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sábado, 22 de julio de 2017

El trap




Hughes
Abc

Ayer, una cadena de indeseables acontecimientos hizo que saliera de casa. En lugar de estar leyendo artículos sobre la postverdad en internet hice “acto de presencia” (qué maravilla de expresión: acto de presencia) en una discoteca. La discoteca estaba dividida en subespacios o ambientes. Podías sentirte impropio en todos. Primero estuve en uno normal, ecléctico, entre Despacito y Wonderwall. El paso de las horas hizo que mi presencia allí fuera grotesca (ficus monorrítimico), así que decidí moverme. En el piso de abajo había dos salas que eran dos épocas. Una de música discotequera antigua, “máquina”. Había media entrada, muchos de esos muchachos llamados “canis”, antiguos bakalas. Las chicas bailaban haciendo un “pimpam” imaginario. Como si filetearan pechugitas de pollo sin parar. Eran gestos ostensiblemente antiguos, casi paródicos. Era una máquina del tiempo. La “mákina” se había convertido en remember. No es que apareciera la nostalgia en forma de emoción, la emoción allí era imposible, pero todo era conocido. Esa música son mis Pekeniques. Mi Fórmula V. Nunca vimos la música de la Ruta por su importancia tecnológica. Nos enseñó algo robótico. Una despersonalización por la tecnología. Como una preparación de lo que vendría después. Con el tiempo veo a esos bakaletas de entonces como pioneros de algo. Pero todo se lo ha llevado la Movidita de los pijos ripiosos y el madrileñismo cómo-molo.
 
El espacio, que en otro tiempo me hubiera parecido hostil y muy químico, “sustancioso”, se transformó en ternura para mí por comparación con la otra sala, muy distinta de música y público.
El aforo en la otra era extranjero y muy rico en razas. Más dinero. Más droga en los ojos quizás. Los Erasmus y turistas habían merecido la organización de una discoteca internacional. Gran ambiente europeísta. Estaba lleno, y en los altillos, hombres con aspecto iraní miraban como proxenetas a las bailarinas. Miraban como presos eligiendo pimpollito en las películas de cárceles. No había “mákina”, lo predominante era el hip hop, unos ritmos que consiguieron el entendimiento universal: rimas en árabe muy celebradas (de inspiración francesa), las clásicas americanas y el tradicional perreo latinoamericano. Fue aquí cuando lo vi claro. El ambiente era anglosajón, internacional, pero algo propio, cercano, se imponía. Porque lo que generó la histeria completa fue el trap. Perdido catetamente en el océano del hip hop internacional, sólo el trap me rescató. Cuando el dj hizo remezclas de Pure Gang el público enloqueció. Las muchachas restregaron sus pelvis contra todo. Parecían novicias namibias. Eran más “bitches”, querían ser más bitches todavía. Eran la personificación de ese personaje poético que es la “yung bitch”. Los anglosajones mascaban el tema con ganas, pero con dificultad. De un modo acartonado. Algo se les escapaba. El “bitches” sonaba español. Los árabes apreciaban el ritmillo meridional y el subtexto polígamo. Esa música es mucho más importante que Los Planetas en su tiempo. Más importante incluso que Taburete. El Trap mezcla hip hop con un “animus” caló, una proyección claramente quinqui, pero lo mejor es que su influencia latinoamericana lo hace “perreable”. Es gangsta latinorro caló. Una mezcla de sonidos que en su marginalidad resultan universales. La energía no sigue la habitual verticalidad del rapero-metralleta. El sonido es internamente latino, y esto genera una energía distinta. Se baila hacia abajo, hacia la tierra.
 
El machismo del reguetón paradójicamente incluye a las mujeres. Ellas son poderosas. Retan, conocen su importancia definitiva. Tina Turner, autora del protoperreo, primera apuntadora del movimiento, parecería Julie Andrews (Tina Turner… ¡pero qué antiguo!). Las chicas Stereolab de mi juventud eran asexuadas, frías. ¿Por qué nací en esa época absurda?). El grunge, creo que fue el grunge, arruinó sexualmente la música. ¿Qué se puede esperar de una generación que idolatraba a Winona Ryder? Me acordé de aquel verso de Larkin. El sexo se inventó en 1969, demasiado tarde para mí. Entre el landismo y el trap, cuánta farsa hubo que protagonizar… La sala sudaba. “Pijas de mi ciudad·” pegaban a ingleses (gran regocijo), miraban droga, enaltecían al macarra, el discurso rapero del drogata. Bailaban como los hombres, pero sobre los hombres, con una sensualidad boricua.

En el trap se mantiene el yo con bling bling del gansta, pero enriquecido con algo latino que se convierte en baile. Las dos cosas son “importadas”, sorprende un poco, pero se han incorporado plenamente. Esos jóvenes están a otra cosa. Sentirse mayor ante eso no es difícil, pero tiene algo generoso, integrador. Te sientes rápidamente uno de la banda de Yung Beef, de los que salen detrás en sus vídeos montando una bici coja. Por fuera sería el señor Hulot. Tati en una discoteca. Por dentro, me llevaba un flow macarra. Todos nos mirábamos como si fuésemos a sacar la pipa, pero sacábamos el móvil. En plan “Me escribe mi dealer”. Deseé tener algún diente menos, y deploré mi camisa remangada. Qué aspecto de cretino. Hubiera ido tan bien con camiseta de pollero…