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domingo, 21 de marzo de 2021

Expediente 666

 

Abc, 19 de Diciembre de 2001

 

Ignacio Ruiz Quintano


Dicen que la jefa de Recursos Humanos de TVE ha abierto un expediente informativo a dos técnicos de telediario entre cuyos dedos se deslizó no se sabe bien si el puño de Aznar en la noticia de «Sin noticias de Dios» o si la noticia de «Sin noticias de Dios» en el puño de Aznar. El caso es que en pantalla todo el mundo pudo ver a Aznar tras del rótulo «De ángeles y diablos», aunque la prensa sensible, con un sentido de la trascendencia más elevado, interpreta que, en realidad, Aznar apareció en el telediario como «ángel o demonio». Estamos, pues, ante lo que un Jiménez del Oso o un padre Pilón llamarían Expediente 666.

En las palabras preliminares de «Las gafas del diablo», Wenceslao Fernández Flórez habla del cuento del diablo que presta a un hombre candoroso unas gafas que tienen la extraña facultad de hacer ver a las personas y las cosas, no como aparecen, sino como son: la amada desleal, el amigo ingrato, el veraz mentiroso... El diablo que le había facilitado esas gafas era, sin duda, un espíritu trascendental, y el hombre, aburrido, las rompe. Huyendo de las del típico diablo castellano, siempre hosco, aparatoso y ceñudo, Fernández Flórez toma prestadas para sus relatos las gafas de un diablo gallego, jovial, bonachón y receloso, de los que ayudan al zorro a entrar en  un gallinero, y nos invita a mirar al través de ellas las cosas habituales y menudas, como, por ejemplo, los rótulos de los telediarios.

Cuando los rótulos de los telediarios consiguen captar nuestra atención, la verdad es que lo hacen por su ortografía extravagante, pero esta extravagancia nunca ha provocado, que uno sepa, aperturas de expedientes. Si ahora se ha abierto uno, los motivos habrá que rastrearlos en la cultura crítica de la jefa de Recursos Humanos, que es la abridora del expediente, pero no en la de los espectadores, que pasan de ella —de la cultura crítica, no de la jefa de Recursos Humanos—, al margen de que, por una vez, y en un rótulo tan complejo como «De ángeles y diablos», los ángeles salieran con su acento y los diablos con su «b».

Se supone que el hecho de que tras del rótulo apareciera Aznar con su puño así, como mostrando un conejo que tuviera pillado por las orejas, es lo que ha llevado a la jefa de Recursos Humanos a concluir que la conducta de los técnicos rotuladores es de «naturaleza grave», con arreglo, por supuesto, a un reglamento sobre la repercusión de la negligencia en los asuntos laborales. ¡Ah, el torzal del bíblico humo, ascendiendo retortijado por el aire madrileño! Pero ¿no iba a ser salomónica la columna que sostendría ese edículo ejemplar y liberal que debía representar el Pirulí?

Aunque la historia demuestra que los conspiradores raramente llegan a consumar sus conspiraciones, la teoría conspirativa para explicar las cosas siempre ha tenido muchos adeptos. En su día, las conspiraciones de los dioses homéricos  sirvieron para explicar la guerra de Troya. En su versión laica, que es la que se lleva hoy, esa teoría, tal como la enunció —y denunció— el apóstol de la sociedad abierta, sostiene que todos los resultados, aun aquellos que a primera vista no parecen obedecer a la intención de nadie, son el resultado voluntario de los actos de gente interesada en producirlos.

Puesto que nada convence tanto como una buena hipótesis, ni que decir tiene que la teoría conspirativa hace furor a derecha y a izquierda, razón por la cual las dos se sitúan en el centro, que es no un no ser, no nada, sino una voluntad de no ser, una voluntad de la nada. Algo así como el demonio agustiniano a través de las gafas bergaminianas: «Porque no quiso dejar de ser, sino ser lo que no es, lo que no era, quiso, o quiere, ser nada, queriendo ser todo, queriendo no ser. Todo lo contrario que Dios.»

Bien. Si era esto lo que los «conspiradores» del Expediente 666 nos querían decir, ¿por qué no fueron al grano? Con poner por rótulo el título de la película, «Sin noticias de Dios», nos habríamos ahorrado el lío.

 

 

 El centro, que es no un no ser, no nada, sino una voluntad de no ser, una voluntad de la nada. Algo así como el demonio agustiniano a través de las gafas bergaminianas: «Porque no quiso dejar de ser, sino ser lo que no es, lo que no era, quiso, o quiere, ser nada, queriendo ser todo, queriendo no ser. Todo lo contrario que Dios.»