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lunes, 2 de abril de 2018

El cemento armado



Íker Izquierdo
(Periodista en Radio Taiwán Internacional)

El presidente del diario El País y miembro de la Real Academia Española, Juan Luis Cebrián, se ha despachado a gusto en un artículo publicado en su propio periódico este 2 de abril, titulado “La España de la idea”. En el mismo, Cebrián hace gala de lo que mejor sabe: alzarse como voz de la moderación y la sindéresis ante el gallerío nacional que vive España.

Para cualquiera que conozca al personaje, esto no debe sorprender, pues siempre se ha caracterizado por tener la cara más dura que el cemento armado. Y como actor imprescindible de la España del 78, ha sido devorado por su propio personaje, de manera que ante el desprestigio imparable del régimen no podía menos que echar mano de lo único que ha dado sentido a su vida: la demonización del fantasma de la derecha española y la elevación a los altares de las nieblas germánicas traídas por Ortega.

Reconoce que Puigdemont se ha pasado por la piedra la Constitución y las leyes del reino, pero en realidad la culpa la tiene el Gobierno de Rajoy (es decir, La Derecha) por su inoperancia y por haber dado alas a una repanderetización de España justo cuando el espíritu europeo de la Ilustración estaba penetrando en la sociedad española con sus efectos salvíficos y sus pelucas empolvadas de juicios sintéticos a priori.

Llega incluso Cebrián a citar a Tony Judt denunciando la sustitución de la memoria por la Historia como operación harto peligrosa para la salud de un país, pues dice, el muy pillín, que eso sólo lleva a la fabricación de mentiras. Para ser justos, a Cebrián nunca le gustó el invento zapateril de la Memoria Histórica, quizás porque si se ponían talibanes con el asunto, acabarían salpicándole el traje. 

No obstante, fue su grupo mediático y la facción política socialista que pastoreó los que dejaron hacer durante mucho tiempo a los separatistas, prefiriéndolos a ellos que al resto de los españoles. Fue él mismo el que defendió al PNV cuando estaba contra las cuerdas por la reacción de los vascos no nacionalistas, que habían recuperado la calle y comenzaban a dominar el discurso. Fue él con su periódico el que educó a gran parte de la sociedad española de los últimos 40 años en el desprecio a su historia y a la unidad de su país en nombre de fantasmas venidos de allende los Pirineos; fantasmas ataviados con la sábana blanca de la Modernidad, el Progreso y el champú anticaspa, que no sirvieron más que para hacer de España una nación totalmente esquizofrénica.

Ha sido Cebrián uno de los grandes responsables del lodazal en el que se rebozan ahora viejas y nuevas generaciones de españoles enfermos que no ven en su país otra cosa que un despojo de la era Hiboria del que es preciso desprenderse cuando antes, ya sea por atomización, ya sea por absorción en entidades supuestamente más dignas, aunque los horrores que provocaron en su bien remozada historia no hayan traspasado nunca la puertas de la redacción de El País.

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