martes, 1 de octubre de 2019

Los niños


 El falso niño turco fumador

Don Marcelino en brazos de Luis Miguel y La Polaca

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    De un amigo de Twitter, ese “tanque del pensamiento” contemporáneo, este fogonazo de magnesio:
    
–Quizás la última esperanza de Occidente pase por casar a la niña que rompe árboles a puñetazos con el “niño” fumador.
    
Se refiere a Evnika, una rusa que a los ocho años ya derribaba árboles como si fuera Paulino Uzcudun, y al falso niño turco (es cuarentón, como Errejón) que incendió las redes fumándose en el fútbol un cigarro durante un amistoso Bursaspor-Fenerbahçe en pro de la infancia enferma. Fue el caso, aquí, en los 50, de Marcelino Cano, don Marcelino, amigo-fetiche de Luis Miguel Dominguín, que con su pantalón corto, sus medias altas y sus zapatos “Gorila” se fumaba en los toros unos puros tremendos. Un día que el torero lo llevaba en brazos por la Gran Vía, una señora bien le increpó: “¿No le da a usted vergüenza llevar al niño con ese puro?” Y don Marcelino se revolvió como un tigre: “¡Señora, que tengo 55 años y soy bibliotecario por oposición!”
    
El mundo, hoy, es una guardería (sólo hay que asomarse a los medios), y la angustia busca refugio (¡y nos reíamos!) en “las dulcedumbres edipianas” de López Ibor:
    
El Estado moderno es una gran democracia, pero esa democracia es un gran matriarcado, que odia la autoridad: la considera inhibidora, como el complejo de castración.
    
¿Es el heteropatriarcado fascista que denuncia Alberto Garzón el matriarcado neurótico que describe López Ibor? Oímos la música que en la guardería comunista toca ese Errejón con su sonajero, fenómeno con réplica cultural en Estados Unidos, donde, según los periódicos, “un matrimonio abandona a su hija adoptada y esgrime que es una enana adulta”.

    El glamour Errejón huele a “pestañí”. A “recao” del “Estao”. Es como el niño-madero que en los 80 entraba al Rock-Ola de secreta y creía que nadie se daba cuenta, pero todos tiraban la china al suelo. Una pereza. Un coñazo.
    
Mas un poder inmenso y tutelar, avisó el viejo Tocqueville, no busca sino anclarnos irrevocablemente en la infancia.