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viernes, 29 de julio de 2011

La corneja de Rubalcaba


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Por su afición a adornarse con plumas ajenas pasó a la posteridad la corneja de Horacio. Y dicen que ahora Rubalcaba anda dejándose ver con un Schopenhauer bajo el brazo. Qué pena que Rajoy no quiera levantar la vista del “Marca”, porque con pasearse delante de Rubalcaba con un Iriarte en una mano y un Samaniego en la otra, ya iría bien servido el Fouché comprado en los chinos. Ahí están las fábulas que hacen mofa de los fatuos que creen convertirse en Schopenhauer (y eso que el autor, para la dramática situación española, no está mal escogido) por el hecho de dejarse retratar con un título de Schopenhauer. Tal vez la pretensión de Rubalcaba sea únicamente impresionar a sus indignados. ¿Que ellos dicen frases de Punset? Pues yo las voy a decir de Schopenhauer. Y así. La indignación es una industria española. Un español sin indignación es como un brasileño sin samba. Lo que pasa es que no hay empleo para todos, teniendo en cuenta que el empleo ideal es el de tertulianos. Si la derecha quiere quitárselos de encima, ya puede ir haciéndoles hueco en sus medios. Un indignado al que se le permita quejarse es un cordero que gana la democracia. Gustavo Bueno, que ése sí que ha leído a Schopenhauer, cree ver en los indignados a los albigenses, pero en este folio no nos cabe una exposición del asunto. El caso es que los indignados ya han cortado la Gran Vía. ¿Por qué? Porque nadie les ha explicado quién es el Estado. Los indignados creen que el Estado es un taburete de tres patas: Luis XIV, la duquesa de Alba y monseñor Rouco Varela. Mas el Estado es algo con menos glamour que todo eso. El Estado es el mazas del martillo compresor que abre la acera...

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