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martes, 22 de marzo de 2011

Lo que va del toro a la mona

Zp, que se declara del Barça
sólo por j..., con la bufanda de la Ponfe


José Ramón Márquez

Yo creo que pocas veces ha habido tanta unanimidad. A lo mejor es que algo se está moviendo, pero el hecho es que prácticamente todo el mundo que publica su opinión va en el sentido del fiasco ganadero de Valencia y de que por ese camino vamos a la ruina.
Porque aquí no hablamos de que los toros hayan sido más o menos descastados o fuera de tipo, no hablamos de si se caen o no; hablamos de que eso que se ha visto en Valencia no son toros en sentido estricto. Son otra cosa, bóvidos semiamaestrados, o materia artística, pero no toros.

Y la ruina del toro, el animal, es la ruina de los toros, el espectáculo.

La única emoción que se ha visto en la plaza de la calle de Játiva la trajo precisamente el toro. Los toros de Adolfo Martín, con sus complicaciones, con su mansedumbre, con su casta, con sus intenciones, con su seriedad, hicieron el papel que se demanda del toro de lidia, que es crear complicaciones y dificultades a sus matadores, que para eso llevan entrenándose y cogiendo oficio desde que les salieron los dientes.

Yo no soy aficionado al balompié ni en general a los deportes salvo, al boxeo, pero por hacer un símil, lo que vemos en las plazas de toros cada día es como si el Real Madrid o el Barcelona (July, Manzanares, Ponce, Cayetano…) sólo quisiesen jugar contra la Ponferradina (Cuvillo, Juan Pedro, Garcigrande, Martelilla…), alegando que la excelsa clase de sus jugadores sólo brilla adecuadamente con equipos muy inferiores y que así es como el auténtico amante del fútbol puede degustar la calidad y el arte del equipo. El resultado de ese planteamiento sería que en seguida las gentes perderían el interés por ese espectáculo degradado, puesto que lo que las gentes demandarían sería ver a sus ídolos enfrentados a otros iguales a ellos, de similar condición, unos más duros, otros más ásperos, aunque eso fuese en detrimento del arte balompédico, de los toques y las jugadas ensayadas. Se perdería en arte y se ganaría en emoción y autenticidad.

Pues en los toros, pasa exactamente lo mismo. No se puede ir a la plaza a esperar que a un tío se le ocurra enhebrar tres series de redondos y una de naturales y a ver si clava el estoque donde sea para tundirle a orejas peludas; que además no suele pasar ni eso, porque los toros es un espectáculo completo, desde que el animal sale a la arena, se le para de capa, se le pone al caballo y se le pica, se le banderillea, se le torea de muleta, y se le mata. Y en todo eso, muy de tarde en tarde, aparece lo que algunos llaman arte, que yo lo prefiero llamar el toreo. Pero quien da el interés, la emoción y la gracia, quien crea las dificultades, quien representa el problema, quien eleva al torero y le transforma en un ser especial es el toro, que es la base esencial del espectáculo. Digo toro como contraposición a mona, que es lo que la deformada sensibilidad contemporánea nos presenta como material artístico. La diferencia entre ambos extremos se mide en bostezos.