Francisco Javier Gómez Izquierdo
Era Burgos, lugar propicio para mirar o ver, según capacidades, el eclipse. Servidor miró. No sé ver estos espectáculos como explica la ciencia.
Aprovechando la circunstancia, Paco, sabio en bosques, subió con quien suscribe a la Demanda para ver los Siete Infantes y tocar el roble, contemplar extasiado pinares, los silvestres son su debilidad, maravillarse ante el hayedo, gritar entusiasmado ante el populus nigra, ese chopo del que le gustaría ser Rey y caer rendido sobre los retorcidos troncos centenarios del sabinar de Moncalvillo. "Ésto es un bosque relicto, una reliquia, que además se regenera sólo. Con sabinas de 400, 100, 50, 30 años conviviendo sin problema. Una joya. ¡Madre de Dios!" Gozaba Paco.
...Y el eclipse. Subimos al Alto la Horca de mi pueblo y desde allí, con los mayores que fuimos niños bajo el alto, hemos mirado, yo medio segundo cada tres minutos. Miré lo mismo que vieron los expertos y aficionados a ésto. A mí me pareció fenómeno curioso y raro, sobre todo cuando se hizo de noche y en el pueblo encendieron las luces de las calles al tiempo que tocaban las campanas. Reconozco mi catetismo en la materia y más cuando veo que hoy han sacado a mí pueblo en portada en el New York Times.
¡¡¡Castrillo de la Reina!!! ¿Estarían por aquí los científicos de Elon Munsk? Dicen que alquiló el parador de Lerma.
En las Eras del Río había coches con tiendas de campaña, y en las de Santa Eugenia, caravanas. Las casas rodeadas de cochazos, gente desconocida por las calles. Un chóu durante dos días con un final festivalero como los que se estilan en las capitales.
Hice fotos ridículas. Mi amigo Toño, que todo lo hace bien, me manda dos imágenes que yo vi a través de las gafas y que el tiene aparatos para atraparlas. A mí me parecen buenísimas.






