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domingo, 7 de marzo de 2021

El doctor Esquerdo

 

Abc, 5 de Diciembre de 2001


Ignacio Ruiz Quintano

Nuestra mejor aportación al acervo constitucional está en aquel artículo gaditano según el cual el amor a la Patria es una de las principales obligaciones de todos los españoles y, asimismo, «el ser justos y benéficos». ¿Puede concebirse hoy un impuesto más justo y más benéfico que el que grava la gasolina para costear la sanidad?

Ya sabemos que España es liberal y que el impuesto es obligatorio, pero mi ensayista me ha explicado que lo peor que puede pasarle a cualquier liberal que acepte la coerción por considerarla un precio barato a pagar por las ventajas que recibe de ella es sufrir de «falsa conciencia». ¿Y qué? Vista por Jasay, la falsa conciencia tampoco es una cosa tan mala: ayuda al pueblo a adaptar sus preferencias a lo que requiere su tranquilidad de ánimo y lo prepara para apoyar a un Estado adversario. Con ella, todo es ganancia: el Estado adversario gana una ciudadanía benéfica, pero la ciudadanía benéfica gana una tranquilidad de ánimo. ¿O es que usted no se va de puente más tranquilo, sabiendo que por cada litro de gasolina que queme estará ayudando a sacar a una María del ambulatorio?

En España se llama ambulatorio al sitio donde un médico despacha por narices las recetas que las Marías piensan que les hace falta (Costus): pastillas, supositorios, inyecciones, jarabes, gotas y otros placebos. Nada más normal, pues, que Villalobos sea la superlativa de nuestra «sanidad quiritaria», expresión empleada por Ortega para persuadimos de la suerte que tuvimos los españoles de ser conquistados por Escipión, que era todavía y plenamente el romano normal —«el superlativo de la sanidad quiritaria»—, ya que, después de él, Roma apenas si produjo otra cosa que monstruos.

 


Costus


Lo novedoso de gravar la gasolina para costear la sanidad es que, al contrario de lo que ocurre con otras socaliñas, ésta no se fundamenta en la típica resignación española con que los ciudadanos tímidos se dejan dar cada dos por tres un sablazo. De hecho, es el impuesto que justifica a un Gobierno, y con la misma excelencia que el terceto justifica a Dante o la «Oración fúnebre» a Pericles. Y tiene dos  fundamentos: científico e histórico. El fundamento científico está comprendido no en el decreto del Gobierno, sino en el enunciado de Arquímedes: si decimos que todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje vertical hacia arriba igual al peso del fluido desalojado, también podremos decir que todo contribuyente sumergido en una gasolinera puede sufrir una sisa hacia arriba igual al cargo de conciencia desalojado. (Este enunciado, por cierto, debe de ser la única explicación lógica del extraño fenómeno por el cual, siendo Madrid donde se excavan todos los túneles, es Barcelona por donde se fugan todos los presos.) En cuanto al fundamento antropológico del impuesto, nadie que haya leído a los Costus dudará de la naturaleza adictiva de nuestra «sanidad quiritaria» ni, por supuesto, nadie que haya leído a Ortega dudará de la antigüedad de esa naturaleza, y ahí está lo de los Escipiones.

Veintiún siglos separan a las modernas Marías de los antiguos Escipiones, que, de creer a los historiadores, eran bien desinteresados y generosos. «Tal generosidad —dice Polibio— merece admiración en todas partes, pero más en Roma, donde nadie entrega de buen  grado lo que es suyo.» Así que la admiración que en Roma merecieron los Escipiones merecen en Madrid esas Marías benéficas que de tan buen grado permiten a sus cónyuges entregar cuatro o cinco pesetas de más por cada litro de gasolina, con tal de costear todas esas enfermedades cuyos nombres ni siquiera pueden pronunciar y que son sus favoritas.
 

Periodísticamente, lo justo sería apurar estos razonamientos hasta las últimas consecuencias, pero, personalmente, lo benéfico es negarse a alcanzarlas, ya que de pronto se viene a la cabeza él brindis con que un loco, levantando su copa, sorprendió a varios periodistas que en la época de Camba visitaron un célebre manicomio madrileño: «Brindo por mis compañeros de reclusión, brindo por los representantes de la prensa reunidos en esta sala y, sobre todo, brindo por el doctor Esquerdo, gracias a cuyos cuidados no tardaremos en recobrar la razón, que tanta falta nos hace.»




Doctor Esquerdo

Nuestra «sanidad quiritaria», expresión empleada por Ortega para persuadimos de la suerte que tuvimos los españoles de ser conquistados por Escipión, que era todavía y plenamente el romano normal —«el superlativo de la sanidad quiritaria»—, ya que, después de él, Roma apenas si produjo otra cosa que monstruos