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jueves, 27 de junio de 2019

El cáliz del Inca

 El Cáliz. Oro con 32 esmaltes
Obra de Juan Batista de Herrera. 1620

 Mezquita en plata
Alumnos de la Escuela de Joyería


Francisco Javier Gómez Izquierdo

        Desayuna uno soliviantado con el monotema de una ola de calor que amenaza más al Norte donde uno quiere acercarse ahora que llega S. Pedro y S. Fermín que a las resignadas Andalucías que desde mayo acostumbran a convivir con un azote tan familiar que su falta yo creo incomodaría.

        De vuelta del paseo de hoy me he acordado de los posibles viajeros y su más que segura incredulidad y flojera corporal ante un calor como de cien mil hornos abiertos en cada calle cordobesa a partir de las 12. Esta sensación aún no ha llegado pero la señora de los mapas dice que ya está aquí, por lo que haría usted muy bien, si tiene previsto venir a Córdoba, madrugar y pasear la judería hasta las 10 que abre la mezquita. Entrar en el monumento más fresco de la capital y aprovechar estos días para hacerse una idea de lo que representa la platería en Córdoba con la exposición del “Cáliz del Inca” que se muestra en el templo.
      
Al poco de instalarme en los 80 me sorprendió tanto parroquiano en el bar de al lado de casa que trabajaba en la platería. A los dos o tres meses ya conocí plateros “fuertes” bien vestidos que llevaban “mariconera” e invitaban al medio a una clientela que no disimulaba la admiración y el respeto por -siempre- uno que arriesgó y “ahí está el tío, montao”. En S. Lorenzo, el Realejo, Mª Auxiliadora hay  férreas puertas que dan a talleres de donde salen muchos de los collares, pulseras, pendientes... que ustedes ven en las mejores joyerías de su ciudad y en todas las partes del cuerpo del artisteo. Esto es así desde que la plata y el oro llegaba en barco. Por una extraña selección natural, Córdoba se convirtió en la patria de los plateros... y S. Álvaro en su patrón.
     
La mezquita presenta estos días la exposición “El cáliz del Inca”. Del inca Garcilaso -ya saben, hijo de un sobrino de Garcilaso de la Vega y una sobrina de Atahualpa-, mestizo al que se tiene como cordobés de Cuzco y que marchó joven del Perú para vivir entre Montilla y Córdoba haciendo carrera en las armas y retirándose, desmoralizado, al parecer por el poco reconocimiento que tuvo su obra histórica, al refugio de la religión. El personaje heredó de la familia del Perú y de una tía rica de Montilla, pueblo que llama hoy la atención por sus señoriales edificios de piedra, por lo que suponemos vivió holgadamente y se permitió por ejemplo comprar en propiedad una capilla en la Mezquita, la de las Ánimas, donde hoy se pueden ver las banderas del Perú y de España flanqueando al Crucificado.
     
Más interesante que la pieza de la exposición mandada hacer por el Inca Garcilaso para su capilla, desaparecida en 1.808 -la habitual codicia de la soldadesca napoleónica- y recuperada de manos particulares no hace mucho, creo que lo llamativo de la muestra está en la influencia e importancia de la platería en la ciudad desde el siglo XVI y el poderío económico de una industria sin la que no se entendería la idiosincrasia cordobesa. Véase al respecto la indignación con la que el Gremio contestó al requerimiento de “.. hasta cien ducados de fianza para seguridad de las obras que les dieron hacer”.  “Si V. S. fuera bien informado no es de creer lo que mandara, así porque nuestro oficio es el mas honrado y de mas confianza de todos los oficios del Reino.... porque siendo como somos ricos y abonados y que antes determinaremos de labrar cada uno de su caudal y propia hacienda o irnos a poblar otras partes que no consentir de estar afianzados como encarcelados. A V. S. suplicamos que lo que no se hace en todo el Reino no se haga en esta ciudad.”
    
A todos ustedes les va a llamar mucho más la atención la mezquita en plata labrada por la promoción 94/97 de la Escuela de Joyería de Córdoba que la evolución de los estilos artísticos en cálices del XVI al XVIII, pero es seguro que no se olvidarán de la tradición platera cordobesa.