miércoles, 9 de noviembre de 2016

Postrump



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Donald Trump (¡los 80 fueron suyos!) ha sido un “tumbleweed” (matojo rodante) en esta “The Last Picture Show” de América que deja Obama, aspirante al cuadro de Empleado del Mes de los Clinton & Soros, con sus monólogos electorales de Club de la Comedia en la Casa Blanca, poniendo al águila (“Aquila non capit muscas”) a hacer de gallina clueca y a los gansos capitolinos a gritar “¡El Arte contra Trump!”, “¡El Cine contra Trump!”, su forma de avisar que el que se mueve no sale en la foto, salvo que no la necesite, como Clint Eastwood.
El “tumbleweed” mostró a la gente que el periodismo hoy sólo es propaganda de un totalitarismo a punto de explotar como el gordo de “El sentido de la vida”: la socialdemocracia.
Se mentía con ganas, más allá de lo imaginable, mucho más allá del ridículo y del absurdo, en los periódicos, en los carteles, a pie, a caballo, en coche –decía Céline de 1914–. Todo el mundo se había puesto manos a la obra. A ver quién decía mentiras más inauditas. Pronto no quedó verdad alguna en la ciudad.
La socialdemocracia, en vez de solucionar los problemas, los niega, y la costean las clases medias, razón por la cual es tan grata a los de arriba, que pueden ejercer su caridad con los de abajo con el dinero de los del medio.

La socialdemocracia es la religión de un solo dogma: que no hay dogmas. En la iglesia, si escupías la comunión te diagnosticaban posesión diabólica y te prescribían un exorcismo (yo asistí a uno en Huelva). En la socialdemocracia, si escupes la rueda de molino de cada día te diagnostican populismo y/o conspiración y te prescriben un ostracismo, por fascista.

La socialdemocracia ya no da más de sí, pero es entrañable la identificación de nuestra cultura de la Transición con la piñata clintoniana de hipocresía y corrupción. Quevedo aconseja oír con desprecio tantos juicios apasionados, “cuyas sutilezas quieren parecer valentías del entendimiento, siendo en la verdad atrevimientos de la ignorancia”.