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sábado, 17 de enero de 2015

Galgos



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Madrigal de las Altas Torres es la cuna de Isabel, la Reina que aseó España, presentada en TV como señora a la que hacen pegar gritos en top-less.
Voy a Madrigal a los galgos en campo: primero, porque el mundo no acaba en las galas horteras de los Globos y los Balones de Oro, y luego porque en el corredero de Madrigal, al saltar la liebre, nadie va a gritar “Vive la France!”, como el otro día gritó un pipero en la ópera de Madrid.

Francia es una monarquía de paisano, y en los seres completamente cursis ha causado mucha impresión la llantina del primer ministro Valls (“¡las lágrimas de la República!”, llegó a decir algún idiota), cuyo gobierno no supo impedir la escabechina parisina. A Valls, que es socialista como Zetapé y español como Snchz, nadie le ha dicho lo que Huéscar al desconsolado viudo Carabantes en el funeral de la gran duquesa en Sevilla: “Aquí se viene llorado”.

Piperos en el fútbol, piperos en el periodismo, piperos en la ópera… ¡Mas no en los galgos!
El galgo, me dice un galguero de Leganés, no es perro de piso, por mucho que en Madrid, entre los snobs con piso de pasillos largos, esté de moda adoptarlos.

El galgo es arisco, y a las malas, traicionero.
A mí estos galgos me parecen unos animales tristísimos cuya única justificación es correr en un mundo cada día más parado. Pero me encantan estos llanos castellanos, la inmensidad del campo, el sol y la niebla, el ruido y la carpa, los jueces y los gitanos.
Entre los mirones, los hay que animan a las liebres y los hay que animan a los galgos.
Una carrera bien guapa son cuatro o cinco minutos.
El “Filomeno” era un macho de liebre que tenía un amigo mío –dice el galguero–. Le puso un piercing del Real Madrid en una oreja y lo llevaba al bar con una correa. Al “Filomeno” le gustaba el Terry con coca-cola, y cuando se atufaba, mordía.
Lánguida, elástica y tibia, la galga ganadora te mira, cuando te vas, como diciendo: “¿Vendréis a verme el 24 a la final?”