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sábado, 13 de marzo de 2021

En la muerte de Lou Ottens

 


BENEFACTOR DE LA HUMANIDAD

 

Hughes

Abc

 
De la técnica siempre se habla con sospecha. Tiene un revés peligroso, como si cada adelanto técnico o científico pudiera servir lo mismo para el bien que para el mal. De algunos, pocos, sin embargo, no cabe decir nada malo. ¿Quién puede ponerle un pero a los cassettes, las viejas cintas?

La influencia en nuestra vida de Lou Ottens, creador del cassette, es inmensa, y su muerte nos da la oportunidad de recordarlo.


Quizás la música cambió con los transistores. Cuando de la vieja radio central y familiar se independizó el pequeño transistor o el plato de discos que los jóvenes podían meter en su habitación. De ahí quizás surgiera el pop, la música estrictamente juvenil. Los vinilos eran la tecnología de la música, y los cassette funcionaban como los libros de bolsillo. Eran lo mismo en pequeño, portátiles, más baratos, perfectos para el pequeño radiocassette del niño. Si la manipulación de los discos dio lugar el scratcheo, ese sonido roto, las cintas nos convirtieron a todos en antólogos musicales. Componer la cinta idónea era una declaración de gusto, y tantas veces una declaración de amor o amistad.
 

Con los cassettes íbamos detrás de las canciones y los sonidos como un entomólogo con el cazamariposas. No se podía crear, pero sí mezclar, reunir, registrar… Se grababa de la voz, se grababa la radio (horas y horas de escucha atenta buscando canciones) y se grababa incluso de otra cinta, con la mítica doble pletina que ya nos convertía en ingenieros de sonido. Era importantísima:


-Me han regalado un radiocasette…
 

-¿Pero con doble pletina?

Comprar cintas estaba muy bien, pero aun mejor componerlas. En la forma de escribir en el dorso se reflejaba la personalidad. ¡Qué imperecedera envidia nos causaba el que sabía crear adornos y buenas grafías! Lo mejor era la sobriedad, indicar el orden de la canción, el nombre, el autor, pero también eso había que saber hacerlo… Los cuadernillos Rubio fueron la preparación para ese torneo de ortografía de las cintas… La música era un boca a boca, un mano a mano de cintas que rulaban…

Era algo generoso. La cinta estaba para pasarse o copiarse y los cassettes mismos eran tan buena cosa que debían salir de casa. Ahí surge el walkman, invento importantísimo que preludia el ensimismamiento tecnológio posterior, y que ya nos permitía ir por la calle como el de The Verve en Bitter Sweet Simphony, vivir en la calle nuestro videoclip, vivir en la música, caminar con ella, sentir por dentro esa euforia mientras subíamos al autobús. El walkman era una forma individual, y los tocadiscos eran otra colectiva. La moda de entonces, ya fueran raperos o heavies, de sacar el “loro” a la calle, con los amigos, alrededor del “litro”.
 

El vinilo era el objeto del dj, del pinchadiscos profesional y virtuoso, pero el cassette era como una sesión de uno en uno y algo hecho para salir: el walkman, el loro comunal y… el coche. El radiocasette del coche. Aquí se produjo un maridaje fundamental: el coche y la cinta. La cinta en el horno del coche, que nos daba luz, aire frío o caliente, fuego para el pitillo y las canciones favoritas. Poner tu música en tu coche tuvo que ser una sensación de poder asociado a la libertad enorme. Por eso, de esa técnica no cabe decir nada malo. ¿Qué malo podía haber? Esos radiocasettes se retiraban del coche al salir. “Coge el radiocassette y la documentación”. Era una estampa habitual en la España de los 80: el conductor saliendo con el aparato debajo del brazo. ¿Cuántos llegaron a robar? La guantera se convirtió en un espacio musical de segundo grado, bolso del conductor, lugar de tantas cintas olvidadas… Aun habrá cintas sueltas como hay pesetas.

La cinta fue importante a muchos niveles. Alguien podría, quizás, señalar su influencia en el humor español: ¿qué sería de nuestro gracejo y de nuestro acervo de chistes sin las cintas de humoristas de la gasolinera? El estante de las cintas en la gasolinera era un monumento nacional. La combinación de rumbas, coplas, chistes… En cada bar o estación de servicio había una esquinita para el show business, con artistas de fama anónima que hacían su arte para ese escenario nómada. Las cintas eran las castañuelas de ese folclore. Eran una tecnología de lo transportable, pero aún personal, individual, y corpóreo. Algo pequeño, pero no inmaterial. Con medida, con peso. Cajitas de canciones para regalar.