lunes, 26 de agosto de 2013

Donde a Foucault el tripi le supo a teta

 
In the dessert you can't remember your name

José Ramón Márquez

 En el Ranch at Furnace Creek, Death Valley, hay un cartel avisando de que las picaduras de las serpientes de cascabel no son tan peligrosas como la gente se cree y que en los Estados Unidos el número de muertos en relación al número de picados por la sierpe es muy reducido. No tranquiliza mucho le estadística, que lo malo de las estadísticas es precisamente lo que se sale de la estadística, por lo que extremamos el cuidado y, como las vaqueros de las películas, sacudimos las botas antes de ponérnoslas, por lo que pueda pasar. Estamos por debajo del nivel del mar, en el sitio que más calor hace del planeta, y para uno, que es tirando a friolero, esta paradoja de que dé igual estar dentro de la piscina que fuera, ya que la temperatura es idéntica, es una sensación deliciosa, aunque comprendo que no todo el mundo esté preparado para ella.

Saliendo del Rancho, lo que hay por delante es puro desierto. No es extraño que tanto hippie echase mano de estos paisajes para venir a tomarse sus tripis y sus peyotes, porque la mezcla de sequedad y espacios infinitos junto con los colores y las formas cambiantes del paisaje según la incidencia de la luz dan las ‘condiciones objetivas’ para extraer el máximo del colocón, y ya dijo el mismo Foucault que el tripi que más le aprovechó en toda su vida fue el que se metió en Zabriskie Point.

Dejémonos de drogueteos, que no son ni mucho menos necesarios para el disfrute de esta desolación, y recreémonos en las montañas, azules en la lejanía, en las dunas, en los lagos secos cuyo piso está teñido de blanco por la sal endurecida, en las evidentes coladas de lava, brillantes, como si las piedras estuviesen barnizadas, en la soledad de interminables rectas de asfalto, donde el sol reverbera y donde lo único que se da y que es más alto de un matorral es el enigmático Joshua tree, el árbol de Josué.

El desierto nos acompaña por la carretera 395 hasta llegar al cruce llamado Kramer Junction, las cuatro esquinas. Ahí ya están los signos de la civilización, los Burger King, las gasolineras, el Subway. Hay dos tiendas con el cartel de ‘Antiques’ que venden viejas señales de carretera, anuncios de chapa de lubrificantes que ya no existen, parafernalia de cocacola y no sé cuántas cosas más. Desde ahí, a medida que nos aproximamos a Los Ángeles, la aglomeración de autos es cada vez mayor, la expressway tiene seis carriles por cada lado y, por fortuna, el que está atascado es el que va en el otro sentido.

Pero aún no es momento de ir a L.A., y por eso nos desviamos hacia el sur, hacia San Clemente, evocación de morteruelo conquense, a la vera del Pacífico.


 Cause there ain't no one for to give you no pain

 Bajo el nivel del mar

 Sal

 Dunas

 El árbol de Josué

 Ride to live, live to ride

 Tendido

La calle donde July no se compraría una casa

San Clemente