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viernes, 27 de mayo de 2011

Ruedas de Molina (y tauromaquia)



José Ramón Márquez


Mi querida amiga T. me envía un enlace a la página de un escritor llamado Antonio Molina, como el ex ministro. Creo que es el autor de un libro en el que contaba, no sin resentimiento, su servicio militar. No lo acabé, y eso que en aquella época yo solía acabarme los libros y no como ahora que veo un libro y salgo huyendo. Pico en el enlace y sale la foto del escritor, con barba como del siglo XVI. Pone un letrero que dice: “Antonio Muñoz Molina. Escrito en un instante”. El artículo en cuestión se titula ‘Hora de despertar’. ¿Despertar? No me da el punto de que Molina sea de los que se pone el despertador a las seis y media de la mañana. Veamos las letras.

Cuenta que, por un azar, se encontró en la Expo de Sevilla en la noche de su clausura. Un azar, como el de uno que va montado en el tren camino del curre y le ponen una bomba por azar. Denuncia el escritor con gran valentía que en aquella noche de 1992, en aquel pabellón al que el puro azar le había conducido, se encontró con la repugnante visión de “una multitud de políticos y prebostes de diversa índole que comían gratis jamón de pata negra mientras estallaban en el horizonte los fuegos artificiales de la clausura”. Imagino que el íntegro escritor, escandalizado ante tal visión a la que el puro azar le había conducido, apenas podría reprimir el asco ante la contemplación de toda aquella fauna, que no estaba allí por azar, devorando aquel jamón de pata negra.

Anonadado, el escritor defiende con entereza la pérdida que supone preferir el orgullo (vacuo, dice él) del ser frente a la satisfacción del hacer, y nos recuerda que de esa situación es culpable absoluta la Contrarreforma, como todo el mundo sabe y señala con acierto el novelista. Experto como es en la figura de Pío III, deja abierta con inteligencia la gatera que apunta certeramente a que personajes irrelevantes asimilados al gremio de las letras como Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz o San Ignacio de Loyola habrían podido brillar con fulgor propio de no haber sido por esa vuelta a la experiencia religiosa individual que procede de Trento y de la Contrarreforma.

Sigue el hombre con su explicación de que ha visto en Nueva York, porque este escritor vive en Nueva York, a multitud de personas dilapidando el presupuesto en actos innecesarios, gastos superfluos sin otro afán que el de irse de vacaciones a costa del contribuyente. Hace bien Molina en poner el dedo en esa llaga para él tan dolorosa, y comprendemos su dolor cuando cada mañana se mirase el hombre al espejo y se viese a él mismo, como director del prescindible Instituto Cervantes, institución destinada a la defensa del español en el lugar en que no necesita defensa (56.000.000 de hispanohablantes y creciendo, sin contar los que están en situación ilegal) en vez de irse a practicar su mesianismo lingüístico a La Garrocha (Gerona).

Bueno, con esas fruslerías llena el folio para halago de sus creyentes, porque este hombre no tiene lectores, tiene fieles, y toca, como no podría ser menos, esa cuestión capital de su sensible pensamiento cuando dice: ‘…quien denuncia el maltrato de un animal en una fiesta bárbara…’ Fiesta bárbara, les dice Muñoz, de la Real Academia, a Vargas Llosa y a Gimferrer, de la Real Academia. ¿Tendrá razón? ¿Creerá lo que dice o sólo se pone, como Charlot con la bandera en ‘Tiempos modernos’, al frente de la masa para seguir vendiendo sus novelas? ¿Novelas o nivolas como ruedas de Molina?

Lo más penoso del articulillo, con todo, es que el hombre se cree que está hablando de otros, pero lo que hace es retratarse descarnadamente a él mismo y a su tiempo.