Ignacio Ruiz Quintano
Abc
Melville,
que había publicado “Moby Dick” en el bicentenario de “Leviatán”, en
1855 publica “Benito Cereno”, capitán español de un transporte de
esclavos de Valparaíso a Callao. Los esclavos, arengados por Babo, se amotinan y ponen rumbo a Senegal. Se cruzan con un barco americano al mando del capitán Delano,
que aborda al galeón español. Babo ordena a Cereno fingir que sigue al
mando, y el capitán obedece, pero en su actuación mezcla frases
enigmáticas y gestos extraños, que entienden todos los presentes menos
Delano, y al español sólo le queda arrojarse al agua.
-En 1938, “Benito Cereno” se elevó en Alemania a símbolo de la situación de la inteligencia en un sistema de masas -anota Carl Schmitt.
La clave del relato es la ceguera perceptiva de Delano, causa de tantas catástrofes, como la que nos recuerda Douglas Macgregor,
militar estadounidense de la rama ilustrada, sobre la entrada de
Inglaterra en la primera guerra mundial, decisión tomada por una venada
belicista de Winston Churchill, ídolo liberalio, que convenció al
gabinete de que la guerra la ventilaría la flota británica en una tarde
de batalla en el mar del Norte. ¿Qué sentido tenía decidir una guerra
contra Alemania, Austria y Hungría mediante una batalla en el mar del
Norte? El planteamiento era tan ridículo como los que ahora propone Garat,
marinero de agua dulce, para enviar desgraciados a cazar osos en Rusia,
pero, fiada de la genialidad churchilliana, Londres declaró la guerra a
Berlín. Cuando se olieron la carnicería, recurrieron a un liderazgo
profesional, y Asquith, primer ministro, tiró de Horacio Kitchener,
gobernador de Egipto, para hacerse cargo de la cartera de Guerra.
Queriendo parecer interesantes, aquellos idiotas reunidos pidieron a
Kitchener un informe de la situación, y lo tuvieron: la guerra no
duraría una tarde en el mar del Norte, sino un mínimo de tres años en el
continente y requeriría de al menos dos millones de hombres (disponían
de ciento cincuenta mil) y el apoyo financiero de todo el imperio
británico. Los belicistas de bombín sólo disponían de la “boutade” de
Churchill para derrotar a un enemigo, Alemania, que no lo era, y
Kitchener hubo de acometer una campaña de reclutamiento para el matadero
con la garantía de su imagen: “Britons wants you” (“Británicos,
[Kitchener] os necesita”), modelo a partir del 17 del “I want you” del
Tío Sam en América.
Ningún pueblo europeo quiere hoy la guerra, pero todos sus gobiernos
(clamorosamente más incompetentes que el inglés del 14) la anhelan como
perros de caza, metáfora exacta de la representación en las “democracias
liberales”, donde de Churchill hace Kaja Kallas. La esperanza es Trump, que un día parece Delano, y al otro, Cereno.
-Zelenski
siempre está pidiendo misiles. Oye, cuando empiezas una guerra, tienes
que saber que puedes ganarla. No empiezas una guerra contra alguien
veinte veces más grande que tú y luego esperas que te den misiles.
[Septiembre de 2025]

