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domingo, 14 de enero de 2018

El catalán que soñaba con la gran nación


 Antonio Capmany y Surís de Montpalau

Jean Juan Palette-Cazajus

«Donde no hay nación no hay patria, porque la palabra país no es más que tierra que sustenta personas y bestias a un mismo tiempo. Buen exemplo son de ello la Italia, y la Alemania en esta ocasión. Si los italianos, y los alemanes, divididos, y destrozados en tantos estados de intereses, costumbres, y gobierno diferentes, hubiesen formado un solo pueblo no hubieran sido invadidos, ni desmembrados. Son grandes regiones, descritas, y señaladas en el mapa; pero no son naciones, aunque hablen un mismo idioma. El grito general ¡Alemanes! ¡Italianos! no inflama el espíritu de ningún individuo, porque ninguno de ellos pertenece a un todo. El hombre debe regirse por los preceptos del evangelio, mas las naciones por las reglas de su conservación [...] el odio recíproco las mantiene sin temerse, ni envidiarse y cría la emulación, que es madre de grandes acciones. La nación que vive enamorada de otra, está ya medio vencida, dexando poco que hacer en una invasión a la fuerza de las armas. Acaso deben a esta fatal disposición de sus enemigos gran parte de sus rápidos triunfos los exércitos franceses.» [Puntuación y ortografía del original de 1808]

Nuestro paseo por el génesis de las naciones y de los sentimientos nacionales finalizó hace unos días con un recorrido demasiado vertiginoso por una buena decena de países. La verdad es que la caminata terminó a la pata coja. Revelar, para cada caso considerado, el sistemático contraste entre los invariantes por un lado y la contingencia histórica por otro era el primero de nuestros dos propósitos. El segundo pretendía  trazar un marco histórico comparativo que permitiera ajustar mejor la lente sobre la composición química de la tragicomedia catalana. Alcanzar un resultado digno habría necesitado más extensión y mayor exhaustividad. Pero mi intuición torera me susurraba al oído que el largo recorrido  nos venía apartando del mapa de las urgencias. Tocaba lanzarse a bregar con los profusos anales del catalanismo político. Se me antojan tremendamente útiles y reveladores, en este contexto, unos lances de recibo dedicados a la personalidad de un catalán sui generis, particularmente contradictorio,  paradójico y crucial, Antonio Capmany y Surís de Montpalau (Barcelona, 1742 – Cádiz, 1813),  el autor de nuestra  cita inicial. Las palabras pertenecen al vibrante panfleto titulado “Centinela contra franceses” que nuestro hombre publicó en 1808. Texto patriótico, atropellado, a veces desordenado, rebosante de indignación ante la brutal invasión napoleónica. Pero texto salpicado de luminosas y actualísimas intuiciones sobre la idea de nación, particularmente referidas a los modelos francés y español.

 
 Centinela contra franceses

“Centinela contra franceses” es un texto de circunstancia. Militar en su juventud, historiador, filólogo, economista el resto de su vida, Antonio Capmany es el autor de una obra densa, variopinta y erudita muy propia de aquellos tiempos  enciclopédicos. Era hombre desconcertante, contradictorio, claro representante de la Ilustración y a la vez tradicionalista punto menos que furibundo en ocasiones. Los aficionados a los toros lo conocemos por su “Apología de las fiestas públicas de toros”, texto muy breve cuyo título desconcierta entre tanto Ilustrado de entonces, mayormente enemigo de la tauromaquia. Un inciso taurino puede parecer aquí extemporáneo. Veremos que no es así. La “Apología” fue una publicación póstuma de 1815. Pero se escribió y posiblemente se dio a conocer con anterioridad ya que a la vuelta de un párrafo de su panfleto en el que enumera maneras posibles de estimular el patriotismo alicaído, Capmany nos cuenta que: «Podrían igualmente contribuir a mantener este espíritu nacional las corridas de toros, que en las actuales circunstancias me alegrara yo que no se hallasen abolidas. Y como he mirado siempre esta diversión pública, como nacida y criada en España, solo exercida por españoles e inimitable en reynos extraños, había escrito en otro tiempo una apología de ella contra los españoles de nuevo cuño, entes nulos hoy para la patria; prefiriendo yo esta que llaman fiereza española, que nos puede hacer temibles, a la molicie y frivolidad filosófica del día, que nos ha hecho despreciables a los ojos de los mismos que nos la han inoculado». Esto es los gabachos. En cuanto a los “españoles de nuevo cuño, entes nulos hoy para la patria”, los tiros apuntan a los odiados afrancesados, diana predilecta, con Godoy, de las iras de Capmany. Aquella “insensata currutaquería” como también los llama en otro lugar.


 Monsieur Ducel, veterano mameluco. Daguerrotipo 1864

Con esta cita, tumbamos dos miuras de una estocada. Intuimos el argumento principal de la taurofilia del catalán: salvaguardar “la fiereza española”. Hoy, los antitaurinos enarbolan el argumento inverso: ellos quieren acabar, dicen, con la “fiereza española”. Pero tal “racialismo” primigenio es también el hilo conductor del entero panfleto: todo es positivo en la naturalidad, la religiosidad, la autenticidad, el visceral sentido del honor, la propia y “santa ignorancia” de España. Todo es falsedad, engaño y molicie en la artificialidad de la cultura y civilización francesa: «Con esta guerra nos libraremos de la molestia y asco de dar oídos a la fastidiosa turba de sabihondos, ideólogos, filósofos, humanistas y politécnicos, todo en una pieza, que […] nos iban introduciendo escuelas “centrales, normales, elementales, institutos, y establecimientos de beneficencia”, por no nombrar a estilo español y christiano, fundaciones o casas de caridad o de piedad, o de misericordia.  Todo para formar el espíritu y el corazón a la francesa moderna». Se le agradece con el alma a Campmany su taurofilia, pero cuesta acudir hoy a una tertulia mediática con argumentos de la siguiente laya: «¿Por ventura se obliga a los concurrentes a que miren un caballo despanzurrado? ¿No es dueño el que se estomague de volver la vista a cien objetos agradables que ofrece la plaza, o de levantar los ojos al cielo, o de estarse mirando las uñas?» De la susodicha “Apología” para mí se salva una frase: “El público no va a verle morir [al diestro] sino a ver como no muere”. Habréis reparado en que el autor nos recuerda de paso que las corridas de toros estaban abolidas en el momento en que escribe. Se trataba de la prohibición  dictada por Carlos IV en 1805, por instigación de Godoy.  Pero Felipe V lo había intentado en 1704, Fernando VI en 1754, Carlos III en 1778, 1785 y 1786. Antes de 1805, Carlos IV ya había firmado una prohibición en 1790. La zozobra y la incertidumbre existencial definen el espectáculo desde su fase embrionaria.
 

 Caricatura de José Bonaparte

Por todas las razones anteriores, el sector obtuso del catalanismo consideró durante largo tiempo Antonio de Capmany como el prototipo del “botifler” reaccionario. El personaje es bastante más complejo. En 2015, el historiador barcelonés Roberto Fernández ganó el Premio Nacional de Historia con una obra titulada “Cataluña y el absolutismo borbónico” cuyo primer capítulo dedicado a la obra de Capmany muestra su papel, sin duda esencial, en el orto histórico del catalanismo moderado y “pactista”. Antonio Capmany procedía de una vieja familia gerundense claramente alineada con los austracistas durante la Guerra de Sucesión. Él nos lo cuenta, también en “Centinela…”: «En la guerra de sucesión que afligió la España […] Estaba la nación dividida en dos partidos, como eran dos los rivales; pero ninguno de ellos era infiel a la nación, en general, ni enemigo de la patria. Se llamaban unos a otros rebeldes y traidores, sin serlo en realidad ninguno, pues todos eran y querían ser españoles, así los que aclamaban a Carlos de Austria como a Felipe de Borbón. Era un pleyto de familia entre dos nobilísimos Príncipes, muy dignos cada uno de ocupar el trono de las Españas». La vida de Capmany fue complicada, azarosa, dependió de los favores de la Corte para sobrevivir en cargos que le robaban el tiempo de la reflexión y de la escritura. Era sincero cuando se preguntaba « ¿Qué era, en fin, la España toda antes que entrase a ocupar el trono la Augusta casa de Borbón? Un cuerpo cadavérico, sin espíritu ni alma para sentir su misma debilidad». Y también lo era cuando la nostalgia austracista lo lleva a evocar: «…el año 1714, en que las armas de Felipe V, más poderosas que las leyes, hicieron callar todas las instituciones libres en Cataluña y Barcelona recibió un ayuntamiento bajo la planta aristocrática de las demás ciudades de Castilla».

Para entender la catalanidad de Capmany entresacaremos dos obras significativas: El “Discurso económico-político en de­fensa del trabajo mecánico de los menestrales…etc.”, de 1778, y “Práctica y estilo de celebrar Cortes en el Reino de Aragón, Principado de Cataluña y Reino de Valencia…etc.”, obra solamente publicada en 1821 pero escrita en 1809, en Cádiz, por encargo de Jovellanos y otros miembros de la Junta Central. En la primera se recoge el eco de la polémica que opuso Capmany a Campomanes. El ministro ilustrado de Carlos III quería suprimir los gremios en aras de la racionalización abstracta de la economía. Campmany contesta desde la perspectiva de una racionalidad empírica y gradualista reacia a los cambios traumáticos para el cuerpo social. Defiende la laboriosidad, el amor por el trabajo bien hecho y el sentimiento del honor profesional de los menestrales catalanes que, hasta 1714, tenían voz política en el “Consell de Cent”. Considera un error amenazar la existencia concreta de un tejido productivo tradicional y eficaz. Esta obsesión por maridar la Ilustración europea con las tradiciones españolas definirá la vida y las posturas del estudioso catalán. Concretamente es el primer valedor moderno de la laboriosidad catalana cuya exaltación posterior será uno de los sagrados versículos de la biblia catalanista. Capmany muestra como el impulso económico insuflado a la sociedad por el despotismo ilustrado borbónico, sobre todo durante el reinado de Carlos III, resultó particularmente beneficioso para el enriquecimiento de Cataluña, al ser asumido y  compartido por una clase de menestrales preexistente, dispuesta y competente. Esto es lo que ha venido corroborando la actual historiografía. Auge económico netamente menos perceptible en Castilla, por la dificultad, considera Capmany, de romper con un secular desprecio por el trabajo manual considerado como deshonroso.


Las Cortes de Cádiz

En cuanto a la recopilación encargada a Capmany por un Jovellanos desconocedor de las instituciones tradicionales de la Corona de Aragón, textos como el que sigue dejaron su poso en quienes redactaron los artículos de “La Pepa” de 1812: «En las provincias de la Corona de Aragón también se elegían los Síndicos o los Procuradores entre los individuos de sus Consejos, pero en esto las plazas no eran perpetuas, vitalicias, ni hereditarias, ni de la clase aristocrática, como sucedía en la de Castilla, sino anuales y electivas por sorteo de la matrícula misma municipal que se componía sólo de ciudadanos y del estamento popular con exclusión de los nobles y caballeros, cuya clase ya representaba por sí en las Cortes». El “espanyolismo” de Capmany es espontaneo, natural, incuestionable. Pero su prosapia austracista y catalana, lo llevaba a considerar la invasión napoleónica como el remate letal de la imposición borbónica y se le escapa esta terrible confidencia: «Así podemos añadir ahora que la Francia nos despojó a principios del siglo pasado de los restos de nuestra antigua libertad y a principios del presente la misma Francia nos viene a imponer las cadenas de la esclavitud, para que hasta la memoria perdamos de lo que fuimos».

Y ahora vuelvan a la cita inicial, reparen en las palabras clave y empalmen su lectura con el párrafo siguiente:
 
Los departamentos catalanes durante la francesada
 
«Debíamos temer que el plan de despotismo que va extendiendo el astuto Bonaparte por la Europa […], vendría a planificarlo en España. A esto llama él regenerar, es decir, civilizar a su manera las naciones, hasta que pierdan su antiguo carácter y la memoria de su libertad. Igualarlo todo, uniformarlo, simplificarlo, organizarlo, son palabras muy lisonjeras para los teóricos, y aún más para los tiranos. Cuando todo está raso y sólido, y todas las partes se confunden en una masa homogénea, es más expedito el gobierno, porque es más expedita la obediencia. [...] ¡Qué descansadamente gobierna el déspota entonces! [...] En la Francia organizada, que quiere decir aherrojada, no hay más que una ley, un pastor y un rebaño, destinado por constitución al matadero. [...] En Francia, pues, no hay provincias, ni naciones; no hay Provenza, ni provenzales, Normandía, ni normandos,  se borraron del mapa sus territorios, y hasta sus nombres. Como ovejas, que no tienen nombre individual, sino la marca común del dueño, les tiene señalados unos terrenos acotados, ya por riberas, ya por ríos, ya por sierra, con el nombre de departamentos, como si dijéramos dehesas, y estos divididos en distritos, como si dijéramos majadas. Allí no hay patria señalada para los franceses, porque ni tiene nombre la tierra que les vio nacer, ni la del padre que los engendró, ni la de la madre que los parió: los montes y los ríos les dan la denominación como a las plantas y frutos de la tierra. Nacen y se crían en el campo, y mueren en el campo de batalla. Todos se llaman franceses, al montón, como quien dice carneros [...] Esta unidad e indivisibilidad, que convino entonces al mando despótico del Directorio, ha convenido después al más despótico de Bonaparte. [...] ¿Qué sería ya de los españoles, si no hubiera  habido aragoneses, valencianos, murcianos, andaluces, asturianos, gallegos, extremeños, catalanes, castellanos, etc...? Cada uno de estos nombres inflama y envanece, y de estas pequeñas naciones se compone la masa de la gran Nación, que no conocía nuestro sabio conquistador, a pesar de tener sobre el bufete abierto el mapa de España a todas horas».


 Unité, Indivisibilité

Capmany terminó siendo una figura eminente de las Cortes de Cádiz donde  nuestro supuesto “reaccionario” votó a favor de la libertad de imprenta y de la abolición de la Inquisición, siendo, en este último caso, el único diputado catalán en hacerlo. Anteriormente ya había luchado contra la neonata República Francesa en la Guerra del Rosellón, entre 1793y 1795. Al día siguiente de la entrada de Napoleón en Madrid, el 4 de diciembre de 1808, “huyendo a pie con solo la ropa que traía encima”, salía para Sevilla a la que llegaría el 1 de enero de 1809. Pero su conocimiento de la cultura francesa era profundo. En 1776 había publicado un “Arte de traducir el idioma francés al castellano”. El acaloramiento patriota emborrona en parte su enunciación de la fundamental diferencia entre el modelo unitario de la nación francesa posrevolucionaria y lo que Capmany entiende como modelo español, claramente el de “nación de naciones”. Muy informado de la realidad política francesa, sabe del recurso a las particularidades  geográficas para bautizar los “departamentos” en la nueva división territorial. Modelo que el invasor trató de aplicar a España. Así llamó  “Manzanares” al “departamento” de Madrid, “Ojos del Guadiana” al de Ciudad Real y así sucesivamente. Con cierta dosis de mala fe, el panfleto afirma que semejantes denominaciones atestiguan la transformación de Francia en una gran finca agropecuaria cuyo inmenso rebaño, “igualado, uniformado, simplificado y organizado” vive sometido al ogro corso. La metáfora campera anticipa aquí el universo totalitario. De alguna manera su discurso recuerda al de Edmund Burke en sus “Reflexiones sobre la Revolución en Francia” (1790). Discurso a la vez premoderno y posmoderno: ambos ven y deploran la disolución de ciertos lazos comunitarios. Ninguno de los dos intuye o acepta que esta era la condición para que desapareciera la arbitrariedad estamental. Para ello habrá que esperar al Señor Alexis de Tocqueville (1805-1859).

Provincias, pequeñas naciones, Gran Nación, patria, país, unidad, indivisibilidad. La urgencia y el furor no ayudan a aclarar tantos conceptos. No sé hasta qué punto es consciente Capmany de que los utiliza de manera “flotante” a veces en sentido español tradicional, otras en sentido francés moderno. De alguna manera su mente va metabolizando inconscientemente las dos concepciones.  Nos asombra la proximidad de las formulaciones con la realidad de las zozobras actuales. Los pasados 210 años, desde la publicación de “Centinela contra franceses”, fueron los de la historia moderna de la nación. Hoy, a primera vista, parece que la “unidad e indivisibilidad” sigue fabricando “franceses al montón”. En cambio no todas las “pequeñas naciones” parecen dispuestas a arrimar el hombro para la erección del “castell” de la Gran Nación”. Si acercamos la lente de aumento, veremos, como siempre, que las cosas son más ambiguas. Me sorprendió gratamente que Antonio Capmany de Montpalau intuyera, dos siglos antes que yo, que solo una apretada confrontación de las modernidades española y francesa permitiría…¿qué, por cierto?...¿penetrar el secreto de la nación?  Pues no. Más bien autopsiarla, entender que como tantas cosas, habrá sido una fugaz ilusión europea.
 
Erigiendo la gran nación