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lunes, 28 de octubre de 2013

En la muerte de Lou Reed




José Ramón Márquez

Mientras en la Semana Santa de 1975 millones de compatriotas entre los que, por decir unos cuantos,  estaban Peret, Conchita Velasco, Pepe Sacristán Federico Mayor Zaragoza, Juanito ValderramaJosé Antonio Samaranch o Rodolfo Martín Villa, se esforzaban denodadamente por acabar con la dictadura, algunos muchísimo más frívolos nos sacamos una entrada -que debía ser bastante cara para la época-  para ver la actuación de Lou Reed en el Pabellón Deportivo del Real Madrid, que estaba en el lugar donde hay ahora esas cuatro torres monstruosas que se ven desde todas partes, por lejos que te halles, y que, al decir de Gallardón, sirven como declaración de modernidad para Madrid.

De Lou Reed sabíamos más de su mito casi que de sus discos. Su clásico Berlin no se había editado en España ni el imprescindible Andy Warhol, con la Velvet Underground,  no sé si por las cosas de la censura o porque las compañías no veían claro el negocio de editar aquellos vinilos.  Por lo que más conocíamos al neoyorquino era por el tema Walk on the wild side, que estaba en el Transformer. En aquella época nadie se imaginaba que entre medias de aquel coro que cantaba «chu-churú-churú…» y aquel espléndido saxo de Ronnie Ross, lo que iba era la historia de Holy, que vino de Miami FLA, y de otros dos travestis que se fueron a New York a buscarse la vida. Nadie sabía inglés entonces, ni los de la censura, y me temo que nadie sabía qué era eso de «giving head», ni en la traducción ni en la práctica.

Lou llegó al Pabellón, medio lleno o medio vacío, con toda su mitología de heroinómano. Entonces apenas se sabía qué era eso de la Heroína -un título de una canción de Lou en la que declaraba "she’s my life and she’s my wife"-, ni que faltaba muy poco para que empezásemos  a saber de tantos que, por ella, se perderían en la flor de la juventud. Con un retraso respetable, incluso para un concierto de rock, Lou salió al escenario con visibles signos de estar bajo el influjo de los estupefacientes, trastabillando, iba guiado por alguien, quizás de la organización, hasta el micrófono que debía ocupar y allí le dejó, a la izquierda del escenario. La banda comenzó a sonar. Lou Reed comenzó a susurrar sus canciones, pero antes colocó su mano derecha en un acorde y ya no cambió ese acorde en toda la actuación. El concierto no fue muy largo. Se ve que Lou no estaba para esos ruidos. Al finalizar la actuación el mismo lazarillo salió a recoger al artista y le guió de vuelta al camerino, a descansar. No hubo repeticiones, por más que allí la gente se desgañitó.

A la salida, las furgonetas grises de la policía hacían pasillo casi hasta la Plaza de Castilla. Gracias a Lou, aquel día los luchadores por la libertad, a los que tanto debemos, pudieron trabajar por acabar con el franquismo con algo menos de presión.

Hoy, con la noticia de su muerte, no sé por qué, me viene a la cabeza aquella estrofa repetitiva y absurda de su «Coney Island Baby»: «So I had to play football for the coach / and I wanted to play football for the coach».

Que la tierra le sea leve.