediente, se ha apresurado a descalificar a un personaje al que su audiencia ni siquiera conocía, pero por si acaso. Aunque la reacción más desconcertante ha sido la del «Comité para la Cultura, Medios y Deporte» del Parlamento británico instando mediante una comunicación oficial a la plataforma canadiense de vídeos Rumble a desmonetizar el canal de Russell. Así mismo, se ha puesto en contacto con la emisora de televisión inglesa GB News porque una de sus presentadoras lo ha defendido públicamente. Es decir, parece que hay que expulsar del espacio público a cualquiera que sea acusado… y también a cualquiera que pueda defender su presunción de inocencia. Desconocíamos que en el Reino Unido el parlamento, además de legislar, tuviera todas estas atribuciones. Quedaremos a la espera de que uno de los habituales expertos nos explique si esto es o no «iliberal».

Dado que el interpelado ha negado categóricamente las acusaciones y nadie puede determinar si es inocente o culpable hasta que no se celebre un juicio, se deduce necesariamente que si alguien —y ese alguien, según vemos, es un proceso coordinado de medios, plataformas y políticos— quiere castigarlo al margen de los procedimientos legales es porque lo considera un enemigo o una molestia a eliminar. ¿Por qué?, ¿qué ha podido hacer o decir para ganarse semejante hostilidad?

Las ideas que Russell defiende...

Ler en La Gaceta de la Iberosfera

Miércoles, 4 de Octubre

 

La huella

martes, 3 de octubre de 2023

La España de los lenguados


Alasdair  MacIntyre

 

 

Ignacio Ruiz Quintano

Abc


    El Pentecostés del otro día en el Parlamento (“y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos”, y hablaron como parpayuelas hasta en 18 idiomas, que son, por cierto, los que hablaba don Julio Casares) me lo ha resumido un amigo mío con muchos años de cárcel, y lo ha hecho en gacería, que es la lengua de los trilleros de Cantalejo, Segovia.


    –¡Qué siertería garlear sin que aterven los manes!

 
    Que traducido por mi amigo, con mucha cárcel, como digo, sería: “¡Que gozada hablar del negocio sin que se enteren los ‘primaveras’!”


    En la España de los lenguados (habrá que llamar así a estos políglotas del pan “pringao”), el 78 ha disuelto la nación española haciendo culta cualquier lengua menos la española, cuyo verbo “prever” no lo sabe conjugar nadie del gobierno, comenzando por su presidente, que prometió acabar con la corrupción… “preveyéndola”. Mas somos españoles, y con las lenguas vuelve a plantearse el asunto de la preminencia con los títulos de nobleza. ¿Catalán o vascuence?

 

En las “Fantasías mexicanas” de Julio Torri dos carrozas se encuentran en angosto callejón y ninguna retrocede. “¡Paso al noble señor don Juan de Padilla y Guzmán, Marqués de Santa Fe de Guardiola, Oidor de la Real Audiencia de México!” “¡Paso a don Agustín de Echeverz y Subiza, Marqués de la Villa de San Miguel de Aguayo, cuyos antepasados guerrearon por su Majestad Cesárea en Hungría, Transilvania y Perpiñán!” “¡Por bisabuelo me lo hube a don Manuel Ponce de León, el que sacó de la leonera el guante de doña Ana!” “¡Mi tatarabuelo Garcilaso de la Vega rescató el Ave María del moro que la llevaba atada a la cola de su bridón!” Tres días con sus noches se suceden, apunta el narrador, y aún están allí los linajudos magnates, sin que ninguno ceda el paso al otro. Al cabo de estos tres días –y para que no sufriera mancilla ninguno de ambos linajes– mandó el Virrey que retrocedieran las carrozas al mismo tiempo, y la una volvióse hacia San Andrés, y la otra fuese por la calle del Puente de San Francisco.


    Imposible no ver a Urcullu y a Puigdemont subidos a esas carrozas en el callejón de la UE. Un idioma no es más que un dialecto con un ejército; ellos no tienen ejército (aunque Puigdemont siempre puede tirar del Barça de Xavi como “ejército desarmado de Cataluña” que les vendió Montalbán), pero como lenguados de España aspiran a su propio estado-nación. Podrían leer este apunte del escocés MacIntyre (¡por Dios, no confundir con Innerarity!): “El estado-nación moderno es una institución de trato imposible. Por una parte, se presenta como un proveedor de bienes y servicios, pero nunca lo hace; y por otra, como el depositario de unos valores sagrados que de vez en cuando nos invita a dar la vida por él… ¡Es como si se nos pidiera dar la vida  por la compañía telefónica!”.


    Pues sí. Los partidejos haciendo la repartija, y los “primaveras”, sin coscarse.

 

[Martes, 26 de Septiembre]

Ni Frank, ni país


Vilma Espín

 

Orlando Luis Pardo Lazo

Hypermedia Magazine

 

Vilma Espín lo delató a la policía de Batista.

Había querido ser su novia. Lo que implicaba, para el joven bautista, que él nunca se había acostado con ella.

Vilma, que venía del Massachusetts Institute of Technology con una genitalia voraz, sólo por esa carencia de carne odiaba celosamente al pastorcito no promiscuo. Por lo demás, para entonces ya ella se estaba templando a Raúl Castro, en las noches sin tabús de la Sierra Maestra.

Vilma era, por supuesto, un agente a sueldo del comunismo internacional. Aunque, en honor a la verdad, en este asesinato específico ella no cumplía órdenes de Moscú, sino de Fidel Castro en persona, otro celoso radical. Para colmo, no pocos santiagueros resentidos con el cristianismo, odiaban a ritmo de conga comunitaria cada uno de los principios puritanos de Frank País.

Muchos lloraron al mártir a la hora del velorio y de usar su cadáver como un trofeo castrista de la Revolución. Pero muchos más se alegraron de que Batista lo hubiera reventado a tiros en plena calle cubana. Era otra manera de matar a Dios en Cuba. Y ese trabajo sucio era mejor que lo hiciera un mulato y no una partida de blancos con cuantiosas cuentas de banco.

De hecho, Frank era un peligro que aterrorizaba a nuestro pequeño país. Los gigantes morales siempre lo han sido: un peligro que nos apenca en tanto nación. La decencia y el coraje siempre lo serán: una luz imperdonable a ras del fanguero insular. Nuestra cubanidad deforme no tolera mirarse en el espejo excelso de la virtud.

Vilma Espín llamó por teléfono a la casa donde Frank País estaba escondido. Ella misma alertó a los chivatos del BRAC en la compañía de teléfonos, para que circularan la llamada que estaba a punto de hacer.

Frank, ¿estás bien? ―le dijo―. Cuídate mucho, por favor. No dejo de rezar por ti.

Fue una de las pocas veces que el veinteañero revolucionario perdió su compostura de gentilhombre civil. Le colgó de inmediato y comenzó a dar puñetazos contra la pared, escandalizando a sus vecinos de Santiago de Cuba.

Frank la llamó “puta” a gritos. No una, sino al menos tres veces. Las frases exactas que ningún libro de historia va a recoger fueron:

Puta.

Puta de mierda.

Puta criminal.

Entonces se arrodilló y pareció pedirle perdón a Vilma. Él era un hombre. Ella era una mujer. Frank no iba a permitir que, minutos antes de su calvario, la flojera de alma (y de patas) de una dama corrompiera la integridad de su caballeroso corazón (y de sus dos descomunales cojones).

El resto es harto conocido.

Los sicarios de Fulgencio Batista, que sin saberlo también actuaban para el comunismo internacional, rodearon la cuadra donde Frank había recibido la llamada telefónica de Vilma Espín.

Frank salió a la calle a vender cara su vida, pero no lo consiguió. No pudo ni herir a un solo uniformado de aquella operación. Le pusieron el rostro como un guiñapo, de culatazo en culatazo. Los pendejos son pandilleros. Luego, cuando estaba indefenso como el niño puro que Frank aún era, lo acribillaron a ráfagas de metralleta. No se atrevieron a matarlo mientras Frank País tuviera mirada.

Todos los vecinos vieron esta escena obscena. Ni uno solo movió un dedo. Ni siquiera dejaron escapar un ay audible. Se retiraron a sus aposentos a esperar que Fidel Castro les trajera la justicia a perpetuidad.

Aquel 30 de julio de 1957 moriría, junto con Frank, todo un país.

 


Frank País en su ataúd

Santiago de Cuba, 1957

Martes, 3 de Octubre

 

et j’ai lu tous les livres.

lunes, 2 de octubre de 2023

Feria de Otoño. Novillos de Guadaira para Burdiel, de Sevilla; Peñaranda, de Cuenca; y Martín, de Zurich. Vuelta a la normalidad. Campos & Moore




Pepe Campos

Plaza de toros de Las Ventas. Domingo, 1 de octubre de 2023. Segundo festejo de la Feria de Otoño. Tarde ideal. Tres cuartos de entrada. Las andanadas donde se han regalado los abonos anuales para los jóvenes aficionados, vacías.

Novillos de Guadaria, de origen Jandilla (Domecq), bien presentados, mansos, no se emplearon en el caballo, flojos y nobles; primero y, sobre todo, el tercero con algo de picante que desbordó a los toreros; cuarto idóneo para la muleta; segundo y quinto con buen son; sexto descastado y muy flojo. Cuatro de ellos lucieron crotal.

Terna: Álvaro Burdiel, de Sevilla, azul Prusia y oro, con cabos blancos, silencio, ovación y silencio (en el sexto que mató por haberse lesionado Ismael Martín); veinticuatro años. Alejandro Peñaranda, de Iniesta (Cuenca), grana y oro, con cabos blancos, ovación y palmas; veintiún años. Ismael Martín, de Zurich (Suiza), hacía su presentación como novillero en Madrid, de azul Rey y oro, no pudo descabellar al tercer novillo, por lesionarse el hombro, silencio; veinte años.

Nos costó mucho esfuerzo volver a los toros, ayer, cuando se lidiaba en Madrid la primera novillada de la Feria de Otoño de 2023. Las sensaciones vividas el día anterior en la despedida de El Juli de Madrid, para un aficionado de a pie ponderado, fueron deprimentes; y se nos hizo muy difícil volver a la plaza, a nuestro abono, con buen ánimo. El espectáculo montado y sucedido en esa despedida fue paupérrimo y nocivo. Volvamos a recordarlo. No hubo toros y no existió toreo, pero sí se produjo corte de orejas debido a un público obsesionado en pronunciarse de modo burdo y chacotero, invasivo, lo que viene a significar, de nula seriedad. Un público adocenado, por no decir cumplidor de consignas. Una multitud ciega, seguidora de las directrices que plantea el mundo taurino, que parece ser, por lo visto, tiene mucho eco y fuerza. Este aspecto, desde el punto de vista de si la tauromaquia tiene adeptos, sería una muy buena noticia, pero no es así, pues bajo el criterio de que el toreo tiene unas exigencias éticas, técnicas y regladas, se prefigura como un pésimo vaticinio.

 
Nos abocamos a un tiempo futuro incierto para el mundo de los toros. En este momento, no encontramos, dentro del mismo, referentes válidos. No decimos que no exista algún que otro buen torero, sino que ese modelo necesario —o modelos— que sirvan de faro para que un nuevo aficionado pueda fijarse y aprender —en toreros clásicos y poderosos— no lo intuimos. Tampoco vemos por ningún lado a ese molde que, a su vez, pueda ser útil para los novilleros, para que aprecien la verdadera técnica del torear —el canon—. Ni para que la sociedad que nos rodea entienda el verdadero compromiso y esfuerzo que representa la tauromaquia —en torno a un torero cabal— no lo vislumbramos. En este último apartado tenemos que agarrarnos, porque no tenemos más remedio y nos conviene, a lo que representa Morante de la Puebla hoy, si bien compartiendo con él todas sus dudas, que no son otras que esa su resistencia a elegir verdaderos toros para su toreo, y no ese toro dócil y claudicante que desde hace un tiempo eligen todas las figuras y que tiene adulterada y homogenizada a la tauromaquia.

 
Decir figura del toreo es como convocar a la ataraxia y entrar en un estado espiritual beatífico en el que ya no es necesario pensar, sino obedecer y acatar. Es un término que debe llevar un siglo de existencia, habría que datarlo exactamente. En el diccionario de José Carlos de Torres, Léxico español de los toros, leemos la siguiente explicación: «Dícese del torero cumbre, as o mandón en el toreo…(Camisero)». Camisero será seguramente Ángel Carmona, que fue torero y escritor. Por lo que se ve, en la actualidad, los taurinos han entendido la voz acogiéndose, exclusivamente, a la expresión: mandón en el toreo, que señala al torero que llega arriba —en la jerarquía taurina— y que desde ese instante se dedica a defender sus propios intereses, dándole igual cualquier aspecto ético que se relacione con la tauromaquia —lo grave y lo serio de la misma—. Un tipo de torero que manda para configurar carteles; para torear donde le plazca; para crear una atmósfera de boato de sí y a su alrededor, —nada de críticas—; para no medirse nunca a toros de edad, trapío, íntegros y con casta —sólo le vale el toro comercial—.  Para hacerse rico de cualquier modo y manera. Etc. Ante esta apabullante realidad de la existencia de las figuras del toreo, que parece son tan necesarias, el aficionado tiene que claudicar y hablar bien y servicialmente de esa figura, de sus caprichos, de sus estadísticas, de su técnica, de su pétrea verdad taurina, porque es figura y ser figura viene a ser como un Dios taurino que nos da la vida, nos protege y nos aporta razón y lógica para nuestra vida de aficionados. Por lo tanto, no hay nada más que hablar, ni reflexionar o discutir.
Ante esta dictadura psicológica candente del mundo de los toros, los novilleros están dirigidos y espoleados a ser figuras, y quedan engullidos en una trama espesa de intereses y complejidades que para cualquier persona —y para el aspirante a torero— es incomprensible, ni de entender ni de digerir. En fin, una realidad envolvente que devora también al aficionado. Inextricable. Desde esta perspectiva vamos a analizar con brevedad lo sucedido ayer en la novillada de Las Ventas, a la que acudimos como probos aficionados y mosqueados ciudadanos.


Álvaro Burdiel mató tres novillos. En su primero se vio superado, creemos que porque abusó de poner la muleta en uve y así era muy difícil someter, mandar, a un novillo que requería dominio, no se acopló en ningún momento, ensayó ligeramente el natural por las afueras y mató de bajonazo en la suerte contraria. En el cuarto de la tarde, con el capote lució en una media verónica, se enfrentó a un excelente novillo, realizó un buen comienzo de faena —con dos estupendas trincheras— y un final clásico, con buen compás, en el desarrollo de la labor consiguió muletazos de clase, pero sin llegar a redondear nada, le faltó presentar mejor la muleta y mató en la suerte natural de una estocada trasera, caída y desprendida. En el sexto novillo tuvo poco trabajo pues éste llegó muy quedado a la muleta, mató en la suerte contraria, de pinchazo y de media caída baja.


Alejandro Peñaranda, en su primer novillo, le vimos precavido, mal colocado, perfilero, en ocasiones con la pierna retrasada, a medias todo, mató en la suerte natural, de estocada delantera caída y un descabello, escuchó un aviso. En el quinto, intentó por todos los medios hacer faena pero no pudo acoplarse, por la distancia, en la que no se ajustó, por falta de mando en las embestidas del novillo que sacó un poquito de picante, por su postura de perfil que no le ayudó; mató en la suerte natural de estocada caída. Fue una lástima ver a este torero algo desdibujado ayer tarde, pues en su presentación en Madrid, acaecida este verano, nos encantó por su corte clásico, por su seguridad y su por su elegancia.

 
Ismael Martín, en el único novillo que intentó matar —tuvo que descabellarle Álvaro Buriel—, se midió al astado más interesante para el aficionado, por su movilidad y casta, pero más difícil para el torero. No pudo en la pelea, que le ganó el novillo, intentó la estocada en la suerte contraria en cuatro intentos, quedando caída en el último. Al descabellar —en el tercer golpe— se lesionó en el hombro y tuvo que hacerlo Buriel, que se empleó en cinco descabellos en los mismos medios a dónde el ejemplar de Guadaira llevó a los toreros.

 


ANDREW MOORE

 


 



  
Álvaro Burdiel, de Sevilla, azul Prusia y oro,
 con cabos blancos, silencio, ovación y silencio
 

  
Alejandro Peñaranda, de Iniesta (Cuenca),
 grana y oro, con cabos blancos, ovación y palmas;
 veintiún años
 

Ismael Martín, de Zurich (Suiza),hacía su presentación como novillero en Madrid, de azul Rey y oro, no pudo descabellar al tercer novillo, por lesionarse el hombro, silencio; veinte años

FIN

El derbi más "postrimero"


Los Jeroglíficos de las Postrimerías

Valdés Leal

 

Ignacio Ruiz Quintano

Abc


    Una rosa es una rosa es una rosa y un derbi es un derbi es un derbi.


    Lo de la rosa (“A rose is a rose is a rose”) lo dijo Gertrude Stein, mascota de la Generación Perdida americana, que hoy estaría aventando el Alzamiento feminista en la Federación de fútbol, cuyos graves voceros (además de los hirientes chillidos de Carlos Martínez) son Relaño, nuestro Paulo Freire, y Ferreras, nuestro Derrick Bel, que han legado a la posteridad un par de líneas de mármol: “Sé que hay gente que no entiende a estas mujeres. Yo sí. Se quejan de un desprecio ancestral” (Relaño). “Es un asunto de dignidad humana” (Ferreras). Hablando de líneas: no nos olvidemos del linemán, como los llamaba Bilardo, que el día de la Real Sociedad en el Bernabéu hizo de recogepelotas (así empezó Guardiola) y entró al campo a patear el balón para que el portero Arrizabalaga, que iba ganando, no perdiera tiempo. Al parecer, este simpático personaje (¡lo que nos faltaba para el duro!) fue en su día suspendido por ‘ser demasiado amigable’ en un Clásico con los jugadores del Barcelona.


    Y lo del derbi lo dice, o puede decirlo, Ancelotti, que ha llegado al derbi gracias a Bellingham, que vino como asistente de Mbappé y es el asistido de Joselu. Por Bellingham cambió Ancelotti el sistema, un sistema que reduce la producción de goles a Bellingham, negro-torero, que hace goles de puntillero, es decir, a capón y en el último minuto, que es el 94.


    El minuto 94 distingue para bien al Madrid y para mal al Atlético, que en Champions fue apuntillado en Roma por el portero de la Lazio, dorsal 94, en el minuto 94, precisamente el minuto en que Bellingham, con un desmarque a lo Gerd Müller, salvaba al Madrid ante los berlineses de Bonucci. Cuando Courtois habló del lado malo y del lado bueno de la historia (él ha vividos en los dos) se refería a esto. Quienes no estén familiarizados con la figura del puntillero, que vean Justino, un asesino de la tercera edad, la historia de un puntillero de la plaza de toros jubilado, y comprenderán la habilidad (no la fortuna) de Bellingham para apuntillar a los equipos que no acaban de entregarse.


    El derbi madrileño, pues, más que postinero, es un Derbi Postrimero, ya que ese minuto 94 tremendo y postrero que marca a ambos equipos representa los 90 minutos del fútbol y las 4 Postrimerías (muerte, juicio, infierno y gloria) del catecismo. Los atléticos atribuyen lo suyo a la fatalidad, mientras que los madridistas lo suyo lo atribuyen a su mentalidad deportiva, que no sería la de Santayana, sino la de Bellingham.


    Santayana, filósofo español en América, llamaba “mentalidad deportiva” a una inteligencia imparcial que estaba en los antiguos filósofos (Montaigne, Voltaire, Hobbes, doctor Johnson…). La “mentalidad deportiva” de Bellingham, el hombre de la puntilla, la resumió Camavinga con una anécdota: cuando ganó su primer título, entró al vestuario esperando una fiesta, y no había nada, porque todo el mundo andaba conjurándose para ganar el siguiente.


    Un derbi madrileño con medio Vinicius y sin Joao Félix, un portugués, como Velázquez, que retrata a Simeone, que lo ponía a marcar al carrilero contrario. Cedido al Barcelona por el Atlético, que es como el Espanyol para el Madrid (ahí está Joselu), Joao se ha quitado dos pesos de encima, el peso de Simeone (“ese señor de negro”, que diría Mingote) y el peso de los millones, pues al parecer, con tal de jugar, juega de balde, detalle que contradice un poco la vindicación feminista de igualdad salarial en el fútbol, cuyos números redondos, Mundial frente a Mundial, son un poco extraños: de los seis billones generados por el Mundial masculino, los hombres se repartieron un fondo de cuatrocientos, que hace un porcentaje del siete; y de los ciento treinta millones generados por el Mundial femenino, las mujeres se repartieron un fondo de treinta, que hace un porcentaje del veinte.


    En tanto que espectador, a uno le pasa con el fútbol femenino, campeón del mundo, igual que con la tauromaquia de Julián López, figurón del taurineo: si el toro no mete miedo al tendido, el espectador se siente capaz de estar en la arena y de hacerle las mismas pasadas que López, sensación que no se tiene con Sánchez Vara lidiando a “Cazarrata” ni con Bellingham buscando apuntillar a Oblack o con Morata disputando el cuero a Rudiger. La cosa, entonces, pierde cualquier interés, y sobreviene la charlatanería política. Los españoles somos bajitos, como Napoleón, y como Napoleón al decir de madame de Staël, sólo sabemos expresarnos mediante una pompa mezclada con charlatanismo.




“CIUDADANO KANE”


    La verdad es que se lo llevan a uno los demonios cada día, que es cada partido, que Harry Kane, un cisne entre patos, golea en el Bayern de Munich, cuando tendría que estar haciéndolo en el Real Madrid, si de veras, como se dijo, lo pidió Ancelotti. Bueno, también Mourinho pidió a Ribéry le hubo de conformarse con Callejón, pasando de Pedro León, que no era Zidane. Kane parecía nacido para el Madrid, donde hubiera formado collera histórica con su amigo Bellingham, y ahora tendríamos a los culés exigiendo la devolución del Peñón de Gibraltar, sólo por molestar al Madrid. Nos perdemos eso y también todos los juegos de palabras del periodismo deportivo con “Ciudadano Kane”.


[Lunes, 26 de Septiembre]

Lunes, 2 de Octubre

 

Valle de Esteban

Rastro zorruno

domingo, 1 de octubre de 2023

Feria de Otoño. El Juli convierte la tauromaquia en un chiste. Campos & Moore


Presidió el festejo D. Eutimio Carracedo. No sabemos si se quedó con las ganas de conceder uno o varios rabos


Pepe Campos

Plaza de toros de Las Ventas. Sábado, 30 de septiembre de 2023. Primera corrida de la Feria de Otoño. Tarde excelente. Lleno de no hay billetes. Claros en las andanadas del cinco y del seis, seguramente donde se han repartido abonos anuales gratuitos entre jóvenes aficionados. Despedida de Julián López, El Juli, de Madrid. Presenció el festejo la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.

Toros de Puerto de San Lorenzo y de La Ventana del Puerto. De escasa fiereza, ni acometividad. Flojos, mansos, inválidos. Nobles desrazados. No merece la pena entrar en detalles de toro a toro, por su parva presencia y juego. Todos impresentables, el cuarto flojo y cobardón (abanto).

Presidió el festejo, D. Eutimio Carracedo. No sabemos si se quedó con las ganas de conceder uno o varios rabos.

Terna: Ignacio Uceda Leal, de púrpura y plata, palmas y silencio. Julián López, El Juli, de burdeos y oro, con cabos blancos, ovación y dos orejas eutímicas. Tomás Rufo, de violeta y oro, con cabos blancos, silencio y oreja eutímica.

Todo lo que vimos ayer tarde en la Plaza de toros de Las Ventas fue un puro chiste, una chanza que no tenía ninguna gracia. El público que acudió al festejo de despedida de El Juli de la afición de Madrid, fue tan responsable de la chuscada taurina que vivimos como lo fueron los empresarios de la plaza que permitieron que se lidiaran seis toros bobalicones, impresentables, hasta decir ¡basta! Ayer la plaza de toros de Madrid estuvo irreconocible. Ningún atisbo de afición, de seriedad, ni de exigencia. Nadie dijo nada desde la salida del primer toro de esa ganadería que no hay por dónde entenderla, Puerto de San Lorenzo/Ventana del Puerto, que se ha convertido en una especie de factoría de toros desrazados, nobles babiecas, mansos gilís, de comportamiento borreguil, alguno de aspecto caprino, sin ningún trapío, flojos e inválidos para una lidia mínimamente rigurosa. Todos los toros dio pena verlos, impropios de Las Ventas y de una feria que antaño tenía su aquél, con corridas a final de temporada que reconciliaban a la afición de Madrid con ganaderos y toreros, por lo cabal de sus planteamientos.
Es muy difícil entender y explicar lo que ayer sucedió en el ruedo venteño. Es cierto que muchos aficionados sensatos renunciaron a acudir a lo que se presagiaba como la segunda salida obligatoria por la Puerta Grande de El Juli en Madrid. Es posible que esos aficionados buenos regalaran sus entradas a personas de bien que querían prohijar a El Juli, aunque el torero madrileño —veinticinco años en la cúspide taurina— es un ser algo mayorcito y con un inmenso capital de ganancias acumuladas. Pero había que sacarle por la Puerta Grande como fuera, y así ocurrió. Las paupérrimas lidias realizadas a los toros gaseosos de «El Puerto», el toreo ventajista que se les aplicó por los tres espadas —un destoreo de quilates—, los espadazos bajos con los que se pasaportó a los bóvidos chochos puerteños, sea cual sea su obscuro origen, avalan el dislate, el disparate, la chirigota, de una tauromaquia escenificada en un templo, otrora cátedra del toreo, ayer mismo taburete de una fenecida tauromaquia. Si nos ponemos algo serios y hacemos honor a lo visto en nuestras vidas en la plaza madrileña —más de mil setecientas corridas, a pesar de tantos años fuera de España—, lo de ayer fue tocar fondo, con graves consecuencias para que podamos remontar la afición a los toros por la vía del saneamiento, de la ética, del canon y del clasicismo, de todo aquello que convierte a la tauromaquia en un arte defendible del cual podamos sentirnos orgullosos de poseer y practicar.


Estamos en tiempos donde la controversia entre aficionados toristas y toreristas, creemos, ya no existe, a pesar de esos gramos de festejos donde a lo largo del año sale el toro serio, con cuajo, con incuestionable trapío —recordemos ese toro de Sobral, sardo, de nombre recluido, lidiado el domingo 17 de septiembre, hace unos días, aquí en Las Ventas, al que toreó con suma dignidad Octavio Chacón—; ese toro inexistente al que cuesta poderle, al que el torero debe entender e imponerse con valor, conocimiento y técnica. Pero ese toro ya es una alucinación, un pasaje de nuestro recuerdo que no sabemos si se dio realmente. Hoy todo es torerismo, que viene a significar triunfalismo, diversión, llamarada, cachondeo o farra —por qué no, si al torero se le alza a hombros sin ningún motivo para que suene la carcajada de la multitud—. El aficionado digno sabe que la fiesta de los toros es verdadera y debe seguir siéndolo —que hay vida y que hay muerte— y que todo aquello que lleve o se encamine hacia una simple distracción sin fundamentos donde el toro sea flácido y que la técnica empleada por los toreros —consecuentemente— transformada en un simulacro, a modo y a la manera —un símil—de conceptos taurómacos de aficionados devotos prácticos que sólo quieren mantenerse en forma y que defienden el destoreo…; eso, el aficionado solvente sabe que, todo eso, ese cambalache, devalúa la tauromaquia, que le extirpa la razón de existir, que la deja fuera de la razón histórica. Eso, ese manejo, aconteció ayer en Madrid.


Reflexionemos sobre lo anterior. En este sentido, ahondemos un poco sobre la trayectoria profesional del homenajeado ayer tarde en Las Ventas, El Juli. Según dicen algunos fervientes taurófilos, un torero que pasa a la historia como el gran dominador de todos los toros; es decir, es un torero completo. Bien. Llegados a este punto repasemos la relación de ganaderías duras —con leyenda, vigentes todavía— que ha toreado y matado Julián López, El Juli, en el último cuarto de siglo. Nos llevamos una enorme sorpresa, pues, prácticamente, El Juli, no ha matado ningún toro procedente de encastes a los que al torear, el torero debería llevar —palabras de Domingo Ortega— «por donde el toro no quiere ir», para demostrar el auténtico poder del matador sobre los astados. Así (dentro del paréntesis, el número de toros matados de cada una de las ganaderías por El Juli), encontramos —datos de la web de El Juli— que de Dolores Aguirre (ha matado 0 toros), de Celestino Cuadri (0), de Murteira (0), Hoyo de la Gitana (0), Cebada Gago (0), Prieto de la Cal (0), José Escolar (0), Palha (0), Conde de la Maza (0), Valverde (0), Hernández Pla (0), Saltillo (0), Flor de Jara (0), Peñajara (2), Adolfo Martín (2), Pablo Romero (4), Baltasar Ibán (4), Victorino Martín (17). Son datos. Toros totales matados por El Juli, 3.876. Entonces debemos pensar que El Juli es un «gran dominador de toros comerciales». De toros como los de ayer tarde lidiados en Madrid de El Puerto de San Lorenzo/Ventana del Puerto. ¿Dónde situar ante todo esto una trayectoria como la de Francisco Ruiz Miguel? En fin… Y no entramos hoy en «esas maneras de torear y de matar» de El Juli. Mejor, aquí lo dejamos, y pasamos a un breve análisis de lo ocurrido.


Uceda Leal, ante su primer toro, un bóvido dormido y ausente, flojo e inválido, que se derrumbaba aquí y allá, un borreguito con boca abierta, toreó, en cercanías del tendido siete y del ocho, con maneras elegantes —que valoramos— pero despegado y por las afueras. Todo con muy poca transmisión y sin emoción. Le recetó un bajonazo. Al cuarto, un toro similar al primero pero, además, con muy poco celo y huído, no pudo plantearle ninguna faena. Volvió a dirigir la espada, al matarlo, hacia los bajos del toro.


El Juli, en el segundo, toreó a la verónica con cierta rapidez —toda la tarde estuvo veloz—, puso al toro al caballo por chicuelinas al paso, realizó un quite manteniendo las chicuelinas y se empleó en tres medias —digamos que decentes— no conclusivas. La faena fue un simulacro de tauromaquia, pues toreó a un perrillo, con el pico, por las afueras y despegado. Muy vulgar. Estocada baja. A pesar de esto el «respetable» pidió una oreja para El Juli, que quedó en ovación. Don Eutimio aquí resistió. En el quinto, de limitado trapío —como toda la corrida—, con cuerna buida y vuelta, derrengado, que parecía que se iba a derrumbar pero a duras penas se mantenía sobre manos y patas, lo toreó en los medios con medios pases, entre amago de caídas del toro y vueltas a empezar, mucho pico, despegado, destacando, de entre todo dos pases en círculo por delante de su persona, echando el torero el torso hacia delante y acompañando el paso del toro con un giro corporal en redondo difícil de describir y que encendió las almas de la mayoría de los asistentes, hecho que le condujo —junto a la muleta que mantuvo en el hocico del toro hasta el remate— por la Puerta Grande de Madrid, tras esgrimir «el gran julipié» de su carrera, traserillo y caidillo. Don Eutimio, llegado este momento, se manifestó profuso enseñando pañuelos.


Tomás Rufo, al tercero, un toro flojo, inválido, de lengua fuera, lo recibió con verónicas despegadísimas. Todo fue poquita cosa, el toro claudicante y el toreo de Rufo, más, de pierna retrasada, pico, por fuera y despegado. Lo mató de un bajonazo. Escuchó un aviso. En este toro El Juli realizó con quite a la verónica, lentas por el pitón izquierdo. Lo mejor de su actuación. En el último de la tarde, un toro que parecía una cabra, Rufo lo toreó con medios pases, despegado, tandas de muletazos sin plan. Cerró con manoletinas y una estocada trasera y tendida, muy eficaz.

 

 
"lo toreó en los medios con medios pases, entre amago de caídas del toro y vueltas a empezar, mucho pico, despegado, destacando, de entre todo dos pases en círculo por delante de su persona, echando el torero el torso hacia delante y acompañando el paso del toro con un giro corporal en redondo difícil de describir y que encendió las almas de la mayoría de los asistentes, hecho que le condujo por la Puerta Grande de Madrid, tras esgrimir «el gran julipié» de su carrera, traserillo y caidillo"
 
 

Con tuteo falangista, López brindó lo que hacía de toro a la presidente Ayuso, que ocupó, no el palco de respeto, sino la barrera del jolgorio

FIN

En busca de la prevalencia de los idiotas (XVIII)

 

Demóstenes llama prodosía a «engañar al pueblo con falsas promesas»

 

Martín-Miguel Rubio Esteban


Los antiguos griegos llamaban prodosía a la traición, y los idiôtai de la Democracia Ateniense la castigaron siempre como tal peste espiritual merece, que deforma e insufla miasmas mortales al alma sublevándose contra la propia naturaleza humana. La traición (prodosía) entrañaba un proceso público incoado siempre por idiôtai, esto es, ciudadanos particulares. Los cuatro principales procesos públicos que existían en la Democracia Ateniense eran, además de la traición, la malversación de fondos públicos, los malos tratos infligidos a un huérfano y la seducción de una mujer libre. Estos cuatro delitos se castigaban siempre con la muerte. En estos delitos que afectaban a toda la comunidad de Atenas, entendida como un todo unitario, se permitía y se alentaba la acusación ejercida espontáneamente por individuos particulares (idiôtai). El mantenimiento de la democracia y la prosperidad de la pólis dependían, según entendía Licurgo, de tres elementos esenciales: del código legal, del voto de los dikastas (el jurado popular) y, sobre todo, de que hubiera ciudadanos dispuestos a perseguir a los transgresores de la ley, en especial a los traidores. El mismo Licurgo se sintió obligado a acusar a Leócrates de traición por haber abandonado Atenas después de la derrota de Queronea en el 338, y no por enemistad ni por deseo de pleitear, sino por justicia y por el sentido de que los delitos que afectan a lo público ofrecen motivos públicos para la enemistad. Generalmente los acusadores públicos hacían hincapié en que actuaban movidos por un deseo de colaborar con las leyes y protegerlas. No obstante, Esquines sostenía que muy a menudo las enemistades privadas corrigen abusos públicos, aserto que, naturalmente, no aprobaría nuestra moral kantiana, pero que a la Democracia Ateniense le funcionó dos siglos. La prodosía podía consistir algunas veces en la acción de rendirse antes de tiempo, abandonando el combate o desertando en los momentos difíciles, y uno de los motivos por los que se podía presentar una eisangelía (acusación) por traición era haber entregado una ciudad, barcos o fuerzas terrestres a los enemigos. Aunque la prodosía pudiese resultar de una acción calculada, de falta de celo, pero también de circunstancias que estaban más allá del control de un hombre o de otras causas accidentales, parece que los idiôtai eran reacios a aceptar las razones por las que un jefe había abandonado una posición, u otras justificaciones, y más bien juzgaban por el resultado efectivo. A los idiôtai no les interesaba para nada las intenciones, buenas o malas que tuviesen los procesados. En el transcurso del siglo IV muchos stratêgoi fueron acusados de prodosía. La prodosía, la malversación y la aceptación de sobornos de los enemigos de la democracia fueron los motivos por los que, por ejemplo, Ergocles, un Sánchez de la época, fue acusado y condenado a muerte, y sus propiedades confiscadas en el 388. Stratêgoi como Ergófilo, Timómaco, Cefisódoto, Dionisio, Calístrato de Afidnas, Filocles, Calístenes, Leóstenes, Filón, Teótimo, y muchos más fueron condenados a muerte por prodosía. Y si se consideraba ya traición no tener valor en el combate, ¿qué se consideraría traicionar la Constitución Ateniense, tan bien analizada por Aristóteles? Y aunque parece que la mayor parte de las eisangelíai por traición (prodosía) iban dirigidas contra los stratêgoí, podían usarse también contra los rhêtores o contra cualquier ateniense o meteco (extranjero residente en Atenas). Hipérides cita la ley por la que se puede incoar una eisangelía por prodosía: «Si alguno (establece la ley) intenta destruir la democracia ateniense, o si se reúne con otros en cualquier lugar con el propósito de abatir la democracia, o forma un partido político (hetairikón: ser miembro de un partido era traición en Atenas); o si alguno entrega una ciudad, o un barco, o una fuerza terrestre o naval; o siendo rhêtôr pronuncia un discurso contrario a los mejores intereses del Dêmos ateniense, recibiendo dinero y regalos de aquellos que trabajan en contra del Dêmos ateniense, es culpable de prodosía». Incluso Demóstenes llama prodosía a «engañar al pueblo con falsas promesas» ( 49.67 ).

Llegados a este punto podemos preguntarnos si los idiôtai atenienses eran demasiado duros y vengativos contra los generales o rhêtores que traicionaban al Demos. En principio habría que valorar la actitud ateniense sobre la conveniencia de la pena capital en general. Porque en Atenas la pena capital se prescribía no sólo en casos de homicidio premeditado, sino también para infractores tales como un deudor público que ostentase un cargo oficial, una prostituta que tomase la palabra en la Ekklêsía habiendo sido previamente condenada a resultas de un procesamiento, o un ladrón que robase en plena noche o que, en pleno día, lo hiciera en un gymnásion, por un importe superior a cincuenta dracmas (más o menos 300 euros), o en el caso de propiedades públicas, por encima de diez dracmas (60 euros). A la vista de la tipificación de estos delitos, la pena de muerte a los stratêgoi y rhêtores traidores no nos parece para nada severa. Debe también tenerse en cuenta que los acusadores, en su esfuerzo por animar a los jurados populares a ser severos con los delitos alegados contra quienes participaban en la vida pública, tenían la costumbre de prevenirlos contra la indulgencia. Esquines, por ejemplo, para recalcar la gravedad de los delitos de Timarco, recordó al jurado que ciertos jurados, incapaces de defenderse a sí mismos contra la vejez y la pobreza juntas —sostenía— se habían visto inducidos a aceptar sobornos, y a causa de ello se les había condenado a muerte (Esquines 1.87-8).

Hoy la cultura de la deslealtad y la traición se ha impuesto sobre la cultura moral de nuestros padres, que advinieron y coadyuvaron a una verdadera reconciliación nacional gracias precisamente a la fe en la sólida lealtad entre todos los hombres de España. Entonces los hombres desleales eran excluidos y marginados de la sociedad por el buen gusto moral de los españoles, como malas semillas de guerra y odio social; hoy son premiados con cargos y prebendas, y honrados políticamente como pacientes de un repugnante morbo que se ha convertido en virtud de Estado.

Por encima de la caducidad e impermanencia de todas las cosas, existe una fuerza de la naturaleza y de la especie permanente, inmutable, una ley que está en todas las cosas y que las gobierna a todas, una ley que hace posible todas las leyes y que es la causa de una armonía interior que existe en el fondo del universo y, por ende, en las naciones, en las comunidades, en las familias y en todas las asociaciones humanas. Se llama lealtad. La vida virtuosa consiste precisamente en mantener la lealtad al orden universal de la Naturaleza. La lealtad basta para convertir el pesimismo en optimismo, la tristeza en alegría, a la patria en el hogar nacional, y nuestra muerte segura en una esperanza de que nuestras obras y nuestros amores se integren para siempre en la comunidad nacional como partículas constitutivas de la Nación y de la Patria. Porque nada muere bajo la ley de la lealtad, todo se concentra en el cuenco de sus manos vivificantes y en los lazos indestructibles de las almas de los compatriotas. Sólo con la lealtad conseguiremos vivir en paz, conservar la serenidad del alma en medio de las turbulencias exteriores y la dignidad de nosotros mismos. Y sólo con la lealtad conseguiremos alcanzar esa isla ética que llamamos amistad, y que es nuestro paraíso en la tierra.

 

Leer en Las Gaceta de la Iberosfera 

Domingo, 1 de Octubre

 

Olivo y Virgen

Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios

DOMINGO, 1 DE OCTUBRE DE 2023

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

-¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: "Hijo, ve hoy a trabajar en la viña." Él le contestó: "No quiero." Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: "Voy, señor." Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?

 
Contestaron: «El primero.» Jesús les dijo:

-Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.


Mateo (21, 28-32)