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martes, 26 de marzo de 2019

Ultra y post



Hughes

El otro día leí la expresión “ultraproteccionista” referida a Donald Trump. Me llamó la atención. Ultraproteccionista es “más allá” del proteccionismo. Quizás un ultraproteccionista sea casi un autárquico. Trump no lo es, desde luego. Entonces, ¿por qué no dejar sin más la palabra proteccionista? ¿Qué hay entre el proteccionismo y la autarquía que merezca ser “ultraproteccionista”?

El prefijo ultra tiene la acepción de “más allá” de, y de algo “en exceso”. Pero además es un agravante ideológico. Hay ultraderechistas, ultraconservadores, ultracatólicos y ahora, también, ultraproteccionistas. Es una socorrida partícula de localización, siempre a la derecha. La aventura superados los límites, el pensar ultramontano. Lo que se aleja. Para la izquierda funciona más bien “radical”. Lo unido a la raíz.

La localización es algo difusa, sin embargo, y eso es lo curioso del asunto. Sitúa cada vez más las cosas en unos términos brumosos que sólo califican. Es como ir poniendo un cercado a las ubicaciones políticas. “A partir de aquí, lo ultra”. Habría que reivindicar la pureza del prefijo. La belleza de la palabra “ultramar”, por ejemplo, o “ultramarino”. Lo que tenía de aventura. “Al otro lado”, después de haber atravesado. El “ultraísmo”, movimiento literario de principios del siglo XX parecía recoger algo así. Futurista, mecanizado, antimodernista. Renovaba el lenguaje, la metáfora con algo de depuración. Y hacía bandera, estilo o movimiento de lo “ultra”, de lo que de búsqueda, revolución, o superación tenía.

Exacto. De la superación.

Sería una rehabilitación de un prefijo tan castigado. El ultraconservador no sería un muy conservador, un “demasiado” conservador, sino un conservador en los confines de ser otra cosa. Es decir, en un conservador en tensión. El “ultra” se ha convertido en algo en sí mismo. Algo rechazable. El prefijo sitúa en coordenadas que no se sabe muy bien cuáles son, pero que son excesivas. Es una bandera de señalización. Una advertencia, un mojón, una baliza. Sabemos lo que el “ultra” es y no nos gusta. Pero a mí, por abuso del prefijo, y por recuerdo de “ultramar” y de “ultranza”, que eran dos de mis palabras favoritas de niño, cuando leo cosas como “ultraproteccionista” me rebelo ante la pereza y quiero entender (y me sale a veces como una ensoñación) ese “ultra” como un prefijo casi artístico. Y me lo imagina renovado, positivo. Por ejemplo, que “ultracatólico” no fuera un católico excesivo, y en un sitio alejado pero mortecino, sino un católico de una pureza renovada, firme, indagadora de confines, activa y muy actual.

Sucede que el prefijo a veces ha quedado soldado a la palabra, y cada vez es más difícil, por ejemplo, que al católico no le llamen sin más ultracatólico. Ultra es un prefijo impreciso, pero muy intencionado políticamente. ¿Pero y “post”? Ahora todo es post, o pos. Posmoderno, posideologías, posguerra fría, posfranquismo, postzapateril… Se ha llevado la fértil perplejidad de lo “postmoderno” a todo. Si ultra es topológico, esto es cronológico. Lo que va después, no más allá. Damos así categoría a la simple sucesión temporal. Esto en lo que estamos algo tiene que significar, nos decimos. Estamos en el postalgo, pero no queremos ser ultranada. Los dos prefijos juntos parecen indicar algo. Una constante sensación de superación, de tiempo y categorías trasgredidas.