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domingo, 30 de agosto de 2020

Juanchu Letón


ABC, 24 de Enero de 2001

 

Ignacio Ruiz Quintano

 La vasca y la bovina son, según las tertulias, las dos  cuestiones que hoy quitan el sueño al Juan Español, que siempre puede ver reforzada su impresión con aquella gilipollez borgiana de que, al margen de la historia, los vascos no han hecho otra cosa que ordeñar vacas. Suponiendo que un español contemporáneo se cuestione algo, y puesto que los nombres han de ser comprendidos en función de las ideas que designan, mejor que de un Juan Español sería hablar de un Juanchu Letón.

Es curioso hacer notar que en la mayoría de los idiomas europeos «Juanito» y «Juan» son sinónimos de gente inútil o imbécil, puede leerse en uno de esos pies inverosímiles con que don Luis Astrana Marín ilustraba sus áticas traducciones de Shakespeare: «Así, los italianos dicen “Gianni”,  y de aquí “Zani”, por mentecato. En castellano tenemos el “Juan Lanas” y el “Bobo Juan”, que los franceses llamarían un “Jeanniais”. En Alemania usan del “Hans  Wurst”. En inglés, calificar a alguno de “John” o de “Jack” no es hacerle ningún  favor,  y en Francia  dicen  de un  simple: “C’est un. Jean-Jean”.»

Mejor, pues, Juanchu Letón. No sé qué relación guardará aquella observación con el hecho de que todo el  mundo vuelva la cabeza cada vez que alguien grita «¡Idiota!» en medio de la calle, pero está visto que a la gente le gusta poner caras a los nombres. Y «Juan Español» nos suena a cocido de Cervantes —el concurso—, con organillo y chotis «a izquierdas». «Juan Chuletón», a madrileño de Arniches, con botijo y mondadientes. En cambio, «Juanchu Letón», aunque nos suene a nomenclátor de Mourlane Michelena, conlleva el doble sentido de la teoría popperiana del cubo y el embudo, acaso la  más asequible de cuantas se despachan para explicar nuestro entorno intelectual. Tenemos, según eso, un embudo, que es el fundamento de nuestros sistemas de enseñanza, por el que se nos echa un saber consistente en respuestas sin preguntas cuando somos pequeños. Y cuando somos mayores tenemos un cubo, que es nuestra cabeza, con una tapa llena de agujeros a través de los cuales se infiltra la información procedente del mundo que ahora mismo, y para el español de a pie, parece reducirse únicamente a dos cuestiones, la vasca y la bovina, como si todo el universo cupiera, ¡ca, vaca!, en un  paisaje de Echevarría.

Un Juanchu Letón es, pues, un español medio elevado al cubo, esto es, a la desolación de vivir en un país donde sólo se habla de vascos, gentes que tienen la mala suerte de no encontrar problemas para sus soluciones, y de vacas, criaturas que han venido a dar la razón a los locos ingleses que sostenían que descubrir un problema no es menos admirable que descubrir una solución. (¿Cuánto hace que Moratín se admiraba de ver los carteles de las comedias puestos sobre las piernas de vaca en las  carnicerías de Londres?) El hombre, animal racional, alimenta a la vaca, animal vegetariano, con polvos de carne. «Las vacas enloquecen y caen muertas. ¡Es la  enfermedad del porvenir!», gritaba, regocijado, Arrabal, merendando en París con  Kundera. «La locura, como un doctor, dictando su ley a la destreza», hacía desear a Shakespeare el reposo de la  muerte.  Uno, menos trágico, prefiere el  reposo del cine, pero ya se anuncia la última de Vicente Aranda, que va de Juana la Loca. ¿Adónde huir?

Al principio, Io, convertida en vaca y perseguida por el tábano  de Juno, huyó a Egipto y se convirtió en Isis, que se identificó con la sabiduría. Al final, perseguida por el prión, se identifica con la locura, y parece refugiarse en España. Es natural. Después de todo, un prión sólo es una hipótesis. Yo lo concibo como un pobre microbio, y, como decían los clásicos, para un pobre microbio que quiera vivir tranquilamente el mejor país es España: «Fuera de España todo se vuelve hablar de libertad; pero si existe algún país donde un pobre microbio puede hacer lo que quiera, ese país es éste. Aquí se siente uno amparado por las leyes y las costumbres.» Pero, por cambiar de  conversación, diremos que mañana llega a Barcelona la exposición de la Colección Prinzhorn.


Luis Astrana Marín

Para un pobre microbio que quiera vivir tranquilamente el mejor país es España: «Fuera de España todo se vuelve hablar de libertad; pero si existe algún país donde un pobre microbio puede hacer lo que quiera, ese país es éste. Aquí se siente uno amparado por las leyes y las costumbres.»