lunes, 4 de mayo de 2020

"¿Belmonte comunista?"


VOLVERÉ A TOREAR

Por L. G. de L.

Estampa, 1 de Julio de 1934

Hace tres años, Belmonte no hablaba de torear. Cuando alguien le preguntaba si volvería a pisar vestido de luces el ruedo, se encogía de hombros y cambiaba el rumbo de la conversación. A veces, si los amigos insistían demasiado en sus preguntas, gruñía:

-Los toros dan mucho miedo. Mucho

Así hablaba Juan Belmonte, el ídolo, el “fenómeno”, el torero que con mayor despreocupación ha regado de sangre todas las plazas de España. Belmonte confesaba a todo el mundo que le quería oír las angustias sufridas en silencio, los instantes de desmayo, las debilidades de la carne dolorida…

En aquella época, el maestro de toreros era un rico hacendado andaluz que lucía ideas avanzadas en cuestiones sociales. Andalucía estaba en huelga. Los campesinos, cruzados de brazos, contemplaban los trigales. Y las espigas, que aquel año habían crecido más y mejor que nunca, se agostaban en los campos dorados.

-Belmonte es comunista –decían los segadores de Carmona.

-Es sindicalista –afirmaban los de Alcalá de Guadaira.

Y no se ponían de acuerdo más que en los pases de pecho y en los naturales.

-Como él, ¡naide! –convenían todos.

¿Belmonte comunista? ¿Belmonte hablando de toros y repitiendo insistentemente la palabra miedo?

Las gentes sensatas, las que tienen una idea de las cosas y ésa les sirve para toda la vida, sujetaban la cabeza entre las manos y comenzaban a sospechar que la Humanidad caminaba hacia la locura.

Una mañana llamé a la puerta de la finca de Belmonte. Sus campos estaban segados. Los gañanes volvían con las bestias, blancas de sudor. Bajo el sol, en un trigal cercano, las hoces describían círculos de fuego.

El torero estaba en el zaguán de la casa, al fresco.
Vestía un pijama sobrio y elegante. Para levantarse dejó caer de sus manos una novela inglesa.

-Vengo –le dije- a comprobar si es usted, como dicen, comunista. También quisiera que me hablara de ese miedo que afirma usted haber sentido.

Juan Belmonte se echó a reír y me dijo:

-Yo no sé si soy comunista o si no lo soy. Supongo que no. Pero creo que todo está mal organizado y procuro ordenar las cosas a mi manera. Esta finca la he parcelado y mis colonos la explotan en beneficio propio. Les adelanté dinero para las primeras siembras y para la adquisición de útiles de labranza. Ya me lo irán devolviendo poco a poco.
-¿Y si no pueden?
Belmonte se quedó un instante pensativo.

-Si no pueden, volveré a torear.





La carne herida 

Volveré a torear… Esa frase, Belmonte la pronunció consciente de todas sus consecuencias. Demasiado culto, demasiado inteligente para no haber reemplazado por otras emociones la del aplauso de las multitudes, hablaba del toro con fría lucidez.

-Torear es algo horrible, espantoso.

Lo interrumpí.

-Era usted el más valiente. Su toreo poseía una fuerza dramática que no igualó el de ningún otro, y su cuerpo conserva las huellas de muchas cornadas. ¿Por qué habla usted tanto de ese miedo que nadie adivina?

-Porque existía… Yo no creo que nada en el mundo produzca tanto pavor como el espectáculo de un toro en el ruedo al que hay que arrimarse y matar. El que diga lo contrario, peca, creo yo, de falta de sinceridad. Esas comidas frugales antes de las corridas no son para conservar la agilidad ni cosa parecida. El torero no come más porque el miedo no le deja tragar a gusto. Además la víspera de la corrida no hay quien duerma tranquilo. No recuerdo qué compañero me contaba que durante la noche sufría mareos, cólicos y angustias hasta tal punto que al día siguiente iba a la plaza en condiciones desastrosas. Para remediarlo, su mozo de estoques inventó un ardid: “¡Maestro, que está cayendo un aguacero espantoso! ¡Ay, maestro, qué desgrasia tan grande, que no vamo a podé atoreá!” Y el maestro se curaba instantáneamente, dormía y se levantaba fresco como una rosa.

Belmonte insistió:

-Hace falta una voluntad terrible para arrimarse al toro cuando ya se ha sufrido una cogida grave. Es la carne herida la que tira de uno. Hay que dominarla, vencerla

-Y ahora –le pregunté-, después de recordar todo esto, ¿insiste usted en lo que me ha dicho antes? ¿Volvería usted a la plaza para luchar, para ganarse la vida como antes?

Belmonte, durante unos minutos permaneció silencioso. Los perros que sesteaban en el portalón se arrimaron a él y le lamieron las manos. Unas mujeres cruzaron el patio cantando.

-¿Y por qué no? –murmuró al fin-. Morir en la Plaza o en otro sitio, ¡qué más da!

Romería



Pasamos juntos. El sueño
lame nuestros pies qué dulce;
y todo se desplaza en pálidas
renunciaciones sin dulce.

Pasamos juntos. Las muertas
almas, las que, cual nosotros,
cruzaron por el amor,
con enfermos pasos ópalos,
salen en sus lutos rígidos
y se ondulan en nosotros.

Amada, vamos al borde
frágil de un montón de tierra.
Va en aceite ungida el ala,
y en pureza. Pero un golpe,
al caer yo no sé dónde,
afila de cada lágrima
un diente hostil.

Y un soldado, un gran soldado,
heridas por charreteras,
se anima en la tarde heroica,
y a sus pies muestra entre risas,
como una gualdrapa horrenda,
el cerebro de la Vida.

Pasamos juntos, muy juntos,
invicta Luz, paso enfermo;
pasamos juntos las lilas
mostazas de un cementerio.

CÉSAR VALLEJO

Lunes, 4 de Mayo


La Ciencia de Bilbao

domingo, 3 de mayo de 2020

¡Ya llegó Mayo!

 3 de mayo 2020

 Levante

 Viñuela

Córdoba


Francisco Javier Gómez Izquierdo
      
            Vuelvo ansioso al pasear mañanero, que me da vida. Lo hago por mi barrio, el de Levante, y salto hasta la Viñuela con cuidado de no sobrepasar el kilómetro de lejanía de casa que permite la norma contra esta peste. Creo que es ésa la distancia porque la verdad es que no me aclaro del todo. El gentío al parecer anda en el Vial -paseo Marítimo, lo llaman- que es una recta por encima de la vía del tren que va desde mi barrio de Levante hasta la estación. Tres kilómetros más o menos. Es decir, todo quisque incumpliendo la ordenanza, pero creo que los municipales no quieren darse por enterados y organizan la pedestre circulación como si el paseo fuera una avenida de coches de dos direcciones en el que se anda siempre por la derecha. Por donde callejeo no se ve casi personal y los pocos que me cruzo tiran como hacia el Vial.
     
En Levante, la Viñuela y en Córdoba toda  huele a mayo y los vecinos se enorgullecen por la renovación anual de ese matrimonio tan bien casado como es el de Córdoba y Mayo. Las calles a estas horas parecen en silencio, pero si te paras un segundo oyes a los balcones hablar de cómo los cuerpos están hechos a una alegría que no para en el mes y cómo van a mitigar la represión de este 2020. Como los sevillanos en la Feria, veo que  los cordobeses no están dispuestos a renunciar de los días de felicidad a la que entienden tienen derecho y brindan salerosos, las copas al aire,  con los vecinos del portal de enfrente mientras suenan más  majestuosas que nunca las preceptivas sevillanas... y ¡cómo no! el reivindicativo "Soy Cordobés".
 
Se empieza con las Cruces; después los patios; y se remata con la Feria.

Cristofano y la peste: lo local en un mundo epidémico

  

Hughes
Abc

Con el llamado plan de “desescalada” se ha discutido si es la provincia el nivel administrativp idóneo para su gestión. Las Comunidades Autónomas, poderosas, tienen quienes hablen por ellas, pero ¿y los municipios?

La crisis del coronavirus demuestra (o debería) la importancia de la acción local; la historia nos explica que la tuvo siempre. La respuesta a las epidemias se consolidó en los niveles locales. La globalización actual, con su enorme conectividad propagadora, abre además (o debería) un debate sobre la necesidad-seguridad de lo local.

En “Plagas y pueblos”, el historiador canadiense William H. McNeill destaca cómo en la peste del siglo XIV los gobiernos de las ciudades, especialmente en Italia, “reaccionaron con bastante rapidez al desafío que suponía una enfermedad devastadora”. Los magistrados aprendieron a desarrollar medidas prácticas organizando entierros, aprovisionamientos, cuarentenas, contratando médicos y estableciendo reglamentaciones públicas y privadas. Esa capacidad de reacción de las autoridades urbanas y su relativa eficacia fue “síntoma de un vigor general que hizo de los dos siglos comprendidos entre 1350 y 1550 una Edad de Oro de las ciudades-Estado, especialmente en Alemania e Italia, donde era mínima la competencia con algún otro gobierno secular de orden superior”.

En el marco del gobierno de esas ciudades-Estado italianas, a finales del siglo XV, los médicos italianos habían elaborado una serie de medidas de salud pública destinadas a poner la peste en cuarentena. Esas medidas se hicieron más complejas en el siglo XVI, a la vez que eran mejor administradas. “Las cuarentenas preventivas comenzaron probablemente a interceptar con mayor frecuencia las cadenas de infección. Se formularon teorías sobre el contagio para justificar la cuarentena, y ciertas ideas surgidas de la experiencia popular pasaron a ser discutidas por escrito”. Eso hizo que fuera en Italia, en las ciudades italianas, y en épocas de peste, donde se desarrollaran más la higiene pública y los servicios sanitarios.
 
El historiador económico Carlo M. Cipolla explicó el modelo sanitario toscano del siglo XVI en “Cristofano e la peste” (existe traducción catalana). Un pequeño gran libro que cuenta minuciosamente la actuación de las autoridades sanitarias de la localidad de Prato al propagarse la peste.

El libro es una delicia. Una recostrucción documento a documento de la respuesta a la pandemia en una localidad italiana del s. XVII que sirve para apreciar la evolución sanitaria de las ciudades. Desde la peste negra en 1348 habían aprendido a desarrollar lazaretos, cordones y pasaportes sanitarios y a establecer de manera casi inmediata reglas para la desinfección y cuarentena.
 
Cipolla relata cómo se produce, paso a paso, la gestión de la epidemia desde que la ciudad de Prato, dependiente del Gran Ducado de la Toscana, recibe de las autoridades sanitaria de Florencia noticia del primer caso de peste. El primer aviso oficial se produce el día 26 de octubre de 1629, solicitando se nombren oficiales para realizar los controles sanitarios. En respuesta, el Consejo de Prato designa oficiales el mismo día 27. Desde ahí, Cipolla reúne una cronología exhaustiva en la que se percibe la rapidez y diligencia de las autoridades en el paupérrimo contexto medieval. El libro es un recorrido por los esfuerzos admirables de la villa para resistirse a la pandemia. Primero, para evitar que entrara dentro de las murallas: después, dentro “el enemigo invisible”, para minimizar sus efectos. Las reglas eran conocidas: aislar en cuarentena a los sospechosos, mandar al lazareto a los contagiados, y enviar después a los que sobrevivían a una sala de convalecencia; los problemas tenían que ver con el grado de cumplimiento de la población (el subsidio que se daba era un estímulo para cumplir las órdenes) y con la capacidad financiera para sostener los gastos generados.
 
Había un lema de la época en Italia, heredado de otro siglo, para la gestión de las epidemias: “Oro, fuoco, forca”. El oro para los gastos, la horca para castigar los incumplimientos de las normas y para asustar al resto (el miedo), y el fuego para eliminar los objetos infectados. Era el esquema básico, lema de un médico siciliano tras la peste siciliana del siglo XVI.

Hay más semejanzas que diferencias con el mundo actual; y algunas diferencias no son a nuestro favor. Otras, sencillamente, nos hablan de un mundo distinto. Había dos hospitales en la ciudad de Prato, pero no se mantenían con dinero público. Tenían propiedades, tierras, así que su situación dependía de los precios agrícolas.
 
El Consejo de Prato, sin muchos medios, designó pocos oficiales, no llegaban a la media docena, y no eran médicos, sino personas prominentes con capacidades admnistrativas. Destacó entre ellos uno, Cristofano de Guilio Ceffini, hombe de especial eficiencia que fue nombrado superintendente. Cristofano dejó anotado en un Libro della Sanità todas las gestiones y Cipolla lo analiza hasta ir descubriendo, entre las anotaciones, medidas, números y moderados lamentos, no solo la situación real de la ciudad, también, inevitablemente, el carácter de este gentilhombre italiano. Son deliciosos los párrafos en que Cipolla, con un suave humor, no se resiste a comentar un rasgo del carácter de Cristonado, hombre celoso, puntilloso, muy estricto con el dinero (ah, la ortodoxia estricta, el miramiento con el “dinero de todos” que demuestra este probo funcionario…) A él le correspondía, por ejemplo, determinar el dinero que recibían los obligados a permanecer en casa, los sometidos a cuarentena. Se les metía en casa, pero se les daba un subsidio, un pequeño salario que alcanzaba unos diez “soldi”, lo que daba para pan, vino y ensalada, la alimentación típica de la zona por entonces (comían muy poca carne los toscanos de entonces, olla con poca vaca y menos carnero). Cristofano tenía que actuar entre el estricto cumplimiento de las normas y una cierta comprensión de las circunstancias de cada cual, como ahora, y entre las obligaciones sanitarias y las estrecheces económicas. Se preocupó de que los sometidos a cuarentenas recibieran lo justo, para que cundiese; de que no percibiesen nada quienes no lo necesitasen, y de que no hubiera trampas, falsos enfermos recibiendo su jornal.
 
La economía era, como es ahora, un importante límite. Se vio muy afectado el consumo local, las artesanías, y también el comercio, aún no muy grande, que Prato tenía con Florencia. Las cuentas municipales de los años anteriores estaban saneadas (siempre un pequeño superávit), pero la epidemia disparó los gastos extraordinarios entre 1630 y 1631: material para el lazareto, sueldos del personal empleado, subsidio para los enfermos, etc. Prato tuvo que endeudarse, con permiso de Florencia acudió al Monte de Piedad, y la devolución de ese dinero fue la gran preocupación en años anteriores. Pero hay que recalcarlo: no tenía deudas y pudo endeudarse, privilegio medieval que nosotros desearíamos. Las cuentas, incluidas las del honrado Cristofano, eran bien fiscalizadas años después. Además de ese recurso, el municipio podía, y así hizo, acudir al diferimiento y aplazamiento de pagos. Una deuda que no era exactamente un crédito. Los oficiales sanitarios que se jugaban la vida y que no eran médicos (ni mucho menos científicos o expertos, pero sí gestores diligentes depositarios de una experiencia de siglos no olvidada) cobraban poco, y al final (así lo hizo Cristofano, muy celoso de su trabajo y del pecunio), reclamaban una “recognitio” que la municipalidad reconocía o no, y que consistía en un reconocimiento solemnte junto a una gratificación económica. Hasta esos expedientes recupera Cipolla.

Prato se organizó, actuó rápido, pero las dificultades eran enormes y se parecían mucho a las actuales: indisciplina, pocos recursos económicos e ignorancia del “enemigo”. Había un gran desconocimiento sobre la epidemia, aunque funcionaban reglas prácticas derivadas de la observación, como evitar ciertos tejidos que ayudaban a que la pulga de la peste se transmitiese. No había aún un saber científico suficiente, pero, aún con eso, tenían las cosas claras: separar a los infectados de los sospechosos, con cuarentenas que establecían en 22 días. Estos plazos se discutían, ya había una literatura al respecto.
 
La peste afectó devastadoramente a la ciudad. Tasas de letalidad del 50%, y un 25% de población fallecida. Prato tenía unas 6000 habitantes dentro de las murallas, y más de 10.000 fuera. Había una mentalidad de segregación hacia los de fuera que complicaba las cosas, los más pudientes intentaban librarse de los rigores de las medidas pagando y también la Iglesia era reacia a suspender sus procesiones y romerías. Los efectos, así se constata en los apuntes, se cebaban con los menesterosos. La peste era muy desigual en sus estragos, muy poco igualitaria.

Leyendo esas páginas se asombra el lector del grado de organización y de a prontitud de la respuesta, observable en la rapidez con la que se contestan las cartas. Las decisiones se toman el mismo día, y el mismo día se responden. No hay vacilaciones, dilaciones. Los problemas son muy parecidos a los de ahora, pese a la abismal diferencia. Lo que hemos ganado en medios y conocimientos, lo hemos perdido quizás en conciencia de lo que es una epidemia. En humildad, se diría. Esas ciudades italianas habían convertido los mecanismos de respuesta a las epidemias en protocolos, y su ejemplo sería imitado con el tiempo por el norte de Europa.

Leyendo a Cipolla sentimos una irreprimible fraternidad hacia esas personas; una fuerte solidaridad con su frustración, que no pueden evitar reflejar en sus notas, pese a la seriedad contable del asiento, también con su desorientación. Su desconcierto lo hemos entrevisto, su miedo sería aún mayor. La ciudad de Prato agradeció a Dios (presente aún) que solo se hubiera muerto un 25% de la población.
Cristofano de Guilio Ceffini nos parece un personaje histórico vivo, digno de todas nuestras simpatías y sentimos vivamente su responsabilidad y sus manías de buen gestor. La lupa de Cipolla engradece los detalles de ese pequeño suceso de la historia porque es el nuestro ahora. Cristofano es, como el detalle de algún cuatro artístico, la miniatura de la humanidad. En un aspecto concreto está más vivo que nosotros, es más humano por consciente. Para él, para ellos, la epidemia era una compañera de la humanidad que no habían ocultado.

La Prato de Cipolla muestra la primera organización técnico-política “exitosa” contra el virus de las ciudades italianas, integrada ya en las instituciones urbanas. Las preocupaciones de esos oficiales sanitarios eran las de hoy. Muy parecidas. Las inseguridades y preocupaciones de Cristofano son las actuales, en un contexto muy distinto.

Esta pandemia, el coronavirus, se desarrolla en un mundo globalizado, como manifestación de un riesgo globalizado, extendido en redes de comunicación que unen China y el mundo, y en ese contexto planetario, lo local vuelve a ser reivindicado por algunos como solución. Si en tiempos de la peste la ciudad desarrolló sus mecanismos de respuesta, que fueron estricta y primeramente urbanos, con una ligera coordinación regional, ahora algunos expertos reclaman un mayor peso de ese nivel politico-administrativo. Se considera importante la capacidad de establecer desconexiones temporales a nivel local que aíslen o prevengan a las poblaciones del contagio, como una interrupción de la conectividad global. Lo local como interruptor a lo global. Lo local como descentralización necesaria para abrir o cerrar esa llave. No una eliminación de lo global (como afirma la insoportable literatura hegemónica) sino una suspensión temporal discrecional. Como un paso a nivel que de repente se baja ante un peligro.

Además de eso, la revalorización de lo local permitiría una posible reconsideración o matización del comercio mediante una especie de principio de subsidiariedad comercial: producir cerca lo que sea posible y preferir el comercio lejano cuanto menor sea la importancia del bien. Esto, por cierto, se parece bastante a lo que siempre fue, cuando de oriente venía el lujo. Sería reestablecer algo que tenemos en la memoria: que lo lejano era lo exótico. No lo cotidiano ni lo necesario, sino el lujo. La epidemia, en definitiva, puede revalorizar lo local en un contexto pandémico y en un contexto global, la importancia de lo local más allá de la personalidad del alcalde Almeida.

Origen europeo, liberal y antiespañol de las corridas de toros

Bonifacio

Por Ernesto Giménez-Caballero

A la memoria de Fernando Villalón

I

Nuevos Sansones entre filisteos
los viejos toros de la Iberia vieja
en los nuevos torneos
su antiguo Dios sin compasión los deja.
F. V.

En todo el mundo –y aun dentro de la misma España– hay ideas muy confusas sobre las corridas de toros.

Suele afirmarse que las corridas de toros son una fiesta bárbara, cruel, digna de los árabes e indigna de los buenos europeos. Una fiesta sólo posible en un pueblo como el español. Sanguinario en la conquista de América e inquisitorial con sus herejes y librepensadores. Fiesta en la que se asesina impunemente a pobres caballos indefensos. En que se martiriza al toro. En que se expone gravemente la vida de algunos hombres. En que el pueblo espectador se enardece y grita como embriagado. Quien más censuras y reproches ha hecho a la fiesta de la corrida de toros fue –naturalmente– esa Europa moderna, nórdica y anglosajona, que envía sus turistas, todas las primaveras –turistas que se desmayan–, a nuestras plazas españolas de toros. Hora es ya de poner punto, en su punto, a esos turistas, a sus desmayos y a sus imprecaciones, poniendo ante todo en el suyo –al histórico, el exacto– a las propias corridas de toros.

Marlene Dietrich
II

¡Oh, padre Gerión! De la grandeza
último resto y muestra valerosa
de Tartessos los toros son ardiente;
y cabe la corriente
del viejo Betis su real nobleza
guardada fué entre paños recamados
en oro de los siglos y cuidados.
F.V.

Hasta hace pocos años, yo había ido consiguiendo refrenar –al llegar la primavera española– una voluptuosidad obsesionante que me ascendía por las entrañas con más apetito que un apetito sexual. La creía esa voluptuosidad una de infancia, retardada en mi ser, como un poso instintivo al que todas mis presiones intelectuales posteriores habían inútilmente intentado purgar. Me aparecía inexorablemente tal líbido, se hacía esta confluencia estacional del año español en que ahora estamos: cuando la Semana Santa, el primer sol fuerte y las primeras corridas de toros llenan el aire nuestro de un temblor como trágico.

A fuerza de rechazar ese ansia vaga –pero bárbara y hermosa– a las alcantarillas de mi ser, obtuve lo que se obtiene de todo frenazo: un desviamiento, una perversión. O –hablando idealmente– una pedantería. Me refiero con estas elipses a la querencia primaveral «de ir a los toros», de ir de «sangre y fiesta», que omniprimaveralmente me sacude los nervios sin apenas poder remediarlo. Y que yo juzgaba –hasta hace poco– como un residuo infantil y primitivo de mi vida; como una sobrevivencia pueril, obscura y remota, que debía dominar. Una neurosis que debía curarme.

Para curarme esta neurosis acudí a todas las violencias mentales y pedagógicas que prescribían los más famosos europeizantes de España, los mejores anglosajonistas de nuestra vida. Esto es: a considerarme bárbaro, incivil, cruel, atrasado, moro, y tal. Pero ya digo: lo único que conseguí fue tal crisis aguda de pedantería, que me tuvo al borde mismo de la sandez; en peligro inminente de desmedularme y de descastarme para siempre.

Afortunadamente, una inmersión de aquel instinto mío en una coyuntura ocasional de toros, me sanó de repente y me devolvió la salud. Haciéndome ver claro que lo que yo intentaba era estrangular un signo prócer de mi casta: la afición táurica. Y que aquello que yo estimaba como líbido infantil y pecaminosa era nada menos que un egregio cordón umbilical tendido entre mi alma y las almas antiguas y aristocráticas del mundo (pongamos la de Teseo, por ejemplo, el matador de Maratón). Lazo umbilical que una tradición piadosa y espléndida me había conservado selectamente, para mi casta, diferenciándola así de otras castas auténticamente bárbaras, modernas, humanitaristas y pedantes.

Agustín Lara
III

¡Oh, padre Gerión, que no vasallos
seamos de los hombres, y caballos!
F.V.

Esta liberación mía de la neurosis taurina es una liberación que corresponde, en rigor, a los mejores espíritus de mi generación española, a esta de la postguerra, que, al interesarse decidida, poética y afirmativamente por los toros, superó el «europeísmo» de generaciones anteriores, aisladas de presiones neurósicas, frenadas por la pedantería de otras culturas, y que consideraban, por lo menos, como una indecencia la lidia de toros bravos en los redondeles de España y de Hispanoamérica. De la generación del 98 –taurófoba– no quedaron más que dos signos disparatados: Zuloaga y Eugenio Noel.) La generación de 1915 logró una concesión: la de Ramón Pérez de Ayala. Y una sedicente simpatía de José Ortega y Gasset.
Pero hay que llegar al Torero Caracho de Ramón Gómez de la Serna para encontrar el camino franco y poético a la poesía y la franqueza que habría de hacer esa magnífica cuadrilla lírica de un Alberti, un Lorca, un Gerardo Diego, un Pepe Bergamín, un Fernando Villalón, un Pedro Salinas, un Dámaso Alonso... Estos poetas jóvenes, que oyeron una misa por el alma de Goya, cierto día escandaloso, nutrieron compañías y amistades toreras –con toda sencillez y distinción–, haciendo lanzarse a la literatura, como espontáneo al ruedo, a todo un matador como Sánchez Mejías. (Faena que ya la generación anterior inició tímidamente con Juan Belmonte, sin conseguir de él más que una viva afición por la lectura). Tras una racha de generaciones intelectuales antitaurinas, nos encontramos de pronto –en España– una agrupación de liberados de esa neurosis, que se daba a la afición y al goce y al festival del toro con toda la plenitud e inteligencia del que recobra un equilibrio divino: el de su casta histórica. Pertinente yo a este grupo nuevo, habiendo ya consagrado en un libro mi esfuerzo y comentario, quiero hoy insistir –aún– para aclarar en estos días de primavera y de turistas (de extranjeros en España), lo que significan –exactamente– las corridas de toros.

IV

¡Toros de Atlante
a los oficios viles
los siempre gladiadores, condenados,
y a morir entre tropas y atabales,
ante los desgastados
pueblos agonizantes y brutales!
F.V.

¡No esperes, bárbaro turista, que te desmayas en nuestras corridas de toros, que toda mi anterior prefación haya sido un preludio para exaltar ahora con cierta impunidad retórica la corrida de toros, como fiesta digna, patriótica y auténtica de España! ¡Todo lo contrario, todo lo contrario! Bárbaro turista, escucha bien (te llamo bárbaro porque todo turismo es barbarie), escucha bien: Yo acepto que las corridas de toros tienen una modalidad brutal, repugnante, plebeya, soez, intolerable. Yo protesto con más energía que tú, con más coraje que tú, bárbaro turista, contra el sacrificio triste y ridículo de caballos famélicos e inservibles. Yo me indigno, con indignación pura, testicular, superior a la tuya, lacrimosa de bárbaro sentimental, contra el mucho martirio innecesario que se hace al nobilísimo toro en las corridas. Ahora bien: Si yo acepto el plebeyismo, la crueldad, la estupidez y la vileza en las corridas de toros, es con una condición imprescindible: la de que tú me reconozcas y aceptes, bárbaro turista, de que esa parte vulgar y soez de las corridas de toros no es española. Sino europea. Archieuropea. Tuya. Escucha bien:

Las corridas de toros deben su aplebeyamiento actual a la Europa moderna, a ésa de la Reforma, a la de los Derechos del Hombre, a la Revolución francesa, a la burguesía liberal del siglo XIX; es decir, a ti, bárbaro turista. Las corridas de toros no eran en España una fiesta «nacional y romántica» hasta el siglo XIX. Hasta que la nobleza caballeresca fue desposeída por la burguesía, gracias al movimiento de la Francia napoleónica y de la Inglaterra liberal. Hasta esa época, la fiesta de toros constituyó en España un deporte noble, de caballeros, ligado a un culto popular y milenario, casi divino, por el toro: animal sagrado en la mitología ibérica, mediterránea, antigua. El caballero toreaba a caballo, ayudado por criados y servidores, ante damas ilustres, ante los monarcas. La fiesta de lancear toros era en la España heroica del seiscientos un sucedáneo viril de la guerra. (Ya lo vio Goya. ¡Goya, vértice de España, entre dos mundos, el noble y el liberal!) Ahora bien: la Revolución francesa derrocó al caballero y lo bajó del caballo, poniendo en su lugar al criado, a la chusma plebeya, cruel, que antes permanecía disciplinada en segundo término. Ése fue el origen histórico del repugnante «picador». El cual, en su odio al caballo como animal aristocrático, no vaciló en entregarle indefenso a las astas del toro. Del mismo modo se origina el «torero» profesional, especie hispánica que no existió hasta la España moderna. Este «torero» no pudo evitar la parte vil y brutal que le daba la clase social ineducada, violenta, anti-intelectual. Las corridas de toros cristalizan en España como espectáculo nacional al mismo compás que el sistema parlamentario. (Raro era el diputado que no llegaba tarde al Parlamento en día de toros por asistir a la corrida.) No es, pues, a la España genuina, jerárquica, humana y heroica del seiscientos a la que hay que culpar de la barbarie de las corridas, sino a la España europeizante, burguesa y mixtificada del siglo XIX. No a la cruel España, sino a la Europa humanitaria. A Francia, a los anglosajones: esa Europa que nos envilece y luego nos insulta, a los españoles.

Joan Miró

V

No a hombres viles, sí a dioses inmortales
nuestra vida en las aras herácreas
fueron, por nuestros males,
ofrendas hirvientes, rojas teas,
sino al rey Gerión, de Heracles fuerte,
cautivos entregamos nuestra suerte.
F.V.

Si las corridas de toros, a pesar de esa mancha soez y burguesa, antiespañola, se han salvado y se salvarán, es porque en la fiesta continúan jugando factores poéticos y míticos de una España eterna: la España que ve en el toro una divinidad, como la vio Grecia, Roma, el Mediterráneo. Quiero repetir un elogio mío –ya hecho– del divino toro. «Vinculado a nosotros el toro, desde siempre, sacudidor egregio de los nervios ibéricos eternos, ¿podría sucumbir tan divino bruto? El toro, en el cielo antiguo, fue el dios más supremo, el dios fecundador por excelencia. No podía España –la España creadora del mito profundo de Don Juan– renunciar a esa deidad genesíaca, a ese viejo símbolo indoeuropeo de la fuerza erótica, al ilustre animal mediterráneo, adorado por tanta raza morena.»

Creador el toro de nuestra fiesta más potente y fuerte –la más potente y fuerte del mundo actual–, hecha con sangre, muerte y sol, al gran estilo antiguo. Esa fiesta que «es un baño de juventud, de la más joven juventud vecina todavía de la animalidad» –como dijo Mauricio Barrès–. Si se salvan y se salvarán las fiestas de toros en España, es porque, en el fondo, constituyen todavía nuestro más alto mito, nuestro sacrificio religioso más profundo. El sacrificio del dios por mano de un sacerdote: el torero ante una concurrencia estremecida de fieles palpitantes. El toro es el mito trágico de España –como diría Nietzche–. Por eso ha llegado a sublimar hasta el cruel y vulgar de su fiesta. Por eso el torero adquiere a veces calidades heroicas, de alta estirpe humana –en su lucha con el toro.

* * *

Los toros son el último refugio que resta a la España heroica, audaz, pagana y viril, ya a punto de ser asfixiada por una España humanitarista, socializante, semieuropea, híbrida, burguesa, pacifista y pedagógica. Los toros son el último reflejo del español que se jugó la vida en aventuras, que conquistó América, que invadió dominador la Europa del Renacimiento. Ennoblecer de nuevo esta fiesta, extraer su esencia mítica, es la labor de los nuevos españoles, conscientes de un pasado y de un porvenir: orgullosos y leales de una gran tierra milenaria, como España. Por eso avanzo yo hoy mi voz ante ti –bárbaro turista–, y te pido respeto, enérgicamente, para el culto de mi patria hacia el toro; animal divino, y, como divino, bravamente sacrificado.

Camarón de la Isla toreando en la finca de Miguelín

Sauce



Lirismo de invierno, rumor de crespones,
cuando ya se acerca la pronta partida;
agoreras voces de tristes canciones
que en la tarde rezan una despedida.

Visión del entierro de mis ilusiones
en la propia tumba de mortal herida.
Caridad verónica de ignotas regiones,
donde a precio de éter se pierde la vida.

Cerca de la aurora partiré llorando;
y mientras mis años se vayan curvando,
curvará guadañas mi ruta veloz.

Y ante fríos óleos de luna muriente,
con timbres de aceros en tierra indolente,
cavarán los perros, aullando, ¡un adiós!

CÉSAR VALLEJO

"Dice el señorito que vuelva usted mañana"

CONVERSACIÓN CON JOSÉ ORTEGA Y GASSET


Por Alberto Guillén

Eran las cuatro de la tarde. Sin embargo...

-Dice el señorito que vuelva usted mañana, que está en la cama -me dijo la criada.

Yo agaché la cabeza como ante una sentencia inapelable. Al día siguiente, volví decidido a conocer al "joven maestro de la Nueva España". Así le llaman sus amigos. Mientras el ascensor me elevaba a un tercer piso, yo miraba alegremente las puntas de mis zapatos, que han hollado tantas ilustres alfombras. Luego pasé al saloncillo. Gasset se hace esperar como conviene a un joven profesor de tantos prestigios y de tanto talento. Un reloj canta cercenando el tiempo con su péndulo. Un Beethoven de yeso arruga el entrecejo imperioso y arquea los labios sobre un piano cerrado que está elegantemente en una esquina. El despacho del señor Ortega y Gasset está bastante limpio y tiene la sobria elegancia que conviene a un filósofo "muy siglo XX" y que quisiera ser muy dandy. ¡Emoción! ¡Se oyen pasos! Aparece Gasset.

-Tanto honor, etcétera.

Gasset se sienta con aplomo y me mira a la cara con los labios cerrados y los ojos sin pestañear. Gasset es feo, muy feo, de cara chata, calvo, de bigotillo mongol, pero de una frente grávida de cosas muy sólidas y muy nutritivas. Es un Pensador, con mayúscula. Acaso el único que tiene España, además de Unamuno y de... Está, pues, en el derecho de mirarme con los labios fruncidos y los ojos fijos, sin decir nada. Yo me quito los quevedos, me los vuelvo a poner: Gasset continúa sin hablar. Más bien ha puesto el puño en el brazo del sillón, como los majos suelen colocar la mano en las caderas. La postura del señor Gasset es muy gallarda y muy tranquila. Es una repetición de Azorín. Tiene la cara chata y repelente, pero tiene también una seriedad académica que le sienta muy bien y a mí me da un poco de pena. Habla con mesura, como conviene a un filósofo joven, y no deja de contarme que padece surmenage.

-Estoy muy mal -dice-. Estoy casi neurasténico. Tuve que irme al campo a descansar. Ahora mismo descanso.

-Es natural -le digo yo-, ¡con tanto trabajo!

-Sí, demasiada labor. Tuve que ir a la Argentina. Escribir en aquel clima enervante. Dar conferencias. Escribir libros. Luego, de vuelta, dar mis clases. ¡Yo soy catedrático de la Real Universidad de Madrid, como usted sabrá!

Todo eso lo dice Gasset con gravedad, tranquilamente, con esa ponderación que nada turba. Se hace un silencio. Yo lo aprovecho para regalarle uno de mis libros, que él recibe sin agradecer y sin leer siquiera el título. ¡Es natural! ¡Venirle con versos a un señor tan grave y tan solemne! Me apesadumbro de mi candor y más aún de mi fogosa admiración: "A la cumbre del pensamiento español", reza la dedicatoria. Es verdad: Ortega y Gasset es una cumbre a la que yo nunca he ascendido. Toda subida es fatigosa y, ¡ay!, mis riñones son muy débiles.

Gasset se ha educado en Alemania. Allí ha aprendido esas cosas sutiles y abstractas, ese don de filosofar, de encasillar, de escabullirse, de "especular". Allí también ha aprendido esa gravedad y esa ponderación tan admirables. ¡Si parece una marmota! Alemana es también su seriedad pensativa y su tranquila postura de filósofo. "El asno quiere hacer creer que piensa, pero todos le ven las orejas", dice Nietzsche. Gasset es catedrático de filosofía. Enseña a comprender esas cosas tan difíciles para los estómagos ligeros, y enseña también la calva prematura y elocuente a los alumnos. Eso basta.

El reloj sigue cantando con su tic tac monótono. Yo juego con las cintas de mis lentes sin decir nada. Gasset viste correctamente. No tiene rodilleras en el pantalón, ni los bolsillos abultados. Le quedan pocos pelos en la cabeza, pero aún espera hacer muchos libros. Trabaja muy poco, porque aún siente los efectos del surmenage.

-¿Qué le parece la Universidad de Madrid? -me pregunta.

-Muy pintoresca -le contesto. Yo no he visto en ninguna parte que haya necesidad de letreros que esperan de la cultura de los alumnos "no escupir en el suelo, no escribir en las paredes..."

Beethoven ha desarrugado el entrecejo. Entra por la ventana un rayo de sol muy rubio y ya primaveral. Creo que no hay más que decir. El señor Gasset ahorra las palabras por temor al surmenage.

-Bueno, señor Gasset. Adiós.

-¡Adiós! Cómo, ¿no tiene usted miedo al clima de Madrid, que se ha venido sin abrigo?

-No, señor Gasset. Y dígame, ¿concluirá usted alguna vez las Meditaciones del Quijote?

-Hombre, si la neurastenia me deja, creo que escribiré la continuación alguna vez.

Ésta es toda una promesa. ¡Si el surmenage no se empeña, el señor Gasset continuará siendo una cumbre!... Pero una cumbre a la que yo nunca he de subir.
(Del libro La linterna de Diógenes, 2001, de Ave del Paraíso Ediciones)

Domingo, 3 de Mayo


No escupir

"En verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas"




DOMINGO, 3 DE MAYO

En aquel tiempo, dijo Jesús:

-En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:

-En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.
Juan (10,1-10)

sábado, 2 de mayo de 2020

La Cruz

 Cruz homenaje de éste 2020 para nuestros cuidadores


Cruz en los Trinitarios. 2018

 
Francisco Javier Gómez Izquierdo

El permisillo de esta mañana ha caído en día grande cordobés. En el Día de la Cruz. En  vez de blanquecinas anatomías maltapadas con ropas de carreristas simulando velocidades de crucero maratonianas por las aceras o bicicleteros pertrechados como si fueran a empezar el Tour de Francia debía haberme topado con la juventud del barrio recogiéndose uncida tras una noche de desenfreno en ese botellón legal que lleva institucionalizado en Córdoba cada puente de primero de mayo ya va para unos cuantos trienios. Creo que este año la autoridad municipal, para intentar recortar tanto exceso, había retrasado la hora de cierre de las barras de las Cruces en una ordenanza que ha resultado tristemente innecesaria.

        Es muy agradable salir tempranito con este sol y esta temperatura de tan sensual condición andalusí con idea de recorrer unas cuantas cruces y admirarlas a placer sin el gentío nocturno que las hace rentables y punto de encuentro entre jóvenes ansiosos por beber y relacionarse. Así empezaba el mayo cordobés. Éste es el mes que eligen los españoles en general y los madrileños en particular para invadir patios, judería y mezquita en una migración extraordinariamente  agradable y beneficiosa para todos los sentidos. A esta primavera del 20 que tan frondosa y colorida luce desde la ventana la hemos tenido que tapar con el trapo negro de la desesperanza y con la dudosa promesa de salir ¿libres? para el verano. Esa estación en la que todos los cordobeses se encierran en sus casas bajo el aire acondicionado hasta que entre el otoño.
     
-En otoño e invierno puede que repunte el coronavirus –dicen que dicen los “expertos” y los “científicos”.
     
-¡Menudo panorama, san Rafael! ¡Anda, échanos una manita que tú eres el que sana!

Casado en el aprisco



Supóngase que un salvaje hambriento y con frío, al no encontrar suficientes bayas y caza en los bosques bajara a una pradera donde estuviera pastando un rebaño de ovejas y se arrojara sobre un manso cordero que no hubiera podido huir como los demás, succionara su sangre y se vistiera con su piel. Todo esto no podría considerarse una acción emprendida en interés de las ovejas. Y, sin embargo, sería posible que a la larga condujera a su beneficio. Pues el salvaje, al sentirse poco después nuevamente hambriento e insuficientemente abrigado con su escasa vestimenta, podría atacar por segunda vez el rebaño y así irse acostumbrando, lo mismo que su complacida familia, a un tipo más sustancia de ropas y alimentos. Supongamos ahora que una manada de lobos, u otro animal salvaje, o una enfermedad, atacara a esas infelices ovejas. ¿No las defendería su primitivo enemigo? ¿No se habría identificado con sus intereses al punto que su total extinción o su padecimiento lo alarmarían también a él? Y en la medida en que procurara su bienestar, ¿no se habría convertido en un buen pastor? Y si algún carnero castrado, que amara a su especie, razonara junto con sus compañeros sobre el cambio de su condición, podría estremecerse realmente al recordar aquellos primeros episodios y ante la contribución de ovejas y vellones que no dejaría de seguir siendo exigida por el nuevo gobierno. Pero también podría considerar que tal contribución resulta insignificante en comparación con lo exigido anteriormente por lobos, enfermedades, heladas y asaltantes casuales, cuando el rebaño era mucho más pequeño de lo que con el tiempo llegó a ser, y mucho menos capaz de soportar una gran mortandad. E incluso podría brotar en él un sentimiento de admiración por la notable sabiduría y belleza de ese gran pastor, vestido con profusión de lana; y recordar con agrado alguna caricia ocasional que le hubiese prodigado, y la artesa diariamente colmada de agua por su providencial amo. Y tal vez no se hallara lejos de sostener no sólo el origen racional, sino el derecho divino de los pastores. Un enemigo salvaje de esta índole, convertido incidentalmente en útil amo, recibe el nombre de…

 G. Santayana, La vida de la razón. Madrid: Tecnos, p. 174
[Sobre la sumisión agradecida de las clases pasivas y subvencionadas
 al dictador o al jefe de la banda gobernante en el Estado de bienestar]



Genios

 Ramón / Hermano Lobo


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Chateaubriand escribió “El genio del Cristianismo” para reconfortar a los supervivientes del totalitarismo revolucionario.

    Aquí, en el 78, nuestros aprendices de Chateaubriand se pusieron a escribir “El genio del comunismo” para homologar a los franquistas con los demócratas europeos, cuya póliza la sellaban los comunistas: en el verano del 79, en una Redacción de derechas estaba muy mal visto emplear la palabra “comunismo” con connotaciones negativas. Después de todo, comunismo era democracia. En Periodismo tuve un profesor, militar, convencido de que la democracia era un invento de Suárez, y porque en un examen le mencioné al Hamilton de “El Federalista” intentó expedientarme por anarquista. Las consecuencias saltan hoy a la vista, con las cotorras repitiendo que la democracia (¡Weimar!) llevó al poder a Hitler.

    La prueba de que el comunismo viene a ser el fascismo del pobre es que a la vuelta de la esquina (¡a la vuelta del puente de mayo!) nos esperan la pobreza y su fascismo de juristas zonzos que pretenden prohibir… ¡el engaño!, que va desde la filosofía política, cuyo único objeto es la legitimación social de la obediencia, hasta el fútbol-regate de Messi (sólo valdrán los goles a morterada limpia, como los de Ramos en el minuto 93). Estos animales ignoran que, a diferencia del reino animal, según escribió un jurista sabio, la Humanidad abandonó el criterio de la fuerza física como patrón del orden social tan pronto como adquirió capacidad para la fabulación y la mitomanía.
 Es decir, el engaño:

    –Magos, sacerdotes y filósofos han acompañado desde entonces a guerreros y policías para justificar la razón del mando de unos sobre otros.
    
Prometeo robó el fuego del Olimpo para regalarlo a los mortales como Carrillo robó la democracia en Rumanía para regalarla a los españoles, tan primitivos que acostumbramos a satisfacer en ese fuego un placer infantil, extinguiéndolo, como temía el doctor Freud de Viena, con el chorro de nuestra orina.

"Sálvame" Antifa


Hughes
Abc

Debo reincidir en el vicio de hablar de mí. No tengo importancia alguna, pero pocos plumillas hay que hayan escrito tanto, tan pronto y tan bien de «Sálvame». Lo digo para dejar clara mi condición. El admirador, eso sí, está lejos del palmero. Está justo enfrente. Y por eso puedo decir muy tranquilo, aunque decepcionado, que «Sálvame» se ha convertido estos días en otra maraca audiovisual del gobierno, a su modo, a su estilo, porque para empezar, «Sálvame» nunca fue del todo apolítico. Allí J. J. Vázquez (JJV) pidió el referéndum para Cataluña y allí unos señores italianos y de Barcelona explotan para sí lo que queda del folclore español de toreros y tonadilleras, devenido ya en casquería.

«Sálvame», por ejemplo, apoyó la huelga del 8M, pequeño detalle que pasaron por alto horas después, cuando el programa se alineó con el Espíritu de los Balcones y el «no toca hablar del gobierno». El programa salía y entraba de la información a su gusto. Porque cuando la táctica comunicativa del gobierno pasó a la ofensiva, ahí estuvo JJV el primero para hablar del peligro de los bulos de la extremaderecha.

Esta semana, con la polémica Merlos, ha trascendido su «Somos un programa de rojos y maricones», que está muy bien, bien si lo son, pero hace que se olvide el «¡Esto es Vox! ¡Esto es Vox!», o «el discurso de Vox aquí no, mierdas aquí no», o que afirmara su intención de «desvelar quiénes son esas personas que siembran el odio en España».

Esto ya no es información rosa, ni frívolo disparate, es otra cosa. Las palabras de JJV, otra casualidad, se parecen mucho a las de Iglesias días después en las Cortes: «Ustedes (Vox) representan el odio» (luego dijo algo peor). Y esto es grave, porque las televisiones privadas tienen una licencia para fomentar la libertad de expresión y la pluralidad informativa, no para restringirla. En estas semanas, la intensidad propagandística ha deteriorado aún más el barniz liberal de nuestra vida pública: que haya un debate civilizado y más o menos libre entre ideas distintas y legítimas. Aquí una parte sólo puede comparecer como parodia carca, risible y hasta vil; pim, pam, pum en una tertulia-juicio sin fin en la que manda despóticamente el dueño del cortijo. Porque «maricones y/o rojos», pero con cortijo.

Bordas de hielo




Vengo a verte pasar todos los días,
vaporcito encantado siempre lejos...
Tus ojos son dos rubios capitanes;
tu labio es un brevísimo pañuelo
rojo que ondea en un adiós de sangre!

Vengo a verte pasar; hasta que un día,
embriagada de tiempo y de crueldad,
vaporcito encantado siempre lejos,
la estrella de la tarde partirá!

Las jarcias; vientos que traicionan; vientos
de mujer que pasó!
Tus fríos capitanes darán orden;
y quien habrá partido seré yo...!

CÉSAR VALLEJO

Sábado, 2 de Mayo

Gran medida

viernes, 1 de mayo de 2020

Carroll

 ¡No, no! La sentencia primero, luego el veredicto


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Del pensamiento Alicia descrito por Gustavo Bueno a la justicia Carroll descrita por Cabrera Infante, puesto que de Cuba nos viene el galgo comunista que quiere a todos los jueces conejos.
    
Con la reforma legal de ese ministro de Justicia (en España legisla el gobierno) que se parece a Arévalo, no es la separación de poderes lo que peligra, como denuncian a meñique levantado los círculos de Montesquieu en Embassy. A un español, Miranda, debemos la mejor expresión de la idea de Montesquieu:
    
Dos condiciones son esenciales para la independencia absoluta de los poderes. La primera, que la fuente de que emanan sea una; la segunda, que ejerzan todos, unos sobre otros, una vigilancia recíproca. El pueblo no será soberano si uno de los poderes constituidos que lo representan no emanase inmediatamente de él; y no habría independencia si uno de ellos fuese el creador del otro.
    
Nada de eso, pues, van a enterrar aquí Arévalo y su jefe, ese tipo con pelvis y a lo loco, Sánchez, el primer enterrador y clown supremo.
   
 –La incapacidad de gobernarnos está en los que quieren regir pueblos originales con leyes de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos: con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro de un llanero –avisó Martí.
    
Y con Martí nos plantamos en la Cuba de Cabrera, donde “la posición de toda persona inteligente y honesta es el exilio interior con sólo tres opciones”: el oportunismo y la demagogia en forma de actos de contrición política, la cárcel o el exilio verdadero.
    
¡No, no! La sentencia primero, luego el veredicto –dijo la Reina. Y en eso se resume la justicia carrolina que nos imponen los “populistas”, como llaman a los comunistas los acojonadillos “hípsters” del Consenso.

    Bujarin, recuerda Cabrera, era filósofo y en los Procesos de Moscú, “con plena libertad”, confesó “haber envenenado todo el trigo de Ucrania”. Ejecutado en el 38, rehabilitado en el 88. Justicia carrolina.

    Ya verán a Marlaska, como lea a Lewis Carroll.

Piedra blanca sobre piedra negra


 Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...

CÉSAR VALLEJO

Viernes, 1 de Mayo


Spitting, Coughing, Sneezing