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domingo, 4 de abril de 2021

Con el tullido a cuestas

 

Abc, 2 de Enero de 2002

 

Ignacio Ruiz Quintano

Escamado anda uno —pero, ¿dónde habrá metido esta mujer mi cartilla militar?— con el movimiento patriótico que se nos ha venido encima, y no lo digo por “El espíritu de América”, un  “trhiller” de tres minutos en el que Hollywood, con su afán por alentar el patriotismo de los estadounidenses, ha condensado la historia del imperio dispersa en cien películas, abriendo y cerrando el trepidante castillo de fuegos espirituales con un fogonazo de “Centauros del desierto”. Para eso tienen los americanos el cine.

Como el cine es el libro de los que no leen libros, si los americanos tienen el cine, nosotros tenemos los libros. Aznar, por lo visto, no se separa de su Habermas, al modo en que Federico Guillermo no se separaba de su Hegel. ¿Y qué va a hacer, el hombre? Nuestro cine patriótico no da para un  “trhriller”, y lo más parecido a  “Centauros del desierto” que podemos encontrar es  “Raza”. Total, que Habermas, pues todos convendremos en que Habermas tiene un no sé qué que sólo lo tiene Habermas.

Personalmente, si se trata de escoger lo que se llama  “patriotismo constitucional”, me quedo con el de la  “Oración fúnebre” de Pericles, sólo que a Pericles se le entiende todo. A Habermas no se le entiende nada, pero si se puede fingir un orgasmo, ¿cómo no va  a poder fingirse una lectura de Habermas? Frente a la “oposicionidad” —palabra de los muñecos del guiñol— de Zapatero, la “Moralidad y eticidad” de Habermas, que es decir de Aznar.

¡Ah, la interesable correspondencia de la vida humana! “El ciego lleva a cuestas al tullido: / dígola maña, y caridad la niego; / pues en ojos los pies le paga al ciego / el cojo, sólo para sí impedido.” El patriotismo constitucional según Quevedo. “El mundo en estos dos está entendido, / si a discurrir en sus astucias llego: / pues yo te asisto a ti por tu talego; / tú, en lo que sé, cobrar de mí has querido.” En Quevedo, como en Inglaterra, lo constitucional —“Igo for my constitutional”— pasa a ser sinónimo de lo peripatético.  “Si tú me das los pies, te doy los ojos: / todo este mundo es trueco interesado, / y despojos se cambian por despojos.” El soneto, que no puede ser más “cortito”, como los piden en las Redacciones, concluye: “Ciegos, con todos hablo escarmentado: / pues unos somos ciegos y otros cojos, / ande el pie con el ojo remendado.” El lema del primer movimiento patriótico que recuerdan los historiadores era  “De nuevo al antiguo estadopaterno”, de donde deriva la palabra “patriota”. Surgió en Grecia y uno de sus jefes más principales fue Tucídides, decidido a detener la evolución social y a luchar contra el imperialismo universalista de la democracia ateniense. Fue, también, el movimiento más corrupto. Lástima que los libros de Popper sean tan gordos, porque en ellos viene todo esto mejor explicado —o mejor escrito— que en los de Habermas. Desde luego, no se ve que a los chavales les hierva la sangre al leer en los periódicos lo del  “patriotismo constitucional” o que corran a alistarse al oír el nombre de Habermas. Hoy, los chavales, como la mayor parte de la humanidad, sencillamente no se estremecen ante un Concepto Superior.

En lo que hace al pensamiento político, los chavales ven  lo mismo que Quevedo, es decir, al ciego, que son los pensadores del gobierno, llevando a cuestas al tullido, que son los pensadores de la oposición. Y en la oposición, ¿qué es lo que hay? Me alegro de hacer esta pregunta, porque, tal cual, ya se la hacían los filósofos presocráticos, y miren a dónde hemos llegado.

En la política, cuando no había cuota femenina, los hombres de la oposición sólo hablaban de mujeres, delante de las cuales, en cambio, sólo se atreven a hablar de política, y así es cómo han dado con un concepto, “patriotismo de la pluralidad”, que es una forma de bailar, al estilo de los osos, sobre la plancha caliente de la diversidad. Pero, si dos o más sociedades diversas viven en un mismo territorio, ¿cómo saber cuál de ellas es la mejor?

 

Habermas
 

Como el cine es el libro de los que no leen libros, si los americanos tienen el cine, nosotros tenemos los libros. Aznar, por lo visto, no se separa de su Habermas, al modo en que Federico Guillermo no se separaba de su Hegel