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viernes, 19 de marzo de 2010

LA VERDAD DE LO DE EL CID EN VALENCIA




José Ramón Márquez


Bueno, pues me he quedado contando hasta diez mil para poder asimilar las bobadas que he leído de lo escrito por los revistosos del puchero –del puchero de barro, del de hojalata, del de acero inoxidable y del de thermomix- a cuenta de lo de El Cid en Valencia el pasado miércoles.

Hay que comprenderlos. Estaban aún ellos y la plaza bajo el shock de la tarde anterior. Nos referimos a la importante tarde de Juliancín. La tarde en que Juli trajo a Valencia una vez más la revelación de su moderna tauromaquia de vaivén, tan poco vista, frente a los perrillos acornes de Zalduendo. Gracias al cielo, los revistosos, por fin los hombres, podían traer también a sus letras un gran triunfo del eterno niño frente a Ponce y, además, tenían una foto del nene con dos orejas para ponerla junto a sus titulares de anuncios por palabras.
Hasta ahí todo iba rodando de perlas. Luego, al día siguiente, todo genial con Luque y Pinar, pero ¿a santo de qué asoma por allí el maldito Manuel Cid con su incómoda forma de torear, que tanto molesta?

Afortunadamente para ellos, como no corta un apéndice como ellos dicen, pues ya lo tenemos a huevo para liarnos a darle a El Cid más palos que a una estera, que rima con Salteras, que el mono es de goma y además mata fatal, para que se entere el listo ése.
Pero yo digo -palabra de aficionado al que esto le cuesta los cuartos- que el miércoles pasado en Valencia, digan lo que digan los que viven de esto, El Cid toreó con arreglo a un canon que aprendimos hace lustros y que consiste en que se torea de arriba hacia abajo y de afuera hacia adentro. Eso es uno de los síntomas del toreo bueno; también lo es la efectiva manera de bregar y ahormar al toro, de la que al parecer nadie se percató, y algunas otras tonterías más en las que nos fijamos algunos aficionados a los que las orejillas nos importan un bledo. Peor para nosotros.

Resulta chocante -vamos, que tiene narices- que ahora el concepto clásico de hacer las cosas -llegue o no al tendido, que me importa un pito si aquello llegó o no llegó al bendito tendido- sea precisamente lo que parece que más le molesta a muchos. Y es que El Cid estorba, de igual manera que estorbaba César Rincón, porque su forma de entender el toreo está totalmente en los antípodas de lo que todos los del puchero llevan años tratando de demostrar que es lo bueno, de esta nueva verdad mil veces repetida por ellos en la que el toreo consiste en que el toro se mueva sin cesar alrededor del muñeco, sin ton ni son, de este frívolo toreo de tontuna en el que torear es sólo llevar al toro de acá para allá, de ese mareante ir y venir de un bicho con que los gurús tratan de tupirnos las entendederas desde sus hediondos púlpitos, de ese neo-toreo impersonal, fast-food, que va inundándonos sin que nadie tenga redaños para decir que nos están tratando de vender la Whopper como si fuese el Steak Tartare del Club 31.

Yo creo que en la forma en que toreó el otro día El Cid, en su faena al cuarto -con las imperfecciones que se quieran, que hoy no estoy por discutir-, hay más verdad y más toreo del auténtico, del que vamos a tener en el noventa por ciento de las faenas que nos restan por ver en esta temporada -Luques, Pinares, Tenderos, Julianes, Cayetanos...- y, desde luego, más clasicismo del que ha puesto ninguno de ellos en el ruedo de una plaza de toros desde sus presentaciones de novilleros con caballos.

***

Se cuenta esta anécdota. En su lecho de muerte, en sus últimos momentos, el Papa Negro hace una seña a un deudo de los que le acompañan en su final. Éste se acerca al moribundo y el inmortal torero le dice con un hilo de voz:

-¡Qué malo es Pedrés!

Y expira.

Pues eso.