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martes, 21 de noviembre de 2017

Cipollino

Mata-Hari



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Una de las grandes leyendas de la Santa Transición la debemos a Joaquín Garrigues, que dijo: “Si los españoles pudieran ver por un agujerito un consejo de ministros, correrían a Barajas a tomar el primer avión al extranjero”.

Es la sensación que uno ha tenido al oír a la ministra de Defensa, María Cospedal, de palique con un falso ministro letón sobre las andanzas como espía ruso de Puigdemont/Cipollino.
¡De la Guerra Fría como tragedia a la Guerra Fría como farsa!

Cipollino es un personaje como de Wenceslao Fernández Flórez, pero es que, de leer los periódicos, Madrid sería otra vez el “grill” del Palace Hotel donde el Caballero Audaz entrevistaba a Mata-Hari en una atmósfera perfumada de esencias caras y humo de cigarrillos egipcios, mientras en un ángulo, un sexteto de zíngaros, envueltos como bajo caperuzas de cangrejos en fraques rojos (¡los hackers de Putin!), tocaba lánguidos tangos argentinos.

¿Que hay en España espías al servicio de Rusia? –pregunta, escéptico, Gecé–. En España reitero aquello del inglés en nuestra guerra: “Extraño país que hace el espionaje público y la propaganda secreta”.
Mata-Hari se veía, simplemente, “una mujer pasaderilla”, y por eso a mí me parecía más indicada para la broma letona María Soraya, la señorita Moneypenny de nuestro Servicio Secreto, que María Cospedal, quien, después de todo, ha despachado con el general Mattis. Seguramente estamos ante otra víctima del periodismo global, que viene propiciando una psicosis antirrusa como la que llevó a Luis Ciges (¡el sobrino pasmado de Azorín!) a alistarse en la División Azul, ninguna de cuyas peripecias de un año, por cierto (y se las oí contar casi todas en un día inolvidable en “El Oliver”), daba una idea del riesgo como un solo día de rodaje de “Un colt para cuatro cirios” con Iquino.

Es curioso que la propaganda promueva lo de los hackers rusos como atenuante del golpismo catalán, cuando, según la literatura penal de la traición, debería ser agravante.