Botas sin gato
Blog de la vida privada ("Humanismo es telecomunicación fundadora de amistades que se realiza en el medio del lenguaje escrito." Peter Sloterdijk)
Enrique Andrés Ruiz
Ignacio Ruiz Quintano
Abc Cultural
Quien haya pasado por Arco entenderá mejor a ese Enrique Andrés Ruiz nuestro que ve en el arte del momento a algunos de los bueyes que tiran, como los de Santa Lucía, de quien quisiera permanecer en la afirmación de toda belleza con el propósito de hacerle renegar de su fe.
–Mas fuerça de hombres, ni muchos pares de bueyes que truxeron para este intento, no pudieron hacerla dar paso, porque avía ofrecido a Dios su limpieza. Y en el mismo lugar en que la puso Dios como fuerte roca la pretendieron quemar y, visto que la llama no le hazía daño, passáronle por su cuello un cuchillo, y desta manera dio su alma al Señor.
“Santa Lucía y los bueyes” es el título de este florilegio de crítica cultural alzada sobre la tradición cristiana como una torre de coraje frente a lo que el autor denomina el nuevo filisteísmo:
–El nuevo filisteísmo ha alcanzado la transparencia gracias a la retórica siniestra de la crítica cultural, en la que han hallado su gran negocio político las señoras modernas, los consejeros autonómicos y los golosos historiadores.
El buen gusto y la ironía son costumbre en Enrique Andrés Ruiz, dominador de un soberbio estilo juguetón, bergaminesco –de cuando Bergamín se propone escribir de la religión verdadera–, que se resuelve en paradojas juncales. (Por diferenciarlas de las de Unamuno, que son paradojas gordinflonas, como los picadores de Botero.)
A la “Santa Lucía y los bueyes” de Enrique Andrés Ruiz, como a las “Presencias reales” de Steiner, hay que acudir en busca, si no de precisiones, de maravillas. Desfilan por sus páginas: Hans Urs von Balthasar: la belleza es la primera palabra, pero también la última palabra que les es dado escuchar a los hombres. Nicolás Gómez Dávila: nuestra última esperanza está en la injusticia de Dios. Emmanuel Levinas: todo arte es idólatra. Agustín: dos amores construyen dos ciudades; el de uno mismo construye Babilonia en menosprecio de Dios; el de Dios construye Jerusalén en menosprecio de uno mismo. Heidegger, Unamuno y, por supuesto, Steiner, quien agudamente tiene dicho:
–El genio de la época es el periodismo. La presentación periodística genera una temporalidad de una instantaneidad igualadora. La enormidad política y el circo, los saltos de la ciencia y los del atleta, el apocalipsis y la indigestión reciben el mismo tratamiento. Cada uno de estos principios y tácticas es antinómico con el arte serio.
JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ
Puede decirse que nuestra última esperanza de ver a un toro derribar a un caballo en esta Feria de San Isidro se desvaneció hoy. Teo Caballero se retiraba por el callejón y las gentes le gritaban: «¡Picador, qué malo eres!» por seis veces, como resumen del tercio de varas que había protagonizado el propio Teo y también como homenaje a él y a los cinco que le antecedieron en la tarea de pegar a los toros unos lanzazos traseros dignos de un torneo medieval. Teo es el último que picó, le tocaron los 669 kilos de Bilbatero, número 19, bueno, lo de picar es un decir, y ni con Bilbatero ni con ninguno de sus cinco antecesores hubo manera de que alguno de los toros de Dolores Aguirre encontrase las mañas precisas para echar al suelo a ese híbrido de carne, músculo, manguitos, kevlar, vendas y refajos al que llamamos «caballo», que tan poca similitud guarda con los espléndidos ejemplares que se lucen en el Hipódromo de la Zarzuela en las mañanas de los domingos. Pasada la ocasión de Dolores Aguirre para tumbar a esos monstruos, ya las esperanzas que quedan de contemplar un solo derribo en lo que resta de Feria se empiezan a poner muy cuesta arriba.
Es bien sabido que el dinosaurio más grande que se conoce y también el animal terrestre de mayor tamaño que ha existido es el Patagotitan Mayorum, que es, sin duda alguna, la fuente de inspiración para los genetistas de Equigarce en sus experimentos para conseguir obtener el Equisaurio Rex, mítico animal en cuya consecución andan y que en tamaño podría llegar a ser algo así como el caballo del Espartero que hay en la calle de Alcalá, incluido el bronce del que está hecho, para darle algo más de peso.
En ello están, y cada tarde nos demuestran sus avances, mostrándonos los prototipos que van obteniendo, sobre los que ahí arriba van parapetados los picadores con su castoreño y su mona, con la lanza de varear toros y con la chaquetilla bordada de oros; y si no caen al suelo es por la desproporción de la montura sobre la que cabalgan respecto del toro que se les viene, no por la habilidad de los piconeros, no vaya nadie a engañarse. Como nos temíamos lo peor respecto del primer tercio, Pepe Campos se encomendó la misión de auditar a los del castoreño durante la corrida para certificar la deleznable labor de los piqueros esta tarde, que a grandes rasgos se ha caracterizado por la posición trasera de las varas, el duro castigo infligido y la tramposa ejecución de la suerte tapando la salida a las reses. He aquí su evaluación:
Primer toro —Francisco Ponz ‘Puchano’— pone al relance y caída la primera vara, tapándole la salida y, pese a ello, el toro sale suelto; la segunda vara, sin poner al toro en suerte, de nuevo caída, rectifica el picador para volver a ponerla caída y darle muy fuerte. El toro sale suelto. Segundo toro —José Adrián Majada—, con el toro puesto en suerte, la primera vara es trasera y, aunque se le tapa la salida, se va suelto; la segunda es sin poner en suerte al toro, cae trasera; el toro no empuja y se va suelto. Tercer toro —Iván García Marugán—, cobra una primera vara al relance que cae trasera, saliendo suelto el toro y cayendo; la segunda vara, sin poner en suerte al toro es también trasera, el burel no empuja y sale suelto. Cuarto toro —Victoriano García ‘El Legionario’— con el toro en suerte, entra al paso a la primera vara que resulta caída, rematada con otra de metisaca; le tapa la salida y sale suelto; la segunda vara, también con el toro en suerte que entra al paso, es en la cruz; se le pega fuerte y el toro sale suelto. Quinto toro —Javier Martín—, la primera de las varas, al paso, trasera, el toro se va suelto; la segunda, sin poner en suerte, trasera, se le pega duro y se va suelto. Sexto toro —Teo Caballero—, en la primera, trasera, le pega fuerte, le tapa la salida y el toro se va suelto; en la segunda, marronazo, rectifica en dos ocasiones para acabar picando trasero; le pega lo que quiere y el toro se acaba yendo suelto.
Esta escombrera que hay en las líneas precedentes es el resumen del primer tercio en los seis toros. Que cada cual saque sus conclusiones. Además del cuento moral que esos párrafos contienen, hay también una nota interesante sobre los toros y esa es que todos ellos han salido sueltos de su encuentro con los Equipótamos, aunque tampoco ha habido una voluntad patente de sacarles del caballo por parte de los toreros, la cosa no deja de apuntar a una de las características de los seis toros de Dolores Aguirre vistos hoy en Madrid, que es su condición mansa. Ya hemos dicho innumerables veces que la mansedumbre no es en sí misma una mala nota, siempre que vaya acompañada de casta, y que en la larga historia del toreo a pie ha habido miles de toros que han presentado esas características, que se sustancian en una sola señal para el profano, que es ésta: problemas para los toreros. Ninguna objeción, pues, al toro manso y encastado. Otra cosa es lo de las caídas, que no es algo grato de ver a un tiarrón como Burgalés, número 38, segundo de la tarde, tropezando y cayéndose. Aunque no fuera un desplome, pero perder las manos no es lo propio.
Se puede decir que la corrida que trajeron a Madrid desde la Dehesa de Frías no ha dado un momento de respiro a los toreros ni a los espectadores. No se podía apartar los ojos del ruedo, porque allí en cualquier momento podía pasar algo. De hecho, como apunta el aficionado D. ni siquiera se produjo esa cotidiana expresión del aburrimiento que se manifiesta gritando sin ton ni son «¡Viva España!» a cada rato. Lo del ruedo era de mucha intensidad y había que estar atento a las evoluciones de los toros y de los toreros en sus encuentros, no siempre guiados por los cauces de la buena educación, para no perderse nada. Los dos primeros Langosto, número 51, y Burgalés fueron los más «obedientes», y a partir de ahí lo que hubo fue una prueba de fuego para Fernando Robleño, Damián Castaño y Juan de Castilla, que se las tuvieron que ver con unos animales que en el anca llevaban grabada la N y en el alma la palabra «problemas».
Juan de Castilla se sale con su primero hacia el tercio, aguantando las oleadas del toro, se toma su distancia y cita con la derecha a Caracorta, número 21, que se abalanza hacia el engaño que se le muestra y, al llegar a la jurisdicción del torero, le lanza un derrote que le echa al suelo, y allí el toro le busca, le prende, le coje, y le destroza la taleguilla y algo más. Una vez recompuesto con unos pantalones bermudas (¿por qué no el pantalón de un monosabio o de un arenero, como antaño?), el bravo torero se pone a la misma distancia, le cita de nuevo, otra vez con la derecha, y le roba valientemente dos pases primero y luego cuatro y el de pecho. He ahí la clave de la tarde en los dos que algo tenían que jugarse, que son Damián Castaño y Juan de Castilla: valor seco, emoción a raudales, verdad en el cite, torería sin imposturas.
Casi veinticuatro años han pasado desde aquel remoto día de julio en que Fernando Robleño se llevó a su casa la confirmación de la alternativa y una oreja de un áspero toro del Cura de Valverde, que esto era ya una premonición del elenco de corridas duras o durísimas que le esperaban por delante a lo largo de su carrera, esas medallas que luce en su pecho con los nombres de Conde de la Maza, Victorino Martín, José Escolar, Cebada Gago, Adolfo Martín, Miura, Dolores Aguirre, Cuadri, Partido de Resina, Palha, Baltasar Ibán… en una lista que asustaría a los «pararrelojes» de guardia. Ahora, en este momento de su despedida de Madrid, sólo resta agradecerle su torería sin triquiñuelas y su buen estilo como torero, que también ha quedado patente en su encuentro con otras ganaderías de características menos complejas que las anotadas.
Hablábamos antes de Juan de Castilla, que estuvo hecho un tío. No le importaron las dos cornadas que llevaba encima para ponerse enfrente de Caracorta, que es el que se las había pegado, para buscar siempre el pitón contrario de un toro que embiste con todo de manera descompuesta y lanzando derrotes. Torerísimo el colombiano, baja la mano y va ganando la partida al toro recibiendo espontáneas ovaciones a su colocación, a su valor y a su aguante. Estocada entera y larga muerte del toro que, una vez echado se vuelve a poner en pie cuatro veces antes de rodar sin puntilla. Magra recompensa la vuelta al ruedo para la verdad demostrada por Juan de Castilla. Su segundo, Bilbatero, número 19, fue un toro engañoso, que mostró unas condiciones en los dos primeros tercios y cuando Juan de Castilla se puso a torear, pegó un cambio radical y ya apenas se movía costándole un montón acudir al cite. El venezolano volvió a dar una lección de colocación, por si había algún torero en la Plaza que se quisiese fijar en él, y de nuevo puso su valentía sobre el tapete. Mal con la espada.
Damián Castaño se las vio con el blandengue de Burgalés, con el que por momentos se gustó y toreó con cierto desmayo, como a veces acostumbra, sin que hubiera una continuidad en las series. Mostró sus cartas de nuevo y esta vez mató medio bien, para lo que él es. El melocotón Burgalito, número 46, era lo que se dice un tío. Castaño se fue a por él a sacarle lo que se pudiera con la derecha, tragando lo suyo, dando la impresión de que en cualquier momento le iba a robar tres muletazos seguidos, pero la condición del toro no lo permitió por más que Damián buscó siempre la buena colocación, con la cabeza fría y pensando ante las oleadas del toro. Se adorna con un trincherazo y termina con Burgalito de pinchazo y estocada.
Esto de hoy es lo que se dice la Fiesta seria, la que llega al alma sin dobleces. Mañana, en esta misma Plaza, tendremos un odre lleno de otra Fiesta, para que podamos comparar.
ANDREW MOORE
FIN
Ignacio Ruiz Quintano
Abc
En el madrileño barrio de Ventas había un bar de cañas y latas, “O’Santos”, que tenía un loro deslenguado, “Quico”, que repetía malapropismos franquistas que le enseñaban los parroquianos. El tabernero era lo que se dice un “connaisseur” del cante flamenco y los guisos de caracoles, que dejó de hacerlos un día que olvidó un saco de ellos en casa y al volver por la noche se habían escapado por el balcón y estaban todos desplegados en la fachada del edificio. En su lugar despachaba percebes coruñeses que escaldaba en un infiernillo, anunciándolos con un cartel de canónigo gallego que honraba a su clientela culta: “Hay Pollicipes Cornucopia”. En la pared de los retratos, destacaba uno del tabernero con el artista mejicano Luis Miguel, que no era ni Luis Miguel ni mejicano, sino un ecuatoriano que se daba un aire a Luis Miguel y con el que unos amigos míos embromaron al tabernero una tarde después de los toros. La broma iba a ser pasajera, pero el tabernero, enfermo de admiración, se emocionó tanto que ya nunca hubo valiente que se atreviera a sacarlo del engaño, y se retiró abrazado a “su” Luis Miguel, tarareando “La media vuelta”.
La “democracia” de España, lo mismo que la del resto del continente europeo, de donde nos la trajeron, es tan falsa como el Luis Miguel del retrato del tabernero de “O’Santos”, pero a los españolejos les dijeron que era la democracia verdadera, y viven tan emocionados con ella que perdería su tiempo quien tratara de desilusionarlos. Después de todo, para ellos la democracia consiste en votar, y aquí, como en Rumanía, de demócratas que somos votan incluso los muertos, vía democrática que la izquierda americana lleva explorando desde hace una década, además de la supresión de la identidad del votante.
–O se vuelve al voto por jurado o esto no tiene sentido en las actuales circunstancias –repite como el loro de “O’Santos” un tal Fortes, deán, al parecer, del periodismo de Estado en la TV pública, que se opone al televoto (es decir, al voto popular, esa chusma) en Eurovisión, porque la peña vota cada cosa que hay que joderse, cuando con un jurado de expertos (por ejemplo, la Comisión Europea) no correríamos riesgos, y ahí tenemos a los rumanos, de repente tan globalistas y tan ternes como lo será el españolejo (ese carnero castrado de Santayana) cuando toque.
Fuera de los sistemas representativos (anglosajones) no hay salida democrática, es decir, pacífica. El Brexit y Trump únicamente pueden darse (y con reparos) en Inglaterra y en los Estados Unidos, cuna de León XIV, que todavía no ha conocido a Fortes (Fortes en tanto que extensión de Bolaños, que ante el pobre Puente se las echa de abogado del Estado) y ya ha dejado dicho: “No se puede tomar en serio lo que se ofrece a la sociedad a través de los medios de comunicación”.
Mientras tanto... ¿dólar o bitcoin? Shakespeare: “Buy terms divine in selling hours of dross”. Compra tiempo divino, vende horas de triste tiempo terrenal.
[Martes, 20 de Mayo]
Ignacio Ruiz Quintano
Abc
Cuando todo es legal es que no hay ley (la defensa de todos contra uno) ni Constitución (la defensa de uno contra todos).
Es la tautología Estado de Derecho, donde el Derecho es la arbitrariedad (suplantación de la razón por la voluntad) del gobierno cuya propaganda mantiene una opinión pública arbitraria. Un antojo de Saint-Just (“todo debe ser permitido a los que van en la dirección de la Revolución”) es el eslogan jurídico del globalismo.
Hoy hace 88 años, de vuelta, ABC, de quince semanas de suspensión gubernativa (cuando el Derecho era el “gobernáculo teste” de Azaña, “escritor sin lectores”), arrancaba Maeztu en su Tercera:
–No sé cuántos años tendrán que transcurrir hasta que vivamos los españoles con arreglo a Derecho, pero sí que, mientras no lo consigamos, lo que más valdrá de nuestras vidas será lo que de ellas dediquemos a lograrlo.
Cuatro años justos más tarde, el Estado de Derecho estampará a Maeztu (“Ser es defenderse”) contra una tapia en Aravaca, un poco como el gallo de Esculapio en el cuento de Clarín (“¡Quiquiriquí! Cúmplase el destino. Hágase en mí según la voluntad de los imbéciles!”).
Los gráciles milicianos sin alma han sido remplazados por los “incómodos autómatas con alma”, que decía Astolphe de Custine. ¡Con alma rusa!, gemela de la española, y bien que resalta Custine la tendencia a engañar y ser engañada que caracteriza aquella alma, base de todo despotismo.
–Una mosca que zumba levemente humilla al zar. La independencia de la naturaleza le parece un mal ejemplo.
En España, donde, como en la Rusia de Custine, “mentir es proteger el orden social y decir la verdad es destruir el Estado”, esa mosca es… ¡Álvarez de Toledo!, diputada obligada a mendigar al TC para que no le borren lo dicho por ella… en el Parlamento.
El despotismo suprime ideas, castiga sentimientos… y remodela hechos.
–El poder del emperador llega más allá que el de Dios porque Dios únicamente fabrica el futuro, mientras que el zar remodela el pasado.
Y todo por lo legal.
[Diciembre, 2020]
Manuel Román
Carlos Álvarez a hombros en El Plantío
Francisco Javier Gómez Izquierdo
Cree servidor que el mundo del fútbol genera fenómenos que van creciendo de una manera que no pueden explicarse con palabras humanas y no queda más que admirar y aplaudir la desatada emoción de muchedumbres convertidas en fieles devotas de los equipos de sus pueblos a los que siguen y alientan con un entusiasmo que da gloria ver. En grado menor, también pasa con los toros, donde, merced a la afición de mi doña, he mirado -con ojos ignorantes- varios novilleros a los que siguen cuadrillas de muchachos que por ejemplo hace unos días en Sevilla parecía la Maestranza un congreso de Juventudes.
Ayer dejé a mi doña en el coso de los Califas donde Juan Ortega daba la alternativa a Manolo Román, con Roca Rey de testigo. La llevé una hora antes y los alrededores de la plaza ya estaban abarrotados. Entre el muchacho cordobés y por supuesto Roca Rey llenaron, y de vuelta a casa a ver la decisiva jornada de Segunda división no se me iba de la cabeza lo bajito y flaco que es el mozo y lo grandotes que suelen ser los toros. No sé que será de él... y ¡miedo me da! cuando nuestro gran Márquez lo encare con exigencias de reválida antigua. De momento, ha pasado la selectividad moderna con la plaza llena... y una oreja que cortó a su primer toro como matador.
El 25/5/25, fecha sonora, burlesca para unos, contundente para otros e inolvidable para dos "criaturas vigorosamente frágiles" y que me perdonen ambas por emparejarlas.., pero la ocasión a este ingobernable le pareció a propósito. Manuel Román y Carlos Álvarez, jugador del Levante que ayer en Burgos firmó un examen de matrícula de honor tienen el mismo aspecto. Pequeñitos, delgaditos, carita de niños buenos, de angelitos... si te los cruzas por la calle piensas "¡qué guapito y apañao!" pero nunca te los imaginarás como torero valiente o uno de los mejores jugadores de la liga de Segunda. Manolo en la plaza tiene ganado a mucho personal que servidor ha visto por pueblos grandes y en Sevilla y Córdoba arrastrado por mi doña, seguidora fiel; a Carlitos Álvarez lo ha venido reivindicando servidor toda la temporada, escandalizado por la increíble decisión de un tal Víctor Orta que ejerce de director técnico del Sevilla, que dio la carta de libertad hace dos años, aún tiene 21, a un talento -no hay más que ver cómo corre con el balón pegado-... por bajito. Carlos Álvarez mide 1,67, Maradona estaba en el 1,65, a Messi le daban cosas para crecer y no llegó al 1,70, el torero Manuel no es más alto que Maradona... Se ve que Victor Orta quiere Romays y Emilianos para el Sevilla. Cuando en el minuto 96, Carlos Álvarez enfiló desde la derecha "a lo Robben, a lo Messi... ahora a lo Lamine" el borde del área del fondo Sur de El Plantío y arreó el zurdazo-estoconazo que deseamos a Manuel, Burgos fue testigo de un torrente emocional en el fondo Norte, donde se coloca la afición visitante, que como puse al principio no se puede explicar con palabras humanas. En el televisor salían rostros de granotas llorando quietos, parados, estatuas azulgranas. Las lágrimas habían acudido a sus ojos sin explicación, de repente, sin control. La felicidad absoluta debe ser éso: un instante en que las emocionas se apoderan de uno y es incapaz de dominarlas. Carlitos lloraba en el córner como el niño feliz que es y luego estaba Julián Calero al que no voy a elogiar más porque ya pusimos lo que merece durante una temporada trabajando en precario. Me consta que Burgos se alegró del ascenso del Levante, por Calero... y por Elguezábal, el gran capitán blanquillo que se fue con su entrenador a escribir la Historia del Levante después de firmar páginas gloriosas en la de mi Burgos. ¡¡Enhorabuena, porque son tres tipos a los que admiro y respeto con convicción!!
Esperaba el triunfo del Mirandés. Lo mereció, pero los postes se aliaron con el Almería, a mi parecer y repito, la mejor plantilla de la categoría. El Elche cumplió y suena como ascendido; El Oviedo a lo suyo, ganando con miseria; y el Rácing se la juega con el Granada de Pacheta al que han traído los últimos tres partidos para eso, "...para jugárnosla en Santander", decía ayer el bueno de mi paisano. ¡Ah! El Zaragoza se salvó sin ningún mérito.
En fin... el número 25525 se va a reservar en las administraciones de lotería levantinistas y dice mi doña que ella también lo va a pedir para no olvidar la fecha de la alternativa de Manolo Román.
Ignacio Ruiz Quintano
Abc
Lo dijo Joaquín Bartrina, un poeta catalán de Reus: “Oyendo hablar a un hombre, fácil es / acertar dónde vio la luz del sol; / si os alaba Inglaterra, será inglés, / si os habla mal de Prusia, es un francés, / y si habla mal de España, es español”. Esto se ve incluso en el fútbol: la única relevancia, hoy, que en el mundo tiene España es el Real Madrid, y al menos la mitad de los españoles son genéticamente antimadridistas, incluida, por mera estadística, la mitad de su propia afición, la que pide la renovación de Modric y la venta de Vinicius. ¿Por qué? Porque lo piden sus mulás en Prisa, que es como la Ufa (Universum Film Aktiengesellschaft) del Régimen del 78, que nació culé por exigencias del guion, con Benito, que hace de Perojo, y con Mijatovic, que hace de Argentina Imperio, uno exigiendo la renovación de Modric (¡los mismos que cuando llegó, y por joder a Mourinho, que era quien lo traía, se constituyeron en viudas de De las Cuevas, que de pronto era el bueno!) y otro exigiendo… ¡la reeducación de Vinicius!, cuando el primer video suyo que te sale en youtube de esta estrella de la Ufa es su escupitajo en la cara “al pejino Iñaki Bollaín” en un Racing de Santander-Real Madrid que mereció la sanción, no del árbitro, sino del futbolista Jesús Merino, compañero del agraviado. Mijatovic pide, para Vinicius, reeducación, y para los árbitros, conmiseración, que es la misericordia que se experimenta ante el dolor de una persona.
–Los árbitros tienen derecho a equivocarse, son seres humanos y por mucha tecnología que se pueda aplicar, siguen siendo seres humanos –explicó el Negreirato en su alegato humanístico, fruto de sus cogitaciones a lo Nanín, el ex jefe de fichajes de Calderón (“con Gago nos ha tocado la Lotería”) –. Cuando luego los árbitros hacen algún favorcito, no nos quejamos.
Lo dicho: la Ufa del Régimen. Porque la Ufa fue “la historia cultural alemana, una mezcla de política y economía, ciencia y tecnología, locura masiva y sueños masivos, kitsch, comercio y arte, todos mezclados en un complejo, contradictorio, y brebaje explosivo”, en palabras de Klaus Kreimeier en “The Ufa story”. A los españoles nos trajeron para el 78 la Constitución y la Ufa. Weimar como tragedia en Alemania y Weimar como farsa en España. La posmodernidad, asesina de los Grandes Relatos (el pipero no ha leído a Lyotard), escogió equipo y nos colocó su pequeño Relato: el “Ejército Desarmado de Cataluña” (EDC), en artera definición del Pultifagónides Vázquez Montalbán, que acaba de llevarse otra Liga española por la jeró, decidida en una semana negra (Español, Atlético, Osasuna), cuando el peor Madrid de Ancelotti le sacaba siete puntos al EDC de las inscripciones cuneiformes y unas estadísticas que parecen malapropismos del beisbolista Yogi Berra, el de “Corta la pizza en cuatro pedazos, no tengo tanta hambre como para comerme seis”. Puestos a ser graciosos: Vallejo, una asistencia cada 23 minutos; Lamine, una asistencia cada dos partidos. Vallejo, al paro. Lamine, Balón de Oro, que lo pide su representante, confirmando que el Balón de Oro (Rodri, Modric, Owen y la mitad de los de Messi) tiene el mismo prestigio, o la misma prestidigitción, que el Nobel de la Paz de Obama (ocho guerras desatadas) o Arafat.
El Real Madrid, en resumidas cuentas, debe comparecer únicamente en las competiciones internacionales, como ese Mundial de Clubes donde no hay un solo árbitro español, gremio que este año, en lo de casa, ha disfrutado de la oportunidad de parecer magnánimo ante la escabechina blanca, donde la justicia poética ha hecho su obra maestra de consagrar a Vallejo como asistente y a Jacobo como goleador, con el pensionista Modric dirigiendo las operaciones a ritmo de tacataca. Un equipo A para ir por el mundo y un equipo B para ir por esos pueblos de España de la boina y la barretina. La cafrería patria garantiza ovación a Modric, el Crispín de los piperos, que podría renunciar a sus derechos de propiedad intelectual para que Mendes inscriba en el Registro de Patentes la “lamininha”, o pase con el exterior al corazón del área en la Liga española, que al fin tiene el lema comercial que ha andado buscando: “Asistencias Vallejo y goles Jacobo”.
JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ
Después de los pasados sinsabores vividos en días pasados de esta penosa Feria de San Isidro hoy ha vuelto el toro al ruedo de Las Ventas de la mano de este Fuente Ymbro, que echa más toros en Madrid que en ningún otro sitio. El programa de mano nos aclara que el pasado año fueron doce los novillos y otros doce los toros que soltó Fuente Ymbro en Las Ventas, que es ya casi como una prolongación del cortijo «Los Romerales» para el señor Gallardo, don Ricardo. En lo que va de Feria, el pasado día 11 ya tuvimos a Fuente Ymbro, ese día en su versión menos atractiva, con dos toros expulsados y uno interesante en la muleta que fue desperdiciado por Perera. Hoy, empezando por el principio, el señor Gallardo ha traído seis galanes de óptima presentación. Chocaba recordar la redada de un after-hour que nos presentó en el día de ayer don Juan Pedro Domecq como corrida de toros, si la comparamos con la excelente presencia de los seis toros de Fuente Ymbro que hoy han saltado al ruedo de Las Ventas, siendo varios de ellos recibidos con aplausos por parte de la afición.
Lo que es perfectamente controlable por el ganadero es el aspecto de sus reses, por eso el que trae una garulla en lugar de un encierro es un pésimo ganadero, porque lo que los toros lleven dentro es un misterio que no hay libro ni reata que pueda desentrañar con certeza a priori, pero lo externo es evidente. En ese sentido, un 10 a don Ricardo por los seis apuestos mozos que mandó a Madrid. Y, como antes se dijo, lo del juego es ya otra cosa, que hoy hubo de todo, desde el mansurrón hasta el que galopó con brío buscando el trapo encarnado, desde el que presentó sus dificultades y no dio facilidades al que regaló francas embestidas. La cosa salió de perlas, dado que además los dos toros de más fundamento fueron los que salieron en quinto y sexto lugar, con lo que se consiguió que la tarde fuera a más. El ganado hizo lo que debía, o lo que de él se espera, que es crear sus dificultades y mostrar su genio y, también, dar algunas asistencias en favor de los toreros, especialmente cuando hicieron las cosas de manera más ortodoxa.
Para entretenernos en la tarde del domingo los estrategas de Plaza1 organizaron la corrida poniendo en el cartel los nombres de Curro Díaz, Román Collado y el mejicano Diego San Román, que venía a confirmar la alternativa que recibió en Ciudad de Méjico de manos de Antonio Ferrera, el Morante de los pobres, con José Antonio Morante, el Morante auténtico, de testigo, en diciembre de 2021.
Con Curro Díaz vamos a terminar pronto, y así no aburrimos a la parroquia. Íbamos a ver si Curro nos daba una verónica y una trincherilla y eso es lo que, justamente, nos dio el de Linares, primero la verónica, captada perfectamente por el objetivo de Andrew Moore, y después la trincherilla que hizo bramar un ronco ¡bieeeennn! a Las Ventas. No hubo más. A sus cincuenta años podemos considerar eso como suficiente. No obstante ahí van dos reparos estéticos al veterano torero: uno es el vestido rosa, que no le pegaba nada, que uno se le imagina vestido de tabaco o de gris plomo. El otro es respecto a los retratos de él que ponen en el programa de la corrida, que parece que las fotos se las hace uno que le odia con ahínco.
Diego San Román tiene una virtud, y ésta es que viene a confirmar la alternativa con muchas corridas a sus espaldas. Cuando estamos viendo cotidianamente a pobres muchachos que son echados a la trituradora de carne apenas con unas pocas novilladas, gusta que venga a confirmar un torero que ha podido cimentar su oficio y que no viene a Madrid a jugarse la carrera a las dos cartas de sus dos toros. Además nos hizo el guiño, que le agradecemos, de vestirse de Antoñete, de lila y oro. Su primer toro, el de la alternativa, se llamaba Infortunado, número 27, que era un tío, saludado con palmas al salir al ruedo, aunque luego demostró que lo que albergaba su alma era una mansedumbre de mucha intensidad, como se pudo comprobar en su pobre pelea en varas ante el Equigarcesaurio Rex de José María González. Gran quite por gaoneras del queretano. En banderillas el toro se movió sin dar la nota y llegó a la muleta del mejicano con una clara disyuntiva, que era la de hacer caso de la muleta o huir de ella. Quiso San Román principiar de rodillas con pase cambiado y al tercero se tuvo que levantar, que el toro apretaba lo suyo y acudía con violencia. Al principio, hasta que se le aclararon las ideas, el toro acudió a la muleta no sin protestar, violentamente, a base de cabezazos y derrotes y luego, rápidamente, empezó a marcar su tendencia a tirar hacia las tablas. El torero se empeñó en sacar agua de ese seco aljibe, a base de consentir y de arriesgarse. Faena demasiado larga en la que el toro ya sólo quiere tablas y no hay forma de sacarle de ahí. Diego San Román le receta una buena estocada con el toro paralelo a los tableros, que es igual a la que dio a un novillo de Fuente Ymbro, hace por ahora seis años, también en Las Ventas. Un aviso.
Su segundo toro fue el sexto, Judío, número 113, otro tío, castaño bragado, con dos pitones que eran dos árboles del Real Jardín Botánico. Pavorosa presencia, que recibe chicuelinas de saludo y una graciosa revolera. Deleznable tercio de varas a cargo de Eduardo Reyna, que no tiene bastante con el paquidermo sobre el que va montado, y como no se fía un pelo de lo que pueda pasar, con el toro ya arrancado gira su montura para recibir la acometida del toro con la anca derecha, para evitarse sustos. Muy mal picado. La faena de muleta es un toma y daca entre la emocionante agresividad del toro y las ganas del torero en que no le ganen la partida, un tour-de-force que se sustancia a favor del matador cuando, bien colocado le arrebata una serie de naturales de muy buen aire que el bicho se traga sin rechistar. He ahí la clave, que consiste en pisar el terreno adecuado. El mejicano está valiente de verdad, aguanta impávido un pavoroso parón en el centro de la suerte y no da por perdida la batalla nunca, pese a la destemplanza de la embestida del toro. Gran valentía la de Diego San Román, a veces un poco cerril, queriendo tener más coj… que el toro. Le deja una estocada baja. Aviso. Que le repitan cuando quieran.
Y después de San Román ahí tenemos a Román a secas, de sangre de toro y oro, a vérselas con Impositor, número 93, que no es toro, pese a su excelente presencia, que levante pasiones. En varas es un sosainas, estando más dispuesto a la cosa de las banderillas, pero lo que va resaltándose por momentos son las complicaciones del animal, su poco fuelle, su nulo interés en acudir al cite por su pitón derecho y sus pocas ganas de que le toreen por el izquierdo. La forma que tiene de expresar su desagrado es tirando derrotes, por si pilla algo. Román lo llevó a los medios y allí quedó patente la falta de futuro que tenía el trasteo con este Impositor al que Román despena de tres pinchazos y una estocada. Aviso. Pitos para el toro.
Comisario, número 56, fue el segundo de Román y, en cierto modo, fue obra de Román que quiso lucir al toro en viajes largos y cites a la distancia, aprovechando la embestida clara y fija del animal. Gran generosidad la de Román en esos emocionantes cites, con el toro galopando a por el trapo colorado y toreo un poco a la ligera, sin acabar de dar el paso adelante, sin poner la muleta planchada, pero con mucho corazón y gran desparpajo. La faena se va produciendo, vibrante, con Román al natural y luego con la derecha. En un cambio de mano, el toro, que desde luego no era una mona, le prende y le echa al suelo. Tras el susto vuelve a la cara del toro para dejar la mejor serie de redondos, con mucho mando, y luego otra de menos cuajo. Falta una serie por la izquierda para culminar la obra, pero Román prefiere acabar por bernardas trayendo al toro desde bastante lejos, antes de cuadrarse para cobrar un pinchazo, por haber tropezado el toro, y una media lagartijera. Oreja para el valenciano y ovación en el arrastre para el toro.
ANDREW MOORE
Ignacio Ruiz Quintano
Abc Cultural
El flautista Salvador es la representación en la tierra de El Quinto Evangelista, ése que, al decir de Raúl del Pozo, todos los días se quiere suicidar, pero poco. ¿Poco? Sí. En lugar de irse al Viaducto directamente –anunciarse en Las Ventas con seis victorinos cinqueños e íntegros–, se sube a un banco de la Plaza de Oriente y... salta. ¿Cuánto levanta del suelo el banco de la Plaza de Oriente en que se sentaba Bergamín a oír la música callada del toreo? La música callada del toreo que oía Bergamín en la Plaza de Oriente eran los coscorrones que se pega El Quinto Evangelista por hacer de Don Tancredo López.
–Aquí tenemos a Tancredo López, albañil, parado, que empieza por quedarse quieto, por no hacer nada; por no hacer nada ante la vida, y, por consiguiente, ante la muerte; pero por no hacer nada en absoluto, por no hacer absolutamente nada: ni moverse siquiera.
Este no hacer nada que define el toreo tomasero enloquece a nuestros políticos, que en Madrid, donde gobiernan los liberales, ya le han preparado a El Quinto Evangelista dos galas a pagar con pólvora del Rey, aunque El Quinto Evangelista, no se sabe si por republicanismo o mala educación, no le brinde toros al Rey. Para ese par de galas que seguramente ya tengan presidencia se está cociendo un rabo en Madrid, cuyo estofado viene preparando un aparato de propaganda como no se veía desde el referéndum de la Otan. En Jerez, el puntazo de un cuvillejo en el cuello del matador hizo exclamar al flautista, que es catalán:
–Es una prueba de que Dios existe.
El Quinto Evangelista quiere suicidarse, pero Dios lo evita permitiendo al animal cornear el cuello y no la barriga del torero, que es donde las heridas son mortales, como bien sabían el Azaña de Casas Viejas y el John Wayne de “Eldorado”. El Quinto Evangelista puede, en fin, seguir cobrando, prueba de que Dios existe para el flautista, pero prueba, para el aficionado, de que no va en serio tanto suicidio. ¿Para qué quiere los millones un tío que se quiere inmolar? Y si se quiere inmolar, ¿por qué no sale a la plaza cantando como los de “Quo vadis?” y ante un toro de verdad?
Qué buen debate sobre la existencia de Dios, a imitación de los de lord Russell y el padre Copleston en la BBC, podría plantear nuestra TV entre el académico ateo Cebrián y el flautista creacionista Salvador, ahora que la sobrina de Rouco quiere “desnudar la hipocresía” de su tío posando corita en “Interviú”.
JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ
No creo, sinceramente, que alguien que chane un poco de la cosa de los toros acudiese hoy a Las Ventas con la esperanza de ver algo mínimamente serio. La combinación de Plaza de Las Ventas con la parte ganadera en manos de Juan Pedro Domecq y con Juan Ortega y Pablo Aguado en la cosa del toreo, apuntaba con altísimas probabilidades y de una forma natural hacia el resultado calamitoso que finalmente se dio. Si luego los animales, además de impresentables en su morfología, salen con golpes, mataduras y heridas, eso nos habla bastante a las claras del concepto como ganadero que tiene de sí mismo don Juan Pedro Domecq Morenés, si además el hombre permite que le vendimien los toros en sus propias barbas, éste sí, éste no, éste me lo quitas, éste me lo pones, abundamos en lo anterior; y si tienen que verse diez u once toros en el reconocimiento para sacar cinco, eso tampoco habla de manera halagüeña de la manera en que don Juan Pedro considera que debe defender el «honor de la divisa». Y decimos cinco, no por buscar esa rima facilona y colegial del número cinco, sino porque cinco fueron los toros aprobados tras el examen técnico de los señores don Eloy Marino, doña Julia Moreno y don Enrique Alexandro, los eminentes profesores veterinarios que se ocupan de la parte relativa al zoomorfismo, la evaluación de la visión y de la movilidad de los toros a lidiar, aunque nos da el tufillo de que lo mismo anduvieron un poco atolondrados en cuanto al reconocimiento de heridas o lesiones, porque el caso es que, viendo lo que salió de las mazmorras de Florito, se comprueba que esta vez la manga de los eminentes profesores fue tan ancha como las mangas de la saya del Mago Merlín. El sexto, con el que remendaron los escombros juampedreros, fue uno de Torrealta. No vino solo, que al parecer hubo que inspeccionar a cuatro de esta vacada para seleccionar a éste, que fue el más toro del encierro y el que tuvo un comportamiento más acorde a lo que se espera del ganado vacuno de lidia, y además con un pitón izquierdo de ensueño, pero de eso se hablará después.
A veces nos quejamos de las corridas mano a mano en las que no se ventila nada, dos toreros puestos porque sí con los que rellenar un cartel y ahorrarse los emolumentos de un tercero. No es el caso de hoy, porque la confrontación de los dos sevillanos Aguado/Ortega, sí que tenía el interés, sobre el papel, de contrastar sus puntos de vista, pues ambos militan en la línea que se ha venido llamando «de arte», que es ese toreo que lleva aparejada la posibilidad de que se estropeen los relojes, llegando incluso a pararse y, en cualquier caso, de excitar la cursilería de las ya de por sí cursis plumas que glosan la tauromaquia en los medios «serios», porque eso del «arte» da mucho juego para escribir términos como «genuflexo», «despacioso», «delicadeza» y otros de ese jaez que no sabes si lees la crítica de una película erótica o la receta de un pastel. Otra virtud que nadie puede negar a estos llamados «toreros de arte» es que han sido muy útiles para que algunas personas, sin necesidad de gastarse un dineral en psicólogos, hayan tenido una buena ocasión para explorar su auténtica orientación sexual, dando aletazos que ni ellos mismos se esperaban y poniendo los ojos en blanco como esas bolitas que se echan en los armarios para que las polillas no se coman los abrigos. No demos nada por descartado.
El único problema que arrastraba el cartel propuesto para el día de hoy es que la confrontación de los dos sevillanos no se daba en el sitio adecuado. Las Ventas, por su idiosincrasia, no parece el lugar propicio para que el careo de estos dos prendas llegase a buen término. Lo primero por el toro, que el de Madrid es siempre más incómodo para estos que el del resto del orbe taurino, por muy vendimiado que venga, y lo segundo que en una Plaza tan grande como la Monumental no es fácil hallar el estado de comunión previo que es preciso para que la liturgia artística se desarrolle: en Granada o en Jerez es mucho más posible que se den las mejores condiciones para que mane la despaciosidad, la genuflexión o la delicadeza, teniendo en cuenta principalmente el tipo de ganado que allí sale y el ambiente menos crítico y más festivo.
La corrida se ha ido despeñando por los vericuetos del desinterés y el tedio y si algo bueno ha tenido es la rapidez con la que se ha ido desarrollando, en comparación con las de otros días, que a las nueve y media aún estamos sentados en la piedra. Ha ido todo tan mal que incluso Iván García ha salido a banderilla por pasada, cosa inédita y sorprendente. Pablo Aguado ha hecho un quite al cuarto por verónicas de esas de pegolete, que decía el abuelo de Vicente Palmeiro, y se lo han aplaudido. Muy poco más. Ya saben eso que se dice de que no hay en toda España una vaca que pueda parir el toro que necesita Juan Ortega para hacer su toreo, aunque tampoco ayudaron lo más mínimo los escombros de juampedro, que todo hay que decirlo, pero la reconocida falta de solvencia técnica de Ortega no ayuda en modo alguno a ir solucionando los problemas de la lidia. En cierto modo Ortega da la impresión de que es un viejo torero con su carrera toda hecha y no un hombre de 34 años con solamente diez años de alternativa. Ya sabemos que la Ciencia estima que a partir de los 34 años se entra en la edad adulta, que es el momento en el que el cuerpo comienza a envejecer, pero ver a este hombre andando por la Plaza más evoca a uno en la madurez tardía con toda su carrera hecha, sus triunfos de juventud, sus grandes tardes y sus salidas a hombros en el que algunos quisieran ver un retazo de lo que fue. De eso nada, porque Juan Ortega no tiene leyenda alguna: por delante el futuro y por detrás, la nada. Bien es verdad que verle torear de salón, a condición de que no haya toro o con una becerra muy becerrita debe ser un gusto, pero eso es otro espectáculo distinto.
Lo único interesante de toda la tarde vino de la mano del de Torrealta, que atendía por Torbellino, número 50, dándose la circunstancia de que a buen seguro estaría en algún burladero de gañote, donde suele morar, el auténtico Torbellino, nombre con el que se anunciaba de novillero el abogado venezolano don Williams Cárdenas. Este Torbellino negro listón, alto y cuajado, dio lugar a un tercio de varas algo más aparente que los cinco anteriores en los que directamente no se picó, se movió en banderillas y llegó a la muleta de Pablo Aguado con ganas de embestir, especialmente por el pitón izquierdo. Ahí Aguado se puso a construir su obra que, a grandes rasgos, se sustenta en dos o tres naturales muy compuestos y estéticos tanto como en la ausencia de colocación y de disposición a hacer el toreo de cante grande, conformándose con un toreo decorativo que caló muy hondamente en los hastiados tendidos. El Torrealta, que desarmó a Juan Ortega, recibió ese toreo accesorio de remates y cosas bonitas que ahora tantísimo se estima, componiendo su figura para que Andrew Moore pudiera fotografiarle a gusto y nos dejó ayunos del toreo de verdad, del que te llega al alma. La estocada de zambullón, de rápido efecto, puso en marcha la petición de la oreja que a muchos les arregló la tarde y dejó como triunfador del mano a mano a Pablo Aguado.
ANDREW MOORE
FIN