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martes, 26 de octubre de 2010

Las cosas de Melquiades, el esquilador (VI)



"¡EL MELQUI ES UN REJOÍO! ¡CÓMO GUISA EL RECONDENAO!"


Francisco Javier Gómez Izquierdo

Como queda dicho, el 31 de diciembre de 1981 Melquiades y un servidor descargamos la impedimenta en la cantina de Salgüero de Juarros. Todo el pueblo estaba expectante y un tanto temeroso de nuestro desembarco, y cuando al poco de dar las 12 empezaron a llegar veinteañeros deseando feliz año y regalando besos a todo chichirimundi, formándose un guirigay que marcaría época, los nativos no sabían si llegaba el vicio y la perdición o la alegría que necesitaba su aburrimiento.

En verdad fue lo segundo, y lejos de mí pecar de pretencioso.
Melquíades es un gran cocinero capacitado para dar lustre al mejor Asador de Aranda, y el más ameno conversador que uno pueda echarse a la cara.

-Pedro, majo.. prueba estas alubias, a ver qué te parecen.

-Bernardo... ven a ver tu cordero... la parte del cuello la he guisado con patatas...


Cuando éramos cantineros


Se acercaban a las perolas y se maravillaban de que aquel gigante feo guisara tan bien o mejor que sus mujeres. La Aurelia, la Mari, la Candelas... le solicitaban recetas y él las pedía perejil y cebolletas. Les comprábamos los corderos que los fines de semana cenaban las cuadrillas de Burgos y a finales de enero ya nos defendían ante los cotilleos de los pueblos vecinos.

- ¡Que no, que son muy majos! ¡El Melqui es un rejoío! ¡Cómo guisa el recondenao!

En la cocina, Melquiades hacía obras de arte. El cochinillo de Cándido en Segovia tiene merecida fama, pero es imposible que haya igualado nunca los que preparó nuestro héroe. Un día, varios periodistas que iban por allí a comer setas, a aprender democracia y reírse con Melquiades, le apostaron que no sería capaz de sorprenderlos con un plato.


Cocina económica


Recuerdo que compró los lechoncillos en Vivar, el pueblo del Cid; que los mató como si fuera su oficio y al brote de la sangre se empapaba las manos y untaba a los animalitos como untan las novias a los novios en la playa. Socarró la piel. Los tuvo una noche al sereno y en el horno de la maravillosa y anciana cocina económica de la cantina los metió a temprana hora con un buen brazado de leña. (Los pisos de Burgos tenían aquellas cocinas y las echábamos carbón, pero poco a poco fueron desapareciendo, en una rendición de los sabores ante la prisa.) Cuando los jóvenes periodistas probaron "aquéllo" se quedaron sin palabras y eso que eran gente de la radio. Dos de las parejas volvieron al mediodía siguiente por ver si sobraba algo de la cena anterior. Radio Castilla de Burgos estuvo celebrando una semana el milagro gastronómico que tuvo lugar en Salgüero. Creo que no he vuelto a comer como aquel día y hace tiempo que he desistido de probar cochinillo porque me he convencido de que no busco un sabor perdido. Lo que persigo, es un mito.
La llegada de D. convirtió a la cantina en un santuario al que era de obligado cumplimiento peregrinar.



Fuente y pilón de Salgüero